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Guía para tener una maternidad feminista exitosa

En su último libro, "Un amor líquido", Carolina Vegas cuenta con total honestidad cómo es ser feminista y estar embarazada, dar a luz y criar a un hijo sin estereotipos de género.

por Tania Tapia Jáuregui
06 Mayo 2017, 1:09am

Comparar el estado del embarazo y la situación del parto con las escenas más crudas de Alien podría sonar exagerado, pero para Carolina Vegas, autora de Un amor líquido, la comparación es pertinente para hablar de lo que describe como "un acto tan barbárico como sangriento (...) que cambia para siempre a una persona en todo su ser".

Carolina, de 35 años, tuvo a su hijo, Luca, a mediados de 2015. Seis meses después estaba escribiendo Un amor líquido, el libro en el que consignó sus recuerdos y reflexiones del pedazo de su vida que empezó cuando ella y su esposo empezaron a tratar de concebir a su hijo hasta que lo tuvieron en sus brazos. Y aunque la comparación de su experiencia con la película de Ridley Scott puede sonar cruda, la verdad es que el libro de la literata y periodista colombiana es, ante todo, un manifiesto honesto de amor de una maternidad buscada y deseada. Esa misma honestidad es la que llena también a su relato de los miedos, los dolores, las nostalgias y las frustraciones que llegan con un proceso de transformación tan visceral.

El retrato que hace Carolina de su propio embarazo le sirve también para reflexionar sobre cuestiones transversales a la vida de las mujeres, y no solo de aquellas que deciden tener un hijo: la forma en que los médicos subestiman sus dolores, la manera en que otros se adjudican el derecho de opinar sobre sus cuerpos y sus decisiones, los sacrificios que se les exige hacer y el sentimiento de estar siempre bajo el escrutinio y el juicio público. Las reflexiones las hace con el cuidado de su oficio periodístico (aprendido en casas editoriales, como Semana, donde trabajó durante años) y la atención de su formación en teorías de género mientras cuenta sin agüeros los aspectos más íntimos de su proceso.

Con Carolina me senté en una cafetería de Bogotá un día después del lanzamiento oficial de Un amor líquido y días antes de su lanzamiento en la Feria del Libro a hablar de feminismo, las negociaciones en pareja, el aborto y la literatura.

Esto fue lo que me contó.

Debo confesar que aunque me gusta la idea de tener hijos, después de leer tu libro ya no estoy tan segura.
Carolina Vegas: Esa no era la idea.

(Risas)

¿Pensaste que tu libro provocaría ese tipo de reacciones? ¿En qué lector estabas pensando entonces cuando lo escribiste?
No, no estaba pensando en reacciones específicas. La verdad, aunque suene un poco tonto, siempre que escribo, el lector que tengo en mente soy yo misma: escribo lo que me gustaría leer a mí. En el caso de este libro, lo que me inspiró a escribirlo, además de la pulsión por escribir, es que a mí me hubiera encantado leer un libro así, o al menos que alguien me hubiera hablado con tanta honestidad sobre el proceso que yo estaba viviendo.

¿Por qué?
Lo que pasa es que, sobre todo como mujer feminista, uno tiene que estar preparada a un cambio de vida radical. Yo siempre sentí que tenía muchas alas y tener un hijo no me las cortó, pero sí me cambió el rango de vuelo.

Pareciera que, en ese sentido, la maternidad peleara un poco con las libertades que busca el feminismo.
El feminismo nunca ha peleado realmente con la maternidad. Lo que el feminismo siempre ha buscado es que la maternidad no sea obligatoria. Yo promulgo por una maternidad decidida, buscada y querida. Creo en la educación sexual, en la anticoncepción, en el aborto y en la decisión libre de las mujeres sobre su cuerpo.

En mi caso, tener un hijo de 22 meses y presentar el libro que escribí durante el primer año que lo tuve a él es un logro increíble. Una vez lo terminé, dije: "pucha, todavía puedo". O sea, no me perdí en esto, no me fundí en mi hijo. Todavía soy Carolina y todavía tengo alas, solo cambié la altura de vuelo.

Es aceptarlo como es, aunque cuesta mucho.

En el libro insinúas que el aborto ha dado paso a mejores mamás e hijos. Podría sonar escandaloso, pero es claro que la opción de decidir da paso a una generación de hijos deseados y de mejores mamás que no fueron obligadas a serlo.
Después de haber pasado por un embarazo y un parto te puedo decir que ese cuento de darlo en adopción es tremendamente cruel. No solo para el niño, también para la mamá. El trauma de un embarazo, de un parto y los estragos que causan en el cuerpo y la mente son tremendos. Hay personas que vomitan o se tienen que quedar acostadas durante todo el embarazo, que se sienten mal nueve meses. Y el parto, por la vía que sea… De verdad que la comparación que yo hago con Alien no es un chiste. Es la cosa más gore que uno pueda imaginarse.

