Por qué pienso que Sinfonía Trópico logra algo que Magia Salvaje no

Una muestra de instalaciones, videos y experiencias artísticas logra hacer una reflexión sobre la biodiversidad colombiana y su contacto con los seres humanos.

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nov. 19 2015, 7:20pm

"La película más vista de la historia nacional". Esa es la frase que acompaña al fenómeno impresionante marca Éxito llamado Magia Salvaje. La película, que se estrenó el 10 de septiembre de este año, y que todavía puede verse en casi todas las carteleras del país, llegó autoproclamándose como una experiencia visual que invitaba a reflexionar sobre la gran riqueza natural que hay en Colombia.

Lo curioso, y tal vez también una de las razones por las que la película ha sido tan exitosa, es que es descriptiva de lugares pero no hace mención a las coyunturas sociales que tienen lugar en los maravillosos parajes que se mueven al ritmo de la voz almidonada de Julio Sánchez Cristo. La película pasa derecho por encima de esas realidades. Tienen que ver, sin embargo, con la biodiversidad y la riqueza del país.

Imagen del proyecto Verde. Todas las imágenes son cortesía de Sinfonía Trópico.

Ante esta omisión que hace Magia Salvaje, el proyecto Sinfonía Trópico podría pensarse como una reflexión amplia de lo que es, más allá de los paisajes, el territorio colombiano. Esta reflexión la logran a través de una exploración de la biodiversidad del país por medio de experiencias artísticas que ponen en contacto a las comunidades que habitan las regiones con su paisaje: con los ríos, con las montañas, con los animales, y con los problemas que amenazan a estas riquezas naturales. Para esto, Sinfonía Trópico llevó a las regiones proyectos de grafiti, murales, fotografía, documentales, música, teatro, performance, entre otros, en los que la comunidad se involucró para reflexionar sobre algunas amenazas como la tala de árboles y los animales en vía de extinción, y en general para considerar la diversidad del paisaje que los rodea.

El proyecto nació por iniciativa de Charlotte Streck, una alemana que se enamoró del país y que está dedicada a trabajar en la protección ambiental. Su organización, Climate Focus, se convirtió, desde su fundación en 2004 ,en una compañía pionera que asesora a gobiernos y entidades privadas en los aspectos legales de la política ambiental y en la implementación de tecnologías responsables con el medioambiente.

A partir de este interés científico y político por el medioambiente nació Sinfonía Trópico, una plataforma que conjuga el interés de protección ambiental con las prácticas artísticas. Científicos, artistas y colaboradores nacionales e internacionales, dentro de los que se pueden encontrar nombres como Fernando Arias (artista visual), Mabel Torres (científica y directora de Bioinnova, una fundación para el desarrollo sostenible de la biodiversidad), Zaji Chalem (artista multimedia) o Javier Ortiz Bahamón (economista y experto en desarrollo rural), viajaron por un año a distintas regiones de Colombia, donde, según ellos, la riqueza natural está siendo amenazada por la presencia de actividades económicas que explotan los recursos de manera irresponsable y desmesurada.

Proyecto con la comunidad en Puerto Gaitán sobre el loro orejiamarillo que se encuentra en vía de extinción.

El arte, entonces, se vuelve el medio de comunicación a través del cual se pueden conocer no sólo las riquezas ambientales del país, sino también la incidencia que tienen sobre ellas las políticas económicas y las prácticas cotidianas. De esta manera, "las creaciones e intervenciones artísticas se vuelven una herramienta para cambiar la historia", como lo afirmó en la introducción del primero de los varios eventos del Festival Sinfonía Trópico Brigitte Baptiste, la directora del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, quien hizo parte del Consejo Consultivo de Sinfonía Trópico.

El evento, que tuvo lugar el pasado lunes en el Museo Nacional , presentó dos de los varios proyectos que se exhibirán en Bogotá hasta el 21 de noviembre: Atrato, un video que hace una reflexión de los recursos, las comunidades y los conflictos que se encuentran a lo largo de este río, uno de los más caudalosos del mundo, y Verde, una instalación que explora las diferencias y los elementos comunes de tres escenarios naturales: el estrecho del Darién, el páramo de Sumapaz y San José del Guaviare.

En Atrato y Verde, las imágenes, acompañadas de sonidos naturales y experimentales, exploran múltiples formas de pensar el paisaje en relación con su entorno: desde sus colores, sus formas y sus dimensiones, hasta el significado cultural que tienen al interior de las comunidades que lo habitan.

En el caso de Atrato, el video explora la forma del río: juega con la línea en la que se convierte el Atrato cuando se lo considera en su totalidad. Esto hace, pienso, que el espectador sea capaz de relacionarse con el río desde su geometría y su materialidad. Mucho más, al menos, que una cámara recorriéndolo por encima. Poco a poco la línea se va convirtiendo en palabras: "mucho oro, mucho negro, mucho verde, mucho indio", cosa que suscita una reflexión en torno a las comunidades que rodean el Atrato, a los términos que se han convertido en maneras peyorativas de referirse a ellos y a los minerales que abundan y que se explotan a lo largo del río.

Proyecto Atrato.

De la misma manera, Verde alterna imágenes que combinan el paisaje humano, lo vegetal, lo animal, los objetos y las palabras, y provoca que todos terminen fundiéndose en una sola masa que no discrimina ni le da prioridad a uno sobre otro, sino que resalta la simultaneidad y la convivencia de todos los factores en un solo territorio. Esto último, además, es resaltado gracias a la instalación de la muestra, en la que varias pantallas proyectan simultáneamente distintas imágenes, provocando que sea difícil darle protagonismo a una sola y que el espectador termine entregándose a la presencia conjunta de muchos factores inseparables.

Instalación del proyecto Verde en el Museo Nacional.

Toda la experiencia de Sinfonía Trópico tuvo una presencia particular en cada una de las regiones que visitó: la comunidad participó en las experiencias artísticas que reflexionaron sobre las particularidades de cada región, entre las que estuvieron varios corregimientos de Urabá, Nuquí, Quibdó, Puerto Gaitán, San José del Guaviare y el Páramo de Sumapaz.

Sin embargo, para Charlotte Streck, lo más importante de la experiencia fue la toma de consciencia de los artistas y colaboradores que hicieron parte del proyecto. Cuando le pregunté cuáles habían sido sus apreciaciones de la experiencia me respondió que para ella lo más sorprendente había sido la forma en que estos visitantes, que en muchos casos vivían en ciudades muy próximas a las regiones visitadas, habían podido llegar y relacionarse con entornos desconocidos y con problemas muy reales que se producían por decisiones políticas y financieras que se tomaban en las mismas ciudades en las que habitan.

Lo que, sin embargo, me sigue causando un poco de inquietud, es darme cuenta de que este tipo de iniciativas que reflexionan sobre aspectos del país siguen siendo encabezados por personas e instituciones extranjeras. Si bien los proyectos como Sinfonía Trópico se nutren del capital humano colombiano, y tienen una participación mayoritaria de profesionales y comunidades del país, no dejan de ser proyectos que surgen por la visita de algún extranjero al país que se maravilla con el paisaje y siente la urgencia de hacer algo, al menos un poco menos contemplativo, para protegerlo.

El Festival Sinfonía Trópico tendrá diferentes actividades esta semana donde mostrará los proyectos resultantes de la expedición que su equipo hizo por Colombia. Para conocer más del proyecto y su programación puede visitar su página web.

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