Así es el centro de intercambio de jeringas para heroinómanos en Bogotá

El consumo de heroína se ha incrementado de manera silenciosa. Visitamos un centro de intercambio de jeringas donde intentan reducir los riesgos ocasionados por su uso.

|
feb. 8 2016, 6:30pm

A María la conocí en el centro de Bogotá. Delgada, de mediana edad y piel trigueña, su energía era contagiosa. Antes de sentarme a hablar con ella, sabía que trabajaba con consumidores de heroína. Pero no fue sino hasta que conversamos, cara a cara, que me enteré de que ella –una mujer cuya apariencia no revela indicios de consumo– también metía. También se chutaba.

Consumir es una decisión —me dijo— yo ya había probado todas las drogas cuando me dio por la heroína. Por una amiga conocí a unos tipos que la mandaban al exterior. Le dije a uno de ellos que me regalara un poquito. Él me contestó que no, que le daría mucho pesar venderme, que me iba a enganchar hasta el día de mi muerte, que iba a vivir un infierno.

Ella, sin embargo, estaba decidida y lo convenció.

"Por una amiga conocí a unos tipos que la mandaban al exterior. Le dije a uno de ellos que me regalara un poquito. Él me contestó que no, que le daría mucho pesar venderme"

La heroína y otras sustancias inyectables no juegan un papel muy protagónico en el país. La marihuana y la cocaína son las preferidas de los consumidores colombianos. Según indica el Estudio Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas en Colombia, publicado en 2013, la marihuana es la sustancia ilícita de mayor consumo (439.630 consumidores) seguida por la cocaína (98.772). Ambas superan notablemente a la heroína, que apenas registra 31.852 personas que la han probado alguna vez en la vida, pareciendo un problema menor. Pero no lo es.

En la década de 1990 aparecieron los primeros casos aislados del consumo de heroína en el país. Según el estudio Heroína: consumo, tratamiento y su relación con el microtráfico en Bogotá y Medellín, publicado en 2010 por el Ministerio de Protección Social, en alianza con la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito UNODC, a finales de 1990, Colombia contaba con una producción de amapola estable que comprendía casi 7.000 hectáreas. El opio de allí extraído, transformado en heroína de muy alta calidad, empezó a ser distribuido localmente a precios muy bajos y el panorama de consumo empezó a cambiar. Para el año 2005, ciudades como Bogotá, Cucutá y Medellín registraron un número elevado de casos de sobredosis y muertes vinculadas al consumo de heroína.

Reportes entregados por la Policía Antinarcóticos indican que la amapola se cultiva principalmente en los departamentos de Cauca, Nariño, Huila y Tolima. Se transforma en heroína y se transporta a Cali y Pereira para la posterior exportación. Pero no toda la droga se va del país. Información de UNODC indica que el consumo de heroína se ha incrementado de manera sostenida en los últimos años, sobre todo en Antioquia, Quindío, Risaralda, Caldas y Bogotá. Además, en Medellín y Pereira destaca la progresión del VIH en las personas que se inyectan. "Todos estos factores constituyen una problemática de urgente intervención", señala UNODC.

Información de UNODC indica que el consumo de heroína se ha incrementado de manera sostenida en los últimos años, sobre todo en Antioquia, Quindío, Risaralda, Caldas y Bogotá.

Aunque el Estudio Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas en Colombia publicado en 2009 presentaba un índice muy bajo de consumo de heroína, sugería que las cifras distaban mucho de la realidad: las características del consumo, decía el informe, son altamente clandestinas e individualizadas. Reforzando está teoría, UNODC encontró que la gran mayoría de hospitales públicos que atienden sobredosis no tienen protocolos específicos ni llevan registros sistemáticos, y "en ocasiones —cita UNODC— son tan ambiguos que ni siquiera hacen referencia a consumo de sustancias psicoactivas sino solamente a intoxicación por agente externo".

Pero en 2015 la Organización de Estados Americanos (OEA) confirmó las sospechas y lanzó una alerta a Colombia y otros países vecinos pues presentaban cifras de consumo preocupantes, que podrían convertirse en un problema a futuro.

