Cultura

Una hora fuera de mis cinco sentidos

¿Qué sucede cuando uno se encierra a solas en un lugar en el que nada sucede?

por Sebastián Serrano
30 Septiembre 2015, 8:22pm

Este lunes en la tarde estuve privado de cualquier estímulo (visual, auditivo, olfativo, gustativo o táctil) durante un poco más de una hora. Fue una experiencia intrigante que conocí inmerso en un tipo de tanque inventado por el médico y neuropsiquiatra John C. Lilly hace 61 años en Estados Unidos y que fue traído a Colombia este año por parte de un ingeniero civil de 27 años llamado Rafael Saavedra.

Se les llama de un montón de formas: tanques de aislamiento, de flotación, de atenuación o de privación sensorial... Todos funcionan, sin embargo, bajo el mismo principio: una solución de 400 kilos de sulfato de magnesio (también conocido como sal de epsom) diluidos en una capa de agua de alrededor de 50 centímetros de profundidad que está contenida por una cámara completamente aislada del exterior y con capacidad para una sola persona.

La cápsula aisla el ruido, la luz y los aromas mientras la solución de sal (similar en su densidad al agua del Mar muerto) permite que el cuerpo flote sin mayor esfuerzo logrando un estado de desconexión entre la mente y el cuerpo. Según algunos, la experiencia ofrece la oportunidad de explorar rincones normalmente inaccesibles de la mente. Para otros, se ha convertido en una ayuda a la hora de tratar dolores musculares. Para otros más, brinda una sensación de descanso inmejorable en medio del estrés y la sobreestimulación que implican el simple hecho de estar vivos.

Asi que podran entender por qué la invitación que me hizo Rafael hace un par de semanas para conocer su tanque de flotación me produjo esa sensación de hormigueo en la boca del estómago que se siente cada vez que nos lanzamos a lo desconocido preguntándonos si lo que nos espera es una puerta o una pared.

Llegué al barrio Niza Antigua de Bogotá, el lugar que Rafael escogió como sede para su centro de flotación 15 minutos antes de lo acordado con él. Situado entre la calle 127 y el Humedal Córdoba a la altura de la avenida Suba, y declarado patrimonio histórico en el año 2000, el barrio es una fantasía de la clase media alta bogotana de finales de los sesenta.

Compuesto por una veintena de manzanas ocupadas por casas de dos niveles y atravesado por varios callejones peatonales que conectan entre sí a una red de parques diseñados para jugar con los hijos, pasear al perro y comer helado, Niza fue en un principio un barrio residencial alejado del caos y el mundanal ruido del centro y nororiente de la capital. Con el tiempo se convertiría en punta de lanza para la colonización del noroccidente de la Sabana de Bogotá, un proceso del que fue testigo el escritor Rafael Chaparro Madiedo, quien creció en el barrio y narró su transformación en uno de los relatos incluidos en Zoológicos Urbanos.

Hoy en día, Niza está rodeado por el ruido del que huyeron sus primeros habitantes, pero en su interior se conservan esas zonas verdes, esas casas de fachada amplia con antejardín y patio, esa vocación silenciosa y esa franja de humedal en cuyo suelo pueden encontrarse varias envolturas de condones recientemente usados. "Tiene sentido", pensé mientras pedaleaba bajo la amable sombra de sus árboles, "si fuera a instalar un tanque para suprimir toda la interferencia del mundo físico en la mente del ser humano, yo también lo haría en este barrio".

Solo un rótulo pequeño con el nombre 'Gravedad Cero' sobre el botón del timbre delata la presencia de un centro de flotación abierto al público en una de las casas de Niza. Rafael abrió el portón y me invitó a pasar al segundo piso de su casa, donde me recibieron un par de velas aromatizantes, un sofá, un estante con varios libros escritos por John C. Lily y una mesa pequeña. Contrario a lo que esperaba, Rafael no se extendió en una gran exposición acerca de los tanques y sus mil y una virtudes, simplemente me contó acerca de la experiencia personal: cómo los tanques lo han ayudado a perfeccionar el aprendizaje en su deporte predilecto, el paintball, y la manera en que, tras experimentar con ellos durante un viaje a Portland en septiembre del año pasado, decidió importar uno al país en abril de este año, porque "la gente tiene derecho a conocer una experiencia como esta".

Luego Rafael me invitó a la habitación contigua a conocer su tanque, un Samadhi, la primera marca en fabricar tanques de flotación a nivel comercial en 1973. Me explicó que debía tomar una ducha, usar unos tapa oídos y desnudarme por completo antes de ingresar al tanque. "No espere nada, tómelo de forma muy personal. En caso de que se le caiga uno de los tapa oídos no se preocupe, déjelo ser. En 75 minutos una música le va avisar que la sesión se ha terminado (...)yo lo voy a estar esperando aquí afuera". Esas fueron sus únicas indicaciones antes de abandonar el cuarto y dejarme a solas con el tanque y un par de velas como única fuente de luz. Seguí las instrucciones (fui especialmente cuidadoso con los tapa oídos), ingresé en el tanque, cerré la puerta y dejé que la solución salina fuera acomodando mi cuerpo hasta que estuve flotando sin ningún esfuerzo con la boca y la nariz fuera del agua, los oídos sumergidos y pensando en medio de la más profunda oscuridad: "¿Qué putas voy a hacer acá durante 75 minutos?".

