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Fui al Desierto de Sonora, exprimí un sapo y luego me lo fumé

Este anfibio es endémico del desierto de Sonora, México, y la sustancia que produce es el alucinógeno más potente del mundo.

por Alejandro Mendoza
03 Agosto 2016, 8:00pm

Fotos por Mauricio Castillo.

Parado sobre la arena de Isla Tiburón, Sonora, mirando directamente al sol arriba de mí, escuché al doctor Octavio Rettig decirme al oído en voz baja: "exhala y saca todo el aire". Así lo hice. Vacié mis pulmones ahí mismo mientras el Abuelo Pancho, uno de los sabios de la comunidad seri, cantaba una canción en su lengua materna. "Ahora respira", dijo el doctor acercándome la pipa de vidrio con 5-MEO-DMT a la boca. El humo color gris, que es de los más densos que he respirado, llenó mi boca con su particular sabor fuerte y amargo. "Respira... respira, ya es el último jalón", dijo Octavio mientras el humo llenaba rápidamente mis pulmones. Todo a mi alrededor se sacudió y ahí, con el golfo de California a mis espaldas, todo se volvió negro.

Había llegado a Hermosillo un día antes. Después de escuchar hablar de una especie de sapo que contiene triptaminas en sus glándulas, quisimos ir a conocerlo. El Bufo alvarius es un sapo que vive en el desierto de Sonora. Hiberna diez meses bajo tierra y sale a la superficie solo en temporadas de lluvia para comer y reproducirse. Además de esto, una de sus particularidades es que en su piel y en su veneno es posible encontrar 5-metoxi-N, N-dimetiltriptamina, también conocido como 5-MEO-DMT, el enteógeno más potente en el mundo, según Octavio.

"Todo es café aquí", pensé mientras volábamos sobre Hermosillo. Al abrirse las puertas del avión y pisar tierras norteñas, sentí el calor golpearme inmediatamente, y me di cuenta de que además de café, también es caliente y que no podría acostumbrarme a la temperatura. Después de rentar un auto nos dirigimos al que sería nuestro hotel por una noche, ya que al otro día saldríamos hacia Bahía de Kino. Después de dejar las maletas en las habitaciones, llamamos al doctor Octavio Rettig para que se reuniera con nosotros en el hotel.

El doctor Octavio, cofundador de la Fundación OTAC, encargada de proteger el legado del Bufo Alvarius, es un médico cirujano tapatío (proveniente de Guadalajara) que ha estudiado a este sapo durante más de ocho años y ha llevado la medicina —como él llama al 5-MEO- DMT— alrededor del mundo, protegiendo al sapo en conjunto con la comunidad seri. Además de haber escrito el libro Bufo Alvarius: El sapo del amanecer, viaja por el mundo dando conferencias sobre esta sustancia. Octavio sería nuestro guía a través de nuestra búsqueda del sapo y no tenía tiempo que perder. Después de una llamada para darle nuestra ubicación, sugirió que comenzáramos esa misma noche.

Octavio llegó con un sombrero tipo Cocodrilo Dundee que cubría su cola de caballo, barba larga, una camisa autóctona, shorts con bolsillos a los costados y chanclas. Caminando a su lado estaba su novia Sophie, una chica rubia, delgada y alta. Nos sentamos en una mesa a la orilla de la alberca a platicar. Después de conocernos un poco, sin ningún titubeo, el doctor dijo: "Pues vamos a buscar al sapo".

Nos subimos a su camioneta y avanzamos entre las avenidas de Hermosillo. Era de noche y el calor por fin había disminuido, pero seguía siendo húmedo y para alguien que no esté acostumbrado a estas temperaturas, insoportable. Llegamos a la carretera, dejando las luces de la ciudad atrás de nosotros, y nos adentramos en la oscuridad del camino.

En algún lugar del desierto de Sonora, vimos a nuestra derecha un expendio de cerveza con un gran letrero luminoso. "Aquí seguro hay sapos", gritó Octavio mientras se estacionó bruscamente en la cuneta al lado del camino. Los sapos salen esta temporada en busca de alimento, por lo que es común encontrarlos cerca de focos de luz comiendo mosquitos o algún otro insecto.