"A está comunidad nadie la había intervenido antes —dice María— entonces la gente es muy desconfiada porque piensan que es un rehabilitadero, un tratamiento". Su trabajo con consumidores de heroína ha sido fundamental en el desarrollo de CAMBIE, el programa distrital de acceso a material higiénico de inyección, pues ha sido ella, con su experiencia de consumo de heroína, quien ha logrado acercar a otros consumidores al programa.

CAMBIE es un programa de reducción de riesgo que arrancó su etapa de diagnóstico en Bogotá en 2014 con recursos gestionados por ATS y con apoyo internacional de Open Society Foundation. En abril de 2015 inició operaciones y en julio de ese mismo año la Secretaría de Salud del Distrito se le sumó, aportando recursos.

Programación de actividades. Fotos por Gabriel Herrera.

La reducción del daño es una aproximación a la problemática de drogas que procura mejorar los hábitos de consumo en los adictos. Programas de este tipo han sido implementados en Europa y nacen de una reflexión sobre las limitaciones y los efectos negativos de las políticas represivas usadas en países como el nuestro. Este tipo de programas no pretende acabar con el consumo de drogas, sino reducir al máximo los daños de un consumo excesivo o problemático así como los costos de las políticas de drogas.

El profesor Rodrigo Uprimmy, en su estudio Drogas, Derecho y Democracia lo dice mejor. A mediados de los años 70, Holanda despenalizó la distribución minorista y el consumo de drogas suaves y desde ese momento ha evitado criminalizar a los consumidores de drogas duras como la heroína, procurando no marginalizarlos y, a su vez, brindarles programas de apoyo como distribución gratuita de jeringas, suministro de sustitutos como la metadona para combatir el síndrome de abstinencia, ayuda profesional a quien lo pida y programas comunitarios que le permitan al consumidor integrarse socialmente.

El enfoque de reducción de riesgo en Holanda —dice Uprimny— partió del supuesto de que la mejor manera de minimizar los daños derivados del abuso de sustancias psicotrópicas es "integrando a los consumidores dentro de la sociedad normal, en lugar de aislarlos en clínicas, programas, tiendas y vecindarios".

Contrario a lo que muchos piensan, este tipo de políticas, cada vez más comunes, no se ha traducido en aumentos dramáticos de consumo pero sí han logrado reducir el riesgo y mitigar el daño que puede ocasionar el uso de sustancias, en este caso de vía inyectable, que pueden resultar en el aumento del contagio de enfermedades, como VIH y Hepatitis C, además de muertes por sobredosis. Y reducir los llamados "efectos indirectos" de las drogas, (una política más económica que la política contra las drogas, menos personas privadas de la libertad) cuando éstas han sido prohibidas y su consumo es perseguido.

En Bogotá, el programa de reducción de riesgo CAMBIE funciona en un pequeño local de dos salones que se pierde entre los gigantescos edificios del centro de la ciudad. Nadie que no sea un usuario podría saber que quien atreviese la reja de entrada va por jeringas limpias. La discreción se traduce en tranquilidad para los usuarios. Algunos entran y salen rápido, otro merodean en la puerta y miran a los lados hasta que deciden entrar, pero, al fin y al cabo, después de pasar la reja, nadie que no sepa puede intuir que van por jeringas, que consumen heroína.

Contrario a lo que muchos piensan, este tipo de políticas, cada vez más comunes, no se ha traducido en aumentos dramáticos de consumo pero sí han logrado reducir el riesgo

Después de la reja hay unas escaleras y varias puertas. A la derecha la de CAMBIE. Al frente de la entrada, una pared donde está pintado el horario con la programación de los talleres de la semana (inyección higiénica, prevención de transmisión de enfermedades, manejo de sobredosis, derechos de como usuarios y ciudadanos, formación de pares, productividad, cine foro y otras actividades). Y al lado del horario un letrero que dice: "Apoye, no castigue". A la izquierda queda el salón de los talleres, un espacio más grande, con paredes adornadas con dibujos y fotografías de algunos usuarios y profesores. El salón sólo tiene una ventana, y encima de ella, en lo más alto de la pared, otro letrero: "NADA SOBRE NOSOTROS SIN NOSOTROS" (en otras palabras, que ellos como consumidores deben estar involucrados y participar cuando se toman medidas que los afectan).

