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Semana del Crimen

Waikiki: de pibe chorro a poeta

Lo torturaron, golpearon y discriminaron. A pesar del odio de la policía, Waikiki hizo de la escritura su mejor catarsis

por Tali Goldman
21 Noviembre 2018, 3:00pm

Waikiki dando autógrafos 

Artículo publicado por VICE Argentina

Es octubre de 2011. Luciana y María Elvira dictan el segundo cuatrimestre del Taller de Narrativa del Centro Universitario de Devoto (CUD) dentro del Complejo Penitenciario Federal de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Ex Unidad 2). Este taller forma parte del Programa de Extensión en Cárceles (PEC) de la Universidad de Buenos Aires. En una mesa larga que se forma por la unidad de dos mesas, 10 varones privados de su libertad ambulatoria escuchan atentos un capítulo del libro Juguete Rabioso de Roberto Arlt, como lo hacen en cada encuentro. Cuando terminan, las docentes les dicen que tienen que escribir algo a partir de alguna frase del libro.

El silencio es sepulcral. Los alumnos agarran hojas y biromes y se ponen a escribir. Pero hay uno que llama la atención. No saca la vista del papel y escribe con todo su cuerpo, como poseído. A los 15 minutos se levanta de su asiento y tira el papel en medio de la mesa:

—Le escribí al cobani (policía) que bajé.

Ni María Elvira ni Luciana, ni nadie, saben hasta ese momento por qué está preso. De eso no se habla en el taller, ni en la cárcel. Es un pacto tácito. Nadie hable sobre por qué están ahí.

Gastón Brossio o Waikiki, como lo conocen todos, lee en voz alta. Dice que elige la frase: “La cal quema cuando la mojan”:

"Apareciste en mis sueños, no sé si eras una pesadilla de mi conciencia, la verdad no lo sé!!! Pero lo que sí sé te lo contaré. Tal vez no fuiste aquel que saqueó mi rancho en el momento del allanamiento, quizá fueron tus amigos o tus subrogantes aquellos que mataron y siguen matando gente pobre, delincuentes de poca monta, niños de pecho comparados con los grandes ladrones que se sientan en los sillones del congreso. No sé si vos, vos habrás cargado con alguna otra vida en los momentos que pasabas por este mundo loco. La verdad no lo sé. También ignoro si fuiste buena persona, si fuiste padre de familia, al igual que yo, si sufriste y conociste la pobreza: si te mataron a tantos amigos como me pasó a mí. Ignoro muchas cosas de vos, que hoy en día no tienen sentido, que no las tuvieron en el momento de tu descanso eterno, pero si lo tuvo en el último tiempo, porque yo aquí en la tumba también estoy pagando y vos en esa tumba no sé si pagarás, no sé si te hice un favor o si te arruiné la vida, si fue así solo te pido perdón, nunca he querido sacarle la vida a nadie, pero así me he criado y me han moldeado, por eso estas últimas palabras las dedico para que entiendas mi filosofía, la cual empieza y termina con una frase: morir matando es la ley y después de todo la cal hierve cuando la mojan. Perdoname y descansa en paz que solo fuiste un rival y no un enemigo".

Todos se quedan en silencio. María Elvira y Luciana están impactadas con lo que acaban de leer. Waikiki no es uno más. Tiene algo especial en su forma de escribir. ¿Es tal vez su forma de pedir perdón? ¿es su forma de reflexionar? no saben. Lo están descubriendo.


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Cuando Gastón era chiquito lloraba así: “A tititititi, a tititititititi”. Por eso su mamá lo apodó Waikiki. En Fuerte Apache, una de las villas más emblemáticas del conurbano bonaerense, todos le decían así. A los siete años “Locatti”, uno de los ladrones más conocidos de su barrio, lo invitó a unirse a su banda.

—Vamos a robar autito— le dijo Locatti.