Entonces, someter a una persona que no quiere, que no siente absolutamente ningún apego por lo que le está pasando, a tener que llevar una criatura en su vientre y parirlo es joderle la vida a esa persona y al niño porque nadie lo va a querer. Va a entrar en una sistema complicadísimo en donde nadie le asegura que va a encontrar una familia idónea y que a los 18 años no terminará robando en una calle o buscando qué comer sin ninguna oportunidad en la vida.

Ese trauma del parto y el proceso después es una de las cosas más impactantes del libro: el desorden hormonal, las emociones alborotadas, el cuerpo maltratado, la falta de sueño...
Es un momento muy duro del que nadie te habla realmente. Todo el mundo te dice que tienes que comer, que no te muevas, que te quedes 40 días encerrada. Pero nadie te cuenta que durante esos 40 días vas a pasar por todos los estados de locura. Eso se suma a una falta de sueño absoluta que también te hace delirar. Durante seis meses no vas a dormir más de dos horas seguidas. Eso también altera tu vida completamente. A veces te cuestionas el tema del amor y de qué tan buena mamá eres por todas las emociones y sentimientos que estás teniendo.

¿Y por qué nadie habla de eso?
Porque sentimos que al hablar de eso estamos cuestionando nuestra felicidad de ser madres y nuestro amor hacia nuestros hijos. Y nada tiene que ver con nada de eso. Le tenemos mucho miedo al juicio de los demás. Y como nadie habla de eso pensamos que solo nos está pasando a nosotras. Entonces, es muy difícil poner en palabras todo lo que has sentido durante esos días y no sentirte una mala mamá. Nadie te dice que lo que estás sintiendo es perfectamente normal. Es que ni siquiera tu médico te dice eso, que además me parece un crimen.

Y hay otra cosa que también da un poco de pánico del embarazo en tu libro y es que de repente el cuerpo de la mujer parece expropiado: te dicen qué comer, qué puedes hacer y qué no, te dicen cómo vivir y si no lo haces así la crítica es durísima.
De eso me di cuenta no tanto con lo que dicen —aunque dicen de todo cuando uno está embarazada y todo el mundo te quiere dar datos y tips— sino con el tema de que sienten el derecho a tocarte todo el tiempo. El cuerpo de una mujer embarazada se vuelve un cuerpo público porque la gente te va lanzando la mano a la barriga sin más. Gente que a veces ni siquiera conoces. Eso fue duro.

Igual, aceptar que cuando eres madre tu cuerpo no es del todo tuyo —porque tienes a otro adentro— y que la sociedad misma no lo ve como todo tuyo es muy complicado.

Pero así como todo ha sido un proceso duro, también ha sido la cosa más linda del mundo. No puedo creer la felicidad que siento todas las mañanas cuando me despierto y veo la cara de mi hijo.

También hablas de un tema que, en general, preocupa a muchas mujeres que se enfrentan al embarazo y al parto, y es el cambio de su propio cuerpo después de tener su hijo. ¿Cómo fue eso para ti? ¿El feminismo te ayudó a superar de algún modo ese miedo?
Cuando nace el bebé y ves el estrago fisiológico que causa un parto, es muy duro. Todavía hoy me veo al espejo y digo: sé que tengo que aprender a querer este nuevo cuerpo que tengo, pero no es fácil. Si antes te veías defectos, ahora que sabes que tu cuerpo nunca va a volver a ser el mismo te ves tres veces más defectos. Yo todavía recuerdo a mi otra yo con mucha nostalgia.

Eso, compaginado con la construcción social que tenemos del cuerpo de la mujer, hace que se te caiga el discurso, así esté super cimentado. No hay cómo sostener tu teoría con tu práctica.

A veces pareciera que racionalment, todo lo lleva a uno a inclinarse a no querer tener hijos ni estar embarazada. Hay muchos sacrificios. ¿De dónde piensas que viene el deseo de ser mamá? ¿De dónde vino para ti?
Yo, como buena Butleriana (de Judith Butler), no creo en la biología ni en los instintos porque creo que son construcciones sociales. Pero igual, después de ser mamá, no puedo negar la realidad de un reloj biológico que existe. En mi caso, creo que la edad tuvo que ver: cuando tenía 29 o 30 años realmente me empezaron a nacer las ganas de ser mamá.

