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Histórias

Cuando la fiesta se convierte en un problema: cómo logré dejar de beber y drogarme

"Puede que una maratón de drogas y alcohol cada fin de semana no te destruyan, pero de seguro tu vida va a estar mucho mejor sin ellas".

por Robert Foster
01 Diciembre 2015, 4:17pm

El autor (sosteniendo al perro) en Texas en sus mejores años, 2011

*Este artículo se publicó originalmente en VICE.

Debería empezar diciendo que odio a las personas que escriben artículos de opinión los sábados sobre las decisiones moderadas y poco interesantes que toman en su vida. Es la máxima reiteración de una serie de cosas horribles: egocentrismo, prepotencia e idiotas malcriados sin problemas reales que dirigen los medios de comunicación.

Y claro, el desenlace del párrafo anterior es que voy a escribir un texto de dos mil palabras sobre cómo dejé de beber porque estaba empezando a joderme la vida. Lo siento. Si ayuda en algo, parte de la intención es hablar en general de cómo liberarnos de las ideas estúpidas sobre la vida que llevamos en la juventud para intentar ser felices.

La última vez que bebí fue el 15 de junio a las tres de la madrugada, en un festival de metal. Fui porque tenía que escribir un artículo para el trabajo pero estaba lloviendo, tenía mucha coca y un trailer, así que me quedé en el trailer, me esnifé la coca y escuché una lista de reproducción de Chief Keef con los altavoces de mi iPhone con mis amigos durante todo el fin de semana. Fue divertido, no lo niego. Quería tomarme un descanso para dejar de ser una persona horrible una temporada y supuse que un maratón de cuatro días de alcohol y cocaína –mientras escuchábamos los éxitos de Marilyn Manson– era una buena forma de hacerlo. Me lo pasé muy bien, pero cuando terminó el fin de semana me di cuenta de que ya no podía seguir así.

Desde que decidí permanecer sobrio, he ido al psicólogo un par de veces y por lo visto, cree que tengo un problema –aunque yo creo que me dice eso porque es su obligación–. Conozco a muchos adictos de verdad –que están en AA y NA– y he ido a funerales de amigos que se excedieron (por ellos me siento como una de esas personas «con problemas banales» que escriben artículos de opinión). Si yo soy un alcohólico drogadicto, entonces todos los que conozco que viven en ciudades grandes y que forman parte de lo que la gente llama «la industria creativa» también son alcohólicos drogadictos. Es cierto que bebía de forma alarmante y salía con mis amigos tres o cuatro noches por semana; es cierto que gastaba una cantidad absurda de dinero en coca todos los viernes, me quedaba despierto hasta el sábado a las 10 de la mañana y me daban ataques de paranoia y depresión el resto del fin de semana; es cierto que dejé que mi trabajo, mi salud y mis relaciones sufrieran, se marchitaran y derrumbaran por culpa de mi gusto por la bebida. Pero, ¿acaso no hace todo el mundo lo mismo? ¡Es parte de la diversión! Y la verdad, es muy gracioso hablar de ese nihilismo con los amigos: «¡Anoche me lo gasté todo en coca y me rompieron la nariz de un puño!». Qué buena historia.

La diferencia entre yo y las personas que beben y se drogan tanto como yo –pero que no dejan de ser felices y funcionales– es que el nihilismo siempre ha sido mi especialidad. Era un adolescente indignado e idealista al que le apasionaban muchas cosas (el punk y las chicas, principalmente), pero cuando cumplí 20, algo cambió. Tuve un periodo depresivo muy raro y terminé internado en un hospital psiquiátrico. Después de eso, dejé de creer en todo: relaciones, trabajo, política, el futuro, etc. Sentía que nada valía la pena. Estoy seguro de que, a nivel del subconsciente, era un niñito que no veía resultados inmediatos por su esfuerzo y decidí, como método de defensa, que ya nada me iba a importar. En esa época, sentía que había desarrollado un escepticismo saludable sobre la vida. Pero tenía veintitantos y casi de inmediato mi escepticismo se tornó en algo no saludable.