Waikiki pensó que iban a robar un auto. Pero cuando llegó al supermercado entendió que autito le decían al poxi-ran, el pegamento que usaban los pibes para drogarse. En el segundo robo le pusieron una campera enorme y le dijeron que cuando entrara al hiper mercado se guardara todo ahí adentro. El nene de siete años estaba perdido y nervioso: lo único que pudo robarse fue una goma de borrar de la parte de librería.

En el barrio de Fuerte Apache vivían en una casa muy precaria sus tres hermanos, su mamá—que padecía esquizofrenia— y su abuela. Su papá los había abandonado pero no para siempre. Dormían todos en una misma habitación entre una cama cucheta y una matrimonial. Vivían de los 150 pesos que cobraba su abuela por una pensión. Waikiki se afianzaba cada vez más en la banda de Locatti, se drogaba con poxi-ran y se hacía conocido entre los pibes. A los 10 años lo agarró la policía y pasó un par de días en el instituto de menores de San Martín. Lo mandaron a vivir con su padre y su nueva familia. Gastón todavía conserva la cicatriz al lado del ojo de los golpes de su papá. Las otras se las hizo la policía. La más fuerte la tiene en la boca y el labio, cuando en un tiroteo le dieron dos tiros que le rompieron toda la mandíbula y por el que estuvo dos meses internado. Por eso todavía habla de costado, porque la mitad de la cara la tiene paralizada.

A los 15, cuando ya era un ladrón consumado, Gastón Brossio formaba parte de “la banda de Rosendo”, una de las más peligrosas de la zona oeste de Capital Federal. En esos años también lo agarraron y pasó un mes en otro instituto. La experiencia le dejó una única premisa: nunca más caer en cana, antes prefería estar muerto. Por eso siempre llevaba consigo una 9 milímetros. Si lo agarraban se pegaría un tiro.

Pero a finales de los 90 varios de sus compañeros de Rosendo murieron en un tiroteo en el que agarraron a otros bajo cargos de homicidio, robo y tenencia de armas de guerra. Dos de sus compañeros, de 16 y 17 años, fueron los primeros pibes condenados a cadena perpetua en el país, en una sentencia que luego fue revocada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

¿Cuándo caería él? ¿Cuándo le darían un tiro a él?

Sucedió unos años después, en 2002. Waikiki había ido a robar una fábrica de soda, Yves. Era un golpe letal con toma de rehenes inclusiva. Llegó la policía y empezó el tiroteo. A Waikiki lo atraparon por homicidio a un policía. No tenía encima el arma. Lo llevaron al penal de Ezeiza. Con 20 años le dieron a cadena perpetua.

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Matar a un policía es el peor delito con el que un recluso puede entrar a un penal. Automáticamente se gana el odio de todos los guardiacárceles. Le tienen especial rencor: mató a uno de ellos. Las torturas contra Waikiki dentro del penal de máxima seguridad de Ezeiza son moneda corriente. Pese a las cicatrices, a los traumatismos y lesiones en su cuerpo, el Juez tampoco lo escucha, mira para otro lado, como pasa siempre. El Juez también le tiene especial odio. El resentimiento de Waikiki con la justicia y con el personal penitenciario aumenta a medida que pasa el tiempo. Pero él se adapta. Si se tiene que cagar a trompadas lo hace. Si tiene que quedarse tranquilo se queda. Gastón los desafía con la peor venganza para un policía: estudiar. Decide terminar el secundario adentro del penal. Pero lo que verdaderamente enciende su chispa ocurre casi por casualidad. Hacía solo un año que estaba preso, cuando en la celda de aislamiento se comunica con su compañero de la otra celda a través de una pequeña ventana. Se “palomean” cosas, sobre todo, comida. Pero una vez, su compañero le mete un libro en la bolsa: Buenos Días Espíritu Santo de Benny Hinn. Waikiki lee por primera vez un libro y le produce sentimientos que jamás se hubiera imaginado. El libro lo hace llorar muchas veces. “Cómo unas hojas efímeras me pueden producir tantos sentimientos”, dice muchos años después de haber leído ese libro.