Pero también creo —y esto va a sonar super nueva era— que cuando uno encuentra el amor, el amor llama amor. A mí ese amor me creció y se convirtió en querer dar más amor precisamente teniendo hijos. Como todo en la vida, se dio cuando las piezas llegaron a su lugar: conocí a mi pareja, me enamoré de él, quiser tener una familia y tener un hijo con él.

Ahora, mi hijo es biológico pero esa experiencia del amor filial también pasa cuando adoptas a un hijo. Suena hippie, pero creo que es un tema del deseo de dar amor, y puede que ese deseo sea tener una familia o puede que sea estar solo con una persona Hay muchas presentaciones. No solo es el amor romántico que tanto hemos idealizado.

Es claro que en todo este proceso la mujer está haciendo un montón de sacrificios, ¿cuál es ahí el papel de la pareja? Tú mencionas un episodio en que tu esposo a veces se iba a jugar fútbol y tú querías que estuviera contigo. ¿Cómo se negocia eso?
Hay dos cosas importantes: una, que nosotros en nuestra sociedad tenemos la idea de que el papá "ayuda". Y no, el papá no ayuda, el papá cría porque el hijo es de los dos. La otra cosa es que hay que tener en cuenta un tema fisiológico. En mi caso, que soy una mamá que todavía da teta, el tema es complicado porque mi hijo nunca quiso recibir un tetero. Eso ha generado un apego complicado. Por eso, muchas veces, no era que Santiago no estuviera dispuesto a cuidarlo, sino que a la hora de haberme ido el niño se agarraba a gritos.

Pero, finalmente, y esta es una frase de mi esposo, las relaciones de pareja son una negociación constante, haya o no haya bebé. Y confieso aquí que yo he armado muchas peleas por eso y he aprendido a bajarle a la vaina. Uno tampoco puede ser tan absolutista de decirle: entonces ya no vas a jugar fútbol porque, por ejemplo en mi caso, él era el proveedor principal de la casa porque yo no tenía trabajo. Él era el que estaba trayendo la papita, con unos horarios muy duros, y además compartiendo la crianza con mi hijo, también es muy injusto decirle: no te puedes ir a jugar fútbol esta noche.

Y ahora que tu hijo tiene casi dos años, ¿cómo es eso de criar a un niño sin estereotipos de género?
Yo creo que la respuesta a eso es que yo no crío varones, como se entiende el término en nuestra sociedad, el de "no llore, sea varón". "No juegue con eso, sea varón". "Suéltese de las faldas de su mamá, sea varón". Eso es lo que yo no crío.

Luca es un niño que en un esfuerzo grande Santiago y yo estamos tratando de educar en un ambiente donde prevalezca la igualdad de género, en el que él decide con qué quiere jugar, en donde somos libres y abiertos con nuestras expresiones de afecto corporal hacia él, en donde nunca se le han cuestionado sus sentimientos, en donde ve que su papá también llora, que tiende la cama y lava la loza.


¿Qué implicaciones ha traído ser tan pública y abierta con esa vida privada que normalmente se queda en la esfera del silencio y la privacidad?
Te confieso que yo no fui tan consciente de lo mucho que me iba a exponer con este texto, pero al mismo tiempo creo que uno de los actos más revolucionarios que podemos hacer hoy en día las mujeres, y uno de los más feministas, es contar nuestras historias. El ser mujer ha estado siempre lleno de silencios, de cosas que se asumen, y yo creo que es un acto realmente subversivo romper el silencio y hablar. A todo nivel y en todos los temas que nos conciernen. Al final, siento que es mi alma rebelde la que tomó la decisión de contar esto.

Creo que de ese acto sale este libro que ocupa un lugar muy especial: es un libro que entra en esta tradición de libros guía, de libros para mamá, pero a la vez es narrativa, ¿no?
Claro. Yo siempre he tenido un conflicto grande con el tema de autoayuda porque los literatos lo vemos con mucho desdén. Pero la realidad es que al final, yo creo, toda la literatura es de autoayuda. Cuando tú lees un libro siempre vas a hacer una reflexión sobre tu propio ser. Inevitablemente lo que busca la literatura es contar historias que te hagan sentir empatía hacia ciertos personajes y que a partir de eso tú te cuestiones. Eso es autoayuda.

Lo que pasa es que apenas le dices a la gente que escribiste un libro sobre maternidad sientes inmediatamente que te cuestionan como escritora. "Ay, tan divina, escribió un libro sobre ser mamá". O "Ay sí, tú siempre escribiste tan bonito". Y no. No. Yo soy escritora y el hecho de que escriba sobre mí misma no me hace dejar de ser escritora. Si un hombre escribe su vida es literatura y yo que escribo sobre un episodio de mi vida, que es la maternidad, ¿entonces no es literatura? No jodás. ¿Por qué? ¿Porque soy mujer?

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