Foto: Clara Mendoza | Cortesía de Cirle Tatis

Cirle Tatis: la youtuber negra que se dejó el afro para combatir el racismo

Nos sentamos en Cartagena con la líder del movimiento Pelo Bueno, que no quiere ver más niñas alisadas contra su voluntad.

|
sep. 29 2017, 9:24pm

Foto: Clara Mendoza | Cortesía de Cirle Tatis

A Cirle, como a casi todas las niñas negras de Cartagena, le alisaron el pelo a los diez años. El procedimiento duraba una hora; dos, si el pelo era mucho. Aplicando una crema alisadora a base de soda cáustica (TCB, Lovely, Supreme, Organic), su mamá le estiraba de a pocos cada hebra hasta que sus rizos se hubieran deshecho por completo.

—La soda cáustica es la misma con la que se quitan las manchas del sanitario y se destapan los baños —dice Cirle, en un tono de indignación serena, antes de tomar un sorbo del jugo de mora que pidió apenas nos sentamos—. Puede incluso derretir el aluminio.

Una vez aplicado el producto desde la raíz hasta las puntas, había que peinarlo con fuerza, obligando a que el cepillo transitara sin nudos ni interrupciones por toda su cabeza. Con secador o plancha, si era necesario.

—Todos nuestros cabellos tienen keratina, que es una proteína que tenemos también en las uñas y en los dientes. Los alizeres, o cremas alisadoras, quiebran esas cadenas de proteínas, estiran las ondas y las dejan lisas por siempre.

Una vez conseguido el resultado, Cirle debía repetir el proceso cada dos meses, cuando los incipientes crespos de sus raíces comenzaban a delatar que allí abajo seguía viviendo un "pelo malo"; "un "pelo de negra", como alguna vez le dijeron con un tono de desagrado.

La práctica de alisar permanentemente el pelo crespo de las mujeres negras a través de agresivos tratamientos químicos sigue siendo fuerte y popular en el Caribe colombiano. Un recorrido esa mañana por el Centro de Cartagena me lo confirmó: empresarias, meseras, recepcionistas, estudiantes negras, todas con sus melenas aplastadas, lisas, incólumes. Ni un crespo, nada de afros.

—Cuando tenía como veintiséis años decidí que no me iba a alisar más. Estaba desesperada, me estaba quedando sin cabello: se me caía cuando dormía, cuando me lo lavaba, cuando me lo tocaba —recuerda Cirle, mientras señala su cuero cabelludo—. Como sentí que esos alizeres fuertes me iban a dejar calva, me puse trenzas. Lo que llamamos trenzas africanas: extensiones largas con las que te coges todo el cabello.

Cuando su mamá la vio con sus trenzas largas, apretadas, no aguantó y se le fue encima.

—Me criticó, me dio látigo regañándome, me dijo que parecía una palenquera, que me veía terrible, que estaba mal presentada, que no parecía una profesional. Y ahí empecé a entender que hasta hace nada yo no me concebía como una mujer negra y debía empezar a hacerlo, que estuve todo el tiempo ignorándolo, intentando blanquearme.

Continúa serena, pero su voz gana potencia mientras avanza.

—A las mujeres negras nos han convencido de que el cabello rizado o las trenzas son "pelo malo", que se asocian con pobreza, con una inadecuada presentación personal, con la fealdad, el barrio bajo, con cosas despectivas. Nos obligan a alisarnos desde pequeñas —insiste, suelta el vaso y concluye, absolutamente convencida de lo que está diciendo, poderosa en su discurso—. Pero, Felipe, no podemos negar que esa es una práctica colonial, una práctica de racismo colonial.

* * *

Cuesta imaginar que la mujer de pelo crespo negro, alto y vistoso que está del otro lado de la mesa hubiera tenido alguna vez el pelo lacio. Cuesta más creer que ella, Cirleyda Tatis Arzuza, a quien desde siempre le ha gustado que le digan Cirle, en algún momento no se hubiera reconocido como una mujer negra. Lo que no cuesta es darse cuenta, casi que de inmediato, por qué esta cartagenera, que hoy lleva un enterizo amarillo y sus rizos sueltos en un café del Paseo La Castellana de Cartagena, está dominando el internet en el Caribe.

El año pasado, Cirle cambió las reglas de juego de los canales de consejos para mujeres en YouTube. Después de que sus amigos le insistieran en que los videos eran el camino para llegarle a mucha gente, que ella tenía el feelin' y el carisma para ser youtuber, decidió lanzar "Pelo Bueno", un canal en el que pretende resignificar el estigma colonial sobre el pelo afro enseñando cómo regresar al "cabello natural": qué productos usar para portar los crespos saludables, cómo hacerse trenzas, cómo armar un turbante o cuál es la mejor forma de fabricar un gel de linaza casero.

—Me da pena que me digan youtuber o influencer —dice, entre risas—. No tengo el tono de voz rápido que usan, ni las muecas. Yo solo hago videos.

