Ilegales están (sin saberlo) ayudando a recolectar una mata que trata el cáncer

Una crónica de mi trabajo como ilegal en Canadá recogiendo yew, una planta que, procesada, se usa como medicamento.

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11 Enero 2017, 10:10pm

Fotos por: Gustavo Berardo Nagel

En definitiva, estar desempleado no es agradable. Menos en un país que no es el tuyo: eso fue lo que aprendí cuando vivía en Montreal, Canadá. Revisaba todos los días Craigslist y Kijiji buscando empleo, naturalmente de ilegal, buscando algo que en lo que realmente no se requiriera de mucha habilidad ni destreza: ni siquiera en el idioma (en Montreal se habla francés). Busqué de mesero, barista, lavaplatos, cargador, vamos, hasta de florista. Nada. Un día, buscando en Internet, vi una oferta laboral de agricultor de fresas. 

Sonaba bien. Nunca lo había hecho, pero me sentía plenamente competente para desarrollar esa labor. Marqué al teléfono que venía en el anuncio y hablé con un quebeco que me citó al día siguiente a las seis de la mañana afuera del metro Côte-Vertu de la línea naranja, en el lado oeste de la ciudad. "Genial, está a sólo cinco estaciones", pensé: en aquel entonces yo vivía con unos amigos en Côte-Sainte-Catherine.

Llegué a la cita muy temprano. Para mi sorpresa, no era el único en el lugar: había otros ocho o nueve sujetos más, entre mexicanos y colombianos, fumando afuera de la estación. Ponías tu espalda sobre una pared en una esquina estratégica en donde los que necesitaran de tus servicios irían a buscarte, como si se tratara de prostitutas.



"Necesito tres personas que sepan de plomería", y los que supieran de plomería se subían a la camioneta. "Necesito cinco que le hagan a la albañilería", y se subían. Así funciona en Estados Unidos. Y así también en Canadá, pero sin el peligro inminente de que te caiga la migra. Entonces llegó el quebeco en su camioneta. "Súbanse", nos dijo.

De los ahí reunidos, solo cuatro accedimos y emprendimos el viaje en carretera. Pensaba que íbamos a las afueras de la ciudad, no sé, a Laval, a Joliette o algo así, pero transcurrió una hora, dos horas, tres, y seguíamos en la carretera. "¿A dónde nos llevará este tipo?", pensé. No se detenía. Salimos de la provincia de Quebec y, para mi intranquilidad, parecía como si nos dirigiéramos a los territorios. Canadá está dividido en 10 provincias y tres territorios. En las provincias es donde están las ciudades y vive la gente; los territorios son las partes salvajes e inhóspitas que, dicho sea de paso, abarcan la mitad de todo el país. 

Los cuatro éramos prácticamente de la misma edad, de distintas partes de México y Colombia. Tras muchas horas de viaje, llegamos a los bosques de Terranova. Realmente sí estábamos lejos. "Poco faltaba para llegar al ártico con los osos polares", pensé. 

Bajamos de la camioneta en pleno bosque y frente a mis ojos estaba el paisaje más hermoso que había visto en mi vida. El quebeco nos explicó cómo estaba el negocio. Del interior de su camioneta sacó la rama de una planta. "Esto es por lo que los traje".

El yew es una planta rarísima, muy escasa, que solamente crece en los bosques de Canadá y tiene gran valor científico. 

Su nombre científico es taxus y es utilizada como ingrediente activo para la elaboración del paclitaxel, vendido bajo la marca comercial de Taxol, un fármaco de quimioterapia para el tratamiento de diferentes tipos de cáncer, como el de mama, de ovario, de pulmón, de próstata, de esófago, de vejiga, de melanoma y otros tipos de tumores cancerígenos. 

El taxol es el fármaco de quimioterapia más rentable de la historia y el único en uso clínico identificado por el programa de detección de plantas de Estados Unidos.

Desde la década de los 60, el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos probaba diferentes especies de plantas para identificar los compuestos con actividad anticancerígena, hasta que en el 1967 identificaron el taxus, llamado hoy Taxol. Se supone que el paclitaxel mata las células cancerígenas y evita su reproducción. El problema es que era muy escaso. Varias pruebas clínicas se retrasaron debido a su escasez. A pesar de ello, un estudio clínico sobre el cáncer de ovario llegó a la conclusión de que el 30% de los pacientes con cáncer de ovario avanzado respondió a la terapia del taxol. 

Actualmente, son varias las corporaciones farmacéuticas y sus laboratorios que elaboran el fármaco, pero pocas son, por no decir una, las que financian el trabajo de campo en los bosques para la búsqueda y recolección de la preciada planta. 

El paclitaxel no existe en forma de pastillas, es a jeringazo, ya que se administra por vía intravenosa. La dosis y el tiempo de tratamiento varía según el paciente, ya que depende del tipo de cáncer que tenga, de su peso, altura y estado de salud previo. Tiene efectos secundarios como diarrea, caída de cabello, vómitos, dolor muscular y llagas en la boca.

