Perfiles VICE: Retrato imposible de un beatnik caleño

"Unos creen que soy un invento de los caleños, otros que no existo; algunos creen que vivo en algún lugar del mundo, perdido; y los más certeros, que me morí de sobredosis".

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dic. 5 2014, 3:46pm

Fotos por: César Cesilio

"Unos creen que soy un invento de los caleños, otros que no existo; algunos creen que vivo en algún lugar del mundo, perdido; y los más certeros, que me morí de sobredosis".

-Fragmento de un correo a la autora, 19 de octubre de 2014

Hace un par de años que yo ya no leía literatura. Entre la universidad, la adicción a las series y a internet, mi amor por los libros parecía haberse desvanecido del todo. Yo ya no leía literatura hasta que mi amigo Daniel García, que es poeta, me prestó Compra un Caballo en Estambul (2003) de un autor amigo suyo. El libro de formato pequeñito, de una editorial caleña independiente llamada Feriva, llevaba el título en letras rojas sobre un cuadro de Basquiat, Cabalgando con la muerte.

El prólogo del escritor Julio César Londoño era radical. Introducía una colección de relatos narrados en primera persona con "un porcentaje de ficción infinitesimal". Me sumergí en el mundo de un viajero nacido en las altas cunas de Cali a mediados del siglo pasado, que a los 17 años se embarcó en un crucero transatlántico rumbo a España y hacia una vida marginal, erótica, psicoactiva, desarraigada y de un desapego casi irracional al sentido de supervivencia. La lectura fue vertiginosa. Me había vuelto a leer un libro de comienzo a fin. En una tarde.

En un concierto en Cali, antes de cantar "Tumbas de la gloria", Fito Páez le dedicó la canción a un escritor caleño llamado Fernando Calero de la Pava. Compra un caballo en Estambul lo había fascinado. Mi amigo Daniel García estaba ahí. Al salir del concierto, su única obsesión era conseguirlo. Terminó descubriendo que Darío Henao Restrepo, el prologuista de uno de los libros de Calero y entonces decano de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad del Valle, era amigo de su familia. Y así consiguió el libro que ahora me prestaba.

Fueron pocos los datos que pude averiguar sobre Fernando Julián Calero de la Pava. Un producto de la Cali de los años 50 y 60. Un outsider entre los outsiders, al que nunca se le incluyó dentro del 'Grupo de Cali'. En vez de escribir, hacer cine y tertuliar con "los intelectuales" caleños que gravitaban en torno a Caliwood, Calero comenzaba a traficar con armas, iba y venía de Europa, se enamoraba en cada puerto y se metía cuanta droga le volara la cabeza.

Un día me despierta Martín 'El Llanero' y me dice que le preste mi Colt 357 Mágnum. Intuyo que me quiere matar. Yo le entrego el arma sin balas y en la otra mano, sostengo un revólver cargado. Embalado, me implora que no lo mate. (Compra un Caballo en Estambul)

Continué con la lectura de su segundo libro de relatos, El precio del placer (2005), encandilada por las imágenes que se sucedían, cada una más narcótica que la anterior; eran historias encarnadas por personajes malditos a los que, por alguna razón, me sentía muy cercana. De los que me enamoraba en una página y a la siguiente tenía que velar, porque todos, tarde o temprano, morían.

En este mundo venimos a perderlo todo: la inocencia, los seres queridos, el amor, y por último perdemos lo único que realmente nos pertenece que es la vida, lo único que nadie nos debe, nos debería quitar, e indefectiblemente tarde o temprano la vamos a perder. En este mundo ante la implacable voracidad del tiempo el erotismo debe compensar nuestras expectativas vitales. (Compra un Caballo en Estambul)

Al mismo tiempo, en páginas intercaladas, aparecían reflexiones que nos consolaban. A él y a mí. Los personajes fugaces morían y vivían en escenarios soñados: ciudades milenarias, desiertos insonoros, playas extraviadas, celdas sombrías. Lugares que, hasta ahora me daba cuenta, siempre anhelé pisar.

