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Cinco formas de no hacer nada contra el feminicidio mientras pretendemos que nos importa

OPINIÓN // Corpovisionarios se estrena como columnista de VICE cuestionado la manera en que tratamos los feminicidios en Colombia.

por Andrés Casas-Casas
28 Abril 2017, 5:35pm

Ilustración por Daniel Senior

Esta columna es parte de la alianza de contenidos entre VICE Colombia y Corpovisionarios. Vea más aquí.

Entre 2007 y 2012, 60 mil mujeres y niñas fueron asesinadas en 104 países (GVAB, 2017). Es decir que sus cadáveres llenarían dos veces y media el estadio El Campín de Bogotá. En la segunda década del siglo XXI, entre los países más peligrosos para las mujeres, se encuentran Rusia, Iraq y 11 Estados africanos; además de Bolivia, Venezuela, Guyana, Honduras, Haití y Guatemala. En una región en la que hace tres años ya eran asesinadas 12 mujeres cada día (CEPAL, 2014), Colombia ocupa el tercer lugar después de Brasil y México entre los países con un alto nivel de homicidios. En 2015 teníamos exactamente la misma tasa de feminicidios que un país altamente cuestionado en materia de derechos de la mujer como lo es Arabia Saudita (5.7 por cada 100 mil mujeres).Matar mujeres no es una práctica exclusiva de un cierto tipo de región, grado de desarrollo, cultura o sistema político, sino una epidemia mundial advertida ya en 1993 por la Declaración para la eliminación de la violencia contra las mujeres de Naciones Unidas. Veinticuatro años después, 1 de cada 3 mujeres experimenta alguna forma de violencia física o sexual. En la mayoría de los casos la fuente de esa violencia proviene de una persona en la que ellas confían o aman. Colombia no es la excepción a esta regla. Entre 2014 y 2016, 272 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas, y 5.221 han sido evaluadas en riesgo extremo de feminicidio, es decir que en cualquier momento les pueden quitar la vida. Según datos de Medicina Legal entre 2015 y 2016 hubo un aumento del 22% en los casos de feminicidio. Además, en 2016, 49.712 mujeres fueron víctimas de Violencia Intrafamiliar. El riesgo más alto es para las mujeres entre 20 y 29 años que viven en unión libre.

Las ciudades más peligrosas para las mujeres en el país son Bogotá y Medellín. Un análisis geo-referenciado del Ceasc 2016 muestra cómo los casos de Violencia de Pareja en Bogotá se dan a horas en las que las parejas comparten los alimentos y en las horas de ocio después del trabajo. Un estudio de la Universidad de Los Andes estimaba en 2004 que los costos asociados a las diversas formas de Violencia Intrafamiliar son más altos para las mujeres en los hogares que los padecen. Así, los costos anuales totales asociados a la Violencia Intrafamiliar alcanzaban el 3.93 del PIB para el año 2003. Datos de la sexta ola de la Encuesta Mundial de Valores para Colombia muestran que las mujeres deben tomar medidas especiales para garantizar su seguridad. El 58% de las mujeres encuestadas han preferido no salir en la noche y el 68% han optado por salir acompañadas, lo cual afecta su libertad y relación con los territorios en donde habitan.

La literatura que estudia la evidencia empírica sobre las estrategias para prevenir la violencia contra las mujeres se ha centrado en dos de sus expresiones más dramáticas: la violencia de pareja y la violencia sexual. Sin embargo, la discusión en torno a la prevención de feminicidios sigue abierta. Poco a poco se comienza a cuestionar la atención exclusiva al endurecimiento de penas y se toman en serio dos estrategias gemelas que complementan de manera efectiva el fortalecimiento de contextos protectores. Según la Cepal, entre 2010 y 2015 el número de países de América Latina y del Caribe que han tipificado el feminicidio en sus leyes penales subió de 4 a 16. Sin embargo, la promoción de las reformas penales ha tenido un alcance limitado, y necesita estar acompañada de mejores herramientas para la recolección de datos y el fortalecimiento de capacidades institucionales, así como de los equipos de funcionarios para prevenir, proteger y sancionar los feminicidios.