Estando allá, recogiendo la mata de la que se deriva todo esto, me di cuenta de que lo de cosechar fresas era mentira. El quebeco sacó de la camioneta cuatro canastas amarradas a cuatro cinturones y muchos costales vacíos. También una casa de campaña. No me gustó eso de la casa de campaña. ¿Cómo para qué?

Nos dio varias instrucciones: la más importante era la de la reserva india. "¿Vieron la desviación del entronque que tomé para llegar aquí?", nos preguntó. Nadie se había fijado en el camino, excepto Luis, uno de nosotros. "Si se siguen por ahí llegarán con los mi'kmaq, con ellos podrán conseguir comida y tabaco". Antes de partir, nos dijo que nos vería al día siguiente, al amanecer, en ese mismo punto. 

El trabajo encomendado era sencillo: había que buscar la planta, arrancarla y guardarla en una canasta para después llenar los costales. Al día siguiente, el quebeco regresaría para pesar nuestros costales y, según el peso, pagaba. Un dólar canadiense por kilo. Lo sé, sonaba a una mierda, pero más adelante descubrí que no estaba tan mal.

Ninguno de los cuatro sabía armar una casa de campaña y, para aumentar la complejidad de la tarea, era una casa para veinte personas, por tanto requería de mayor destreza. A unos cuantos kilómetros de distancia descubrimos otro campamento. Era una pequeña casita de campaña para una, máximo dos personas. Estaba habitada por dos negros, uno de Nigeria y el otro del Congo Belga. Fueron muy amables: no sólo nos ayudaron a armar nuestra casa, sino que también nos explicaron en dónde encontrábamos la planta. Al día siguiente ellos abandonarían el bosque y regresarían a la ciudad, así que no tenían empacho en darnos todos sus tips: nos dijeron que necesitábamos botas de lluvia y un impermeable. Obviamente el quebeco había omitido esa información. Como por reflejo nos miramos los pies: sólo contábamos con los tenis Converse, Adidas y Nike que traíamos puestos. El cuarto traía unos Vans: él sí que se las vería negras. Nos despedimos y comenzamos a explorar el bosque.

Efectivamente, tal como nos dijeron los negros, encontramos las áreas en donde la planta crecía en abundancia. Habían montones y montones de yew, así que eso del dólar por kilo ya no sonaba tan miserable. 

Tras seis horas de arduo trabajo, terminamos llenando cinco costales cada uno. Cada costal se llenaba con 75 kilos. Era buena plata.

Cuando finalizamos nuestra jornada laboral, llegó la hora de nuestro merecido descanso, de comer. Como no nos decidíamos quién de los cuatro se lanzaría con los indios a comprar nuestro abastecimiento, terminamos yendo todos. Estaba como a una hora a pie.

La "reserva india" no era como me la imaginaba, se reducía a una cabaña de madera con su pequeña estación de gasolina. Entramos y nos recibió en el mostrador un indio enorme con una camisa roja de cuadros.

Compramos pan, mermelada, atún y cervezas, "para que el cuerpo sienta lo que administra", como decía mi abuela. También nos vendió tabaco, una bolsa Ziploc con cien cigarrillos por quince dólares. El mejor tabaco que he fumado en toda mi vida. 

Al regresar a la cabaña, jugamos cartas y bebimos cerveza. Y pasó lo peor: aparecieron los mosquitos. Los moscos son molestos en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia, pero en el bosque son tremendos: parecían helicópteros miniatura, bichos prehistóricos. 

A la mañana siguiente, nos despertó el motor de una camioneta. Era el quebeco que, tal como dijo, había regresado. Bajó de la camioneta una báscula gigante y la puso en el suelo. "A pesar", dijo. 

Tomó uno a uno los costales, los puso sobre la báscula, registró el peso en una libreta y los subió a la camioneta. Sacó un fajo de billetes y nos pagó. Ese primer día saqué 225 dólares, mis amigos más de 300. El quebeco volvió a subir la báscula, se metió a su camioneta con todo y los costales. "Regreso mañana a la misma hora", y se fue. 

Y así funcionaron las cosas los siguientes días: el tipo venía todos los días a la misma hora, al amanecer, pesaba los costales y nos pagaba en cash. 

La vida en el bosque era muy dura. De las 24 horas del día, llovía 18, así que siempre estábamos mojados y no había forma de secar la ropa. Dormir en los sleeping bags que nos vendió el indio empapados no era nada agradable. Lavábamos nuestros calzones y calcetines en el río (también le compramos jabón al indio), y nos los volvíamos a poner mojados.

Al poco tiempo uno se termina acostumbrando. Incluso me atrevería a decir que desarrollamos anticuerpos: a nadie le dio gripa. Nos cuidábamos de no acercarnos a los alces ni a los zorros, así como de no adentrarnos a las partes donde los negros nos advirtieron de los osos. 