Unos años después lo trasladan a la cárcel de Marcos Paz e ingresa a trabajar a la biblioteca del penal. Lee tres libros por semana, sobre todo de autoayuda. Pablo Cohelo y Jorge Bucay son los que más consume hasta que da con un libro de Edgar Allan Poe y se vuelve loco. Después le siguen el de Arthur Rimbaud y Stephan Mallarmé: los poetas malditos se convierten en sus favoritos.

Tiempo después es trasladado a la Cárcel de Devoto donde funciona Centro Universitario y se anota en tres carreras: Abogacía, Administración General y Letras.

La mayoría estudia abogacía, sobre todo, porque es una forma de conocer sus causas, de poder hablar mejor con sus abogados e incluso ser ellos mismos sus propios abogados. Waikiki sigue ese camino pero se ofusca cada vez más, sobre todo, cuando los jueces de su causa siguen mirando para otro lado pese a que el estudiante de abogacía les refuta cada acción. Por eso abandona abogacía y se mete de lleno en Letras. La escritura se convierte en su mejor catarsis y se convierte en el coordinador interno de la carrera de Letras dentro de la cárcel.

Una de las conquistas más importante de ese espacio, el CUD, es que es uno de los únicas áreas dentro del penal donde la educación formal no está a cargo del Servicio Penitenciario Federal. O sea, es el único espacio en el que no hay policías alrededor. Es el espacio de mayor “libertad” y donde ellos se autogestionan. Y aunque suene un oxímoron, no lo es: en el CUD tienen un centro de estudiantes, se encargan ellos de que esté todo ordenado, se cocinan, limpian. Y sobre todo, es un sector del penal en donde hay unos pequeños patios. Es el único lugar en donde ven la luz y pueden tomar aire: literal y metafórico.

En los talleres de escritura Waikiki escribe cinco libros. Tres ya fueron publicados. El primero, “79, el ladrón que escribe poesías” de la editorial Tren en Movimiento. El segundo, sobre aforismos. En agosto de 2015, cuando le dan sus primeras salidas transitorias, lo presenta en la Sala Borges de la Biblioteca Nacional.

Pero en 2017, después de 16 años preso, casi media vida, le dan libertad condicional. Waikiki es libre.


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La Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, más conocida como Puan—porque queda en esa calle del barrio de caballito—, es una de las más emblemáticas de Argentina. Por allí pasaron Jorge Luis Borges, Alejandra Pizarnik, Manuel Puig, Paco Urondo.

Es septiembre de 2018 y en una pequeña oficina de la biblioteca de Puan está Waikiki. Trabaja en la parte de archivos digitalizando documentos. Es la primera y única persona que estuvo privada de su libertad ambulatoria y que trabaja actualmente en una universidad pública.

Tiene puesto un conjunto de jogging —pantalón y campera— y una gorrita. La típica vestimenta de pibe villero. Gastón no pasa desapercibido en esos pasillos. Todos lo miran cuando pasa, les resulta raro. Gastón está seguro que si se los topara en un colectivo se agarrarían sus mochilas y carteras, o si caminaran por la misma vereda cruzarían. Le pasa todo el tiempo. Gastón sigue teniendo el physique du rol de un “pibe chorro”. Sabe que no pasa desapercibido en ningún lado, incluso en Fuerte Apache, donde volvió a vivir después de salir del penal, en la misma casa de su abuela. En la facultad es el villero y en la villa es el escritor.

Dice: “Acá en la facultad también siento esa mirada y es la peor porque acá es donde le meten el chip a los chicos, los hacen creer que son superiores. La cuestión de clases no es una cuestión materialista, sino que es una cuestión intrínseca. Esto no lo digo yo lo dice Althuser cuando le discute a Marx, diciendo la división de las clases sociales solamente se da en las cabezas de los ciudadanos y que no tiene que ver con el materialismo histórico. Es verdad. Si vos pones en una misma habitación a una persona de clase media, una persona de clase alta y una clase baja y los dos primeros se van a creer más superiores que el pobre. Y por ahí tiene más actitud el pobre pero igual se van a creer más superiores, porque ya lo tienen en la mente y eso lo enseñan acá a la Facultad. La facultad forma parte del aparato ideológico del Estado”.

