Festival Centro 2017

Siete días de génesis: Apuntes del Festival Centro 2017

Durante toda una semana fuimos testigos de una de las versiones más memorables del primer festival musical del año en la capital.

por Sebastián Narváez Núñez
25 Enero 2017, 8:09pm

Todas las fotos por Daniela Echeverry 

Lo que pasó la semana del 16 al 22 de enero en pleno Centro de Bogotá no fue únicamente una descarga musical finamente seleccionada para todos los gustos y catalizadora de todo tipo de caprichos. De alguna manera, haber estado ahí significó ser testigos de una versión distorsionada de los siete días en los que se creó la tierra, con la diferencia, claro, de que este no era el principio de la humanidad y todo lo que la rodea. En esta ocasión se trataba de un viaje anacrónico, ecléctico, por diferentes corrientes musicales donde sin importar la brecha, maestros que ya tienen su nombre tallado en los anales sonoros del país se daban la mano con aquellos que hasta ahora están trabajando en lograr lo mismo.

A lo largo de estas ocho versiones el festival tiene como antecedentes proyectos tan bogotanos como Telebit, tan nacionales como Aterciopelados, tan latinoamericanos como Wendy Sulca y tan mundiales como Quantic. Por todo esto ya ha logrado fama de ser el primer festival musical del año en Bogotá y aparte de eso, un festival diferente a los que ya conocemos: lejano a las activaciones de marcas, los inmensos escenarios y del ruido que no es precisamente música para los oídos. El Festival Centro es diferente porque es más íntimo, más tranquilo, va a otra velocidad diferente a la de la ciudad y sus caos. Su lugar es una casona colonial en la cual la música no respeta tendencias o inclinaciones comerciales. Y por lo mismo, estar ahí año tras año, es abstraerse de todo y dejarse llevar por el viaje sonoro, aún cuando en esta ocasión paralelamente en la Plaza de Toros la Santamaría, a pocas cuadras, el caos de las protestas parecía un escenario apocalíptico y violento. 

En ese orden de ideas, la octava edición del festival fue deleite contemplativo y lisergia sonora. La oportunidad de abrir los oídos a los sonidos emergentes y secar la garganta con los clásicos. De recorrer geografías tan diversas como la del Pacífico colombiano, ya fuera de la mano del Grupo Palmeras, unos absolutos conocedores de la tradición del violín negro caucano, o perfectamente interpretado por Zambó, un ensamble de jovencitos de la Universidad Nacional que supieron apropiarse del sonido y casi parecían hijos de la marimba de chonta y el viche.

El enemigo en común fue el tiempo, que nunca fue suficiente. 45 minutos por banda y la imposibilidad de satisfacer el pedido de otra canción más - a menos de que se tratara de la banda que cerraba la jornada- era un acto casi que injusto para aquellos que teníamos que bajarnos del viaje. Aún así la mayoría de los actos nos dejaron algo, casi siempre un descubrimiento, bien fuera los arreglos experimentales y desenfrenados las obras llaneras de Zahira Trío o el sancocho compacto de Miguel y su Prisa, cuya mixtura de salsa, reggae, rock, rap y jazz, casi parecía algo de lo que uno no quisiera desprenderse.

Eso sí, hubo espacio para todo, desde el drama melancólico en clave de garage punk rosa de Las Yumbeñas, hasta el psychobilly vicioso y callejero de Salidos de la Cripta quienes además celebraron sus 10 años de vida musical. Desde el pop folk para levitar en la tierra de Surcos, hasta el dream pop electrónico de Okraa para hacer lo mismo pero en la galaxia. En ocasiones todo estaba servido para cerrar los ojos y encontrarse en otro mundo. Algunos llenos de montañas y bosques como lo que proponía el ritual andino de samples y marionetas propuesto por Las Áñez, con quienes nos sentíamos en algo parecido a un cuento de los hermanos Grimm. O las selvas amazónicas de Nayá, e incluso unos paisajes no terrenales como los que nos hicieron imaginar los chilenos de Föllakzoid con su psicodelia abstracta de reverberaciones imparables. 

Fueron siete días de conciertos que de alguna manera fueron vitamina para el cuerpo, vitamina que no se podía desligar de lo emocional como esa sensación de nudo en la garganta al ver a Magín Díaz, un tipo de 94 años con la mirada cansada pregonando desde su mecedora y luego dictando cátedra de movimiento de caderas sin miedo a partirse en dos en el intento. O contagiarse de la sonrisa y la energía de Paíto, en quien no solo reside la importancia de ser el último exponente de la tradición de la gaita negra, sino también las ganas de adentrarse en el folclor colombiano tan distante y olvidado, de recorrer los lugares donde nace y a quienes no lo dejan morir.

