Las cholitas luchadoras al ataque

Las cholitas son mujeres de Bolivia que usan una falda llamada "pollera" que tiene cinco capas, un sombrero parecido a un hongo, joyas y mantos tejidos minuciosamente, y que se rompen la cara en el ring.

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16 agosto 2014, 8:15pm

Hay temas que nos fascinan y podemos regresar a ellos porque son inagotables. Tal es el caso de las cholitas luchadoras de Bolivia. Hace unos años, las visitamos para conocerlas, conversar con ellas y registrar sus proezas del cuadrilátero. Pero ahora, Luis Cobelo, uno de nuestros colaboradores en Sudamérica, nos mandó este extraordinario material, y no pudimos resistirnos a publicarlo.

Bolivia es un país que parece anclado en un tiempo indefinido. En el aeropuerto de La Paz puedes notarlo. El túnel de salida del avión es como una transferencia a una película de serie B latinoamericana: luces tenues, mobiliario viejo y una sensación de abandono y de que las cosas funcionan por inercia, por suerte. Los funcionarios de inmigración están en unas casetas de madera destartaladas de los años 60 y no hay nada computarizado; no es que me importe, pero ahora desconfío de los controles burocráticos apilados en torres de papeles. El aeropuerto del Alto, a cuatro mil metros de altura, es mínimo y las bandas por donde salen las maletas me recuerdan a aeropuertos llenos de polvo y aire viejo. Antes de ir a Bolivia sabía que, en todo el viaje, no estaría a menos de los 3.600 metros de altura sobre el nivel del mar. Y mientras espero la maleta, inconscientemente, aguardo por un colapso, una presión cerebral, un desmayo, algo que me indique que no soy apto para esas alturas. Pero no, recojo mi equipaje y sigo vivo.

Lo primero que veo es un gran anuncio que dice "La Paz: 3.600 metros de placer y cultura". Hay muchas luces en el camino hacia el hotel. No me sorprendo, sé que estas "lindas luces" son miles de ranchos que rodean la capital. El conductor me empieza a hacer preguntas, de dónde vengo y esas cosas. Pero el tema que más me interesa es el de la altura, estoy insufrible. Le pregunto, "¿qué es bueno para el mal de altura?" y me responde, "mucho té de coca, todo el tiempo, pero no abuse porque es muy fuerte y le puede dar taquicardia, eso sí le digo, todo es sicológico, a veces la gente se predispone a que le pase". Pues sí, la cabeza es ideal para pensar en tonterías y la mía especialmente, así que adopto la posición mental "deja ya de pensar en lo que no ha pasado". Aprovecho y le pregunto si conoce a las cholitas luchadoras, si ha oído hablar de ellas. "¿Las cholitas luchadoras?, no señor, no las conozco, ¿y es que luchan en algún lado? Yo las veo casi todos los días en la calle, peleándose por el puesto de comida o de ropas". Su respuesta me deja confundido y creo que me voy a meter en un territorio bastante underground.

Son casi las dos de la mañana cuando llego al hotel. Me espera un amable recepcionista, lo que me hace pensar que los bolivianos son todos así. Me ofrece el primer té de coca, de los cientos que tomaré. Vuelvo con el tema de la altura. "No se preocupe, cualquier cosa estaremos muy pendientes de usted esta noche, trate de dormir bien y mañana no haga esfuerzos, descanse y, sobre todo, no fume". De reojo veo un cartel sobre el mostrador que indica el nombre y teléfono de un doctor que está de guardia las 24 horas para todos los clientes que tengan problemas con el bendito mal de altura. La cosa es seria.

Al día siguiente, no hago esperar mi encuentro con la primera cholita. Antes de eso, mientras subo por una calle, a media manzana, mis pulmones me piden más aire del que puedo darle y el corazón me late más de lo usual; me asusto un poco, pero paro y descanso, sigo, me mareo, respiro con dificultad. Ahí están los temidos síntomas del "soroche" como le dicen popularmente. Prefiero volver al hotel, pido un té de coca y mis pulsaciones se equiparan con la falta de aire.

Breve historia de las cholitas luchadoras

Las cholitas en Bolivia son mujeres que visten trajes típicos: una falda llamada "pollera" que tiene cinco capas, un sombrero parecido a un bombín, joyas y mantos tejidos minuciosamente. Explicado esto, el fenómeno de las cholitas luchadoras se gestó de la lucha libre clásica y comenzó en el año 2002, cuando algunos organizadores de estos eventos decidieron incluir mujeres. A uno de estos "visionarios" se le ocurrió la idea al ver un día una pelea en la calle de dos señoras cholitas y ver que nadie las separaba. Es aquí donde entiendo el comentario del taxista. ¿Quién fue este visionario? Nadie lo sabe, pero casi todos los que organizan eventos de lucha libre en el país afirman ser los inventores de esta colosal y singular forma de pelea dentro de la lucha libre boliviana. Lo que sí está claro es que al hacerlo crearon una "marca" única en el mundo que ha llevado la historia de estas mujeres a rincones del planeta que quizá ellas ni sepan que existen.

