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Epitafios

Listo, Calixto: Una retrospectiva al legado del inmortal Calixto Ochoa

“Puedo tener doscientos años de muerto y creo que ahí estará la música”. Comienza el año 1 para verificarlo, querido Calixto.

por Felipe Arias-Escobar
19 Noviembre 2015, 12:25am


Foto vía

Y yo aquí pintando el paisaje sabanero, porque aquí es donde están todos mis recuerdos…

Ya había culminado su travesía por el Caribe colombiano el joven Calixto cuando fue contratado por unos finqueros de San Benito Abad para una serenata. Horas después, despertó de la hamaca que le habían colgado y lo primero que vio fue a una bella muchacha que se hacía sombra de aquel árbol del patio. “Nos medio enamoramos con la mirada, más adelante conversamos un poquito y eso me quedó en el corazón”, recordaba mucho después el viejo Calixto, cuando aquella inocente anécdota ya era la más perdurable y bella de sus composiciones. Recordaba que aquella tarde que me besó, a diferencia de lo cantado, se quedó apenas en el deseo.

Corraleros de Majagual – "Los sabanales"

Nació en Valencia de Jesús, corregimiento de Valledupar, pero la trashumancia del cantante campesino quiso que la gloria lo alcanzara en el departamento de Sucre. Artesano y músico empírico desde su niñez, Calixto Ochoa era hace setenta años un niño que recorría su pueblo tocando “El chevrolito” en un acordeoncito viejo que podía abanicar una casa de tantos huecos que tenía, el cual se lo regaló un cuñado por el entusiasmo de verlo dando sus primeros pinitos. Quiso la suerte que a Valencia llegara una feria que lo contrató para amenizar un espectáculo de marionetas, su primera de muchas giras por los pueblos de la costa en los que los músicos campesinos que cruzaban caminos estaban por armar una revolución sonora. Del monte para Sampués

Corraleros de Majagual – "El calabacito"

Volvería por entonces el amor adolescente. Volvería el recuerdo de uno de esos encuentros fugaces pero intensos, de “una chica simpaticona” con la que no se llegó a mucho. De una flor bien adornada que ya se había marchitado cuando se metió el verano. El desconsuelo por ese "Lirio rojo" sería el primero de muchos romances vallenatos, reales o imaginarios, con los que Calixto Ochoa aportaría notablemente al género, especialmente a partir de su urbanización en los años 70 y 80: "Voy navegando por este mundo sin rumbo fijo", cantaba Diomedes; "Y en tus labios rojos sentí dulzura", cantaba Rafael. Pero antes de escribir para estas dos leyendas, a sus composiciones les costó hacerse notar, esta primera la hizo en 1955, por 50 pesos que le pagaron apenas tres meses después de editar "Lirio rojo", su primera grabación.

Iván Villazón – "Lirio rojo"

Eran tiempos en los que los cultores del folclor recorrían a pulso el Caribe. Los del Valle, los del Magdalena, los de Tierradentro y los sabaneros cruzaban sus caminos en un aprendizaje que acabó seduciendo también a los oídos de la ciudad. Algunos de esos maestros coincidirían en Sincelejo, en el mítico Pozo de Majagual, donde se convertirían primero en los Corraleros y luego en los compositores estelares de Discos Fuentes: Alfredo Gutiérrez, Eliseo Herrera y por supuesto, Calixto Ochoa. Comenzaban los años 60 y empezaba a demostrarse la versatilidad de este último componiendo de oído (nunca escribiendo) vallenatos, porros sabaneros y, más adelante, ritmos autónomos salidos de su ingenio. Para el primer álbum de los de Majagual, cinco temas ya eran suyos. Cuatro años despúes, alternaba el repertorio corralero con el de su propio conjunto. Para el cuarto Festival Vallenato, ya era rey…

Calixto Ochoa – "Charanga campesina"

Con Sincelejo como casa y Medellín como lugar de grabación, había mucho tiempo para inspirarse y por lo tanto, a todo se le podía escribir. A un reptil pequeñito que si se come los techos de los ranchos bien podría ser capaz de morder a un elefante en el cogote; a un pobre campesino que en medio de su borrachera rompe la única camisa y el único pantalón que tenía; al comentario espontáneo que alguna vez le hiciera una secretaria de la discográfica al entregarle su sueldo (“listo, Calixto”); a un chofer urgido de dinero en efectivo que la necesidad lo lleva a vender su carro cuanto antes; O, por supuesto, al hijo, al pelado con el que se sueña que logre grandes cosas, aunque Calixto Jr. apenas no haya nacido y esté pidiendo a la mamá que lo tire pa’ afuera

Calixto ochoa – "El niño inteligente"

En fin, cualquier anécdota, propia o de los amigos, fue un motivo para cantar.

Y la capacidad creativa, la poesía de lo cotidiano y la picaresca volvían a darle a Calixto otro hit inolvidable. Grabando en Medellín, un día de 1982, le contaron que en el barrio de la colonia chocoana vivía “un señor muy travieso cuando tomaba trago”, al cual un día “no se le acomodó mucho la cosa con la mujer”, por lo que decidió irse a visitar a la suegra. Nacía un éxito que tuvo el honor de integrar una lista de grabaciones proscritas que un grupo de fanáticos religiosos en Barranquilla propuso quemar a principios de 1984. Y también era una composición capaz de darle la vuelta al mundo…

Wilfrido Vargas – "El africano"

Así era Calixto Ochoa. Versátil en géneros y en la cantidad de historias de las que podía sacar una canción. “Hasta un tango puede sacar”, decía de él Alfredo Gutiérrez, recordando que recorrió la Costa no sólo en sus pueblos, sino también en sus géneros. Se hizo grande cantando y leyenda componiendo (de hecho se acabaría sintiendo más cómodo en lo segundo que en lo primero); imprescindible entre sus colegas por haber sido, además de todo, luthier. Y aunque falleciera hoy, para todos seguirá pintando el paisaje sabanero.

Y como él mismo dijera, “puedo tener doscientos años de muerto y creo que ahí estará la música”. Comienza el año 1 para verificarlo.

La información de este texto está basada en el episodio dedicado a Calixto Ochoa, en la serie Maestros (Dir. Consuelo Cepeda), Audiovisuales, 1996 y en el artículo “¿Qué será lo que quiere el negro”, publicado por Semana, 12 de marzo de 1984.