Octavio bajó de la camioneta negra y del baúl sacó una red y un vidrio como de unos cincuenta por treinta centímetros. Caminó rápidamente hacia el foco de luz. Intenté seguirle el paso, pero cuando lo alcancé, ya había encontrado dos sapos. "Mira, ¡ahí hay otros!", señaló con el dedo índice y caminó hacia ellos, capturándolos con la red. Eran color verde oscuro, de unos veinte centímetros, y tenían un aspecto bastante tranquilo. Octavio sostuvo a uno de los sapos entre sus manos y me mostró unas glándulas al costado de su cabeza y otras junto a las patas traseras. Parecían espinillas. Me dio el vidrio y me pidió que lo sostuviera sobre el sapo, sin tocarlo, y exprimió las glándulas. Al momento salió un líquido blanco llamado bufotenina, que manchó el vidrio que sostenía por encima de los anfibios.

A los sapos parecía no importarles el hecho de estar siendo ordeñados y Octavio me aseguró que no sufrían ninguna clase de dolor. Después de exprimir las 16 glándulas de los cuatro sapos, los soltó y volvieron hacia la luz en busca de más comida.

Nos subimos de nuevo a la camioneta y nos dirigimos de regreso a la ciudad. "Ese es todo el proceso. Ahora hay que esperar a que la sustancia se seque y mañana estará todo listo".

De vuelta en Hermosillo, sentado en un modesto restaurante frente a un plato con tacos de asada y un vaso de agua de cebada, mi mente no dejaba de pensar en lo que iba a hacer. Nunca he comido hongos, peyote ni tenido una experiencia con ayahuasca, y ahora me encontraba al norte de México buscando sapos en el desierto para probar el DMT, una de las sustancias alucinógenas más fuertes conocidas.

—¿Es peligroso? —le pregunté preocupado a Octavio.

—No. Todos los humanos, plantas y animales tenemos esta sustancia. Está en todos lados.

El DMT es producido por la glándula pineal, ubicada en el cerebro, y algunos afirman que solo la producimos al nacer o morir. Y bajo situaciones con gran estrés o cercanas a la muerte. Muchas personas relacionan el efecto causado por la sustancia con experiencias espirituales, cercanas a Dios o de contacto con alienígenas. Rick Stassman, investigador de la Universidad de Nuevo México y autor de DMT: La molécula espiritual, ha hecho una sorprendente investigación sobre la dimetiltriptamina y sugirió que después de siete semanas de gestación de un feto, la glándula pineal de la madre libera DMT marcando "el inicio del espíritu". Hay testimonios que dicen que "todo es perfecto y hermoso". Esas son palabras que no uso y mucho menos soy un tipo espiritual o religioso; mi única preocupación en ese momento era no volverme hippie o quedarme loco.

Con el estómago a reventar y el objetivo de la noche cumplido, Octavio nos llevó de regreso para poder descansar. Al día siguiente saldríamos temprano hacia bahía de Kino, una playa ubicada a una hora de Hermosillo, en el golfo de California.

Después del desayuno, subimos a nuestro auto rentado y fuimos a la casa de Octavio para recogerlo a él y a Sophie, su novia. Cuando llegamos, nos invitó a pasar mientras terminaba de alistarse y aceptamos más de un vaso de agua. El calor en Hermosillo es una patada en los huevos y es algo que me repetí durante todo el viaje. Salimos hacia bahía de Kino.

Las aves negras volando sobre la carretera indicaron nuestra llegada a la bahía de Kino. Nuestro auto avanzó por la única avenida del pueblo, dirigiéndonos hacia Kino Nuevo, una parte del pueblo con casas grandes, pórticos y áreas para casas rodantes. Esta playa se ha convertido en un lugar de descanso para gringos jubilados que dejan el clima frío de sus lugares de origen para venir a mojar los pies al tibio mar del Golfo, durante una temporada.

Al llegar al hotel, lo primero que hice fue caminar hacia el mar, que ahí se mantiene tranquilo y tibio, como si fuera una alberca vacía de la que se asoman algunos pececillos y cangrejos junto a pequeñas conchas y piedras. No había tiempo para un chapuzón. Qué desperdicio. "Vamos a comer algo y de ahí a Punta Chueca", alguien sugirió.