La Mamacha

Carmen Rosa es propietaria de un local de antojitos en el centro de La Paz y la conocen como La Mamacha (la ruda, la temible). El sitio está al lado de su casa, humilde y llena de imperfecciones, con conexiones eléctricas y tubos que salen de todos lados. La encuentro en la cocina, frente a una montaña de papas que pela reflexivamente "este restaurancito es lo que me da cierta seguridad económica, aunque a mí lo que me gusta es luchar", me dice. Al lado de ella, su hija Lucía, quien la ayuda. Carmen Rosa es sin duda la pionera de este deporte, que ya con 45 años dice que le toca ceder el testigo a su hija, "si es que quiere". Lucía me mira y asiente, está de acuerdo con la idea. Y es que los años no pasan en vano. En cada presentación que hace Carmen, es rara la vez que se vaya sin una lesión "de las que ya me cuesta más reponerme" dice con tristeza.

Después de un rato nos vamos a otro lugar de La Paz, en la población de El Alto, ciudad dormitorio de la capital boliviana donde el sol está más cerca, donde hay menos oxígeno. Allí tendrá lugar un evento de lucha libre especial para empleados de una fábrica de refrescos que su dueño les regala por los beneficios obtenidos en el año fiscal. El sitio está repleto de familias enteras que van a pasar una tarde diferente. Carmen Rosa llega y muchos hombres se le acercan a pedir autógrafos. Las mujeres asistentes, la mayoría vestidas como cholitas, la miran con recelo, "ahí están esas amargadas, ya las quisiera ver encima del ring dándose en la jeta", dice sarcástica. La recibe Julia La Paceña, su partner habitual en las luchas, y que ha sido su contrincante por años. Las dos son las protagonistas del documental Mamachas del Ring, de la cineasta coreano-estadunidense, Betty Park, que fue presentado en algunos festivales pequeños en el mundo entero.

El show comienza con las peleas de rigor de luchadores de categorías inferiores a las de Carmen Rosa y La Paceña. Ese rango de pagos es quizá ridículo: por cada lucha Carmen Rosa gana 15 dólares. Ya imagino lo que ganan los demás. Uno de esos combates primerizos es de lo más loco que he visto. Es el de Marina la Cholita con un hombre enmascarado y que se le conoce como el Rey Jabalí y que en la vida real es su marido. Durante la pelea realmente se dan con muchas ganas. Me consuelo pensando que quizá cuando están en el ring, drenan toda la carga marital con los golpes que se infligen.

Llega la pelea que todo el mundo espera entre Carmen Rosa y La Paceña. Bailan antes de llegar al ring, con toda su indumentaria perfecta, encajes, sombrero y faldas. Se plantan en el cuadrilátero y el árbitro da las indicaciones de rigor. No le hacen caso, Julia le mete un puñetazo y va por Carmen Rosa.

Se suceden las clásicas llaves y contrallaves, pero mantener todo esto con el peso de sus "polleras" es algo importante, porque no son lo que se dice unas atletas que entrena a diario en un gimnasio, son como cualquiera de las cholitas que están en el público y en las calles de la ciudad. Me sorprende escuchar a una Carmen Rosa furibunda decirle groserías a su contrincante, con lo dulce que se veía pelando papas.

Se bajan del ring y están muy cerca de la gente y creo que muchos quisieran participar en la golpiza. Esto es lo que más gusta al público. Sale un cinturón de no sé dónde y le da con mucha violencia a Julia unos buenos "correazos". Se voltea y Julia le estampa una silla de plástico que un niño muy amablemente le cede, dejándola sin aire, casi fuera de combate. Hay sangre y todo el mundo parece feliz por ello. El público delira. Entiendo la preocupación por las lesiones de las que me habló Carmen Rosa. Terminan las peleas, pero la gente sigue allí, con el alcohol ya enturbiando las miradas, con los gestos en cada uno un poco más torpes. La Mamacha se toma fotos con quien las pide. Un hombre al que le faltan casi todos los dientes de la parte de arriba y creo que sólo tiene 30 años le grita "¡Estás bien buena, mujer!, ¡Quiero que me pegues unos correazos!" Carmen Rosa me mira irónica, "Para lo que quedé ¿no?"

Todas son luchadoras

Al día siguiente me encuentro con Alberto Medrano, un periodista que ha promovido la lucha libre boliviana a través de pequeños espacios radiales y que me asegura que las cholitas que él conoce son las mejores. Nos vamos a Villa Victoria, un barrio donde todavía no hay calles asfaltadas. En un gimnasio del mismo nombre van a llevarse a cabo los combates por la noche. El lugar es deprimente, luce abandonado y huele a millones de meadas. Hay un desvencijado ring en el medio del local. Hace frío y ya preparado para los embates de la altura llevo mi termo con cuatro litros de té de coca. Creo que me volví adicto. Voy a conocer a un grupo de cuatro cholitas de uno de los varios grupos organizados de lucha libre boliviana que sobreviven en la ciudad.