Waikiki no es complaciente con nada ni con nadie. Durante toda la charla en un aula vacía de la Facultad va a mover constantemente las piernas. Y va a palpar varias veces su bolsillo. ¿Todavía tiene ese tic de cuando portaba una 9 milímetros? por momentos su mirada va a estar perdida y su verborragia va a cortarse por silencios repentinos.

No se siente ejemplo ni de nada ni de nadie. No cree que se superó a sí mismo, no cree que la educación lo transformó, no cree que su trabajo en la facultad sea revolucionario, dice que todo es una mentira. Pide perdón por ser tan pesimista pero lo siente así. Vive en la misma casa de su infancia y dice que sigue siendo pobre y sobre todo, que en el barrio siguen pasando las mismas cosas. Los “vaguitos” siguen robando y drogándose. Hay bandas como la de Rosendo, hay piratas del asfalto pero sobre todo, hay fuerzas de seguridad en los barrios, que allanan casas sin razón, que torturan a los pibes. Desde su casa escucha los tiros por las noches, igual que hace dieciséis años cuando lo metieron preso. No hay salida, dice. Es todo una mentira, repite.

Pero hay una cosa que reconoce, una sola. Dice que los libros y el estudio le aportaron a su subjetividad. “Hoy mi conciencia está más relajada porque sé que la delincuencia también es una mentira. No es que está bien o mal delinquir. Todo lo hacen, el tema es que la gran mayoría en el sistema roba y mata de una manera, pero solamente se castiga a los pobres y esa es mi bronca”.

Waikiki siempre quiso ser escritor. Cuenta que hace poco, su hermana, le recordó que cuando él tenía 9 años le dijo: “Yo cuando sea grande voy a escribir la historia de los pibes, de toda mi historia de vida. Pero voy a sufrir un tiempo largo y después voy a escribir”. Lo toma como una premonición. El sufrimiento ya pasó. O eso decidió él. Hasta el 2025 se tiene que portar bien, que es cuando la Justicia le dará la libertad total. Pero dice que él ya se va a portar bien siempre, que ya aprendió. Aunque en el barrio lo siguen tentando para salir a robar. Él lo sabe, era bueno.

Pero también dice que esa sabiduría para robar la utiliza para escribir. La observación previa para asaltar un banco o un supermercado es la misma que utiliza para escribir. Waikiki tiene un plan para su vida y es el siguiente: una vez que publique las cinco novelas que escribió en la cárcel va a tratar de que le publique toda la antología una editorial grande. Ahí comenzaría su sueño de ser escritor y escribir dentro de su barrio. Tiene ganas de hacer un libro donde el lector la pase mal. Se va a llamar así: “Al lector”. Primero empezaría sutil pero a las pocas páginas empezaría: “Mientras vos estás leyendo esto acostado en tu cómodo sillón afuera se están matando. Tirá este libro a la mierda, hijo de puta, andá a hacer la revolución, la concha de tu madre”. O sea quiere darle directamente a la psiquis del lector.

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Es octubre de 2018. En el Centro Cultural Paco Urondo, en pleno microcentro porteño, se lleva adelante el quinto Encuentro Nacional de Escritura en la Cárcel, jornadas en donde se exponen y se leen las producciones de los talleres del CUD. Este es el primer encuentro en el que Waikiki participa. En los anteriores todavía “estaba adentro”. Junto a dos docentes de la carrera de Letras y del CUD, Gastón presenta su tercer libro, se llama “48” y son cuentos. Está contento y hace muchos chistes. Las docentes hablan del libro, dicen que es un libro frenético, que no deja descansar al lector. Waikiki, a su turno, y antes de leer uno de ellos, dice que son cuentos autobiográficos o que al menos, transitan una verosimilitud en la ficción. Y dice: “Ya no voy armado, mi única arma es una lapicera”.

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