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Navidad

Una lección de economía para arruinarte la Navidad

Esta época es sobre todo un aumento en la actividad económica, un periodo atípico durante el cual el derroche sucede a niveles alarmantes.

Pascal-Emmanuel Gobry

Foto por Craig F. Walker/The Boston Globe vía Getty Images


La Navidad es una época para celebrar el nacimiento de Cristo, una oportunidad para emborracharte con tu familia y un punto crítico en las guerras culturales imaginarias. Sin embargo, para los economistas, la Navidad es sobre todo un aumento en la actividad económica, un periodo atípico durante el cual se derrocha a niveles alarmantes.

Los economistas clásicos —que piensan que los mercados funcionan mejor con una intervención mínima del gobierno— pueden identificar el origen de gran parte de este despilfarro. En primer lugar, está el despilfarro generado por los malos regalos. Todos tenemos regalos de Navidad que no queremos y que preferiríamos no tener. Y es una tragedia no sólo porque tu tía te hizo sentir mal y tienes que fingir que te encantó su regalo, sino porque podría haber usado la plata que gastó en esa basura para darte algo que te gustara más. Esa plata no es sólo plata: también representa una serie de recursos reales, en un mundo en el que estos escasean.

Pero esta lección va más allá de los regalos feos. Como la Navidad es la época en la que se realizan más compras, se produce excedente y un déficit en la capacidad económica de las personas. Los minoristas, los almacenes y las empresas de transporte deben tener la capacidad de aguantar el frenesí de la Navidad, una capacidad (en forma de camiones de entrega, o espacio en los estantes) que no es necesaria el resto del año. Si todos decidiéramos gastar toda esa plata poco a poco durante todo el año, la economía no tendría que adaptarse para absorber todo ese fervor consumista concentrado. Eso significa que podríamos usar nuestros recursos de forma más eficiente y así todos seríamos más ricos porque la economía tendría más recursos por cada unidad de tiempo que dedicara a obtenerlos.

Los economistas keynesianos —que siguen los modelos macroeconómicos creados por el economista John Maynard Keynes— sin duda creen que la Navidad es una gran idea. El frenesí de las compras genera todo tipo de actividad económica: las empresas contratan a más trabajadores para producir bienes, enviarlos, almacenarlos, venderlos, anunciarlos. El consumo —la demanda agregada— de la economía sube y genera más actividad económica, y eso nos conviene a todos. Los keynesianos piensan que lo más importante de la economía es el consumo total: más consumo significa más actividad económica, que a su vez significa más empleos y así todos vivimos más felices.

Entonces, ¿quién tiene la razón? Los dos tienen un buen argumento. Hemos oído mucho más acerca de la economía keynesiana desde la crisis financiera de 2008, cuando todas las economías del mundo se hundieron y hubo un debate sobre cuánto dinero se debe invertir en ellas para evitar que se derrumben por completo. La Navidad es, ante todo, un consumo mal planteado. Sin embargo, los gastos mal planteados pueden ser buenos cuando la economía está en una profunda depresión porque lo único que es capaz de hacer que vuelva a funcionar es un aumento en el consumo.

El propio Keynes se burló una vez durante la Gran Depresión del supuesto buen uso de los recursos que hacía el gobierno al contratar obreros para cavar hoyos y luego volverlos a llenar, justo el tipo de comentario que haría que un economista clásico se enloqueciera. Hasta donde sabemos, en el tiempo que hemos monitoreado este fenómeno desde la Gran Depresión, Keynes tiene razón cuando la economía está una depresión profunda, pero el resto del tiempo está equivocado. Cuando la economía está en depresión, es necesario aumentar el consumo y activar la economía. Pero cuando está tambaleando, lo único que hace el frenesí del consumo irracional es desviar los recursos de las actividades más productivas y eso hace que seamos ligeramente más pobres.

Pero esta discrepancia va más allá de la jerga económica y se convierte en una discrepancia fundamental o hasta filosófica sobre la definición de economía. Llegó el momento de hablar de la visión del produccionista y la visión del creacionista (en este caso, creacionista no tiene nada que ver con las interpretaciones fundamentalistas de la Biblia). Esta es una distinción más sutil, y a menudo implícita, que no corresponde exactamente con la división keynesiana/clásica.

Los produccionistas, como Donald Trump y muchos discípulos de Keynes (aunque no el propio Keynes), creen que la función fundamental de una economía es dar empleos a la gente y producir el nivel de actividad económica necesario para esos trabajos. Si eres produccionista, crees que la economía es un ciclo interminable de compra y venta, y que la meta de los economistas y políticos es mantener funcionando el ciclo para que emplee a suficiente gente. Los produccionistas de izquierda insisten en que los trabajadores deben tener salarios altos para comprar más cosas y seguir el ciclo; los productores de derecha insisten en que las empresas necesitan obtener ganancias para dar empleos y seguir el ciclo. Hasta transmiten discusiones enardecidas por televisión, en segmentos de opinión y en las universidades, pero en el fondo tienen la misma cosmovisión.

Por otro lado, los creacionistas piensan que la función de la economía es permitir que la gente cree cosas. A los produccionistas no les importa lo que la gente compra o vende mientras el ciclo siga en marcha. Sin embargo, los creacionistas, opinan que es de suma importancia. Cuando Henry Ford inventó el Modelo T, o Steve Jobs inventó el iPhone, nuestra situación mejoró no porque estas personas crearan nuevos puestos de trabajo o incentivos para que la gente gastara plata, sino porque produjeron cosas que antes no existían y que nos hacen la vida más fácil. El ciclo del mercado libre de comprar y vender es la forma menos horrible que tenemos para permitir ese proceso creativo.

Entonces, ¿la Navidad es buena o mala para la economía? Nadie lo sabe. La única forma de saberlo sería crear una Tierra B que sea idéntica en todos los aspectos, excepto sin Navidad, lo cual es imposible. Pero te puedo decir lo que pienso. En mi opinión, los modelos económicos son importantes, pero lo que hace que la economía funcione es la gente, no las cosas materiales, y que los modelos económicos no capturan todos los aspectos de la gente. Tal vez las compras y las ventas no son la parte económica más importante de la Navidad. Tal vez lo más importante es lo que menos se relaciona con la economía: pasar tiempo con nuestras familias y ser más amables con nuestros vecinos. Si estas cosas nos vuelven seres humanos más compasivos y centrados, se produce un impacto en lo que los economistas llaman "capital humano", que es el capital más importante y, a largo plazo, el más decisivo. La lección económica de la Navidad es que los factores más importantes en la economía podrían no tener nada que ver con ella.