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Histórias

Traté de reproducir los efectos del LSD usando sólo mi respiración

El trabajo respiratorio es un tipo de meditación muy poderoso: tienes una experiencia psicodélica, visitas tus vidas pasadas, tienes visiones, escuchas voces... o eso es lo que dicen.

por Conor Creighton
19 Febrero 2016, 4:30pm

Ilustraciones por Alex Jenkins.

Este artículo se publicó originalmente en VICE.

El trabajo respiratorio es un tipo de meditación muy poderoso que puede reproducir los efectos del LSD. Hiperventilar por periodos largos de tiempo hace que entres en un estado de consciencia no ordinario: tienes una experiencia sicodélica, visitas tus vidas pasadas, tienes visiones, escuchas voces. O al menos eso es lo que dicen.

Los chamanes y los swamis han utilizado el trabajo respiratorio por miles de años. Sin embargo, la práctica moderna nació a partir de la investigación del LSD en la década de los 60. Los héroes contraculturales como Timothy Leary y Robert Anton Wilson la practicaban, pero Stanislav Grof se considera el fundador. Grof es famoso por sus estudios tempranos sobre el LSD, sobre todo en el campo de la "terapia sicodélica". Cuando el FBI empezó a ponerse más estricto con drogas como el LSD, Grof decidió enfocarse en algo por lo que a uno no lo pueden encarcelar: respirar.

La práctica consiste en respirar muy rápido para eliminar el dióxido de carbono del cuerpo, lo cual provoca un aumento en el pH sanguíneo. Los efectos secundarios pueden ser mareo, hormigueo y espasmos carpopedales, que es básicamente sacudir los brazos y piernas de un lado a otro. El trabajo respiratorio incluye la meditación guiada con instrucciones, cuidado posterior y algunas recomendaciones terapéuticas.

En mi viaje más reciente a la India, vi en el mostrador de una tienda naturista en Gokarna –un pueblito sagrado a unas dos horas de Goa en avión– un folleto que anunciaba una clase de trabajo respiratorio. La clase la daba un tipo llamado Franz Simon, que estudió los métodos de Grof. Simon es un hombre de sesenta y tantos con un acento suizo muy marcado. Ha escrito varios libros New Age con títulos como El fin, Anhelo o A la vida no le importa si finges estar muerto; le encanta tocar la armónica y cantar al estilo tirolés.

Normalmente Franz da sus lecciones en una casa de huéspedes, pero el día en que llegué con otros dos mochileros alemanes y tres israelitas se le había olvidado que tenía clase. Nos quedamos un buen rato tocando a su puerta con la esperanza de que nos dejara entrar.

"Perdón", dijo, "denme cinco minutos".

Poco después nos invitó a pasar y nos pidió que nos sentáramos sobre el piso en unos cojines. Hacía muchísimo calor. Nos acomodamos mientras Franz trataba de hacer funcionar el ventilador que colgaba del techo, pero el motor estaba descompuesto y el aparato sólo servía para hacer circular el aire caliente. Todos teníamos marcas de sudor en la camiseta, en las partes del pecho, la espalda y las axilas.

"OK, empecemos", dijo Franz.

Nos sentamos en parejas, con las piernas cruzadas, frente a un completo desconocido. La sesión empezó con una serie de preguntas: ¿Quién eres? ¿Qué arriesgarías para ser feliz? ¿Qué cambiarías para ser libre? Se suponía que teníamos que contestar con la mayor honestidad y naturalidad posible durante toda la sesión, que, por cierto, parecía interminable.

Después de cada pregunta, teníamos que cambiar de pareja. La conversación era para preparar la mente, desatar su curiosidad existencial natural y crear una plataforma propicia para el trabajo respiratorio. Franz Simon daba vueltas por la habitación, escuchaba, ajustaba el ventilador y nos daba botellas de agua.