Punta Chueca es uno de los lugares con mayor concentración de la comunidad seri —el otro es El Desemboque, también en Sonora— y está ubicado a veinte minutos en carro de bahía de Kino. Los seris son una comunidad indígena y autónoma que se rige por usos y costumbres. Aunque el nombre se lo dieron los yaquis, que significa "los que viven en la arena", su nombre original es comcáac. Los seris viven principalmente de la pesca y del comercio de sus artesanías. Frente a Punta Chueca se encuentra isla Tiburón, que es la más grande del golfo de California, y está deshabitada por ser reserva seri. Octavio me dijo que con el permiso de los ancianos del pueblo, podríamos cruzar a la isla y hacer una pequeña ceremonia ahí con el Abuelo Pancho, uno de los ancianos sabios del pueblo, para respirar la medicina. Pensé que si algún día de mi vida iba a tener una experiencia con el DMT, definitivamente sería lo mejor hacerlo en compañía de Octavio —experto en el estudio del Bufo— y un chamán seri en un lugar sagrado para ellos.

Después de una comida que incluyó callo de hacha, camarones y pulpo, seguimos nuestro camino. Minutos más tarde, en la carretera con el desierto a ambos lados y el mar frente a nosotros, alcanzamos a ver un letrero que decía: "Bienvenidos a Punta Chueca". Avanzamos por las calles destapadas del pequeño pueblo de poco más de quinientos habitantes, pasando por casitas modestas, de donde se asomaban curiosos algunos hombres, mujeres y niños. Daban un vistazo al carro y regresaban a lo que estaban haciendo.

Los seris tienen un concejo de ancianos, que al ser los más sabios, toman las decisiones importantes del pueblo, buscando lo mejor para su gente. El Abuelo Pancho salió a recibir a Octavio con un abrazo y las palabras Axa tipe, que significa: "Gracias y bendiciones". El Abuelo Pancho es un anciano serio, que no habla mucho, pero cuando lo hace, escoge muy bien las palabras que saldrán de su boca. Siempre está sonriendo y de vez en cuando, si algo le resulta gracioso, suelta una pequeña risa parecida a la de un niño que hizo una travesura. Su mirada es noble y misteriosa, pero sus ojos cafés trasmiten seguridad. Su cabello oscuro, con algunas canas, se esconde bajo un sombrero negro que difícilmente se quita. Usa un pañuelo alrededor del cuello, junto a una especie de escapulario con arena y salvia. Su pantalón termina sobre unas chanclas New Balance gastadas por caminar tanto sobre la tierra.

El doctor Octavio, el autor y el Abuelo Pancho.

Punta Chueca es un lugar muy pobre. Al ser autónomos no reciben ayuda del Gobierno. El pueblo no tiene sistema de drenaje ni luz eléctrica. Lo que sí tiene son vicios de todo tipo, algunos con efectos a más largo plazo como refrescos y comida chatarra, y otros más graves como la metanfetamina. El cristal ha afectado a muchos seris, quienes han terminado por engancharse a esta droga. Octavio vivió en Punta Chueca un tiempo y a través de sesiones con la medicina, logró que los afectados dejaran su adicción gracias al DMT.

Cerca de la única tiendita que hay en Punta Chueca se nos acercó Raymundo, un seri que fue adicto al cristal y que, gracias a la medicina, como también él llama al 5-MEO-DMT, dejó su adicción. Ray, una de las personas más alegres que he conocido, preguntó si traíamos medicina . Octavio le ofreció una sesión en la playa y Raymundo de inmediato aceptó. Caminamos hacia la playa. Cuando llegamos, el Abuelo Pancho comenzó a hacer una pequeña ceremonia para ahuyentar a los malos espíritus, mientras Octavio sacaba una pipa de vidrio, de esas que se usan para quemar cristal, una campana tibetana y una sonaja.

Octavio y el Abuelo comenzaron a cantar en seri y Ray estaba parado frente a ellos esperando recibir su dosis medicinal. Octavio se acerco a él y lo hizo respirar de la pipa de cristal. La boca de Raymundo se llenó de humo y después el humo pasó a sus pulmones. Aguantó el humo mientras yo lo veía con los ojos completamente abiertos, después salió una nube blanca de su boca y se dibujó una sonrisa enorme en ella, dejándome ver todos sus dientes. "Felicidad, ¡felicidad!", fue lo último que gritó Ray, con los brazos completamente extendidos, antes de dejarse caer en la arena. Tendido ahí, comenzó a retorcerse, estirando los brazos y las piernas, después doblándolos con los ojos en blanco y la sonrisa en su boca. Octavio y el abuelo seguían cantando, yo seguía mirando.

