Semana de la televisión

VICE recomienda: Wormwood, la reconstrucción de un crimen oculto de la CIA

RESEÑA | De las muchas versiones que hubo acerca de la muerte de Frank Olson, solo una es verdad.

por Tania Tapia Jáuregui
28 Marzo 2018, 5:34am

La serie documental es propiedad de Netflix y está dirigida por el famoso documentalista Errol Morris. | Ilustración: Juan Ruiz. | VICE Colombia.

Acto I. Frank Olson está deprimido. Su depresión termina en una crisis nerviosa que lo lleva a acabar con su vida.

Acto II. Frank Olson está drogado. Ha consumido LSD sin saberlo y la confusión y el desespero lo llevan a acabar con su vida.

Acto III. Frank Olson está amenazado. Siente la obligación de revelar una verdad que pone en riesgo a Estados Unidos y que lleva a que otros acaben con su vida.

Solo uno de los tres actos es verdad. Solo uno de los tres fue el que realmente provocó que Frank Olson, un científico y empleado de la CIA, atravesara una ventana del décimo piso de un hotel en Nueva York, el 28 de noviembre de 1953, para encontrar su muerte contra el asfalto que inevitablemente lo esperaba. Si Olson se suicidó, si saltó por la ventana drogado por el LSD que la CIA le dio sin su consentimiento, o si fue asesinado por altas órdenes de la misma CIA es un misterio que aún no se ha resuelto y que el Gobierno estadounidense parece estar encubriendo desde hace más de sesenta años.

En ese universo de conspiraciones y mentiras se sumerge Wormwood, una serie documental de Netflix dirigida por el famoso documentalista Errol Morris. Sus seis episodios reconstruyen el relato de lo que pudo o no haber sucedido en los últimos días de Frank Olson y qué o quién estuvo detrás de su muerte. La historia es guiada por su hijo, Eric Olson, un hombre obsesionado por descubrir la verdad sobre su padre y hacerla pública: una labor que le ha quitado más de cuarenta años y gran parte de su vida y tranquilidad.

Su búsqueda, la de Eric Olson, empezó en 1975, unos meses después de que el periodista Seymour Hersh publicara una nota en el New York Times que empezaba así:

“La Agencia Central de Inteligencia, en violación directa a sus estatutos, llevó a cabo una operación de inteligencia interna ilegal y masiva durante la administración de (Richard) Nixon contra el movimiento pacifista y otros grupos disidentes en Estados Unidos, según fuentes confiables del Gobierno”.

El artículo, que denunciaba la ilegalidad de la vigilancia y la persecución por parte de la CIA a ciudadanos estadounidenses, provocó que el entonces presidente de Estados Unidos Gerald Ford creara la Comisión Rockefeller, un grupo dedicado a investigar los presuntos crímenes de la CIA. De esa investigación salió un reporte en 1975 que, entre otras cosas, reveló que la CIA había dirigido un programa de experimentación con drogas como parte de una estrategia de control mental en interrogatorios. Según el reporte, el programa, llamado MKUltra, usó LSD y técnicas como el aislamiento, el abuso verbal y la hipnosis en ciudadanos estadounidenses y canadienses para probar la efectividad de esos métodos.

Un cuento que parece sacado de una teoría de la conspiración.

Como parte de los secretos que se fueron destapando con la investigación, surgió una nueva versión sobre la muerte de Frank Olson, quien, hasta entonces, la CIA aseguraba se había suicidado por el estrés del trabajo. Un artículo de The Washington Post reveló que la Comisión Rockefeller había encontrado que “un empleado civil del Departamento del Ejército había consumido LSD sin saberlo como parte de un experimento de la Agencia Central de Inteligencia”. El artículo además agregaba que el empleado había presentado graves efectos secundarios, que había sido escoltado por la CIA a Nueva York para un tratamiento psiquiátrico y que finalmente había saltado de la ventana de un hotel.

El empleado era Frank Olson, y la nueva versión sobre su muerte reabrió un capítulo de sufrimiento para su familia, quienes hasta entonces llevaban veintidós años creyendo en la historia de depresión y suicidio. Ante la nueva verdad, la familia, liderada por Eric Olson, decidió demandar al Estado. El Estado respondió invitando a la familia a la Casa Blanca para reunirse con el presidente Gerald Ford. El resultado de la reunión fue que la familia decidió no demandar y a cambio recibió carpetas llenas de informes y documentos que, en teoría, explicaban los pormenores de todo lo que había pasado con Frank Olson.

Por fin llegaba la verdad documentada, o eso parecía. Pero esta historia es tan macabra y truculenta que esa verdad, esas miles de páginas con información sobre lo sucedido, sumergieron a la familia Olson, especialmente a Eric Olson, en un remolino que en cada vuelta contaba algo distinto. Los informes se contradecían. Los que habían estado presentes en 1953 contaban versiones distintas a las de las hojas. Otros años, contaban la misma versión. Mientras tanto, la verdad de lo que en realidad había pasado quedaba enterrada cada vez más profundo bajo las capas de información.

El desespero y la frustración de Eric Olson por intentar armar un rompecabezas del que no tiene todas las fichas y del que ignora la imagen final, es capturada en las horas de entrevista que Errol Morris le hace frente a las cámaras en Wormwood. Olson hijo cuenta las decenas de versiones que ha acumulado por años sobre la muerte de su padre, y las va desgajando una por una frente a las seis o más cámaras que lo filman al mismo tiempo desde distintos ángulos, como si cada una fuera el espectador único y correspondiente a cada una de esas versiones. La cuidadosa edición de Wormwood, de sus múltiples cámaras enfocando a un único sujeto con miles de historias sobre un mismo momento, dan cuenta de dos hombres ahogados frente a una verdad al que uno no puede acceder y que el otro jamás podrá contar.

