Cultura

Hablando del SITP (y otras cosas) con mi vendedor de bus favorito

Perseguí a don Dieguito, el emblemático vendedor de esferos y señor de gorros de la Séptima bogotana.

por Santiago A. de Narváez
06 Noviembre 2015, 4:28pm

Llevaba rato sin verlo.

Tiempo después, habría de asociar su ausencia con la aparición de los nuevos buses (o mejor, con la salida de los viejos). Lo veo al otro lado de la calle, hablando con un vendedor ambulante que tiene su puesto ahí en la 72 con Séptima. Es obvio que se va a montar en uno que lo lleve hacia el norte. Yo voy para el otro lado.

Miro el reloj y me doy cuenta de que tengo, todavía, media hora a mi favor. Sin pensarlo mucho, cruzo la Séptima esquivando carros y bicicletas. Mi plan es agarrarlo cuando acabe de hablar con el vendedor ambulante. Pero llego tarde al otro lado: se está montando en un 'Toberín'.

(Es algo muy de esta ciudad llamar a los buses por su ruta y no por el nombre de bus, buseta o colectivo: "el Germania le sirve"; "móntese en ese 'Lijacá' que viene allá atrasito"; "le toca esperar a que pase un 'San Cristóbal' o un 'Simón Bolívar', esos bajan". Y así. Por lo menos hasta ahora, cuando cambiamos esos nombres por los códigos de las nuevas rutas).

Como ya me he cruzado los seis carriles y el separador, no hay más remedio que montarme en ese mismo bus hacia el norte, alejándome todavía más de la oficina. Me subo detrás de él y pago el pasaje con monedas. Lo justo. Paso con cuidado a su lado intentando no incomodarlo. Su discurso apenas empieza. Mientras reparte los esferos que está a punto de promocionar suelta frases de este estilo: "Es que hoy me ha ido súper bien, llevo desde las 6 trabajando" o "Qué más joven, hacía rato no lo veía. Es que me da alegría verlo".

***

Cuando se anunció la implementación del Sistema Integrado de Transporte o SITP no sólo pasaron al cadalso a los buses de antes, a los de siempre, sino que sentenciaron a muerte al viejo oficio de usar un bus como local o tienda. De usar el transporte público como espacio de comercio.

La Secretaría de Movilidad implementó un plan de choque para "darle acompañamiento" a los vendedores de bus en esta transición. En otras palabras, se implementó un programa para enseñarle a los vendedores nuevos oficios y que cambiaran de profesión: mecánicos, peluqueros, cocineros o carpinteros.

TransMilenio, a su vez, ha sacado varios comunicados de prensa en los que le pide muy amablemente a los usuarios del sistema –sistema es una palabra que da para todo– que se abstengan de darle limosna a la gente que la pide dentro de los buses, o de comprarle a los vendedores que se logran meter dentro de los articulados.

El programa de "Terceros afectados" se ocupa en general de las personas que han sido "desplazadas de sus oficios" por la implementación del nuevo sistema de transporte. Y esto —además de los vendedores de chocolates, los raperos y vendedores de esferos que se montan al bus— también incluye a los calibradores (los que se paran temerarios en la mitad de la avenida con una planilla en la mano y un arme de monedas en el bolsillo trasero del pantalón; los que le indican al busetero hace cuanto tiempo pasó la ruta que él cubre). Desde la Secretaría de Movilidad me aseguran que a los vendedores se les había anunciado el proceso de transición con varias notificaciones.

***

Timbra, se baja y lo sigo. Cuando lo llamo por la espalda se asusta. Le digo que me había montado detrás de él, que soy una suerte de fan suyo, que me gustaría hacerle un perfil.

Me responde seco, como de mal genio.

—Qué quiere saber, qué necesita. Qué perfil necesita— me dice como alguien acostumbrado a que le hagan perfiles.

Le digo que estoy interesado en conocer su historia. Pero que, en realidad, quisiera saber cómo le va yendo con el nuevo Sistema Integrado de Transporte (SITP). Me interrumpe.

—Pido la palabra— me calla y pone su mano en medio de la conversación— ¿Cuánto tiempo necesita para la entrevista?

—15 minutos.

—Le doy diez y me compra dos esferos.

No tengo plata para comprarle un esfero, pero accedo. El me da el esfero Tao-Lin.

—Mi nombre es Diego Escobar— se queda callado por un tiempo y luego agrega — de Cali. Ponga ahí. Ya voy para 21 años trabajando en la Séptima. Le he vendido lapiceros a gente muy humilde, a gente muy famosa. ¿Por qué razón? Porque tengo el perfil de que los lapiceros que yo vendo me los manda mi hijo de EE. UU.

—¿Dónde vive su hijo?

—En New York— y nombra a la ciudad en inglés —y en Manhattan mi hija. Entonces, este...tengo espíritu de venta. Mis hijos se enojan porque yo sigo trabajando.

—¿Cuántos años tiene usted?

—¿Yo?

—Sí.