Minutos después, Raymundo volvió en sí, se puso de pie y gritó con los brazos abiertos: "¡Como nuevo!" y comenzó a caminar por la arena, bailando y cantando. Se quitó la camiseta y se sumergió en el mar. Ahí nadó un rato, mientras yo lo veía divertido. Minutos después salió del agua y caminó hacia mí.

—¿Cómo estuvo?—, pregunté.

—Esto no se habla, hermano, es algo que no se puede explicar, esto lo tienes que vivir. ¡Hazlo!— contestó Ray.

—El Abuelo me llevará mañana a la isla, ahí lo haré.

—No, esto tienes que hacerlo ahorita. Tienes que vivir el momento, mira el cielo, el atardecer, el mar, todo es perfecto. No tengas miedo, eso es lo peor que puede hacer una persona, tener miedo. Hazlo.

Pensé que todo lo que había dicho sonaba muy hippie, pero en algo tenía razón. Tenía miedo. Todo estaba sucediendo muy rápido. Decidí voltear a ver a Octavio, después de todo, él es el experto en el tema, esperando a que me dijera que lo mejor sería esperar a mañana. No lo hizo. Se encogió de hombros, como diciendo: "¿Por qué no?" y Ray continuó insistiendo. Coacción social y cedí. "Dale, que se arme", dije. Me pidieron que me quitara los tenis y los calcetines para estar más cómodo. Sentí la arena bajo los pies y mi corazón bombear más rápido, acompañado de esa sensación que da cuando uno hará algo —que sabe que es significante— por primera vez. Esto no es como fumarte un porro con tus amigos, meterte tu primera línea de perico o tu primer cuadro de LSD en una fiesta. Por lo que había leído, esto era como ir a otro plano, lo que sea que eso signifique.

Octavio se acercó a mí y me dijo que iba a darme una dosis pequeña, algo para que me familiarizara con la sensación, pero que al día siguiente, como lo teníamos planeado, iríamos a Isla Tiburón y ahí sí me daría una dosis más fuerte. No me tranquilizó escuchar eso. El Abuelo comenzó a cantar y el sonido de la campana tibetana entró a mis oídos. Los nervios aumentaron y de pronto la boquilla de la pipa estaba frente a mí. El olor del 5-MEO-DMT es bastante fuerte, algo que no se parece a nada con lo que pueda asociar. El humo, entre gris y blanco, salía de la pipa y puse los labios alrededor de la boquilla. "Respira, respira...", repetía Octavio y aspiré.

No supe cuánto tiempo me fui, pero lo que sí era cierto es que no estaba aquí. Perdí la noción del tiempo y del espacio. Minutos después volví, aunque para mí había sido un periodo de tiempo mucho más largo. El mar comenzó a aparecer nuevamente, el cielo, la arena y de nuevo había vuelto. No sé de dónde, pero volví. Todo el lugar era más colorido, como si al mundo le hubieran activado el HD. "¿Cómo te sientes?", me preguntó Ray, "¿verdad que esto no se puede explicar?" Yo no podía hablar, me había quedado sin palabras y no podía dejar de observar todo el lugar. "Vamos a caminar", sugirió y lo seguí por la orilla de la playa.

—¿Qué genial el cielo?—, le pregunté a Raymundo sorprendido por todos los colores y nubes que ahora estaban ahí y antes no.

—Es hermoso, ¿no? Siempre ha estado ahí, solo hay que mirarlo.

"¿Ya vieron eso?", le pregunté a mis amigos y ellos dijeron que sí, riendo un poco por lo impresionado que estaba, y entonces me di cuenta de que no estábamos viendo las cosas de la misma manera. Seguí caminando por la playa y me acerqué a mojar los pies en el mar. Los colores del agua eran más vívidos. Mi cuerpo sentía el viento y mis pies, el mar. El cielo fue el más hermoso que he visto en mi vida, cubierto de una cantidad impresionante de colores cálidos. Me sentía increíble, como si acabara de abrir los ojos por primera vez. Quería ver todo y quedarme ahí, observándolo durante mucho tiempo.