Todo transcurría con normalidad, hasta que un día al regresar al campamento después de nuestra jornada encontramos nuestra casa de campaña invadida por intrusos: había unos cuarenta latinos (entre hombres, mujeres, viejos y adolescentes). Cuarenta personas en una casa para veinte… claramente un problema. A diferencia de nosotros cuatro, todos ellos sí tenían una real y urgente necesidad de trabajar y hacer dinero, eran indocumentados que tenía que mandar remesas a sus familias en México, Colombia, Honduras, etc.

Muchos de ellos, según sus historias, venían de las Cruces, el Paso, Tecate, Piedras Negras, ya saben, las fronteras más comunes, y con el paso del tiempo fueron subiendo más hacia el norte: a Filadelfia, Washington, Búfalo, Pittsburgh, hasta que finalmente entraron a territorio canadiense. 

Según lo que me contaron, los pasos fronterizos más comunes para ingresar ilegalmente de Estados Unidos a Canadá están en Michigan con Ontario, Nueva York con Quebec, Vermont con Quebec y Maine con New Brunswick. De hecho, hay más de 150 puntos fronterizos entre Estados Unidos y Canadá, la frontera común más larga entre dos países. Nosotros cuatro tan sólo necesitábamos el dinero para seguir pasándola chévere en Canadá. 

Nos organizamos como pudimos, pero fue muy incómodo y disfuncional. Bastaba con que alguien no lavara su ropa para que toda la casa comenzara a apestar. Les explicamos todo el asunto de la planta (porque como era de esperarse, el quebeco no les dijo nada) y dónde encontrarla. También lo de surtirse con el indio y los mosquitos. Sabíamos que la situación ya no nos convenía: entre más gente menos kilos de yew para cada uno. Ya no recolectaríamos lo mismo, así que uno de los cuatro por fin se atrevió a decir lo que todos estábamos pensando y nadie había sido capaz de proponer: "¿Y si nos vamos?". 

"Ya hice el dinero que necesitaba", dijo uno.
"Yo también ya me quiero ir", dijo otro.

Uno de nosotros cuatro era refugiado y tenía que regresar a Montreal a recoger su pensión, su welfare. De no hacerlo, la perdería. Él había entrado al país cuando implementaron las visas, pero tramposamente se había refugiado (como una gran parte de mexicanos) y se encontraba en espera de su audiencia. Si la perdía (después supe que la perdió) lo deportarían y jamás podría regresar.

Con eso bastó para que decidiéramos regresar a la ciudad. Sin embargo el quebeco nos dijo que no iría a Montreal sino hasta dentro de tres semanas. Tres semanas ya era mucho, así que decidimos regresarnos por nuestra cuenta. Nos despedimos de todos, les deseamos la mejor de las suertes y partimos. No teníamos ni la menor idea de cómo regresar a Montreal. Es más, ni siquiera sabíamos en qué parte de Canadá estábamos, así que caminamos hasta la reserva india. El indio fue muy amable y nos llevó en su camioneta hasta un pequeño pueblito en donde tomamos un camión hasta Charlesbourg y de ahí un tren a Montreal.


Al llegar a la estación nos despedimos con nostalgia sabiendo que nunca más nos volveríamos a ver. Tomé el metro a Côte-Sainte-Catherine y llegué al departamento. Ricardo y Alexis, mis amigos con los que vivía, que me daban por muerto, me recibieron. Llegué hecho una miseria humana, peor que un vagabundo. Me preguntaron dónde había estado todo ese tiempo. "Curando el cáncer" les respondí. Pensé que nos abrazaríamos y lloraríamos juntos, pero en cambio se cagaron de la risa. "Báñate y cámbiate, vamos al Casino de Montreal". 

El mundo no lo sabe (y es injusto que no lo sepa), pero todo ese medicamento para tratar el cáncer es elaborado gracias al trabajo de los inmigrantes indocumentados buscando esa puta planta, ya que es un trabajo tan duro y cansado que ni los gringos ni los canadienses quieren hacer; no les interesa. En el campamento no había ni uno solo, todos éramos latinos ilegales. Así que de alguna manera sí, los latinos están curando el cáncer porque sin esa planta, el paclitaxel no existiría.

Mucho más adelante llegaría a descubrir que quien le compraba la planta al quebeco eran los laboratorios Johnson & Johnson para la elaboración del medicamento contra el cáncer, el taxol, quien sabe en cuánto, pero seguro en mucho más que un dólar el kilo.

Tiempo después, contacté por Facebook a Pierre Le Blanc, el quebeco que nos contrató y pesaba los costales. 

Yo: Hola Pierre. Soy Chema. Sí logramos regresar a Montreal, pero ya vamos de regreso cada quien a sus países. Yo a México.

Pierre: Hola Chema 

Yo: Oye, quisiera saber, ¿quién era el cliente que compraba la yew? 

Pierre: ¿La compañía? 

Yo: Sí 

Pierre: Johnson & Johnson. Ya no trabajo con ellos, pero el trabajo sigue… y seguirá.