Histórias

La fiesta resiste en Caracas

La vida nocturna de la capital venezolana ha encontrado la manera de sobrevivir y servir como forma de despeje en medio de la crisis social que vive el país.

por Vanessa Velásquez Mayorga; ilustraciones por Daniel Senior
12 Mayo 2017, 12:04am

Cuando el pasado 30 de marzo el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela le quitó los poderes a la Asamblea Nacional, los ciudadanos decidieron salir a las calles. Desde el primero de abril de este año, miles de venezolanos se han unido para alzar su voz de desconformidad ante un régimen político que se acerca más a una dictadura que a una democracia. La crisis económica y política que están viviendo ha afectado los ánimos y estilos de vida de un país de naturaleza jovial que de a pocos ha tenido que reinventar sus dinámicas de entretenimiento para poder seguir bailando.

Volvamos unos años en el tiempo.

Era un jueves a las 6:00 de la tarde y en el barrio las Mercedes, de Caracas, Venezuela, el fin de semana apenas estaba comenzando. La juventud caraqueña que se reunía entre la avenida principal del barrio y la Río de Janeiro recorría las calles buscando dónde sentarse a tomar y bailar con sus amigos: un jueves latinoamericano cualquiera. En el abanico de opciones había estancos, locales con bandas en vivo, discotecas, salas de concierto y clubes que abren las puertas de jueves a domingo. Era el año 2009 y Venezuela cumplía diez años bajo el gobierno de Chávez. El coletazo de la crisis económica mundial y la reducción de las exportaciones de petróleo ya se estaba sintiendo en el aire.

Los intentos de resolver la crisis económica mundial de 2008 no estaban dando resultados. Para esa época el precio del barril de petróleo se acercaba a los $120 dólares. Entre este año y el 2014 el crecimiento económico de Estados Unidos y Europa era mínimo y países como China, que venían bien económicamente, entraron en un proceso de desaceleración económica.

Cuando las potencias económicas mundiales están mal y el clima económico global es riesgoso lo primero que se sacrifica es la inversión en el extranjero. Añadamos a esta ecuación que a finales de 2014 había muchas reservas de petróleo y el precio del barril bajó a casi $45 dólares (si hay mucho, se pone barato).

Venezuela es un país que depende económicamente de las exportaciones de petróleo por lo que esta baja del precio afectó severamente la economía del país. Además, la inversión extranjera, que ya era poca debido a las políticas económicas del gobierno chavista, disminuyeron más. Los dólares dejaron de entrar al país y la moneda local comenzó a devaluarse. Al día de hoy, un dólar cuesta 5.100 bolívares. El salario mínimo en Venezuela es de 65.000 bolívares: 12 dólares al mes para sobrevivir.

Foto de la marcha del 10 de mayo. Cortesía de Marco 77.

La situación económica y social del país incluye entre sus víctimas la vida nocturna, la industria del entretenimiento y los ánimos de una generación de jóvenes que, aunque quieren bailar, prefieren resistir.

De 2015 para acá la frágil economía debido a la inflación, y el desabastecimiento de productos de uso básico, alimentos y medicina tienen sumido al país en una crisis ya no solo económica sino social que como consecuencia ha generado un aumento en la violencia e inseguridad del país: en 2015 el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal (CCSPJP) ubicó a Caracas como la ciudad más insegura de Venezuela, y en 2016 el Observatorio Venezolano de Violencia publicó una cifra estimada de 28,479 muertes violentas en el país. En cuanto a la pobreza, el Instituto Nacional de Estadística del país indicó que en 2015 el índice de pobreza era de 33,15%, mientras que la Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi) del mismo año señala un porcentaje del 82%.

Volvamos al presente.

Si hoy te paras en la intersección de la Av. Río de Janeiro con Calle Mucuchies, y recorres el barrio Las Mercedes, el paisaje es distinto al de hace seis años. La música suena con menor intensidad, el ambiente no es tan vibrante, y del abanico extenso de opciones que tenías para entretenerte, ahora queda un puñado de locales que se puede contar con los dedos de una mano.

Desde hace diez años, Jeff Rey, músico y productor de eventos, ha sido testigo de la evolución de la vida nocturna en Caracas. Cuenta que hacia el año 2008 la movida de fiestas de música electrónica era muy fuerte debido a que muchas marcas de alcohol y cigarrillos buscaban este tipo de eventos para vender su producto: "en ese momento se hacían fiestas sin precedentes. Fiestas en hoteles, helipuertos, producidas con una serie de elementos que no era común ver. Venían muchos DJs internacionales".