Y para colmo, me di cuenta de que había plasmando mi escepticismo poco saludable en el papel. La gente parecía disfrutar mis reseñas musicales agresivas (cuando las reseñas musicales estaban de moda) y otras cosas crueles y divertidas donde destrozaba a cualquier banda, idea o celebridad diciendo que eran inútiles, porque, en el fondo, todo es inútil y no es más que una broma estúpida. Que la gente disfrute tus textos y tus opiniones es una experiencia gratificante y, por lo tanto, asumí que estaba en lo correcto al pensar que nada tenía significado y seguí creyéndolo. Así ha sido mi vida desde que tenía 21 años de edad, es decir, desde hace 11 años.


El autor después de una sobredosis de 2C-B

Si nada tiene significado y la vida es una broma, el alcohol y las drogas tienen dos propósitos: ser una forma divertida de romper la vasta extensión de gris que es la existencia a través de una lente de indiferencia y ser una forma fácil de autodestrucción, mesurada y cómica. No me refiero a autodestrucción suicida, más bien a la autodestrucción que implica joder tu trabajo y ser un imbécil con la gente, la autodestrucción que es muy divertida como tema de conversación a la mañana siguiente.

Si bebes y te drogas así durante mucho tiempo, nunca pasa nada malo en realidad –no te mueres, no te enfermas, no te quedas sin amigos (pierdes unos cuantos, pero no a todos), ni siquiera te habla tu hermana para decirte que está preocupada por ti–, simplemente sigues siendo el mismo. Tu vida no mejora ni empeora, te quedas en una inercia oscura, cruel y borrosa.

Es esa inercia la que te desanima.

Y eso fue lo que me pasó. Siempre he sido un tipo muy depresivo, pero he pasado los últimos años tomando medicamentos y dejándolos, bebiendo hasta quedar inconsciente y sufriendo guayabos de tres días, ataques de ansiedad y paranoia. Pero nunca hubo un momento en el que me dijera a mí mismo que quería parar (ni siquiera cuando me rompí el tobillo por saltar por las escaleras después de tomar un poco de MDMA o cuando tuvieron que hacerme una operación de siete horas a los 31 años de edad. Supongo que eso tenía que haber hecho sonar una alarma, pero creo que compré un gramo esa misma semana). Sea como sea, creo que al final la vanidad tuvo mucho que ver. Me di cuenta de que en las fotos parecía un viejo, con piel amarillenta, regordete y triste, y no quería ser nada de esas cosas.


Lo peor que he llegado a estar: diez días metiéndome todo tipo de drogas todo el tiempo y después de dos puñetazos en la cara. Texas, 2011

Después fui al festival de metal y cuando terminó decidí dejar todo eso. Desde ese entonces, he conocido a varias personas que me han dicho que quieren hacer lo mismo pero no saben cómo. Si eres un adicto de verdad, no podría decirte qué hacer porque yo no lo soy, mi cuerpo nunca me exigió que bebiera o que me drogara. La verdad es que lo hacía porque quería y porque era divertido. Y si lo que acabo de decir te resulta familiar, entonces tal vez te sirva saber qué fue lo que yo hice.

Pues esto fue lo que hice: me dije a mí mismo –y a mis amigos– que me iba a tomar un descanso de tres meses. Me dije a mí mismo que solo iban a ser tres meses para no entrar en pánico al pensar que era para siempre y cada vez que viera el anuncio de una cerveza o escuchara alguna anécdota divertida relacionada con alguna droga no sintiera envidia. Así podría simplemente pensar, «Está bien, en unos meses lo volveré a hacer» y mantener la calma. Le dije a todos mis amigos que me iba a tomar un descanso de las drogas duras para no sentirme muy avergonzado de dejarlo para siempre, porque ser un mediocre que nunca termina nada es una forma horrible de vivir. Y no sé por qué, pero también dejé de beber. Esos tres meses se pasaron rápido y mi descanso se prolongó.