Uno de los clientes de Gravedad Cero flotando.

Cuando empezó a experimentar con los tanques de flotación en 1954, la principal motivación de John C. Lily era encontrar un lugar en el que, desconectado por completo de las interrupciones, ideas y tareas impuestas por nuestra relación con otras personas y nuestras actividades del día a día, fuera libre de explorarse "a sí mismo, al universo, a lo divino, a lo nuevo y a lo inesperado", esas fueron las palabras de Lilly en The Deep Self: Consciusness Exploration in the Isolation Tank, un libro dedicado enteramente a sus experiencias durante más de 20 años entrando y saliendo de tanques. Lilly, quien en un principio llamó a su invento el "Dominio de aislamiento-soledad-confinamiento-felicidad-libertad", afirmaba haber encontrado en el tanque un método para alcanzar el "descanso más profundo que haya experimentado [el ser humano]".

En un principio Lilly consideró que muchas de sus experiencias al interior del tanque estaban tan alejadas del sistema de creencias que tenían sus colegas en el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, sabía que inevitablemente sería tachado de loco por ellos. Por eso se abstuvo de decir algo hasta 1956, año en el que publicó el primero de muchos artículos científicos exponiendo sus hallazgos al interior del tanque. En él, Lilly sostenía que "si uno está solo durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo, y manteniendo niveles de estímulo lo suficientemente bajos, la mente se vuelve hacia sí misma y proyecta al exterior sus propios contenidos y procesos". Posteriormente, Lilly agregaría que al interior del tanque, en lugar de privarse, uno se recompensa.

Mis primeros minutos en el tanque de Rafael, el cual es una versión perfeccionada de los tanques en los que Lilly experimentaba, pasaron sin privación ni recompensa. En un principio, estar ahí solo y a oscuras tiene el efecto de subirle el volumen a todos los pensamientos que albergaba la mente antes de ingresar al tanque. Tambien podía sentir el contacto de la piel con el agua y, ocasionalmente, el de mi pie con el borde del tanque y una leve tensión que se iba acumulando en mi cuello. Cruce las manos detrás de mi cabeza y, estando más cómodo, logré percatarme de los sonidos de mi cuerpo. Sentí a mi estomago procesar unas cuantas porciones de pizza que había comido horas antes, a mi corazón bombéandome sangre por todo el cuerpo y cómo su ritmo respondía al de mi respiración. Luego sentí cómo uno de mis tapoídos se zafó, dejando que el agua salada ocupara su espacio. Nada grave. Decidí, de manera muy consciente, dejar ser a mi tapaoídos.

Durante 10 años de experimentación con tanques, John Lilly rechazó varios ofrecimientos para combinar sus experimentos con el uso de LSD. En 1964 Lilly consideró que estaba listo para flotar en el tanque bajo sus efectos y fue entonces cuando los hallazgos entraron a un nuevo terrerno: bajo los efectos de este alucinógeno, las exploraciones de Lilly pasaron de estar orientadas hacia su propia conciencia a ser exploraciones en las que "abandonaba su cuerpo para explorar nuevos universos".

En algunas de estas experiencias bajo los efectos del LSD, Lilly relata haberse puesto en contacto con seres muy superiores a él y a los demás humanos "seres para quienes nuestra vida entera no significa más que un breve instante en su escala de tiempo". También afirmó haberse puesto en contacto con seres benignos que nos programan y nos alimentan con sus pensamientos, guiándonos y asistiéndonos en descubrimientos como la energía nuclear, la estructura del ADN y el LSD.

También se encontró con sus contrapartes malignas: seres que experimentan con nosotros, dispuestos a sacrificarnos en el proceso, conduciendo finalmente a la extinción de la especie humana. Otra de las experiencias (o cómo Lilly prefería llamarlas: insperciencias) fue sentirse parte de un ser mayor del cual cada ser humano no es más que una célula desprovista de cualquier tipo de libre albedrío o voluntad. Lilly afirma haber alcanzado este estado solamente un par de veces en muchos años de exploración con LSD al interior del tanque. En una de ellas afirma haber llegado a sentirse como un pensamiento al interior de una mente mucho mayor, un pensamiento que era modificado de una manera "rápida, flexible y plástica", pero en ambas ocasiones tuvo que abandonar a este ser al sentir un nivel de ansiedad más allá del que su conciencia podía manejar.

Mierda muy rara y prácticamente inaccesible a la cual Lilly llegó (¿o alucinó?), sumergiéndose durante periodos de alrededor de ocho horas, bajo los efectos de LSD de la mejor calidad, y con una dosis nada despreciable de disciplina y rigor científico. Para los verdaderamente curiosos, estos hallazgos y muchos otros más están documentados en el libro Programming and Metaprogramming in the human Biocomputer.