El mar llega con fuerza hasta las dunas en medio de palmeras. Me adentro en el desierto y todo es diferente. Es el único lugar del mundo donde se puede encontrar completo silencio. Sobre mí el cielo negro en una noche infinita. Las estrellas brillan más que nunca. El viento me da en la cara y una sensación de grandeza me subyuga. Ahora entiendo a los 'viajeros del desierto' y demás aventureros que vuelven a las dunas como a una adicción. (Compra un Caballo en Estambul)

En momentos en que estudiaba y reflexionaba acerca de una realidad que no es la mía, la realidad de los que han sufrido el profundo dolor de la violencia, su libro de poemas inédito, El infinito cero, me habló también de mi país. "Todos, excluidos por el poder, somos culpables en este país inmisericorde. Todos, en este país de sangre y poesía. Todos".

Y subí con este autor, que es a su vez protagonista, hasta la Cordillera Occidental, donde recuperó a su hermano Carlos Alberto del secuestro y donde también enterró al hermano de su esposa, Alberto Llanos.

Días después, pagando el rescate de mi hermano en las montañas de miseria, desde donde se divisa el valle fértil, un comandante guerrillero que parecía un comerciante vendiendo a un secuestrado me dijo: 'Uno de los jefes del ELN ordenó la muerte de su cuñado en nombre de la revolución, por reaccionario y por otras cosas que prefiero guardar para mí'. (Compra un Caballo en Estambul)

Comencé a recomendarle sus libros a todo el que se me cruzaba, para luego descubrir que era imposible conseguirlos, que no se editaban más. Entre lo poco que pude encontrar en internet sobre él apareció una entrevista publicada en la edición colombiana de la Rolling Stone en 2007, firmada por Tomás Astelarra, que describía a Calero como un hombre que "puede hablar de casi cualquier cosa con conocimiento de causa". El artículo hablaba de su vida, de su educación en el colegio Berchmans de Cali, donde conoció a Andrés Caicedo, "uno de los mitos de la literatura caleña, que se suicidó a los 25 años dejando una bibliografía que describe con crudeza el panorama de una juventud adinerada, culta, ociosa, pero terriblemente desesperanzada y sumida en el mundo de las drogas y la violencia, del Estado, de la calle". Por ese mundo, escribió el periodista, "transitaba Fernando Calero, a quien Caicedo le decía 'El Loco' por su incursión desde joven en el tráfico de armas"

Calero de la Pava y Amparo Grisales en Buga.

Astelarra me contaba de un personaje tan intrigante como el de los libros. Hablaba de su encuentro: "Le digo que me gustaría ver su casa, el lugar donde guarda sus trofeos de guerra. Me invita a La Flora, a la casa que compró para vivir con su madre la mitad de la semana que no está en San Antonio. La misma casa donde regresaba una y otra vez de sus viajes. Me muestra fotos de sus padres con Alberto Lleras Camargo ('eran amigos personales'), una esvástica original que consiguió en Alemania ('no deja de ser un signo bello y ancestral: el mandala, la ikurriña vasca'), un libro con fotos de su hija Alejandra desnuda ('filmó con Bigas Luna, yo la respeto enormemente y hasta me excita ese culo')".

Y de sus impresiones: "Me aclara que esa forma nerviosa y a veces dispersa en la que se comporta no es una secuela del uso indiscriminado que le ha dado en su vida a las drogas: 'Desde pequeñín yo estudiaba y al otro día me temblaba la mano para escribir. Es algo polipatológico: ataques de pánico, ansiedad, una personalidad esquizoide, psicopatía mezclada, y una genética rayando ahí fuerte. Yo tengo una personalidad, un ojo, esquizoide, que no es esquizofrénica. No alucino, no escucho voces, pero si dejo de dormir lo necesario, el sol es más fuerte, lo rojo es más rojo, los ruidos son más fuertes. Y si dejase de dormir un par de días, el comportamiento por la calle sería otro, como robotizado. Puedo vislumbrar el ambiente, las energías, las vibraciones que hay entre los seres humanos. Hay un matiz diferente de colores en el aire, como grisáceo. Tengo una hipersensibilidad o hiperpercepción. Me podría hacer brujo si tomara yagé. Pero tendría que vivir en la selva".