En Wormwood, las palabras de las entrevistas se entrecruzan con “recreaciones” de todas esas versiones interpretadas por actores en escenas que van de lo onírico a lo factual. Escenas que retratan la ambigüedad de la historia: un Frank Olson callado y tímido camina por el cuarto del hotel, sin que el espectador pueda saber con certeza si su desasosiego se debe a que está drogado con LSD, a una depresión o al miedo de saber que hay otros que vienen a traerle la muerte.

Todas las versiones se interpretan en Wormwood. Pero, al final, una de ellas se siente más cierta que las otras.

En los 90, Eric Olson decidió exhumar el cuerpo de su padre después de que un nuevo grupo de fiscales se interesara por su caso y decidiera retomar la investigación. La nueva autopsia reveló pistas nuevas: Frank Olson presentaba señales de haber sido arrojado por la ventana, no de haber saltado ni de haber caído. Ahora parecía que su muerte poco tenía que ver con LSD y más con el encubrimiento de algo que Frank Olson quería revelar.

Eric Olson se enteraría después, a partir de historias contadas a medias, que su padre estuvo probablemente involucrado en algo llamado Proyecto ARTICHOKE, un programa de la CIA que investigaba y experimentaba con métodos de interrogación controversiales y que, además, parecía tener que ver con el uso de armas biológicas por parte del gobierno estadounidense como estrategia de guerra, particularmente en Corea. Sería esta información la que, presuntamente, tendría a Frank Olson en una crisis ética, al borde de revelar un secreto que la CIA no quería que fuera contado.

Sin embargo, la investigación no pudo continuar. Al final, los fiscales y el mismo Eric Olson, como ya tantas veces le había pasado, chocaron con muros dentro de la CIA y del gobierno que frenaron la investigación.

Lo más cercano a una resolución llegó hace apenas unos años, cuando el periodista Seymour Hersh —el mismo que en 1975 empezó a destapar en el New York Times lo que ocultaba la CIA— volvió a interesarse por la historia tras la insistencia de Eric Olson. En el último capítulo de Wormwood, Hersh se sienta frente a Morris para contarle lo que sabe, o más bien, para contarle que sabe cosas que no le puede decir.

Ante las cámaras, con la mala gana de quien se sabe engañado por una historia de drogas contada por la CIA, declara que una fuente confiable dentro de esa agencia le ha dicho que Frank Olson no se cayó ni se suicidó. Que Frank Olson fue asesinado.

“La CIA usaba LSD con la gente. Y era pésimo. —dice Hersh— Pero creo que lo peor fue aún más trágico. Que lo mataron. Pero no tengo la certeza para publicarlo. ¿Entonces qué hago? Es la palabra de uno contra otro. Aunque publique lo que sepa, convertiría a alguien en Snowden (...) ¿Qué se hace con alguien que está adentro y que sabe mucho? ¿Por qué no le harían algo atroz? Pero… No puedo decir lo que sé sin poner gente en peligro, así que no hablaré”.

Hersh habla con rabia. Responde las preguntas con frustración, tal vez por no poder contar lo que sabe, tal vez por terminar siendo de alguna forma el malo lo de la historia: el que sabe qué pasó pero que no lo va a decir.

“¿Qué imaginas que hizo Frank Olson para que quisieran matarlo?”, le pregunta Morris.

“Adivina qué, —le responde Hersh, retador— Puede que lo sepa, pero no puedo decírtelo. ¿Es eso lo que querían, una entrevista con alguien que les dijera: “No puedo hablar”?”.

Mientras tanto, como la metáfora de una historia que parece que nunca tendrá un cierre adecuado, Morris interrumpe la conversación para introducir una escena de Frank Olson, del actor que lo interpreta, cayendo todavía del décimo piso del hotel. Una caída libre que sesenta años después sigue sucediendo, y que, al final, cualquiera que sea el ángulo desde el que se mire, tendrá el mismo final amargo.

Eric Olson, cuarenta años después de haber hecho preguntas con una terquedad casi enfermiza, lo sabe. Y Morris, al final de su serie documental, también lo sabe. Reconoce que la historia no tiene un cierre, y que el objetivo de un documental no es resolver el misterio y cerrarlo en una caja con un moño, sino escarbar en las “verdades” y en las Verdades. Sabe que la maestría documental está en acompañar y tejer los relatos de otros, aunque sean contradictorios y no estén terminados. Sabe que al final no importa La Verdad, sino lo autenticidad de la experiencia de quienes se vieron inmersos en situaciones que afectaron su vida y la cambiaron.

Por eso entiende que, al final, el protagonista no es Frank Olson, ni la CIA, ni las mentiras del gobierno gringo, sino Eric, y la amargura de una historia que aunque parece ya estar cerrada, no le ha dado ningún cierre:

“¿Crees que al final alguien pagará las consecuencias? ¿Crees que encontrarás la paz? ¿En qué consiste eso? ¿Vas a descubrir que tu padre fue asesinado por la CIA? ¿Te sientes mejor ahora? ¿Es mejor que no saber? ¿Lo es?”.


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