Nadie me odia más que yo

Solo un poco de Junkie Love

NUEVAS VOCES // "Es una forma extraña de sentir el afecto, pero es la única manera en la que lo he experimentado".

por Juan Ruge*
27 Marzo 2017, 5:23pm

Todas las fotos cortesía del autor.

Es chistoso cuando me encuentro a mí mismo pensando en que nunca he tenido un novio. Estoy muy acostumbrado a la idea.

– Soy Juan, nunca he tenido un novio –.

No es como si nunca hubiera sentido una gran cantidad de afecto por una persona, me ha pasado, pero nadie ha estado en condiciones de recibirlo. Termino volcando todo ese afecto hacia mis amigos. Casi siempre funciona, pero hay situaciones en las que todo se da a la malinterpretación de las lenguas resbalosas y ahí me doy cuenta de las cosas que hace la gente con palabras.

Soy una persona un poco rígida, distante, fría. Eso parece, pero una vez he llegado a cierto nivel de intimidad juego a dar afecto, con cautela y curiosidad. Al no estar acostumbrado, toda la situación me resulta ajena. Cuando la gente comienza a notarlo, a opinar, a hacer comentarios y preguntas, ese afecto se sale de control. Se vuelve todo incómodo y desastroso hasta que se sale de los límites de lo aprobable.

Hace poco leí un PDF sobre la "Estructura de carácter masoquista". Decía muchas cosas con las que me sentía identificado: describían a un sujeto ansioso con un comportamiento ambivalente, con una intensa necesidad de aprobación, con tendencia a dañar a los demás y dañarse a sí mismo, al auto-desprecio, a la negatividad, a la duda, a la indecisión. Decía muchas cosas, pero quizás el rasgo más definitivo, o simplemente el que más resonó con mi experiencia, estaba implícito en una pequeña afirmación: el masoquista "Pide amor provocando y expresando rencor".

Nunca he tenido un soporte emocional más allá de la convención de "amigo". Cada vez que siento que quiero ir más allá, me detengo a mí mismo y comienza el confuso juego represión y liberación. Un juego de miradas odiosas y comentarios afilados emitidos por un sentimiento blandito y rosado. Es una forma extraña de sentir el afecto, pero es la única manera en la que lo he experimentado.

Más allá de los niveles de afecto, las confusiones embarazosas, y lo que la gente asumía como cierto, lo más complicado era lidiar conmigo mismo y lo que sus afirmaciones me hacían creer. Es complejo sentirse decidido cuando el afecto es rechazado o simplemente visto con desaprobación. La indecisión hace que todo se quede contenido adentro, que se hagan nudos en la garganta, que manos y rodillas tiemblen. Fue bajo estas circunstancias que descubrí la fiesta y las sustancias que se requieren para soportarla.

Nunca he disfrutado mucho ir a fiestas. Soy de los que se sientan en un rincón con gesto peripatético cuando el alcohol, el papelito, o el pase ocasional no desatan un frenesí de baile etéreo e introvertido. Nunca lo hice por placer, lo hice por complacencia. Todo el afecto contenido necesitaba ser liberado de alguna manera, y un bar lleno de desconocidos con música a todo volumen resultó ser el escenario perfecto para hacerlo.

Obviamente jamás se trató de ir por ahí besando extraños y dando mamadas arrodillado en el piso de un baño. Se trataba de mendigar afecto de la única manera en que siempre he podido hacerlo: manipulando. No era algo premeditado, simplemente pasaba que al pasarme de tragos comenzaba a sentirme mal, literalmente, mi cuerpo se volvía una frágil masa gelatinosa que, por alguna razón, la gente se sentía inclinada a cuidar y consentir. No quería estar ahí, pero la gente, mis amigos, sí. Morir cada vez era la manera de recibir el afecto que requería sin necesidad de darlo. Seguramente les fastidiaba, varias veces habrán querido darme una bofetada o simplemente dejarme tirado, pero nunca lo hicieron. La única forma de sentir la liberación del afecto sin sentir desaprobación era recibiéndolo.

Así me acostumbré. Pero las noches acaban, los efectos desaparecen, y por más que insistiéramos en dormir todos juntos en una cama esperando a que el guayabo químico arremetiera con nuestras ganas de vivir, llegaba el momento de volver a casa, de asimilar la soledad otra vez. Tardes de siestas cortas y cigarrillos a escondidas me dejaban tirado en la cama con una sensación de cobardía. Durante la noche había obtenido lo que necesitaba, pero no lo que quería, seguía siendo un mendigo y mi cuerpo lánguido exigía esas dosis de afecto para no sufrir el síndrome de abstinencia.

Seguí yendo y consumiendo, me hice adicto a algo que tenía que pedir, cuál limosna, y por un tiempo no importó, pero como si tuviera fecha de caducidad, el flujo de fiestas y descontrol fue mermando. Dicen que es parte de crecer. Quizás no hubiera sido tan grave si el afecto pudiera ponerse en una reserva, si pudiese ahorrarse y salvarse para tiempos de escasez, pero no es el caso. Siempre se necesita más, quizás nunca debí haberlo probado, quizás debí permanecer contenido en mi frío y hermético ser.

Nadie quiere a un junkie mendigando para satisfacer sus necesidades de vicio. Solo causamos problemas, solo fastidiamos pidiendo más. La única alternativa parece ser regresar al aislamiento, a la represión, a llevar una pesada carga de palabras enredadas con pensamientos irresueltos y hacer nada. He de soportarla si quiero rehabilitarme. He de botar las jeringas y borrar los números de los dealers. Esta vez actuar como si estuviera bien no hará que nadie lo crea, así que mejor no subir al escenario.

Con cada pase de perico escalo mi torre de marfil, en una fiesta en la que nunca quise estar, esperando solo un poco de Junkie Love.

* Este es un espacio de opinión. No representa la visión de VICE Media Inc.

Este texto fue publicado originalmente en el blog MI PC.