La evidencia científica reciente sugiere tomar en serio el rol crucial que los factores culturales y los mecanismos sociales tienen como fuente y medio de reproducción de los factores de riesgo que hacen a las mujeres más vulnerables a la posibilidad de ser víctimas de violencia homicida. El problema es que estos factores culturales y sociales están asociados a un conjunto de sesgos que son inconscientes y que pueden contribuir a reforzar las creencias que congelan las posibilidades de cambio, en cuanto a la manera en que somos educados y reproducimos las relaciones de género en nuestra sociedad. Para poner a prueba esta hipótesis le sugiero al lector tomar la prueba de asociación implícita de la Universidad de Harvard.

Esta es una tarea desafiante en un mundo, una región y un país que comparte algo en común además de su religiosidad, la idea de que en la vida de pareja "la ropa sucia se lava en casa", y la tendencia a confundir el amor con el control del ser amado: las actitudes, valores y creencias que en conjunto sustentan lo que se ha denominado como la cultura de la violación. En este sentido, la violencia extrema que conduce al feminicidio tendría también un correlato en las justificaciones sociales, que adaptando la definición propuesta por el Centro de las Mujeres de la Universidad Marshall, implica un ambiente en el que la violencia letal contra las mujeres es una conducta prevalente y está naturalizada entre los medios de comunicación y la cultura popular.

Si tenemos en cuenta que el cambio social es un proceso de largo aliento, y que el "congelamiento" o arraigo rígido de las creencias hace más difícil y lenta la posibilidad de cambiar corazones y mentes, ¿qué podemos hacer para actuar disruptivamente en un ambiente que favorece dichas violencias? Tomando el título de un famoso artículo escrito por Carol S. Vance sobre la trata de personas, sugiero que el primer paso sea examinar cinco contradicciones esenciales que pueden estar contribuyendo al mantenimiento de los factores de riesgo asociados con la cultura del feminicidio en nuestro país.

1. Motivar reformas legislativas y nuevos tipos penales que invitan a pensar en un Estado preocupado por atender el fenómeno, mientras que las medidas de prevención, protección y atención a las víctimas son inoperantes, no tienen en cuenta los estereotipos de los funcionarios públicos y no reducen las brechas de acceso a la justicia para las mujeres.

2. Es notorio el cubrimiento y atención por los casos de feminicidio por parte de los medios de comunicación, después de cada noticia de un nuevo feminicidio son comunes las actitudes favorables al linchamiento y al castigo sin guardar cuidados por que los contenidos no banalicen, estigmaticen y re-victimicen a las mujeres y las niñas.

3. Es creciente el rechazo a la violencia física y sexual contra las mujeres en nuestro país, pero en nuestras conversaciones cotidianas la carga de la prueba y de la culpa recaen en la víctima y sus características.

4. Promovemos lenguajes políticamente correctos asociados a la narrativa de derechos humanos, mientras aceptamos y usamos lenguajes sexistas que cosifican y degradan a las mujeres, y evitamos interrumpir conversaciones en las que se usan comentarios o chistes que trivializan la violencia física o sexual contras mujeres y niñas.

5. Enseñamos a nuestras niñas y adolescentes cómo evitar ser víctimas de la violencia física o sexual, pero no se educa a los niños y jóvenes a manejar sus emociones, observar y a evitar actitudes y conductas de riesgo que aumentan la probabilidad de actuar violentamente contra las mujeres.

Cada muerte es un fracaso de la cultura, es un costo irrecuperable. Claudia, Yuliana, Paola, Maísa, Rosa Elvira, Mónica, Tatiana, Luisa Fernanda, Natalia, Yuri, Janeth y tantas anónimas a quienes les quitaron el aliento en diferentes lugares de Colombia, no deben ser olvidadas, pero deben ser las últimas. El primer paso es desnaturalizar los propios sesgos haciendo explícitas las contradicciones inevitables de una sociedad que transita hacia el cambio, pero que de mantenerse socavan la posibilidad de sobrevivir a la propia cultura. Frente a esto todos tenemos la oportunidad cotidiana de ser tercamente disruptores.