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Cultura

Amo a los hombres porque me odio a mí misma

No amo a los hombres. En serio, lo que amo es el concepto de los hombres. Y la atención. Me gusta saber que me desean o me necesitan.

por Megan Koester
07 Marzo 2015, 1:00pm

La autora luciendo como un objeto.

No amo a los hombres. En serio, lo que amo es el concepto de los hombres. Y la atención. Me gusta saber que me desean o me necesitan. Y es algo que sólo los hombres pueden hacerme sentir. No soy inmune a los encantos del sexo femenino. Sin embargo, las mujeres no pueden hacer que mi ego crezca con una mirada como lo hacen los hombres (esto podría ser el resultado de las décadas de programación heteronormativa que me inculcó la televisión, mi segunda mamá). En consecuencia, mi cerebro inútil no considera que las chicas estén al mismo nivel que sus equivalentes con cromosomas deficientes.

Hago lo posible con tal de atraer la atención de los hombres, sin importar si son estúpidos, si ya tienen pareja o si son horribles. No me interesan las circunstancias o la razón de su atención. Sólo busco atención, siempre y cuando venga de una fuente relativamente confiable. A pesar de que me enojo cuando algunos desconocidos imbéciles en la calle me gritan "nena", si un hombre que respeto (o aunque sea tolero) demuestra el más mínimo interés en mí, corro a sus brazos como un perro a los brazos de su amo. Babeo como un perro al primer estímulo.

Como mujeres, se nos enseña por diferentes medios que el sexo es uno de los pocos poderes que tenemos. También nos enseñan a quién le importamos y a quién no. Cuando sufrí de abuso, fue porque el hombre que era mi pareja estaba molesto porque lo engañé, porque usé mi poder sexual para perjudicarlo. Este acto fue un duro golpe a su hombría y le pareció algo imperdonable. Y se desquitó en la única forma que sabía, es decir, demostró su masculinidad por medio de violencia física (o al menos eso fue lo que me dijo). En ese entonces, su explicación me pareció lógica. Ya no me culpo a mí misma por lo que pasó. Sin embargo, su razonamiento tiene algo de verdad. Todos reaccionamos de la forma en que estamos programados. Y aunque técnicamente es posible descargar la actualización más reciente para corregir fallas, algunos simplemente no pueden o no quieren.

Nunca me puse una gota de maquillaje durante mi adolescencia porque mi madre nunca me enseñó, quizá porque nunca se lo pedí. Creía que el maquillaje era para las porristas huecas y para las futuras mamás. No era mi estilo. De vez en cuando me ponía un poco de lápiz labial rojo porque me gustaba como se veía en Courtney Love. Pero en general, siempre salía con mi rostro al natural.

Quince kilos después y dispuesta a probar mis propias teorías feministas, decidí volver a salir sin maquillaje, con verrugas y todo. Pero resulta que al público no le interesaban mis verrugas. Los empleados de las tiendas departamentales me ignoraban. La gente del mundo se negaba a verme a menos que les llamara la atención mi acné. Cuando me di por vencida y me puse maquillaje, volví a ser humano. Me convertí en una persona, en una mujer que merecía atención. Ahora uso maquillaje todos los días. De hecho, justo ahora estoy maquillada, a pesar de que no tengo planes de salir. Se volvió un hábito.

Recuerdo la primera vez que depilé mis cejas enormes y disparejas. Acudí a que me ayudara una profesional porque no me sentía preparada para hacerlo sola. "Cariño, ¿es la primera vez que te depilas la ceja?", me preguntó amablemente. Respondí que sí. "Pues felicidades", me dijo en acento sureño y empezó el arduo proceso de darle forma a mis cejas de ciempiés para hacerlas ver como un lindo arco estilizado. Antes del ritual me parecía a la PJ Harvey en la época de Rid of Me. Después, ¿me parecía a la PJ Harvey de la época de Is This Desire?.

Regresé a casa y me senté como una estatua en un pedestal a esperar a mi novio de entonces. Hacía tiempo que se burlaba de mi apariencia, por eso tenía la esperanza de que este cambio haría que me deseara, que me amara y que dejara de juzgarme. Pasó un buen rato hasta que por fin me preguntó con tono despreocupado: "¿Te arreglaste diferente?"

No se trataba de un simple corte de cabello. La composición de mi rostro había sufrido un cambio drástico. Mis orígenes son del medio oriente. Mis cejas son oscuras, pobladas y enormes por naturaleza. La mutilación a la que las sometí (la cual sigue presente hoy en día) era tan obvia como una rinoplastia. Entonces decidí que los cambios no habían sido lo suficientemente drásticos. Tenía que volver a diseñar mi rostro.

Me volví anoréxica por la misma razón que todas las mujeres lo hacen: sentimos que es la única forma en que podemos tener un poco de control en nuestras vidas. Quería que el mundo viera en mi exterior lo infeliz que era en mi interior. Cualquier cosa que me ayudara a demostrarlo era más que bienvenida. Recuerdo cuando mi ex y yo nos fuimos de Nueva Orleáns por el huracán Katrina. Tomamos nuestras tarjetas de débito con fondos de auxilio que nos dio la Cruz Roja en Bloominton, Minnesota, y fuimos de inmediato a una plaza a comprar ropa. Él se compró una playera de Slayer y yo me compre unos pantalones talla 00. ¡Doble cero! ¡Eso significaba que carecía de talla! Misión cumplida. Estaba a nada de desaparecer.

La abuela de mi próxima conquista dijo "Le hace falta carne ¿no?", cuando nos presentaron. Lo tomé como un cumplido. Dicha conquista (mi ex esposo) siempre me decía que le daba miedo partirme en dos cada que teníamos sexo. También lo tomé como un cumplido.

Mi siguiente novio me amaba tal como era, sí, pero siempre tuve la idea de que podía haber encontrado a alguien mejor que yo. Cuando empezamos a andar, aún era anoréxica. Con el paso del tiempo, empecé a comer mejor, a engordar un poco y a verme más como un ser humano. Sin embargo, como mujer, es difícil subir diez kilos y sentir que aún mereces el derecho de votar. Cada que veía fotos mías en cualquier red social, me daba asco. Mi novio decía que era hermosa pero yo me negaba a creerle. Él era diferente a los tarados a los que estaba acostumbrada. No era un patán. Pero mi forma de ser tan renuente al compromiso no me dejaba aceptar el apoyo que me daba.

Nos separamos y bajé de peso. Todos me decían que me veía muy bien, mejor que nunca. "Gracias", respondía siempre. "Han sido momentos difíciles". En mi opinión, el hecho de que me había vuelto más deseable cuando ya no tenía novio era irónico. Para acabar de confundirme, el único tipo que me gustaba, el único por el que sufrí un poquito después de que terminamos, me respetaba lo suficiente como para tratarme como un ser humano. Bueno, la verdad es que siempre nos calentábamos con el programa The Gong Show de fondo, pero nunca trato de acostarse conmigo. Carajo, le tomó un buen rato armarse de valor para tocar mis senos. "¿Qué clase de marica no tiene en valor para complacer a una mujer?", pensé.

De todas formas, aún no me siento cómoda en compañía de un hombre a menos que su intención sea incomodarme. Claro, los hábitos de toda la vida no son fáciles de quitar. Sólo me queda esperar a que salga el nuevo sistema operativo.

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