En un perfil publicado por Jenny Alzate en el periódico de la Universidad del Valle aparecía dibujado, una vez más, como un personaje furtivo: "El narrador de la muerte vive en San Antonio, su casa tiene doscientos años y su soledad está irresuelta; con él conviven los espíritus de los personajes de su literatura, los entes que vigilan desde los cuadros colgantes el largo corredor y los múltiples Fernandos que lo habitan a él mismo. Todos emergen, regresan, protagonizan y escriben sus relatos y poemas utilizando como hilo conductor su vida delirante, explosiva, surreal".

Finalmente encontré tan solo un perfil más en el periódico caleño El Pueblo, firmado por Harold Pardey, que arrancaba así: "A Fernando Calero de la Pava, leyenda urbana de Calicalabozo, todos lo saludan: artistas, intelectuales, señores de aspecto importante, punkeros de la gruta con sus libros bajo el brazo, niñas de sospechosa mirada, vendedores ambulantes, indigentes y guerreros del submundo. Perfil en tres actos de un escritor que supo convertir el delirio esquizoide en poética existencial". En este, el autor lo describía como "un crítico visceral de la sociedad, cómplice incondicional de la anarquía, un espíritu trashumante que supo sublimar en literatura y liberarse de los opiáceos, y de la angustiante depresión que significó la muerte de las mujeres cómplices en el viaje al abismo, entre ellas su madre, recientemente fallecida en la casa que compartían en el barrio La Flora, luego de su regreso a las calles embrujadoras del calitrópico mestizo y salvaje".

"Quizá (Calero) solo quiere exorcizar unos fantasmas tremendos, y el resultado son estos fragmentos inconexos, astillas de espejo, flashes de gran potencia dramática y perfecta resolución estética", releí en el prólogo de Londoño sin poder estar más de acuerdo.

Carlos Tofiño dirigiéndolo en la producción cinematográfica "Tren sin rumbo".

***

Llegué a Cali después de haber hablado un par de veces por celular con Calero de la Pava, quien desde hace años tiene más de cuatro simcards "para que todo el mundo pueda llamarlo", según él. Me recibió a unas cuadras de su casa en traje y corbata, aunque con cierto aire desprolijo: los rastros de crema dental en su barba espesa, las gafas de sol torpemente limpiadas con los dedos, las tirantas vinotinto entorchadas, la bufanda de hilo que dice haberse mandado a hacer por la calidad de su fibra, el collar de bisutería que compró en El Cairo para su madre y que recuperó tras su muerte.

Desde el segundo en el que me bajé del taxi en el barrio colonial de San Antonio empezó a hablarme sin pausa, atropellada e inconexamente. Me llevó a almorzar a un restaurante de carnes en el barrio El Peñón, donde me empezó a hablar de los jesuitas del Berchmans, quienes se encargaron de inculcarle los valores de justicia social que luego se iría a perseguir en España.

La educación jesuítica me da muchas armas para desenvolverme en el mundo y también mucho dolor. Nunca me masturbo y asumo la castidad como un acto de fe. Cuando vamos a los ejercicios espirituales todos se masturban como micos. Yo soy un casto convencido, un ansioso flagelante. (Compra un Caballo en Estambul)

Cuando los mismos curas le dijeron que masturbarse no era tan grave, él, que se había creído el cuento de la castidad y quería llegar virgen al matrimonio, se rebeló. Su frustración, según él, terminó por desencadenarle neurosis y psicopatías que dice haber resuelto cuando conoció a Cristina, la baronesa von Grisheim, de la que se enamoró en el barco que lo llevó a Europa.

Calero y la baronesa.

Viajo a Europa negando la represión. Las sensaciones me vuelven un erotómano. (Compra un Caballo en Estambul)

Me comí un filet mignon que Fernando ordenó por mí. Sin quitarse las gafas oscuras ("me gusta aislarme del mundo", decía), me habló de los bares swingers y de salsa de Cali, de las capacidades multiorgásmicas de hombres y mujeres (haciendo especial énfasis en sus talentos sobrehumanos) y sobre sus credenciales como coach empresarial, oficio que desempeña actualmente. Luego nos devolvimos caminando a su casa y me habló de arquitectura, explicándome que, a diferencia de las demás, su casa es de las pocas que aún conserva la construcción en bareque. Quizás por eso es que se está cayendo a pedazos.