—Tengo 69 años. Soy una persona de muy buen humor. De muy buen espíritu. Yo fui hippie hace muchos años. De zapato de plataforma y pantalón ajustado. Hace tiempo ya.

Para. Se queda mirando a un bus que pasa. Interrumpe lo que empieza a convertirse en un perfil hecho por él mismo. Y luego me dice que todos los buses que yo veo enfrente le paran.

—Todos los buses que usted ve, me paran.

—¿Los de TransMilenio también?

—Todos. A mí en el TransMilenio allá abajo en la Caracas no me gusta trabajar.

Pero no me entiende. Yo le pregunto por los buses, por los buses de TransMilenio que pasan por la Séptima.

—¿Y acá en la Séptima los coge?

—Todos, todos.

—¿Y cómo se sube, con la tarjeta?

—No, porque hay unos que me conocen y me abren la puerta del medio. Y me meto por la puerta del medio. ¿Está grabando?

—Sí, está grabando.

***

El bus en el que lo sigo, cual espía de la Guerra Fría, va por la calle 74. Don Dieguito saca del bolsillo de su camisa un esfero que asoma solo la cabeza.

—Ahora sí, el Tao-Lin: único en el mundo. Dura más de 200 páginas. Ahora que lo tengan lo van a subrayar— y sube el esfero para que todos los pasajeros lo vean y le quita la tapa y lo vuelve a mostrar— el Tao-Lin no lo vayan a botar que es costoso. Nueve mil pesos vale.

***

—Lo que pasa es que estoy un poco cansado porque vengo desde las seis de la mañana trabajando.

—Y empieza desde dónde –le digo pero me arrepiento, y entonces corrijo la pregunta— ¿dónde vive usted?

—Vivo en el mejor barrio de Bogotá.

Se queda mirándome, como esperando a que yo le diga cuál es el mejor barrio de Bogotá. Yo adivino una respuesta. Se ríe como si me hubiera descachado por mucho.

—Vea, yo vivo en el Restrepo.

Habla de sus hijos.

—Tengo 11 hijos. Tenía 12 hijos pero a uno lo mató la guerrilla.

—¿En qué año?

—Eso porai hace unos que...doce años más o menos.

—¿En Cali?

—No, en Ocaña. Soldado profesional.

Hay un silencio. Yo me quedo a medio camino: entre el pésame impuntual y la siguiente pregunta. Pero él sigue como si nada.

—Entonces este— y continúa describiéndose a sí mismo— mantengo muy buen humor. Ayudo a gente pobre que está sin trabajo.

—¿Y a usted cómo le va en el negocio?

—Bien. Que si no, re bien. Porque tengo mucha clientela. Es más, estoy aquí con usted, con el espíritu y el ánimo de colaborarle. Bueno tómeme la foto y me voy.

Yo me hago el pendejo y le digo que bueno, que listo, que ya va. Pero que antes me diga de dónde saca los gorros, otro de sus hits.

—Venga le pregunto, ¿los gorros de dónde los saca?

Se ríe. Lo engancho. Logro que se quede un rato más.

—Estos gorros los compro en la 72, un amigo mío que es ecuatoriano. Y él me consigue los modelos distintos.

—¿Y cuántos gorros tiene usted?

—Tengo 37 gorros. Dieciocho cachuchas que me manda mi hijo de Estados Unidos, hermosas.

***

Hacia la calle 77 el bus en el que lo sigo, cual espía de la Guerra Fría, frena en seco y todos salimos para adelante. Don Dieguito se agarra del espaldar de una silla y continúa.

—Ojo con este: el que llegó de Estados Unidos, New York. Shtttttttsale la tapita— y, al tiempo que hace el sonido de freno de buseta, destapa el esfero de Estados Unidos, New York.

—Algunos me preguntan, "don Dieguito, ¿por qué razón subraya tanto?". Porque viene con mina especial, mijita.

***

—Me dice que con lo del SITP lo dejan montar de todas maneras.

—No, claro. No tengo ningún problema.

—¿Pero prefiere seguir cogiendo los de antes?

—Para mí es igual, para mí es igual. Y todos los de la policía de la 72 hasta acá la 85, toda la policía son amigos míos. Todos. Y ellos me dicen "Don Dieguito, si acaso se queda sin trabajo le damos permiso para que trabaje ahí en la 72 vendiendo lapiceros". Los amigos míos de la policía son muy nobles conmigo, me tratan con cariño, me tratan con respeto y yo también los quiero mucho.

Luego, bota una joya.

—El presidente Santos me conoce. La Casa de Nariño yo ahí voy allá, y a los senadores les vendo estos esferos también.

—¿De los mismos del que a mí me dio?

—Sí señor. Hay gente que los conoce, el Tao-Lin, y se llevan hasta dos. Cuando voy a una oficina de RCN o Caracol la gente me dice "Don Dieguito, tráigame tres cajas, dos cajas".

—¿Y usted vende por cajas?

—Claro, claro. Porque es que son lapiceros óptimos. Yo le vendo los resaltadores a Don Francisco, el dueño de la Panamericana. Y toda la vida me ha rogado para que yo trabaje con él. Pero no me gusta trabajar con él porque los jefes de personal que él tiene allá no tienen espíritu generoso con los mismo empleados. Por eso no trabajo allá.