La importancia de programas como CAMBIE no sólo radica en la entrega del kit, que incluye dos jeringas, agua limpia, un torniquete para hacer presión, algodón (que funciona como filtro para las impurezas), pañitos con alcohol para desinfectar, casoleta, curitas, un condón y un afiche con información sobre técnicas de inyección que, además, es impermeable y sirve como bandeja para hacer la preparación; sino que además permite la consolidación de una red de usuarios de inyectables que proporciona cifras más reales y confiables. La cifra negra de consumidores, tan común en este tipo de drogas, empieza a aclararse, cosa que le permite al Estado planear mejor sus políticas públicas.

Kit completo que se entrega a los usuarios.

El éxito del programa radica también en incluir consumidores en el trabajo. Los llaman pares y, según María, muchos de los que van por jeringas también quieren el trabajo. Son ellos mismos los que reciben las jeringas usadas y entregan las nuevas, pues nadie sabe como otro consumidor el dolor que produce la abstinencia y el riesgo que genera el consumo.

Hay unas normas mínimas: no pueden consumir alcohol ni llegar muy drogados, pues deben poder estar alertas, no robar ni intercambiar teléfonos, ni faltarle al respeto a nadie. Nunca se les da plata.

Según Julián Quintero —sociólogo y director de ATS—, entre abril y diciembre del año pasado, el programa CAMBIE registraba 145 personas inscritas que, entre todas, sumaban unas 2.534 visitas al local. Lograron entregar más de 13.700 jeringas y recoger cerca de 8.000 (una tasa de retorno que supera el 50%, lo que a nivel mundial se considera un éxito), hicieron 73 remisiones a otros servicios de salud y más de 600 sesiones de asesoría y formación en prevención del VIH, sobredosis e inyección de menor riesgo que han dado como resultado la superación de 21 sobredosis.

Yanina Silva Jaramillo se encarga de los talleres sobre inyección higiénica y sobredosis. Yanina conoce a profundidad las consecuencias del consumo, incluso cuando es controlado: "Esta no es la solución —me dice— pero como no hay más, tratamos de mitigar el daño". Siendo enfermera ha dedicado la mayor parte de su vida profesional al trabajo con consumidores de sustancias. "El propósito de esto no es que la gente deje de consumir, pero sirve para generar en las personas consumidoras el deseo de mejorar su calidad de vida y el deseo de rehabilitarse viene per sé. Cuando tu comienzas a activar los procesos de autocuidado empiezas también a pensar que tu vida es agradable y que tu consumo ya no es tan imprescindible, pero necesitas que te den una mano".

Lograron entregar más de 13.700 jeringas y recoger cerca de 8.000 (una tasa de retorno que supera el 50%, lo que a nivel mundial se considera un éxito)

El estudio de UNODC en Medellín y Bogotá señaló que entre los usuarios de heroína predominan personas de mayoría masculina, entre los 17 y 30 años de edad, que tienden a ser de niveles socioeconómicos altos, con historial de consumo de otras sustancias y familias disfuncionales que casi siempre presentan elevado deterioro físico y cuadros psicóticos con alucinaciones y delirios, depresión, ansiedad y confusión. Y otro grupo entre los 18 y 39 años, caracterizados por habitantes de calle, desplazados y reinsertados, que en su mayoría han tenido tratamientos previos y que presentan por lo general desnutrición, carencia de rutinas y hábitos de auto cuidado, pérdida de interés y bajos niveles motivacionales.

