Cultura

Cómo la transfobia de mi país afectó mi tratamiento hormonal

El tratamiento que me dieron de forma precisa en Estados Unidos, cuando fui estudiante, me lo negaron en Colombia. Es más, la médica que me atendió quiso remitirme a un sicólogo para ver si "de verdad era trans".

por Matilda González
24 Octubre 2016, 3:00pm

Soy Matilda González, una mujer con pene. Me prometí canalizar mi rabia en activismo. Esta es una historia de la cotidianidad de una persona trans con privilegios de clase: ese es mi punto de partida en esta narrativa.

En 2014 me gané una beca para hacer una maestría en Washington. El seguro médico de estudiante me permitía ir a The Whitman Walker Health Clinic. Al pedir mi primera cita, la médica me preguntó hace cuánto sentía que era trans y si me identificaba como mujer o como una persona queer (personas que no se identifican con ningún sexo). Yo le dije que me identificaba como una persona queer, por el momento, y que no tenía tan claro si me identificaba, o no, como una mujer, que lo que sí tenía claro era que me gustaba mi pene y que nunca había sentido disgusto por mi cuerpo; que no quería cirugías, pero que sí quería hormonas porque me desarrollarían senos, me redistribuirían la grasa a las nalgas, me quitarían hombros y me feminizarían la cara. Ella me dijo que me proponía leer un consentimiento informado donde se explicaban los riesgos del procedimiento de hormonización, que no había suficientes estudios concluyentes sobre el tema, pero que era importante que lo leyera con calma para decidir conociendo todos los pros y contra.

Me dijo que pidiera cita una semana más tarde para discutir el consentimiento informado y para hacerle preguntas sobre temas que no tuviera claros. Así lo hice: lo estudié y llegué con varias preguntas. Ella me las resolvió todas, y muchas de sus respuestas terminaban con un "aunque no hay estudios concluyentes". Al final de la cita, le dije que quería empezar con el procedimiento. Ella me mandó exámenes para ver mi nivel hormonal y empecé a tomar hormonas en enero de 2015. Cada tres meses iba a esta maravillosa clínica donde me hacían exámenes y con base a estos, me regulaban la dosis. Siempre fui tratada por mi apellido o de forma femenina en esta clínica. Me hacían sentir aceptada, respetada y segura. Ir al médico era una forma de cuidarme.

Hace pocos meses llegué a Colombia y por medio de mi medicina prepagada, Sura, pedí cita donde una endocrina en la Clínica Reina Sofía. Desde que llegué, la secretaria me dijo señor y se negó a tratarme por mi nombre, argumentando que ella sólo se refería a las personas "por como decía el documento".

Cuando pasé a consulta, la médica también se refirió a mí como señor, la corregí y no se excusó. Me preguntó qué hacía en su oficina y le dije que quería seguir teniendo mi control trimestral para mi proceso hormonal. Que deseaba seguir el mismo tratamiento, que conocía los riesgos y necesitaba supervisión médica. Ella me dijo que necesitaba ir donde un psiquiatra porque si yo "de verdad era trans" era porque quería hacerme procedimientos quirúrgicos y debía someterme a una cirugía de reasignación sexual. Le dije que conocía las sentencias de la Corte Constitucional y los pronunciamientos de la CIDH y de la ONU: que ser trans no era una enfermedad y que obligarme a ir a un psiquiatra era una forma de psiquiatría forzada y que podría constituir tortura y malos tratos. Le dije que si no me atendía sin diagnóstico psiquiátrico estaba dispuesta a demandarla. Ella, con miedo, me dijo que en sus clases les decía a sus estudiantes que no atendieran a personas como yo y que yo representaba un reto para ella porque no atendía a nadie sin un diagnóstico del psiquiatra y que, además, sólo atendía a personas que quisieran cambiar sus genitales. Que le parecía que "esos sí eran procesos completos".

Mis últimos exámenes me los habían hecho en abril, cuando aún estaba en Washington. Para la fecha de esta incómoda cita en Colombia, aunque esta palabra se queda corta, ya habían pasado cinco meses desde los últimos chequeos. Mientras mi médica en Estados Unidos me hacía un control trimestral, como guía para recetarme la dosis de hormonas, para subir o bajar la curva que le salía en los resultados sobre el nivel de hormonas en mi cuerpo; la atención en Colombia fue completamente distinta, esta médica decidió reducirme la dosis de hormonas sin practicarme exámenes primero. Argumentó que si yo no quería operarme, yo no necesitaba tanta dosis. Yo lo sentí como un castigo, pero además como una irresponsabilidad. Ella estaba tomando decisiones sobre mi cuerpo, sin mi consentimiento, con base en sus prejuicios y no con respaldo científico. Esto me afectó mucho. Me puse muy triste y tuve mucha rabia durante varias semanas. Lloraba porque me parecía totalmente injusto y sentía que había una relación de poder difícil de subvertir.

Uno va a donde el médico porque "ellos son los que saben". Pero no me gusta ser víctima. Me seco las lágrimas y saco tres conclusiones: el prejuicio según el cual las mujeres con pene no somos mujeres afectó mi acceso a servicios médicos que son necesarios para la construcción de mi identidad. Segundo, que no hubiera permitido ser catalogada como enferma mental por esta médica, sólo por el hecho de ser trans, también afectó mi acceso a servicios médicos de calidad. Y la tercera y la más importante: voy a canalizar mi rabia y me propongo no descansar hasta tener acceso a procesos hormonales de calidad, sin que me exijan ir donde un psiquiatra o a hacerme cirugías en mis genitales. No voy a descansar, lo repito, hasta que quede claro que soy una mujer con pene y que eso no es una enfermedad. Pero para eso necesito sentirme acompañada, necesito que las personas trans estemos organizadas y que me apoyen.

La rabia organizada de las travestis es el arma más poderosa que conozco. Así que a la carga, amigas. Juntas sí podemos. ¡Furia travesti!


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