Estos eventos y sonidos fueron mutando y hacia 2010 la tendencia estaba alejándose un poco del techno. Géneros como el IBM y el drum and bass sonaban cada vez más fuertes. "Me metí en esta onda porque tenía varios amigos que trabajaban con la música electrónica y vi que había muchos espacios y fiestas dedicadas a esta que contaban con muy buenas producciones", me cuenta. "Además veías que invitaban a la gente a producir, y que en las fiestas tocaban música de los panas".

Cuando en 2012 le picó el bichito de la producción, Jeff y su compañero musical decidieron que para financiar su disco tenían que comenzar a organizar fiestas, unas que llamó Everybody Loves Fiesta y fueron un éxito. En estas invitaron a que miembros de distintas bandas de rock nacional, como Viniloversus, Rawayana o La Vida Bohéme se quitaran los instrumentos y se metieran detrás de los decks.

Para esta época aumentó la estadística de robos, secuestros y homicidios, y estar en la calle en horas de la noche representaba un riesgo enorme.

Buscándole una alternativa a esta situación, varios colectivos y marcas vieron la opción de organizar fiestas diurnas, como Casa Verano o ElectroBrunch, que fueran desde las 3:00 de la tarde hasta las 9:00 de la noche, y así poder garantizarle un mínimo de seguridad a sus asistentes.

La economía local era un riesgo. Las marcas de cerveza dejaron de producir eventos, pues la producción de cebada disminuyó, así que había menos cerveza para vender. A otros tipos de producto también les dolía meterse la mano al bolsillo porque las fiestas, como muchos otros eventos, dejaron de ser una inversión a convertirse en pérdidas. De hacer fiestas todos los fines de semana, marcas como Polar Light pasaron a hacer una o dos fiestas por mes.

Pero la oferta de entretenimiento no solo ha disminuído en cuanto a fiestas de marcas, sino también en cuanto a locales disponibles.

Marco 77 es el booker de La Quinta, un bar ubicado en el barrio Las Mercedes que desde hace seis años hace parte del paisaje caraqueño. La Quinta cuenta con cuatro ambientes entre los cuales se distribuye mensualmente una programación variada en la que DJs, bandas en vivo, ciclos de stand up comedy y hasta bazares de diseño hacen parte de la oferta. Marco, quien desde 2007 ha trabajado en distintos bares de la ciudad cuenta que uno de los factores que ha influido al cambio en la escena es que oferta y demanda, en lo que tiene que ver con la escena del entretenimiento, ha disminuido.

"Muchos locales han cerrado y a la vez mucha gente joven se ha ido. Antes teníamos una ciudad muy activa de martes a sábado y a veces los lunes y domingos también presentaban mucho movimiento", dice Marco. Otra cosa que también ha cambiado es que muchas bandas de música en vivo se han ido del país y los artistas internacionales no están viniendo. "Hay una fuga de talentos muy grande. Bandas que se crearon acá y fueron creciendo en cuanto a público, como Rawayana o Viniloversus, tuvieron que irse del país para poder seguir haciendo y presentando su música. Y de paso, a los productores de eventos les resulta riesgoso traer artistas internacionales, porque puedes ganar mucho dinero en bolívares, pero en dólares eso no significa mucho por el control de cambio", agrega.

Clubes emblemáticos de Caracas como El Picoteo, El Sarao, El Puto, sitios donde muchos se sentaron a compartir una cerveza como Beer Station o Whatsapp ya no existen, y es labor de bares como La Quinta o Suka modificar sus dinámicas de trabajo para ajustarse a lo que los pocos rumberos que quedan en Caracas están buscando. La Quinta, por ejemplo, ha sabido aprovechar sus cuatro espacios para ofrecer variedad.

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Por supuesto que las personas que quedamos en la ciudad tenemos que salir. Ir a las discotecas es como un escapatoria

Lorenzo Martínez es locutor de la radio Líder 94.9 FM con sede en Caracas. Estuvo viviendo en Buenos Aires, pero en 2014, cuando los estudiantes de Táchira comenzaron a convocar marchas a las que se unieron figuras de la oposición, tuvo que volver a la ciudad: "hace diez años las opciones en cuanto a locales y fiesta era mucho más grande. Había locales para distintos géneros y estilos musicales y ahora el abanico se achica a unas seis opciones, que igual la gente descarta porque prefiere opciones que le garanticen más seguridad".

