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Ilustración por Dani Senior

'Mi papá me mataría': jóvenes colombianos que no han podido salir del clóset

Felipe Sánchez Villarreal

Felipe Sánchez Villarreal

Revelar nuestra orientación sexual sigue siendo muy jodido. Aquí algunos testimonios íntimos de universitarios para quienes el clóset sigue apretando. Y mucho.

Ilustración por Dani Senior

Siempre me ha desconcertado la metáfora del clóset para describir la experiencia homosexual. En ella se condensa la idea de que el deseo gay es oscuro, reprimido, que no debería compartirse con nadie. El gay, en esa imagen, habita una intimidad vergonzante. Solo allí, entre el polvo y los trastos, lo dejan en paz. Allí, en un armario que, como el deseo amoroso homosexual, se percibe como el lugar del secreto, el recinto claustrofóbico donde a duras penas cabe la ropa y que hay que mantener cerrado.

Durante siglos, a los homosexuales nos ha tocado ocultar nuestro deseo, sentirlo como algo inapropiado y pudoroso. Nos han convencido de que es impensable hablarlo y ejercerlo por fuera de la habitación con llave, del oscuro antro 'de los que son como nosotros', del historial que luego toca borrar para no dejar rastro. En esos mismos términos, 'salir del clóset' es visto, entonces, como un acto de traición a ese pesado velo, a ese silencio que nunca debió romperse. Como si lo que está enterrado por fin decidiera hacerse visible. Como si destapar una orientación sexual particular fuera exhibir una prenda manchada, vergonzosa.

A diferencia del amor heterosexual, el amor gay hay que confesarlo. Hay que atravesar un extraño umbral que inscribe la sexualidad sobre nuestros cuerpos y ponernos, voluntariamente o por accidente, la marca indeleble (L, G, B, T o I), la marca que nuestras culturas conservadoras no nos perdonan. Una marca, incluso, mortal.

A diferencia del amor heterosexual, el amor gay hay que confesarlo.

El pulso general del mundo pareciera indicar que las cosas están cambiando. En apariencia, ese tránsito es cada vez menos tortuoso. Una mezcla de luchas históricas, una visibilidad cada vez mayor, transformaciones culturales —e incluso estrellas pop y políticos que hacen pública su orientación sexual ahora más abiertamente que nunca— nos han hecho pensar que ya casi nadie vive en la oscuridad del clóset, que las prácticas homofóbicas están perdiendo fuerza en el mundo.

Pero todavía nos falta. Y mucho.

Con esa apertura y exposición pública cada vez más creciente y la exigencia constante de derechos básicos que nos han sido vedados, puede ser extraño pensar en un homosexual de nuestra generación que siga 'viviendo en el clóset'. Nos hemos metido a la cabeza que los prejuicios, las violencias y la discriminación son de los tiempos de nuestros papás.

"Eso de la heteronormatividad es de otra época", me dijeron en estos días.

Si fuera así, ¿por qué para muchos sigue siendo imposible hablar de su orientación sexual? ¿Por qué sigue pesando tanto sobre el deseo gay la prohibición, el tabú y la norma? ¿Por qué se ve tan largo el camino del respeto, la igualdad y la aceptación?

La realidad es que muchos, a pesar de lo que está pasando en el mundo, siguen viviendo su sexualidad en secreto, en la clausura de ese grueso armario.

Decidimos, para entender un poco más de cerca esos bloqueos que persisten y las prácticas vigentes de señalamiento y discriminación, explorar relatos íntimos de esos miedos. Hablar con quienes, por decisión voluntaria, presiones familiares, temor a represalias o indiferencia, no han salido del clóset familiar, que es el que más aprieta.

¿Por qué, en tiempos de notoria apertura, algunos jóvenes LGBTI han decidido no contarle nunca a sus papás sobre su orientación sexual? ¿Qué sigue impidiendo que los jóvenes le abran en la cara el clóset a sus familiares?

La realidad es que muchos, a pesar de lo que está pasando en el mundo, siguen viviendo su sexualidad en secreto, en la estrecha clausura de ese grueso armario.


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Sergio*, 21 años

Mi familia es muy católica, demasiado católica. No solo mi núcleo familiar, sino todos: mis primos, tíos, abuelos. Para mis papás tener un hijo gay sería un castigo de Dios, un castigo de Luzbel. En los últimos años he visto y escuchado su opinión. Por alguna razón, no sé si se cumplió ese castigo, Dios me puso en la familia más homofóbica del mundo. Su nivel de homofobia es absurdo. El peor de todos es mi papá, si él se llega a enterar no podría manejar la situación.

Cuando pasó lo de las cartillas del Ministerio una tía se estaba quedando en mi apartamento, yo los escuchaba hablar. Decían que cómo era posible que permitieran eso, que era una cosa del demonio, que no era correcto. Ellos piensan eso que uno ve en los carteles: "God created Adan and Eve, not Adan and Thief" (Dios creó a Adán y Eva, no a Adán y al ladrón). Insisten violentamente en que Dios no creó dos hombres, que creó a hombre y mujer. La manera en la que se expresan es muy fea.