Cirle hablando de sus productos en uno de sus videos | Still vía YouTube

Así le avergüence decirlo, las cifras ya la comprometen: su canal de YouTube ya casi llega a los 27.000 suscriptores, su video sobre cómo hacer crecer el cabello rizado tiene más de 159.000 vistas, la siguen más de 10.000 personas en Instagram y casi 34.000 en Facebook. La han entrevistado en El Universal, El Heraldo y Fucsia. Ganó el Premio a la Afrocolombiana del Año en la categoría Sector Social que otorga El Espectador y, al día siguiente de nuestra charla, la veré también sentada como panelista del Foro de Jóvenes Protagonistas del Cambio que organiza la Cámara de Comercio de Cartagena frente a casi 1.600 jóvenes. Hablando de lo suyo. Sonriente, como si nada.

—La cosa creció de forma muy rápida y sorpresiva. Fui entendiendo que no podía promover el uso o la recuperación del "cabello natural" de la gente negra sin que ese trabajo fuera de la mano con un mensaje de aceptación, de comprensión histórica y de reivindicación de derechos; por ejemplo, el derecho a llevar el cabello como yo lo quiero llevar y no como la sociedad me insiste que lo haga.

Se me viene a la cabeza un video que Cirle, unas semanas atrás, había compartido en su Instagram. Una niña negra, no mayor de siete años, lloraba mientras su mamá le alisaba el pelo con un cepillo de cerdas apretadas y un secador que, por lo que se ve, expulsaba una corriente de aire hirviendo. A la mueca de dolor, la mamá respondía: "No tangles, girl. No tangles". No más enredos, no más tirones. Como una utopía de Johnson's y el pelo ideal de sus champús: brillante, recto, impoluto. Sin un solo crespo.

Eso, ahora. Pero la práctica del alisado forzado a mujeres negras puede rastrearse, dice Cirle, incluso hasta la Colonia. Para el teórico cultural, activista y sociólogo Stuart Hall, en ese momento, y como consecuencia de las jerarquías raciales, se instauró lo que él llamó una escala étnica. En pocas palabras: del sesgo blanco eurocentrado derivó una compleja interacción entre los elementos fisiológicos y culturales de las personas para, en últimas, otorgarnos un estatus social según cómo nos vemos. Y, de los diferentes componentes del aspecto físico, el pelo era el "significante" más fácil de transformar.

—La gente cree que es cosa del pasado, pero todavía en Cartagena y en muchos lugares del Caribe o en Venezuela, las mujeres se enfrentan con ir a buscar un trabajo y que les digan que no, que con ese pelo no, que tienes que alisarte, que péinate, que estás mal presentada —nos cuenta Cirle a Andrés, mi editor, y a mí, en ese rincón abierto del Centro Comercial—. Por fortuna acá no nos blanqueamos la piel con cremas como en África. Pero nos alisamos, y lo hacemos desde muy niñas: entre menos rucho tienes el pelo, menos negro pareces; entre menos negro, menos segregado, menos arrinconado y menos posibilidades te son arrebatadas.

Ese sistema, dice, se ha naturalizado desde las comunidades negras gringas hasta las cartageneras: un "pelo bueno", que es el de las mujeres blancas, el que debe imitarse, enfrentado a un "pelo malo", el de las mujeres negras, que es desordenado, voluminoso y vergonzante. Y no solo en las mujeres. César Rodríguez, miembro fundador de Dejusticia y director del Observatorio para la Discriminación Racial, afirma en una columna que las prácticas de blanqueamiento son mucho más comunes, mucho más pop de lo que parecen. El de Neymar Jr. es para él el caso más visible: un mulato brasilero que "se ha tinturado y alisado el pelo, coloreado de rubio la barba y cuidado de mantener su piel menos oscura" para camuflar sus rasgos negros.

—Hemos creído que esa es la única forma de ser, que efectivamente tenemos un "cuerpo malo", un "pelo malo" que hay que solucionar, arreglar, enderezar, esconder, que no es presentable. De ahí viene el problema: de la educación colonial hegemónica, racista y clasista que hemos recibido. Y hasta ahora la estamos comenzando a cuestionar y confrontar.

Retrato de Cirle Tatis por Luis Fernando Fandiño

* * *

Cartagena es una de las ciudades más racistas de Colombia. Así lo determinaron cifras de la ONG Cimarrones el año pasado y, antes, un informe del Observatorio Distrital Antidiscriminación Racial (ODAR) según el cual, de 2007 a 2015, 398 personas afros fueron asesinadas en la ciudad. Hace dos años, Edwin Salcedo, miembro del ODAR, aseguró que el racismo estaba tan presente en la ciudad que hacía parte de la norma: "no podemos negar que 350 años de un sistema esclavista pesan sobre 164 años de libertad".

A simple vista no parecería: no parecería que en esta capital mestiza siguieran perpetuándose prácticas racistas cuando, según un censo de 2015, el 36% de la población de la ciudad se considera negra. Le preguntamos hasta dónde cree que llega el racismo acá. Le preguntamos que si es tan duro como parece estarlo siendo en Estados Unidos.