"Por supuesto que las personas que quedamos en la ciudad tenemos que salir. Ir a las discotecas es como un escapatoria", dice Marco 77. "Pero si a la inseguridad le sumas la situación económica, salir se vuelve insostenible". En La Quinta, por ejemplo, el servicio de una botella de ron cuesta 30.000 bolívares, casi la mitad de un salario mínimo. Jeffrey cuenta que él, que cuenta con un buen trabajo que le genera ingresos mayores a un salario mínimo, tiene que decidir a veces entre destinar su dinero a comprar cosas de primera necesidad o comprar trago.

Hace unas tres semanas ya habían comenzado las protestas y una amiga mía cumplía años. Aunque no había muchos ánimos, ella decidió alquilar una tasca y organizar una fiesta. Es que si no hacemos ese tipo de eventos para distraernos, nos vamos a volver locos.

Al preguntarle sobre las fiestas más recientes que ha organizado, me cuenta que desde 2016 se ha visto involucrado en un tipo de fiestas colaborativas. "Como cada vez hay menos apoyo en el tema de patrocinios porque las marcas también han sido afectadas por la crisis, nos reunimos varios para planear y organizar las fiestas buscando que no haya pérdidas", dice. "Tenemos un crew en el que entre todos reunimos nuestros talentos para que sean un éxito. El diseñador hace los banners, el influencer trae a la gente, yo pongo mi mixer y mis equipos, y así vamos armándolo todo", agrega.

Lorenzo recuerda que la mejor fiesta que ha tenido en los últimos años fue un evento también autogestionado por él y sus amigos en el que lograron convocar unas 300 personas para una fiesta privada en la casa de uno de sus amigos.

Vemos entonces cómo se está reinventando un poco el concepto de salir de fiesta. Se ha convertido en algo más íntimo, con tendencias DIY y de carácter catártico. "Hace unas tres semanas ya habían comenzado las protestas y una amiga mía cumplía años. Aunque no había muchos ánimos, ella decidió alquilar una tasca y organizar una fiesta. Es que si no hacemos ese tipo de eventos para distraernos, nos vamos a volver locos. Estos golpes psicológicos que tenemos a diario, en donde ves como matan a chamos, de verdad te afecta", cuenta Jeffrey.

Lorenzo tiene unas visiones similares: "durante estos días de protesta ha sido bastante difícil mantenerse cuerdo entre tanta información y desinformación que hay. Ha sido difícil, también, desahogarse un poco y despejar la mente. Yo soy DJ y pongo música en mi casa para relajarme. Últimamente lo más significativo que he podido hacer fue reunirme a tomar unas cervezas con amigos, hacer una especie de asado y sentarme a hablar y cerciorarnos de que estamos bien".

Aunque muchos han tenido que recurrir a la creatividad, hay otros que siguen celebrando sin medida alguna, como en los viejos tiempos. Hay personas en Venezuela que organizan fiestas privadas masivas en las que no escatiman un bolivar y botan la casa por la ventana.

Juan Simón Díaz es cantante en un ensamble de "bailables", grupos que por lo general constan de cinco cantantes acompañados de teclado, batería y guitarra. Los bailables son contratados para grandes celebraciones, como matrimonios, grados o primeras comuniones. "Aunque hoy en día no hay tanta afluencia de trabajo, porque hacer una fiesta cuesta millones, incluso de dólares, últimamente he ido a fiestas en donde se bota la casa por la ventana. Hay situaciones que uno entiende, por ejemplo, cuando son fiestas que llevan años planeándose y cancelarlas o posponerlas significa perder el dinero ya invertido"

Contratar a alguno de los grupos en los que Juan Simón canta puede costar entre $800 y $3,000 dólares, o sea entre unos 4 y unos 15 millones de bolívares. Juan Simón cuenta que ha trabajado continuamente casi todos los viernes y sábados en fiestas organizadas por la gente que tiene el poder económico en Venezuela en este momento, que por lo general son familias que se enriquecieron de la noche a la mañana producto de haber cerrado un negocio con el Estado. "He ido a bodas, grados de militares, primeras comuniones, fiestas de quince años en donde percibes que aunque tienen dinero, no han recibido mucha educación. Es gente que se pasa en la bebida, hace mucho show. Gente que exagera en los excesos porque quiere lucir lo mucho que tiene", dice.