Una vez adentro, en la sala que da al patio interno, libros, papeles y revistas se arrumaban sobre cualquier mesita. Inspeccioné con curiosidad habitaciones que también guardan libros y papeles y fotos y miles de objetos innumerables, la mayoría avejentados o rotos. Entré a su consultorio donde atiende a algunos de sus pacientes y que conecta con la habitación principal. Un cuadro enorme de él mismo desnudo colgaba sobre la cama. Un hueco se abría en el techo por una gotera que no ha podido detener con ninguna de las refacciones que le ha hecho a la casa.

Una de las habitaciones de la casa en el barrio colonial San Antonio de Cali.

Calero, que es demasiado amable, comenzó enumerándome los nombres de cada pintor de los muchísimos cuadros que cuelgan de las paredes descascaradas de su casa. Luego recitó los títulos de sus libros editados, desde Blanca Oscuridad (1996) y Herederos de la Noche (1997), sus premiados libros de poesía, hasta De la luz y las sombras (2010), el último ensayo que escribió junto al arquitecto Pedro Gómez. También me mostró machotes de sus libros inéditos, publicaciones en las que había salido, fotos de sus tantos viajes, de su colección de mujeres, de su familia e infancia. Como si hubiera planeado un guión para nuestro encuentro, para contarme y mostrarme todo lo que quería compartir de sí mismo, al momento de decírmelo le salía todo de golpe, de chorro, atascado y agolpado como si fuera un río lleno de piedras.

Saltaba indistintamente de los Rockefeller a sus discusiones con Álvaro Uribe sobre la legalización de psicoactivos, del estado financiero global a Mutis, de las mujeres que amó a sus hazañas como vendedor de carros lujosos en el Medio Oriente. A veces, cuando yo intentaba preguntarle algo, comenzaba a recitar los nombres de ciudades por las que había viajado como quien reza un rosario: "de Marsella a Estambul, de Barcelona a Ibiza, Ámsterdam, Tánger, Bangkok, Katmandú, Frankfurt, Londres, Marruecos, Goa". 

Repetía como en loop que están haciendo y se han hecho muchas películas sobre él y sobre su literatura. Un par de veces me dijo que salvó a Andrés Caicedo de uno de sus intentos de suicidio. Me confesó que, en uno de ellos, después de casi romperle la tráquea sacándole las pastillas que se había tomado, al volver en sí, Caicedo, con su típico tartamudeo, le dijo: "Lo-loco c-casi me matás".

Pasaba una y otra vez por las cuentas de su rosario: "Todo el mundo es inocente", decía. "Yo no. Pero yo soy otro, uno es muchas personas en la vida".

Aunque usa un reloj en cada muñeca, para saber la hora Calero mira siempre el celular. Es esa extraña relación con el tiempo la que volvía a aparecer una y otra vez en su monólogo inconexo, en su habitar con sus fotos desparramadas por toda la casa como si conviviera con sus personajes, con sus recuerdos, con los borradores de sus libros inéditos, con el antes y el después desbarajustados.

En el 68, cuando llegó a España con apenas 17 años, comenzó a estudiar medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona pero luego conoció a su gran amor, Virginia Artola, y abandonó sus estudios. Se enlistó en la ETA y se comprometió hasta el extremo con la liberación vasca. Recibió entrenamiento militar, consiguió armas, vivió un tiempo en Alemania. Unos años después nacería su hija Alejandra.

Virginia está desolada. Ha perdido nuestro dinero en Montecarlo y en los casinos de la Costa Brava. [...] Le digo que nuestro hijo Nicolás debe irse para Colombia inmediatamente. En duermevela, la veo pasearse toda la noche como una fiera herida, con mi pistola en sus manos. (Compra un Caballo en Estambul)

Entre el 80 y el 82 fue capturado, juzgado y encerrado en la cárcel Modelo de Barcelona por sus conexiones con el grupo separatista. Al salir, luego de no habérsele probado nada, ya tenía un segundo hijo, Nicolás. En cuanto a Virginia, según él, la desaparecieron en circunstancias confusas. Jamás se supo quién ni cómo. A Fernando solo le entregaron un mechón de su pelo rubio que guarda junto al de su madre.