Me acosté en la arena y Ray comenzó a cantar, tendido junto a mí. "Esta canción habla de la lluvia. Aquí, la lluvia es lo más sagrado. La lluvia es vida. Cuando cae una gota en la tierra, sale una planta y eso es vida. Gracias a eso existimos". Yo tenía la mente volada. La sensación era parecida a estar bajo los efectos del LSD, pero multiplicado por un millón. Así me sentí durante horas. Salimos de Punta Chueca con las luces del auto iluminando la carretera. Octavio me aseguró que los beneficios del DMT comienzan después de la experiencia. "Tu cuerpo tarda en asimilar toda la información recibida".

Volvimos a nuestro hotel, frente al mar de Kino, y me fui a dormir antes que los demás.

Al día siguiente me desperté temprano y fui al mar. Caminé hasta que el agua me llegó al pecho. Mojé mi cara y pensé que si lo del día anterior había sido tan solo un vistazo a la experiencia del 5-MEO-DMT, la dosis completa iba a ser una locura. Ahora no tenía miedo. Fuimos a la casa del Abuelo Pancho, y lo seguimos hasta la playa.

En la lancha atravesando el estrecho del Infiernillo me sentía tranquilo. Las gotas del mar me salpicaban la cara y el Abuelo me miraba con una sonrisa en su boca. "La isla es sagrada para nosotros. Ahorita que lleguemos, písala con mucho respeto para no molestar a los espíritus", dijo mientras nos acercábamos.

Al llegar, todos bajamos y la pequeña lancha se fue, dejándonos ahí completamente solos. Comencé a caminar por la playa mientras el abuelo y Octavio preparaban todo lo necesario para la ceremonia. El sol estaba en su punto más alto —a diferencia del día anterior que estaba metiéndose— y Octavio me indicó que íbamos a comenzar. "Exhala y saca todo el aire... ahora respira", dijo mientras yo jalaba el humo de la pipa. Mi boca se llenó y no podía respirar más. "El último jalón, como guerrero, tú puedes", insistió y así lo hice mientras miraba fijamente al sol y los cantos del Abuelo continuaban. Una vez más, todo a mi alrededor se sacudió.

La oscuridad me cubrió y a lo lejos vi lo que parecía un túnel con una luz al fondo. Avancé hacia allá, sin caminar ni moverme físicamente, en lo que pareció un viaje directo hacia el sol. La puerta directa hacia la luz, sin escalas. Fue como la escena en la que el Halcón Milenario alcanza la velocidad de la luz en Star Wars; conforme avanzaba, millones de luces pasaban junto a mí. Había una gama inmensa de colores y figuras geométricas. Aunque físicamente estaba parado en la isla, yo me movía a una gran velocidad por no sé dónde.

Mi cuerpo comenzó a erizarse. Fue como si los poros de mi cuerpo se abrieran y la luz del sol me atravesara por todos lados. Era un orgasmo interminable. Toda la sensación era de bienestar. Esta experiencia era mucho más fuerte que la anterior, por mucho. No sé cuánto tiempo había pasado cuando mis piernas comenzaron a temblar y a sentir mucho miedo. Mi cuerpo se torció hacia atrás, incluyendo mi cabeza. Sentí las palmadas del Abuelo en mi pecho. Se acercó a mi oído y susurró: "En estos momentos te soplan los cuatro vientos del globo terráqueo. Todos ellos son vida, salud y bienestar para ti; para que adquieras un conocimiento superior. Nada ni nadie te lo va a poder quitar porque esto es un don, un regalo para ti, por el resto de tu vida", y de inmediato una sensación de tranquilidad invadió mi cuerpo.

Minutos después sentí que bajé del sol, aunque no quería volver. De nuevo veía la playa, el mar y sentí los pies bien plantados sobre la arena. Comencé a caminar, con las olas mojándome los pies, observando cómo todo a mi alrededor había cambiado.

Sigue a Alejandro en Twitter: @soyalemendoza

El documental El profeta del sapo hará parte de la segunda temporada de la serie de VICE México Miscelánea Mexicana, que se estrenará próximamente.

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