La sesión de preguntas duró aproximadamente una hora y resultó ser profunda y muy conmovedora. Éramos un grupo de desconocidos hablando acerca de nuestros anhelos, nuestros fracasos y nuestros obstáculos. Algunas de las respuestas que di me sorprendieron. La energía en la habitación (no sé si fue por la expectativa o el calor) hacía que nos abriéramos más y todos parecíamos estar unidos por el sudor y la sospecha de que estábamos ligeramente perdidos y éramos un poco infelices.

Después, Frank dijo que nos pusiéramos de pie. Explicó que esa era la parte peligrosa, que nuestros cuerpos podían deformarse o podíamos caernos. Advirtió de todas formas que a él nunca le había pasado. Estábamos a punto de sacar todo el dióxido de carbono de nuestros cuerpos. Los que practican el trabajo respiratorio le llaman a esto "la garra", porque los dedos de las manos y los pies se paralizan en forma de garra y luego uno se cae.

Estaba en un trance, sí, pero sabía que en cuanto abriera los ojos se iba a acabar

Primero teníamos que respirar por la nariz al mismo tiempo que Franz y doblar las rodillas al exhalar. Cada exhalación duraba más que la inhalación. Cerramos nuestros ojos y empezamos a respirar cada vez más rápido. Era muy incómodo y lo único que quería era respirar de forma normal. El ruido en la habitación era muy fuerte; mis piernas empezaron a temblar y mis dedos estaban adormecidos. Franz se acercó a mí y me dijo que me arrodillara. Pocos minutos después, me ayudó a acostarme de espaldas. Todo quedó en silencio y no podía sentir a nadie en la habitación, más que a Franz. Ya no estaba consciente de estar en la habitación.

Después, Franz empezó a cantar un mantra —estás hecho de amor— pero al estilo tirolés.

Con los ojos cerrados, empecé a ver patrones fractales y formas de animales. Había un zorro, algo parecido a un elefante y, como era India, una vaca.

Minutos más tarde, Franz nos dijo que abriéramos los ojos. En ese momento vi que todos los demás también estaban acostados en el piso. Franz nos preguntó cuánto tiempo creíamos que había durado. La mayoría respondió que como media hora, pero Franz nos dijo que llevábamos acostados una hora y media.

Tomamos un descanso y fuimos por un helado. Cuando regresamos, repetimos la misma técnica. Esta vez, respiré todavía más rápido y el trance fue más fuerte. Llegó un punto en el que vi un túnel largo y oscuro, y cuando me acerqué, colapsé. El efecto fue similar a una dosis muy pequeña de LSD o unos hongos mágicos muy suaves, o incluso como el de acostarse después de fumar mucha marihuana. Estaba en un trance, sí, pero sabía que en cuanto abriera los ojos se iba a acabar. El poder de este trance yace en el hecho de que uno es capaz de lograrlo sólo con respirar rápido, acostarse y escuchar cantos al estilo tirolés.

Franz tocó unas últimas canciones en la armónica y nos despertó. Tenía una voz ronca de viejito, pero en el trance sonaba dulce como la de un eunuco.

"¿Entonces?", dijo. "¿Qué sintieron?".

Una chica israelí dijo que sintió vibraciones en todo el cuerpo. Un alemán dejó de sentir sus brazos y pensó que estaba volando. ("Casi volabas", dijo Frank). Otro dijo que escuchó la música de Franz en otro idioma. Franz insinuó que mi visión del túnel representaba mi nacimiento.

Franz nos dijo que eso no era más que una introducción al trabajo respiratorio y que la gente que la estudia llega a un nivel mucho más profundo: visita vidas pasadas, se limpia o saca traumas antiguos. "A veces el trance dura toda la noche".

Desde esa vez, he tratado de practicar el trabajo respiratorio sin Franz, sin la armónica, sin los mantras estilo tirolés, sin la habitación llena de desconocidos, sin el calor y la humedad. Sólo respiro y respiro hasta el cansancio y después me quedo dormido.

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