En este momento estamos viviendo dos realidades en el país: hay gente que literalmente se está matando en la calle siendo parte de una guerra civil, y están estas familias de tendencia chavista, con muchísimo dinero que se la pasan haciendo fiestas.

Un ejemplo de estas fiestas de millones de dólares fue la celebración de los quince años de la hija de Johnny Badler, empresario venezolano del sector construcción y que cotiza en la bolsa de acciones del Instituto Venezolano de Seguros Sociales. O la de la hija de Eliezer Alfonso Gravina, uno de los tres ex funcionarios de Pdvsa que se declararon culpables de cargos ante el Departamento de Justicia de Estados Unidos relacionados con un esquema de soborno ejecutado para ganar contratos energéticos.

Fiestas con artistas famosos, shows de strippers, espectáculos circenses, mas de 2000 invitados, bacanales completos. Excesos.

Mientras tanto, algunos de los 51% de venezolanos que están en condiciones de pobreza extrema están comiendo de la basura.

Estas son de las pocas fiestas cuyos detalles salen a la luz. Constantemente corren rumores de fiestas en mansiones multimillonarias o hoteles que se alquilan completos, en donde el trago, la droga y los "culos" van por cuenta de la casa.

"En este momento estamos viviendo dos realidades en el país: hay gente que literalmente se está matando en la calle siendo parte de una guerra civil, y están estas familias de tendencia chavista, con muchísimo dinero que se la pasan haciendo fiestas. Uno de verdad no entiende", dice Juan Simón.

Fotos de la manifestación del 10 de mayo. Cortesía Marco 77.

Porque esa es la realidad. Con o sin fiesta, Venezuela lleva más de un mes sumido en las protestas de la oposición y las represiones fuertísimas del gobierno, enfrentamientos que al día de hoy han dejado un saldo de 39 personas muertas.

"De inicios de 2017 hacia acá la gente ha dejado de ir a fiestas. Creo que no quieren festejar en un momento en el que el país está tan afectado", dice Lorenzo. "Sinceramente no provoca ir a bailar con todo lo que está sucediendo y la impotencia que sentimos, porque uno no puede hacer nada, ¿me entiendes? Va mucho más allá de nuestras ganas e intentos por cambiar las cosas", agrega Juan Simón.

La Quinta ha jugado aquí un rol importante, y es que ha logrado canalizar sus esfuerzos para aportar a las personas que están protestando. Por ejemplo, en sus instalaciones se llevaron a cabo una serie de funciones de stand up comedy en las que el requisito para entrar es llevar implementos para un kit de primeros auxilios. Lo recogido se dona a la organización Cruz Verde UCV que está presente en todas las manifestaciones, prestando servicios de salud a los manifestantes que han sido heridos.

Stand up comedy en La Quinta para recoger implementos de primeros auxilios. Cortesía Marco 77.

Y transversal a todo está la música, la fiesta, los amigos. El venezolano es alegre por naturaleza y esta mutación y adaptación de la fiesta y vida nocturna es algo natural.

Lorenzo, que trabaja en radio, es consciente de la importancia de esta. "La gente nos busca para desconectarse un poco, pero nosotros siempre tenemos que estar presentes de lo que sucede alrededor" dice. "Tengo que ser muy cuidadoso de lo que digo, e intento que la gente que me escuche se desconecte, sí, pero también mantenga los pies sobre la tierra, recarguen sus baterías y continúen con la lucha".

"Yo creo que el venezolano se drena de la carga emocional cada fin de semana, a pesar de los riesgos y las condiciones económicas que esto implica", dice Marco. "Mi posición política está súper clara: yo soy un empleado que cree fielmente que la calle tiene que ser la respuesta. Estamos incomodando al gobierno y haciendo que se quite la careta de falsa democracia que tiene".

Como Marco, muchos venezolanos seguirán en pie de lucha, dándolo todo por generar un cambio en su país y, cuando sea posible, juntándose para bailar y festejar un rato. Reunirse con los amigos para recargar las baterías y volver a salir a las calles a exigirle al gobierno una Venezuela mejor.


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Si eres de Venezuela y quieres contarle a Vanessa más sobre la situación de la rumba en tu país, puedes escribirle por acá.