Foto vía VICE MX

Cómo es ser la esposa de un narcotraficante mexicano

"Dos días antes de que naciera mi hija, secuestraron al escolta que me estaba acompañando. Y el día que nació, amaneció colgado de un puente".

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04 Abril 2018, 8:11pm

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Más de 200 mil personas han sido asesinadas y más de 28 mil se han declarado desaparecidas en México a casi once años y un mes de que el presidente mexicano Felipe Calderón declarara la guerra contra el narcotráfico y Enrique Peña Nieto la continuara.

El gasto en las funciones de Justicia, Seguridad Nacional, Asuntos de Orden Público y Seguridad Interior ha sido del total de 100 billones de dólares aproximadamente. Sin embargo, en la actualidad, de acuerdo al INEGI, casi un setenta por ciento de la población mexicana admite sentirse insegura.

Según la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) realizada de 2016 a 2017, el consumo de drogas en México aumentó cuarenta y siete por ciento en los últimos siete años. Además, 8,4 millones de personas de doce a sesenta y cinco años admitieron haber consumido drogas ilícitas al menos una vez.

Actualmente, las drogas ilegales más consumidas en el país son la marihuana (cuyo consumo pasó de un seis por ciento en 2011 a un 8,6 en 2016), la cocaína (de un 3,3 por ciento a un 3,5) y los alucinógenos, cuyo consumo fue constante en un 0,7 por ciento.

Camila* tiene 35 años y ha acompañado a su esposo Emilio* durante los años de la guerra del gobierno contra el narcotráfico: en las buenas y malas, y en lo bonito y lo feo.

Ella vive en una de las delegaciones que rodean a Ciudad de México, donde su esposo es proveedor de droga y donde en enero de 2017 la Secretaria de Seguridad Pública Capitalina contabilizó alrededor de 20 mil lugares de distribución de sustancias ilícitas.

Éste es su testimonio.

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Conocí a mi esposo por mis hermanos. Ellos eran trabajadores de él en el mismo negocio y empezamos a salir como en 2006, pero era algo casual. Me gustó porque somos iguales, muy burlones y nos encanta divertirnos.

Cuando lo conocí, él estaba en la quiebra y vendió propiedades que tenía porque se metió en el vicio del cristal. Cuando yo me enteré de eso, no quería dejarlo solo y con más razón sentía que tenía que estar ahí. Le ponía suero y traté de internarlo en clínicas, pero nunca se dejó.

Un día me cansé y dejé de verme con él. No supe de él como en seis meses. Cuando me lo volví a encontrar en una fiesta, ya estaba bien y había dejado el vicio, pero no tenía dinero. Volvimos a estar juntos en 2008. Nos casamos, empezamos a vivir juntos y comenzó a trabajar en Mazatlán, Sinaloa.

Si estás metido en eso, es obvio que corres riesgo. En ese tiempo, cuando nos casamos, fue cuando empezaron a pelearse la región dos carteles: Los Zetas que estaban aliados con los Beltrán Leyva, y el Cártel de Sinaloa. Mi hermano estaba en uno de los carteles y llevó a Emilio a trabajar con él. Le dio un local en un pueblo de Sinaloa, donde se encargaba de la mercancía y venta.

Por la violencia teníamos que estar trasteándonos de casa cada tres meses. Ningún miembro de la familia podía visitarnos y cuando salíamos teníamos que fijarnos que nadie nos siguiera.

Estábamos encerrados sin que nadie supiera donde vivíamos ni nada. Aparte tenían fotos mías y me estaban siguiendo. Me daba cuenta y le hablaba a mi esposo y él me decía a dónde ir. Me quedaba en un local y ya él hablaba con gente para que le dijeran quién podía ser. Como él no salía ni nada, querían encontrarlo a él por medio de mí.

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En enero de 2010, estando embarazada, yo era la que llevaba y traía mercancía porque él no podía salir. Después empezó a irnos mejor pero seguíamos trasteándonos de casa. Luego la violencia comenzó a ponerse peor y a todos los trabajadores de mi esposo los mataron. Dos días antes de que naciera mi hija, secuestraron al escolta que me acompañaba, y el día que nació, amaneció colgado de un puente.

Él tuvo que irse a Nayarit y después a Ciudad de México. Yo después de una semana de cesárea, tenía que ir con mi hija en brazos entregándole, con todo y miedo, la mercancía y el dinero a sus trabajadores en taxi. Estaba sola en mi casa, nada más con mi hijo y mi bebé recién nacida. Al año de que nació mi hija, me fui a la Ciudad de México con él.

No medía el peligro. Ahorita me acuerdo y digo "ay, ¿cómo me atreví a hacer eso?"... Se exponía uno tanto.

Cuando llegamos, él trató de no hacer lo mismo y de empezar un negocio de bien con el dinero que tenía. Puso dos tiendas de videojuegos —maquinitas y arcade—. En julio del mismo año lo secuestraron. Y para el rescate, nos quitaron todo el dinero que teníamos.

Después del rescate, íbamos al local de videojuegos a dormir porque teníamos miedo de ir al apartamento donde vivíamos. Así pasamos unos cuatro años hasta que nació mi segunda hija, en 2013, el mismo año en el que Emilio realizó su primer viaje de hierba para Ciudad de México.