Caigo en el lugar común.

—¿Usted prefiere ser su jefe?

—Es que yo soy mi jefe. Me están dando dos millones de sueldo y no quise ir— me responde conjugando sin sobresaltos el tiempo presente con el pretérito perfecto.

***

Vamos por la calle 82. La gente que se sube al bus también intenta no estorbarlo. Yo lo veo desplegar su labia desde una de las sillas de atrás. Me sonrío por dentro de pensar que en unos minutos tendré que abordar a la estrella del momento para pedirle una entrevista.

—Bueno, muchachos, el remate de toda la semana: el resaltador.

***

—¿Pero se piensa pensionar?

—No, si yo ya estoy pensionado. Yo sigo trabajando hasta que Dios me deje caminar. Hasta que pueda caminar. Porque para mí es una dicha que, yo a mi edad, pueda mantener espíritu de trabajo. Yo soy ejemplo para mucha gente. Yo estoy cucho pero siempre mantengo buen humor. Vea, mire mi pelito—me dice mientras se coge las mechas blancas que su gorro no alcanzó a tapar— me echo colonia todas las mañanas, tengo los zapatos limpiecitos. Todo chévere.

Mientras me describe su pinta, tres señoras— de esas que ya hacen cola para sacar la pensión— nos pasan al lado.

—Él es famoso— me dice una de las tres, la líder.

—Mi marido le compraba esferos a usted. Necesito uno negro, ¿va a estar por acá más tarde?

—Claro que sí mi señora— responde él como sonrojado.

***

—¿Y cuántos esferos vende al día?

—No, eso depende— me responde con evasiva —hay días en que uno vende mucho, hay días vende uno lo normal.

—¿Cuánto es lo normal?

—Vendo porai mis cajitas y porai me rebusco. Y con esa plata que yo me rebusco ayudo a mucha gente. A gente pobre. Yo también soy una persona pobre, pero tengo subsistencia porque mis hijos me quieren, todos mis hijos.

—¿Dónde viven sus hijos?

—Tengo los dos que le dije en New York, un hijo en México. Y ellos me ayudan y me mandan la liga y toda esa joda. Y con eso es que yo ayudo a mucha gente. Y tengo hijos míos en Europa. Tengo dos hijos míos en Venezuela. Y los echaron de allá, están allá en la frontera y les van a regalar la casa.

Se interrumpe, de nuevo.

—Venga, venga, Jorge— llama al paseador de perros que nos pasa por delante y le da unos Coffe Delight— feliz día.

Luego me advierte que esos perros son bravos.

—Esos perros son bravos. Finos sí son, pero más bravos.

***

En el bus ya estamos casi en la calle 92. Vamos hacia el norte a toda máquina. Él saca otro esfero, negro. Al mismo tiempo yo voy pensando la mejor estrategia para encararlo cuando se baje. Cada vez me alejo más de la oficina pero no importa.

—Este es el nuevo. Y como es nuevo no me han dado precio.

***

—¿Qué pasó con el que usted vendía, el de mina de oro?

—Ah, ese se llama...se llama, el Pacheti. Ese lapicero me lo mandó mi hijo y venía aquí con una propaganda, ¿cierto que sí? Y yo los vendía aquí a dos mil pesos y todo mundo me decía "Don Dieguito, deme cinco, deme tres". Pero yo no sabía. Una vez pasé por la 13, por el Montblanc, y los vi a 76 mil pesos. Hace como unos diez años.

—¿Y su hijo no le decía cuánto costaban?

—No, porque él compraba era en remates.

Y ya no hubo forma de aguantarlo más. Tenía que seguir trabajando.

—Bueno...

—Sí, sí. Muchas gracias. Le quedo debiendo el esfero.

—Otro día me compra.

Nos quedamos hablando otro rato: ya con la grabadora apagada se siente más cómodo. Me dice que unos europeos vinieron desde allá a entrevistarlo. Que él sabe que es pobre pero que agradece todos los días. Y esas anécdotas familiares y personales se van convirtiendo de a poco en una reflexión casi metafísica.

—Yo he comprobado que Dios existe. Por muchas razones pero sé que existe. Mire mijo, yo ya he vivido muchos años. Sea un hombre espiritual. Vea, este momento es el más feliz de su vida. El futuro no existe y el pasado es aterrador.

Me dice otras cosas más y finalmente nos despedimos. Yo cruzo la calle para coger un bus anaranjado hacia el sur. Él camina también hacia el sur, donde queda la 72 y donde compra sus gorros. Hacia la 72 donde también queda la Panamericana.

***

—Para las personas que no llevan nada no se me vayan a sentir mal— finaliza la promoción.

Don Dieguito se despide de todo el mundo: del conductor, de los pasajeros, se despide de mí también. Timbra, el bus para cuadra y media adelante y Don Dieguito se baja.

Yo me tomo aire y me bajo detrás suyo.