La carrera de Lilly y sus descubrimientos también sirvieron como inspiración para la novela Estados Alterados, adaptada al cine por Ken Russell en 1980. En ella, un científico sospechosamente atractivo lleva sus experimentos con tanques de flotación y alucinógenos hasta un extremo en el que su propia estructura genética resulta alterada y emerge del tanque convertido en un homínido (presumiblemente precursor del ser humano), escapa del laboratorio asesinando a un guardia, es perseguido por una jauría de perros callejeros hasta un zoológico en el que asesina a un venado y devora su carne. Todo esto para ser rescatado de un agujero en la fibra del espacio-tiempo en la última escena de la película gracias al poder del amor. El amor de una mujer sexualmente atractiva, claro está.

No sé cuanto tiempo pasé al interior de ese tanque en el barrio Niza antes de empezar a sentir que mi cuerpo, (¿o tal vez "yo"?) estaba moviéndose hacia una posición vertical. Es un recuerdo vago y difuso, como venido de uno de esos extraños momentos que anteceden al sueño. Luego no hay nada, ningún recuerdo. La música que marcaba el final de mi sesión me tomó por sorpresa. "¿Ya pasó tanto tiempo?", pensé mientras abría la puerta. A pesar de que la sensación se parecía más a la de regresar que a la de despertar, no pude evitar preguntarme lo siguiente: "¿Me habré quedado dormido mientras flotaba? (según el propio Lilly es posible, además de muy gratificante, dormir en el tanque). Al salir me percaté de que también había perdido el otro de mis tapa oídos, pero no recordaba en qué punto de la sesión había sucedió.

Salí de ahí y tomé una ducha caliente que pareció eterna. Dudaba hasta de la música que me hizo volver a la conciencia. Al salir del cuarto, Rafael me estaba esperando en la sala y me ofreció un agua aromática mientras yo trataba, inútilmente, de digerir la experiencia. Sobre la mesa había un bloc de papelitos blancos en los que otros visitantes habían registrado sus experiencias al interior del tanque, la mayoría similares a la mía: algo de resistencia y un montón de pensamientos ordinarios en un principio y luego una extraña sensación de desconexión, descanso y lejanía.

Al salir me recibieron la noche y la misma calle tranquila del barrio Niza. Lo único que puedo afirmar con certeza es que el dolor de cuello y espalda que suele acompañarme a casi todas partes me había abandonado (solo para regresar ahora, que llevo unas cuantas horas sentado escribiendo este artículo) y que una erupción extraña que había aparecido en la última falange de mis dedos índice y anular durante un viaje que hice en el fin de semana ya no estaba ahí, lo cual, para ser justos, podría atribuirse a las sales de epsom o al simple hecho de haber vuelto al clima que me corresponde.

Quedan otras sensaciones que son enteramente subjetivas, como la serenidad que me acompañó esa noche en el camino a casa, una traba muy agradable e inusualmente intensa (me refiero a hablar solo en voz alta y reirme a carcajadas de mis propios chistes) que experimenté esa misma noche y la sensación de que, a la mañana siguiente, no parpadeé ni una sola vez mientras iba camino al trabajo en mi bicicleta a toda velocidad.

Sin embargo, para Juan Daniel Gómez, profesor de neuropsicología y neurofisiología de la Universidad Javeriana, no todo es descanso y concentración y ataques de súbitos de risa tras una sesión un un tanque de privación sensorial. Según el profesor Gómez, encerrarse en el tanque por mucho tiempo y con demasiada frecuencia puede alterar el ritmo circadiano del cuerpo humano. Por esto se refiere a una serie de procesos hormonales que, de acuerdo al estímulo de la luz solar, regulan todo lo que hay entre la erección mañanera y la somnolencia nocturna. Hecho que fue reconocido por John C. Lilly, quien afirmó en una de sus bitácoras que, tras salir del tanque, el sujeto (usualmente él mismo) parece estar listo para comenzar su día de nuevo sin importar la hora que sea. No en vano la privación sensorial también es utilizada como una herramienta de tortura, eso sí con métodos muy distintos a los del tanque de flotación. Cabe anotar que, antes de terminar nuestra llamada, Juan Daniel hizo la salvedad de que no le gustaría resultar hablando mal de algo que le hace bien a muchos.

Diagrama del ritmo circadiano en el ser humano / Imagen de Wikimedia Commons.

En los últimos años, la ciencia ha validado varias de las sensaciones y beneficios descritos por los usuarios de tanques de flotación. Algunos estudios han corroborado la eficacia de los tanques a la hora de controlar dolores musculares, otros, han demostrado una disminución en la presencia de ácidos asociados con el estrés en la orina de sujetos que han pasado al menos una hora en un tanque de flotación. También ha sido probada su utilidad a la hora de ayudar en la recuperación del cuerpo tras periodos de esfuerzo físico intenso. Y, en general, la mayoría de estudios reportan una mejora en el estado de ánimo de los sujetos tras unas cuantas sesiones en el tanque de flotación.

Eso de los tanques de flotación: un paso más en la escalera siempre ascendente del ser humano en su búsqueda por escapar, ampliar o alterar su conciencia... lo que sea que eso signifique.