—A la gente en Colombia también la matan por ser negra —dice, con énfasis—. Allá se tiene mucha más libertad para poderte decir en la cara "te mato porque eres negro". Pero acá el racismo está tan oculto que buscamos otras razones. "Es que tiene cara de ladrón, me estaba protegiendo", dicen. Y, claro, esa cara de ladrón es porque es negro, porque se hace una raya en el pelo —traza una línea con su dedo al lado de la sien—. Y acá es más terrible, porque acá el negro cree que no tiene derechos.

Eso, en sus palabras, se llama endorracismo. La columnista Esther Pineda dice que este fenómeno ocurre cuando "la vergüenza del estigma racial se manifiesta a través de la autodiscriminación". En este caso, el negro cree como propia la discriminación que se le ha impuesto y, como le han hecho creer que es su culpa, "la reproduce sobre sí mismo y sobre quienes pertenecen a su mismo grupo étnico".

—Es grave —enfatiza Cirle—. Organicé hace dos semanas un taller en la Universidad de Cartagena sobre papel oculto de los negros en la ciencia y la innovación. Y una estudiante de Pedagogía nos dijo: "No es que yo quiera defender a los blancos y echarle tierra a los negros, pero si los blancos son racistas es por algo". ¡Y ella ni siquiera era blanca! ¡Era costeña, mestiza! Todos quedamos mudos —se detiene unos segundos—. Ella cree, como muchos, que cuando el blanco es racista o discrimina es porque el negro ha entregado razones. Acá es incluso peor que en Estados Unidos, porque la misma comunidad todavía cree que se merece lo que está recibiendo.

* * *

A pesar del apoyo que ha recibido, sabe que lo suyo no les gusta a muchos. Le han dicho que lo suyo es superficial, que es vanidoso, que desde ahí, siendo una youtuber de consejos estéticos, no puede ejercer ninguna resistencia.

—Siempre la crítica ha sido esa, que supuestamente mi iniciativa es demasiado superficial. Me dicen que la estética no es tan importante. Pero yo creo que la estética deja de ser simplemente estética cuando una mujer llega a un banco, que es el espacio laboral en el que más se restringe el cabello natural, y le dicen: "con ese pelo no puedes trabajar". Ahí deja de ser simplemente estética y se vuelve un tema político, de violación de derechos.

Según las observaciones de Cirle, los bancos son el espacio en el que los negros están enfrentados a una mayor discriminación laboral. Lo ha visto, sus amigas también le han contado.

—En los bancos no están permitidos ni las trenzas ni los afros. Vayan a ver: les aseguro que no van a ver ni una, o verán poquísimas mujeres con cabello rizado natural o con trenzas palenqueras.

Para contrarrestarlo, además de sus emprendimientos digitales, Cirle ha estado organizando talleres en colegios públicos de Cartagena, en bibliotecas y haciendo giras con "Pelo Bueno" por todo el país. En noviembre, esa gira irá por Bogotá, Medellín y Cali. Uno de los objetivos es quebrar los llamados "techos de cristal", esas restricciones culturales que crean barreras desde las cuales una persona no puede aspirar a ciertas posiciones o a ciertos espacios por una marca racial impuesta.

Tarea nada fácil. Más cuando, recuerda, eso se refuerza desde su misma comunidad.

—Un hombre negro criticó mi penúltimo video, en el que hablaba de aceptación, afirmando que estaba dramatizándolo, que era una exagerada, que si no me quería alisar pues que no lo hiciera pero que no le pusiera tanto color a la cosa. Hay personas que no entienden por qué es que eso ocurre, por qué una niña de cinco años que quiere alisarse lo hace porque no tiene otros referentes, no tiene más opciones que dejarse.

Foto por Clara Mendoza

* * *

Viéndola en el panel de emprendimientos digitales del Foro de Jóvenes, se me vendrá a la cabeza su respuesta a quienes la tildan de exagerada:

—Esto no solamente es reclamar el derecho a llevar el cabello así, sino reclamar el derecho a vivir, a ser negros libremente; sin ser perseguidos, sin que piensen que uno es peligroso por llevar un afro, unas dreads o unas trenzas.

Y también su convicción de hacer honor, décadas después y desde internet, a los sentidos ancestrales de ese pelo rizado, que durante mucho tiempo estuvo en un régimen de alizeres, planchas y secadores.

—El cabello rizado fue elemental para que exista eso que conocemos hoy como el Palenque de San Basilio. Por ahí se marcaron las rutas de escape —dice—. Las mujeres trenzaban en los cabellos y los de sus niñas los relieves, las características demográficas de los caminos, de los terrenos. Y fue a través de eso que se pudo hacer una resistencia negra efectiva. A través del cabello se pudo escapar.

Para conocer más sobre "Pelo Bueno", sigue a Cirle en YouTube, Facebook e Instagram aquí.

Más VICE
Canales de VICE