Yo escuchaba y me tocaba quedarme callado, casi al borde de las lágrimas.

Es muy feo cómo discriminan: ¡Es mi propia familia! No te imaginas lo triste que es eso, que no pueda confiar en mi propia familia. No entienden que con todos esos comentarios no solo están hiriendo seres humanos sino a su propia familia, a su propio hijo. Es terrible no tener el apoyo de ninguno: ni de mi mamá, ni de mi papá, ni de mis hermanos. Ninguno sabe nada.

No me imagino si se entera de que soy yo. Sería capaz de matarme.

Si ellos se enteran, sería una bomba muy fea. Serían capaces de echarme de la casa, prefieren un hijo muerto que un hijo gay. Es una cosa muy brava.

Cuando hay noticias sobre homosexuales que han sido atacados en la calle, por ejemplo, siempre escucho los comentarios de mis hermanos: "bien hecho, se lo merecen, eso les pasa por maricones, ¡bien merecido!". Horrible. Una vez, incluso, mi papá tuvo un empleado gay y cuando se enteró se la pasaba humillándolo todo el tiempo, despreciándolo. Y cuando vio las fotos de su matrimonio con otro hombre, todos empezaron a hablar de eso. "Cómo es posible que hubiéramos tenido a un empleado así, qué asco, qué mierda". Yo en ese momento traté de defenderlo, de decir que a ellos qué les importaba. Casi me pega. Me empezó a gritar: "¡Tú aceptas eso! ¡Cómo es posible que aceptes eso!".

No me imagino si se entera de que soy yo. Sería capaz de matarme.

No los veo a ellos con amor. Cómo es posible que ellos, en pleno siglo XXI, sigan viendo la homosexualidad como una enfermedad. Que si uno es gay es un enfermo. Yo estoy todavía viviendo en la casa porque dependo de ellos para mi carrera y esas cosas. Pero apenas tenga la oportunidad me voy, me voy de Colombia. Es un peso horrible este que tengo encima, que aumenta cuando mis amigos gays me dicen lo que se siente quitarse ese peso. Yo no puedo, tengo eso encima que me pulla.

No podría tener nunca una relación normal con un hombre. Se la pasan preguntándome que para cuándo la novia y yo tengo que quedarme callado. Soy soltero de nacimiento, no he tenido una sola relación en mi vida. Hay chicos que me han dicho que se quieren cuadrar y yo lo pienso, quiero un novio. Con el último sentía que todo era perfecto pero por este peso que cargo no puedo. Me tocó decirle que no era posible: no podría invitarlo a almorzar, invitarlo a mi casa, subir fotos a Facebook. No puedo tener una relación normal, es muy doloroso. Sé que, al final, me van a terminar por tener que esconderme, por no poder hacer nada público.

No sé si pueda quitarme este peso algún día.

Carolina*, 21 años

Yo soy pansexual.

Antes de definirme, di todos los pasos: heteroflexible, lesbiana, bisexual. Luego me di cuenta de que me gustaban también las chicas y los chicos trans. Luego pensé que podía caber en lo pansexual, porque a mí no me interesa su género ni su identidad sino la persona.

Ante mucha gente siempre he sido muy abierta. Cuando me destapé con mis amigos, incluso hice una fiesta y después les dije. Excepto a mi familia.

Ellos tienen una tradición cultural muy a la antigua. Es bien difícil. En mi caso es más difícil aún porque salir del clóset implica que me desheredan. Solo mencionar la palabra 'homosexual' en mi casa ya es motivo de disgustos, indisposiciones, entonces siempre evito el tema. Mi papá es homofóbico. No es radical, dice que si con él no se meten, todo bien. Pero siempre deja muy claro que no le gusta que los homosexuales le hablen. Fue muy difícil para mis mejores amigos, que son gays, y que pasaban mucho tiempo conmigo. Mi papá a ellos solo les dice "hola" y "chao".

Pero con mis amigos no hay tanto problema, el problema es conmigo. Yo siento que ellos piensan: "todos pueden hacer lo que les dé la gana con su vida, menos mi hija. Mi hija tiene que ser heterosexual". Y esto para mí no solo tiene una connotación cultural sino religiosa, de costumbres. Yo estudio Psicología y sé que esos pensamientos son muy difíciles de arrancar. Si alguien piensa que eso está mal, siempre estará mal.

Le pregunté a mi mamá qué pasaría si yo fuera lesbiana. Me dijo: "Se va de la casa y chao estudio. Chao todo con nosotros"

Mi miedo más grande es que yo salga del clóset y mis papás dejen de pagarme la universidad. Yo una vez lo planteé como una cosa de curiosidad. Le pregunté a mi mamá qué pasaría si yo fuera lesbiana. Me dijo: "Se va de la casa y chao estudio. Chao todo con nosotros". Es muy raro porque cuando mi abuelo estaba vivo le preguntamos a él qué pensaba de los homosexuales y él nos dijo que no tenía problema, mi abuela también es súper liberal. Pero mi papá resultó muy homofóbico, no sé qué experiencia tuvo que lo volvió así.