A veces incluso los mismos géneros se encargaban de unir con un hilo invisible dos propuestas diferentes, y entonces uno se sentaba a escuchar a Buendía con su folk tropical champetúo y días después encontraba algún parecido con el maestro de la champeta psicodélica Abelardo Carbonó. Así mismo sucedió entre la cumbia con porro sabanero de Carmelo Torres y la cumbia con chicha de Juaneco y su Combo, ambos contaban a su manera las experiencias de ser hijos de la misma cumbia, una nacida en Colombia y otra en Perú, ambas incitadoras a la fiesta, al paso acelerado y las ganas de acabar con el piso.

Hubo también espacio para las rarezas, para la alucinación, para la atracción hacia lo absurdo, lo inefable o lo que no se puede describir ni encasillar, como ese monstruo satírico y potente en descarga alucinógena que es Romperayo, o las salsas demoniacas, los vallenatos punkeros y los pogos tropicales propuestos por La Tromba Bacalao. Incluso para el trip canábico de Militantex con su fusión jazzera experimental. Y dentro de esta misma categoría, el trío dominicano Mula, con su precisión de mezclas absurdamente improbables, pero gozadoras y esa sutil combinación de merengue con drum&bass, de bachata con trap. Ahora, si hablamos de rarezas, es imposible pasar por alto el brutal performance de Titán, quienes cogieron el rock, el funk, la música disco y la electrónica y lo convirtieron en algo absolutamente deseable de repetir por la cantidad de variaciones, las charlas entre una decena de sintetizadores, drum machines, dos baterías, una guitarra y un bajo que aparecían en el escenario para volarnos la cabeza.

Al final, todo se trataba de volver al centro usando la música como excusa. Esa misma música que ha habitado allí durante años en las voces de cantantes y grupos improvisados que cambian tarimas por andenes de la carrera séptima, por esquinas de la 19. Ese lugar que hace unas décadas fue testigo de un joven Jacobo Vélez comandando la poderosa Mojarra Eléctrica, y que esta semana recibió al mismo Jacobo, pero con La Mambanegra, ya no haciendo un jam en las calles, sino contagiando a la gente en un auditorio con su proyecto de salsa y descarga latina, de blues habaneros y funk variopinto. Allí mismo estuvo minutos antes el 'Inca del piano', el maestro peruano Alfredo Linares, un tipo que arremetió contra las teclas blancas y negras, para desear estar en un lugar propicio para tirar paso como era debido, como estaba convocado a ser y resultó no siendo.

Y cómo olvidar a Reencarnación, aquel barco de guerra comandado por un 'Piolín' que de no ser por la barba canosa, el pelo gris y la panza blanca, pareciera que no hubiera pasado 30 años desde que su voz retumbó con el mismo odio y la misma fuerza con la que el ultrametal paisa nació en medio de una sociedad violenta y malherida. Así como también resulta imposible sacarse de la cabeza a otro veterano en la historia de la tropicalia colombiana, un maestro de maestros cuya rareza de proyecto ensamblado por encargo de Discos Fuentes -para ser la primera orquesta colombiana de música africana- bautizado como Wganda Kenya y dirigida por Julio Ernesto Estrada Rincón 'Fruko', y a quienes también les hizo falta tiempo en tarima para guardarlos, cual joya que son, en la memoria. 

Al final de la jornada, de los siete días en que la música se expandió por cada una de nuestras fibras, se levantó glorioso el tres veces coronado rey vallenato, un acordeonero bestial, un hombre complaciente con una mano derecha indomable y una actitud de frontman desenfrenado. Un tipo conocido como Alfredo Gutiérrez que simuló sufrir de artritis en su mano para tocar con los pies, subido en hombros por cuatro personajes un poco más altos que él. Desde lo más alto, con los reflectores y las miradas de quienes no nos acostumbrábamos a la idea de lo que estaba pasando el maestro despidió con sus clásicos la octava edición de un festival que siempre va a resultar necesario para la escena.

Después de esos siete días en los que paralelamente se presentó Nicolas Jaar en Bogotá y volvieron las corridas de toros a la Santamaría, podemos decir que nos perdimos de todo esto por dejarnos abstraer con una serie de conciertos que consideramos imperdibles, porque fue la reunión de maestros del folclor colombiano que son verdaderas leyendas en la historia musical de esta patria y otros tantos con los que simplemente el viaje estuvo tan pesado que deseamos nunca hubiese terminado. Por todo esto y por unas ediciones futuras igual de sabrosas, alzamos nuestras copas de canelazo y decimos ¡larga vida al Festival Centro!