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El lujo de estar casada con un narco es que no te quedas con las ganas de nada. Él me da todo. En mi cumpleaños me regaló 5.400 dólares, pero el mejor regalo que he recibido de él es mi casa. Y todo lo que yo le digo que quiero, me lo da.

A lo mejor en tiempo atrás, durante los cuatro años más difíciles, no podías salir a tomar un fin de semana porque te ibas a gastar todo el dinero del arriendo. Tampoco podía llevar a mis hijas a un spa porque tenía que hacer cuentas de lo que se iba a gastar. Ahora voy aquí, allá…y lo que quiero lo compro. No vivo preocupada ni nada por el estilo.

Le digo a mi esposo: "¿qué prefieres: que estrenen zapatos otras, o que estrene zapatos yo?" No me limita nada. Si le digo "quiero esto", lo tengo. Pero también trato de no ser abusiva ni perjudicar a mi familia, que es lo que más cuidamos.

Aparte de la familia, yo lo ayudo en su contabilidad porque es muy desparpajado. Le hago a sus trabajadores sus cuentas y las de las personas que le deben y a quién le da la mercancía. Yo soy la única persona que maneja su dinero, pero también su hermano cobra y me pasa el dinero a mí. Yo tengo que tener las cuentas listas de lo que le dan todos los días, y dárselas a sus deudores. Tengo que revisar la cartera de clientes para que haya menos probabilidad de que roben.

Si faltan diez gramos, tenemos que regresarnos a la bodega hasta encontrar dónde está el error. La semana pasada llegué a las tres de la mañana después de hacer cuentas todo el día. Es un desmadre. Mi esposo no se mete para nada en las cuentas y dice que nada es gratis, y que yo también tengo que hacer mi parte. Sí he sentido que la gente se aprovecha de nosotros porque siempre quieren sacar ventaja y beneficiarse de todo. También siempre van a hablar mal de ti porque nunca te van a el dar gusto, ni a tu familia de decir cosas buenas.

A veces los trabajadores sÍ se han molestado porque si yo veo que están haciendo algo mal, no los puedo encubrir. Tengo que decirle a mi esposo porque si no pones un alto, te van a tomar de tonta. Una vez se le perdieron 400 gramos de cocaína a mi esposo, que son 100 mil pesos. Así. De un día para otro. ¿Y quién fue? Quién sabe.

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Luego, empecé a hacer cuenta de todo —ochenta menos diez, setenta. Y el trabajador nada más había registrado cincuenta gramos de cocaína—. Entonces le dije a mi esposo ‘esto está mal’. Había cuatro páginas del trabajador llenas de trucos y farsas para robar plata.

Emilio casi tiene un infarto. "Mantente atenta", me advirtió. Es estresante cuidar de ti misma desde tantos lados para que no te jodan.

Hemos tenido problemas en nuestra relación de pareja por la familia, se meten mucho. La de él y también la mía. Si buscan problemas, mejor me alejo. Todos los días le pido a Dios por ellos pero prefiero no saber nada.

También he tenido problemas con otras mujeres y por chismes también. Una vez me habló un hombre desde un número privado y me dijeron que Emilio estaba en un hotel. Lo llamé y no me contestaba y había mucho trancón a esa hora. Me contestó y lo vi en una moto, quién sabe. Prefiero no mortificarme. Quiero estar tranquila. Él es muy bueno conmigo y le digo: "si haces o no cosas, no me voy a mortificar. Voy a saber lo que tenga que saber".

A la gente siempre le da miedo salir o estar mucho tiempo contigo porque los vas a inmiscuir en algún problema, por eso no le hablo a nadie. Si le hablo al vecino, va a empezar a preguntar qué hacemos y fijarse en los gastos que tenemos. Si les das la confianza, empiezan sacar conclusiones. Mejor: "buenas tardes" y ya. Decimos que vendemos ropa y se acabó.

Sí tengo amigas que son esposas de los amigos de Emilio pero no les tengo confianza. Yo le tengo más miedo a la envidia que a cualquier otra cosa.

A mis hijas les digo que su papá vende tenis y ropa. Una vez mi hija dijo en la escuela que su papá vendía ramitos de plantas secas. Ella ha visto la mercancía pero le digo: "tú no debes decir nada de lo que ves porque son cosas muy peligrosas y puedes meter a tu papa a la cárcel".

En el futuro, yo quiero poner un puesto de ropa como una opción B y él se quiere retirar e ir al norte del México con mi papá. Planea comprar apartamentos y arrendarlos o también poner una marisquería o una franquicia. Pero hasta que él no vea que las cosas estén mal como en 2008, no va a empezar a pensar en cómo retirarse.

En un momento dado yo prefiero mil veces que se retire y dejar todo a que él se exponga o le pase algo malo. Lo más importante es mi familia, y si él, mis hijos o yo estuviéramos en peligro, nada de eso —dinero y bienes materiales— sería prioridad.

Esta entrevista fue editada con fines de claridad.

Este artículo apareció originalmente en VICE MX.