"La primera vez a la mayoría de la gente le cae mal —me dice María— te entra horriblemente mal, vomitas. Pero uno es terco y vuelve y la prueba y la segunda vez si es súper placentero. Lo haces dos o tres veces en una semana y ya te empiezas a sentir extraño si no lo haces, maluco, sientes que tienes que hacerlo, te jala el placer, como buscando otra vez esa primera sensación. Son sensaciones súper corticas, momentáneas, y a la final el precio que uno paga por ese placer es muy alto".

Una de la principales causas de consumo en el país es la producción interna de amapola. Eso dice el Informe de Drogas de Colombia, publicado por el Observatorio de Drogas de Colombia ODC y el Ministerio de Justicia el año pasado. La sustancia está disponible y los precios son bajos. En Bogotá, que es la ciudad con los precios más altos del mercado en el país, un gramo de heroína cuesta entre 25 y 30 mil pesos. Pero más peligroso que la abundancia de la sustancia en las calles y el bajo precio —como dice el reporte— es la altísima pureza de la heroína que se vende.

Víctima de esa pureza, en noviembre pasado murió por sobredosis uno de los chicos conocidos de CAMBIE. Por sus hábitos de consumo podía pasar hasta 15 días sin consumir y cuando una persona deja de consumir por un tiempo, la tolerancia a la sustancia baja y tiene más riesgo de tener sobredosis. Después de su muerte, otros usuario empezaron a reportar una mercancía demasiado fuerte. Al final se recogieron 13 muestras para análisis que reportaron un rango de contenido de heroína entre 32.5 y 93.6% de pureza, con un promedio del 70%: una cifra altísima comparada con análisis que vieron en España que arrojaron muestras de 1.28%, 2.21%, 2.86, muy pocas por encima del 10% y la más alta de 32%. Les ganamos en pureza, me dicen los de CAMBIE.

Afiche informativo de sobredosis por heroína.

Hay quienes consumen porque no tienen miedo a nada, hay otros que ya perdieron el miedo. Para unos es recreativo y para otros medicinal, un descanso de la vida, poder desconectarse y volver. La heroína está ahí, en la calle, esperando a cualquiera que encuentre una razón para buscarla. Según cifras del ODC, el año pasado se incautaron poco más de 340 kilogramos de heroína y se lograron erradicar 614 hectáreas de amapola en el país.

María se pincha todos los días cada siete horas, justo cuando empieza el malestar de la abstinencia. Cuando empieza a bostezar, le duele el estomago y le dan ganas de vomitar, pero todavía no se doblega y puede caminar. Ahí empieza la ansiedad, luego viene el pinchazo —que está lejos de producir el placer de las primeras veces—, sino que le calma el "mono".

CAMBIE se lleva a cabo en tres ciudades del país. Pereira, que fue la primera ciudad que ejecutó el programa con 900 usuarios; Cali, que empezó a finales del año pasado y cuenta con 40 usuarios y Bogotá, donde ATS evalúa la posibilidad de abrir otra sede en el norte de la ciudad para llegar a los consumidores de esa zona.

El Secretario de Salud de Bogotá, Luis Gonzalo Morales, en declaraciones a diferentes medios de comunicación (nosotros seguimos esperando que nos responda) resaltó la labor de organizaciones como ATS y manifestó su deseo de que esta y otras hagan parte de una estrategia integral, pues, para él, "lo que hay que hacer con un adicto es todo lo posible por meterlo en un programa de atención integral en un centro médico".

Mientras tanto, María empieza a contemplar la posibilidad de dejar de consumir. "Yo he perdido muchas oportunidades por no poder dejar esta mierda. Es un círculo vicioso: pierdo oportunidades por la droga, pero no la puedo dejar y sigo perdiendo oportunidades y me castigo con la droga y me castigo más mientras más oportunidades pierdo y de ese círculo vicioso no puede salir uno. Pero bueno, ya, yo decidí esta opción y es como si me hubiera dado una diabetes y me tuviera que poner insulina todos los días de mi vida, por el resto de mis días, cuatro veces al día y sino me da algo, me enfermo. Ya lo asumo así, como si fuera un medicamento", dice, finalmente, María.

Más VICE
Canales de VICE