El escritor posa frente a su retrato en la habitación principal.

Luego de salir de la cárcel, estudió psicología en el Centro Internacional de Psicodiagnóstico y Psicoterapia (C.I.P.P.) y gracias a un convenio con la Universidad de Miami recibió los títulos de maestría y doctorado cuatro años después. Esto, a decir por su hoja de vida, que me entregó de las resmas de fotocopias que carga en su maletín. También hizo un diplomado en Criminología en la Universidad de Barcelona.

En uno de sus viajes, Calero conoció a la actriz catalana María del Rosario "Charo" Valverde y a mediados de los 80 tuvieron a su hijo Adriano. Por la misma época publicó su primer libro de poemas, Memorias de un recluso (1986), sobre los años que pasó entre rejas. También por esos días, que en su narrativa resultan difusos y precipitados, sostuvo un amorío con Anne Marie Beau, una franco-vietnamita que conoció en Bangkok y que, luego, embarazada de su hijo, murió de sobredosis de heroína en Ámsterdam.

A este, Calero lo cuenta como su primer hijo perdido. El segundo lo engendró con una mujer kuwaití que conoció en las residencias de jóvenes cristianos en Londres, aunque ella era musulmana. Él dice que la secuestraron. Que su familia se la llevó a Kuwait y que nunca la pudo encontrar. El tercer hijo perdido es el manuscrito de un libro que terminó refundido en algún basurero después de muchos ires y venires en el correo postal.

En el 88 regresó a Cali, publicó su segundo libro de poemas, Estigmas (1988), que se ganó el premio la Fiambrera de Plata, en Córdoba, España. Tuvo a su hija Tania, llamada así en honor a la novia del Che, con una mujer llamada Nidia y luego (o antes) se casó también con Christina Llanos.

En las muñecas de Calero, los dos relojes parecen querer controlar un tiempo que se le escurre entre las manos, en una avalancha de personajes, paisajes y tramas intercambiables, haciendo de su vida el más oscuro de sus relatos.

Calero ya no anda con armas para no activar los detectores de metales.

***

Calero trabaja en un banco.

En mi primer día en Cali me llevó a conocer el lugar. Durante el tiempo que estuvimos ahí, en ese edificio gris atestado de filas y filas de cubículos como panales, no paraba de repetir lo importante que era, y para demostrarlo me hacía pasar la tarjeta de visitante para abrir cada puerta como prueba de que él tenía acceso ilimitado. A continuación me llevó a la oficina de un directivo (que estaba vacía) y me habló durante tres horas más. Durante esta charla, empezó a sugerirme cómo debía escribir su perfil, qué cosas debía decir y cuáles no, porque, me explicaba, él ahora estaba "muy comprometido con la realidad", una de sus frases favoritas. Según él, en su trabajo en el banco nadie podía saber de su pasado, y dijeran lo que dijeran, él ahora sostendría que su escritura era ficción, porque no iba a perder el respeto de la gente "que no entendía nada".

Nunca supo explicarme qué era hacer coaching y nunca respondió directamente a ninguna de las preguntas que le hice. Luego siguió hablando de todo lo que él sabía, porque había leído mucho, y de repente comenzó a escupir, en un italiano chapuceado, un monólogo incomprensible, hasta que le contesté, también en italiano, y entonces se calló. Luego me habló de cuando murió su madre y de su hermano con el que ya no habla.

***

Calero, un hombre alto, de pelo negro engominado, manos temblorosas, con un traje de corbata todo negro, se pone un gabán también negro y elige entre su pequeña colección de gafas oscuras las que va a usar en esta ocasión. Se prepara para una sesión de fotos en esa casa que desde hace cinco años hizo suya y empieza a habitar.

Más tarde, el fotógrafo que me acompaña me diría: "Ese hombre es un gótico tropical".

Días después de mi visita, encontré en mi muro en Facebook un mensaje suyo que decía: "Wie geht es mit den Kühlschrank und deine Lebe?".

En español: "¿Cómo te va con tu nevera y la hígado?"

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