Mi mamá sí es por la religión.

Es muy difícil, me siento muy mal. Una vez que tuve una tusa amorosa. Estuve muy mal y mi mamá me preguntaba qué tenía. No podía decirle completa la verdad. Le decía que me sentía mal y ya. Tengo una conexión muy fuerte con mis papás, menos en esto. Es muy difícil, me duele muchísimo no poder contar con ellos en ciertas situaciones. Pensé en algún momento contarle a mi hermana, nos llevamos apenas un año, y con mis amigos hicimos pruebas, pero ella dice lo mismo. "Todos pueden ser gays, pero mi hermana no, mi hermana es heterosexual y punto". Es un choque muy fuerte.

Me duele un montón no poder ser quién soy, tener que cohibirme, tener que responder preguntas incómodas como "por qué no tienes novio" "por qué no sales con ningún man". Y se va quebrando también mi confianza. A veces lloro por eso.


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Carlos*, 23 años

No he salido del clóset porque nunca he tenido un impulso grande que me obligue a hacerlo, como una relación. Tal vez también porque no le tengo fe a mi familia, no estoy seguro de qué tanta aceptación pudieran tener… Me da mucho miedo.

Cuando lo pienso mucho, no creo que la reacción de mi salida del clóset sea del todo negativa, no sé. Pero si reaccionaran mal, no estaría en ninguna disposición de hacerles cambiar de opinión para que acepten algo que no debe ser una característica de aceptación en una sociedad. No espero que me 'acepten'. Por eso prefiero no hablar de eso y ya. Finalmente, hay muchas otras personas que entienden que esto no es un impedimento y que me quieren y me respetan sin importar mi orientación sexual.

Pero esa desconfianza que tengo es un rasgo más de esta sociedad heteronormativa que no permite las diferencias y que sigue en un subdesarrollo social constante.

Lo más difícil de no salir completamente es, a veces, sentir que no hay una aceptación de todo el mundo, sentirse solo, sentir que hay que ser cuidadosos con quién hablar y con quién no de todos los temas. Si mi papá se entera creo que sentiría tristeza (pues algunos miembros de la familia cercana saben). No puedo predecir su reacción, no sé si me rechazaría. Quizá no le importaría, pero prefiero no arriesgarme a saberlo.

Juan David*, 23 años

Me ha costado muchísimo aceptar que me gustan los hombres. Esto es algo que en mi casa ni siquiera era pensable. Me acuerdo de mis tíos diciendo que ser marica era lo peor que le podía pasar al hijo de cualquiera. A eso se le suma que mi relación con mi papá siempre ha sido pésima y desde que se divorció de mi mamá me ha tocado vivir entre ambos apartamentos, aguantándome el dolor de uno hablando mal del otro y yo ahí en la mitad. Entonces, no te imaginas lo mal que me sentí cuando empecé a darme cuenta que de verdad, verdad, me gustaban los manes. Eso fue con un amigo que es gay y que desde siempre me producía vainas. Yo pensaba: "Jueputa, no puede ser que a todos los otros mierderos se le tenga que sumar este".

Por eso creo que he decidido no hablar de eso, mantenerlo caleto. A veces es muy jodido.

No me siento bien de mantenerlo en secreto, aunque sigue siendo raro para mí. De hecho todavía me siento un poco incómodo cuando me doy un beso con otro tipo, es como algo que se siente medio prohibido, medio inapropiado. Me toca hacerlo todo clandestino, evitar que me escuchen hablar con mis amigos gays. Siento que ya hay suficientes problemas entre mis papás o entre yo y mi papá como para sumarle el dolor que sé que les causaría saber que soy gay. Sí, creo que por eso es que no he salido del clóset. Es horrible pensar que mi orientación sexual se ve como un problema. Pero no creo que les cuente nunca.

Diego*, 22 años

Mi papá es el único que no sabe que soy gay. Mi mamá y mis hermanos sí, pero de eso nunca se habla. Ese tema no se toca, es incómodo. Si mi papá se entera, seguro me dice: "Se va de la casa y le dejo de pagar la Universidad". No puedo perder ese apoyo económico, no estoy en condiciones de dejar de depender de él. Me asusta mucho eso y el problema tan grande que se le vendría a mi mamá. Estoy seguro de que mi papá culparía a mi mamá, viven juntos y, en vez de entender que ser gay es algo normal, que eso pasa, solo la culparía. No quiero que eso pase nunca. También por eso prefiero ocultarlo.

Al principio era súper extraño. Yo decía: "Esto es normal, ¿por qué me toca hacerlo todo a escondidas?". No podía ser realmente yo. No puedo ser realmente yo frente a mi familia. Con eso venía la tristeza y la depresión. Era muy incómodo, nunca hablaba con ninguno de ellos, me alejaba resto. No hay una relación de verdad con mi familia. Yo creo que nunca, en muchos años, voy a poder hablar eso con mi papá. Solo lo pensaría cuando tenga una independencia económica real. Ahí lo pensaría.

* Todos los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de los entrevistados.