Afuera en la calle han puesto un altavoz que escupe música de trash-speed-metal con una ecualización parecida a la de una tormenta de rayos y truenos. No pasa nadie, no hay filas de gente comprando. No parece que allí fuera a pasar algo. Veo llegar a unas chicas jóvenes vestidas de cholitas y me supongo que son las luchadoras. Una de ellas es Juanita La Cariñosa, una de las más famosas de Bolivia, tiene 29 años y dos hijos, una niña de 12 y un niño que apenas dio a luz hace dos semanas. Ante mi perpleja cara de sorpresa por su reciente alumbramiento le pregunto: "¿Y vas a luchar hoy?" y me responde: "No puedo vivir sin la lucha, es algo que se lleva en la sangre y si no lucho pues no gano dinero (ella gana entre 15 y 30 dólares por combate), fueron muchos meses sin pelear y hoy por fin es mi regreso al ring". Juanita (su verdadero nombre es Mery), me muestra a su bebé recién nacido que va envuelto en unas mantas y casi no se le ve la carita. Orgullosa me lo muestra y le hace cariñitos. El bebé duerme plácidamente.

En el sitio da vueltas inquieto el organizador, que se presenta como "Kid Simonini, el loco del ring" y que es a su vez el padre del último bebé de Juanita la Cariñosa. Se lamenta que no haya venido mucha gente "la lucha libre en Bolivia no da para vivir, tenemos que estar haciendo muchas presentaciones para juntar algo, pero no llega". El evento estaba pautado para las 8PM y son las 10. El poco público asistente en el pequeño gimnasio, unas 30 personas y que ha pagado el equivalente a un dólar por la entrada, se ha mantenido aterido de frío pero paciente con la impuntualidad del evento. Hay niños que se quedaron dormidos, algunos adultos bostezan, ya no saben qué hacer, si irse o quedarse. Al fin empiezan las luchas y como siempre los inicios están reservados para luchadores que están comenzando pero salen unos personajes que me cuesta pensar que lo sean. Hay uno con un disfraz de Bob Esponja, confeccionado de la peor manera, otro vestido de lobo que lo que hace es gesticular y dar miedo a la gente dando saltos irregulares y tropezándose. Luego entran en el ring unos muy flacos luchadores con pañuelos a la cabeza vestidos de árabe, y otro con una camisa de fuerza que llaman la Momia y que lleva una máscara de terror comprada en cualquier tienda de disfraces. Sinceramente luchas no hay, slo saltos de los flacos y muchos gritos de los enmascarados, El Lobo y La Momia que es verdad, dan miedo.

Las cholitas están en los camerinos. Conozco a Benita la Intocable (nombre real Mariela). Hija y nieta de luchadores bolivianos, su destino estaba marcado por este deporte. "Me gusta pegar y sentir la adrenalina que emana de la lucha, en lo personal soy fuerte y como enemiga no me quieras tener, me gusta ser mala". Después de decirme esto, las anuncian. Benita sale a escena bailando con una música típica boliviana de fondo, el público la recibe con abucheos, ella les responde con gestos de odio y los enfrenta, algunos niños le gritan obscenidades, ella continúa hacia el ring. Luego salen Juanita la Cariñosa y Rosa la Temerosa, las buenas de la contienda. Acompañará a Benita, la cholita Reyna, de 20 años, otra de las "malas" de la noche que cuando entra en el recinto un niño le tira palomitas de maíz a la cara. Reyna se enciende y lo toma por los pelos, le retuerce la bolsa en la cabeza desparramando todas las palomitas por el suelo y yo me pregunto dónde estarán los padres de ese niño.

Las cuatro se encuentran en el ring. Se insultan: "Chola sucia hija de puta, te voy a matar, me tienes harta con tus malos modales", le dice la supuesta cariñosa Juanita a Benita. Esta ni se inmuta y le da una cachetada a traición que le pone la mejilla colorada. El drama y el teatro están servidos, las otras entran al ring, se jalan los cabellos, gritan, pegan patadas, hacen volteretas en sus trajes indígenas tradicionales con una facilidad pasmosa. Se pegan con sillas de metal. Todos olvidamos el tiempo esperado. Esto está bueno. Se tiran de las esquinas en vuelos mortales. Juanita, aún con su reposo de su último parto, es la que más acusa en su rostro el dolor y creo que es muy real pero, ¿cómo no? Como casi en todas estas luchas, al final ninguna gana, todo es parte de la trama, para que el público vuelva y desee más la semana siguiente. Y mientras llega ese día, Juanita volverá a amamantar a su bebé, Benita regresará a su trabajo de secretaria en una oficina de abogados de la ciudad, Reyna cocinará para sus dos hijos los desayunos antes ir a la escuela y Rosa seguirá vendiendo ropa interior para cholitas en su puesto del centro de la ciudad.

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