Me sorprendió que después de un par de semanas de ansiedad relativa (aplastante, debilitadora y que me provocaba vómito) en reuniones sociales donde no conocía a mucha gente, todo se calmó y por ahora estoy bien. Se supone que las primeras semanas son las más difíciles, pero en mi caso, el bajón después del festival de metal y cocaína se mantuvo tan fresco en mi mente que me ayudó a seguir motivado. En ese aspecto tuve mucha suerte. Cuando me entra la ansiedad, leo en Wikipedia la lista de personas famosas que se abstuvieron de beber alcohol durante toda su vida. Es divertido y en ella aparecen muchos hombres ilustres. Sin embargo, lo que más me ayuda a no beber ni drogarme es el cambio que trajo la sobriedad a mi vida.

Cuando dejé de beber, parte de mí esperaba que el cambio no fuera tan dramático. De esa forma, el experimento habría sido inútil y no importaba si volvía a meterme coca a partir del miércoles. Lo malo fue que mi vida cambió de una forma tan drástica y positiva que ahora sé que tirar la toalla de la sobriedad en este punto sería una pésima decisión.


El autor después de tres meses de estar sobrio

A mi cabeza le costó un mes estar limpia y cuando lo logró, sentí una diferencia física absoluta en mi capacidad mental, mi humor y mi estado de ánimo. Podía pensar más rápido y con más claridad. De inmediato me volví mejor en mi trabajo y mejoró mi capacidad para conversar y articular mis pensamientos. Mi humor mejoró y me volví menos impulsivo, menos voluble, más seguro de mí mismo y de mis convicciones. Empecé a tener convicciones, de hecho, ese fue el mayor cambio. Empecé a creer en las cosas otra vez, en mis amigos, en mis ideas y en mi trabajo. Ahora hago cosas decentes durante el día, los fines de semana. Ya tengo pasatiempos, algunos medios publican mis fotos y tatúo los dibujos que he hecho. Ya no se me olvida llamar a mi madre, hago limpieza, he adelgazado y me he puesto en forma, y en general soy mejor compañía. Dejé de odiarme tanto. Soy mejor que antes y mis amigos pueden confirmarlo. Estoy madurando. Lo que pasó en realidad fue que por fin pude reorganizar una serie de pensamientos raros que tenía desde que era muy joven. Por fin dejé atrás el nihilismo –o al menos lo transformé en una broma y no en un estilo de vida–. El alcohol, las drogas y el nihilismo eran uno mismo, pero ya los he separado.

Supongo que todo el mundo tiene algo que debe superar. Vale la pena saber qué es y asegurarte de que no esté jodiendo tu vida sin que te des cuenta. No sé si algún día volveré a beber o a drogarme. Tal vez en unos años o tal vez nunca. Lo que sí sé es que estar sobrio me ayudó a salir de un círculo vicioso de miseria en el que he estado metido durante más de una década.

Lo que trato de decir es que esta decisión fue un gran paso adelante en mi calidad de vida. A mi vida le falta mucho para ser perfecta –todavía tengo cosas que descifrar pero nunca me habría dado cuenta de eso si no fuera porque decidí estar sobrio. No puedo fingir que no extraño esconderme en el baño con mis amigos pero no tienen idea de cuánto ha mejorado mi vida sin las drogas y el alcohol, aún cuando mi problema no era tan serio. De hecho, creo que todavía no he comprendido bien ese punto. No importa si no me estaba matando directamente; mi vida era miserable y dejó de serlo en cuanto me detuve.

Ser infeliz parece una buena razón para dejarlo y si sientes que beber y drogarte te están volviendo una persona miserable, entonces tal vez deberías detenerte un momento para ver si tu vida también cambia. No sé; nunca antes había escrito algo así en mi vida y no sé cómo concluir este texto sin sonar como un mojigato. Lo único que digo es que, si estás triste, averigua qué te hace sentir mal y deja de hacerlo. Con suerte, todo va a mejorar a partir de ese momento.

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