Cultura

Al compás de una curvatura

La mecedora ha sido un elemento transversal a la idiosincrasia del Caribe colombiano por más de doscientos años. Su relevancia en la vida cotidiana de los caribeños la convierte en el vehículo de cuentos, chismes y la historia oral de la región.

por Teresita Goyeneche
04 Julio 2019, 4:45pm

Fotos de Carlos Parra

Este artículo fue hecho en colaboración con Cerveza Corona

Si uno quiere, digamos, encontrar un punto de acuerdo entre caribeños que han nacido en diferentes partes de la región, lo más sano sería dotar de mecedoras un espacio con harta ventilación, sentarlos en círculo y dejarlos que se balanceen. Cuando hablo de balanceo me refiero por supuesto al mueble, pero también al diálogo. A esa charla que echa pa’lante y luego pa’trás, hasta que en un momento de brillante culminación deja que se anclen los pies en el suelo. Ahí, en el descenso, sabemos que se ha tocado un nervio sensible, que un interlocutor ha llegado a su sitio, que la plática ha terminado.

El encuentro puede darse debajo de un palo de mango, de un ventilador de techo, en un balcón o en una terraza en días de brisa. La magia está en el sedativo que produce el ancestral artefacto que, aparte de conciliador, lleva casi trescientos años en el continente americano durmiendo niños, enamorado parejas, confabulando políticos y, en su mejor versión, alojando la siesta de la tarde. Por eso, en toda casa del Caribe se sabe que tener una mecedora es muy poquito y que muchas jamás serán demasiadas.

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Tomemos por ejemplo a una leyenda. Fue sentada en su mecedora, un día de mediados de los setenta, que a la cantante y compositora barranquillera Esther Forero se le ocurrió la idea de hacerle un disco a su ciudad. Estaba en la puerta de su casa en el barrio El Silencio y, debajo de su emblemático palo de matarratón le llegó la inspiración de escribir canciones que hablaran sobre las tradiciones que, según ella, merecían perdurar. Así nació “Érase una vez en la Arenosa”, que tatuó en el corazón del Caribe himnos como “La Guacherna” y “Noches de Barranquilla”. Letras que se vuelven hashtags todos los años durante las semanas de pre-carnaval, y en noches despejadas de luna llena.

Cuenta Daniella Cura, gestora cultural e investigadora musical, que en estos días termina un libro sobre la obra de la cantautora, que esa mecedora la heredó de su madre, Josefina Celis. Esthercita, como le decían, se sentaba en ella a componer canciones, a recibir visitas, a pasar el rato en la puerta de su casa y, en sus últimos días de vida, el mueble tuvo su sitio junto a la cama de la artista. En vez de usar un tocador, la llamada “novia de Barranquilla” prefería tomaba su espejo por el mango y se acicalaba con dedicación sentada en esa misma silla.

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El mueble ha sido objeto de culto y adoración para notables personalidades del Caribe colombiano, pero también de todo el continente. En 1879, el poeta neoyorquino Walt Whitman dictó una conferencia sobre Abraham Lincoln –su muso en la famosa pieza “O Captain!”– sentado en su mecedora; a principios del siglo XX, el también norteamericano Mark Twain disfrutaba ser retratado en la suya, que tenía espaldar de mimbre; a mediados de los 50, la cantante panameña Silvia De Grasse lanzó su canción “La Mecedora”, que se convertiría en un éxito picotero; hace un par de años, cuando se convirtió en el primer centroamericano en ganarse un Premio Cervantes, varias de las entrevistas que Sergio Ramírez dio las hizo desde su mecedora en el barrio Los Robles de Managua.

Es imposible decir que el mueble nos pertenece, pero por supuesto que podemos convenir en que una colita de esa historia es nuestra. ¿En qué momento a ese artefacto, que sirve para posar las nalgas y recostar la espalda, se le agregaron las balanzas que permitieron darle la movilidad que conocemos? Según cuenta el historiador cartagenero Sergio Paolo Solano, ese dato es imposible de establecer. Pero, en la España del siglo XVIII ya las mecedoras contaban con una larga tradición. Tradición que se insertó en las sociedades hispanoamericanas cuando se importaron muebles rústicos elaborados con madera y mimbre hacia las colonias. En los archivos cartageneros de ese siglo hay registros de embarcos e inventarios de los bienes de varias familias. En todos está presente la mecedora.

“Como la monarquía española estuvo en mano de la casa de los Habsburgo (una casa real de origen austriaco) hasta comienzos del siglo XVIII, muchas de esas mecedoras eran conocidas con el nombre de mecedoras vienesas”, asegura Solano. “Luego viene el periodo de los Borbones y empiezan unas series de restricciones para las importaciones. Parece ser que eso creó las condiciones para que nuestros artesanos y carpinteros, adaptando la necesidad y demanda, comenzaran a elaborar las mecedoras”.

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El producto local no tuvo, sin embargo, las características de las vienesas –las que tienen balanzas de bejuco curvo y espaldar de mimbre– porque para hacer esa balanza se requería una técnica que calentaba la madera para curvarla. Nuestros carpinteros no contaban con esa tecnología. Las nuestras se hacían con maderas del medio como cedro o roble y el modelo que nació es el que hoy conocemos como la momposina. Eso, porque las primeras en diseñarse y producirse se hicieron en Mompox, importante punto portuario durante los años coloniales.

Sobre eso también hay registro. Cuenta Solano que “Jorge Juan y Antonio de Ulloa, unos tipos que estuvieron en Cartagena en 1739, señalaron la presencia de las mecedoras en las casas. Para comienzos del siglo XIX, algunos viajeros que estuvieron por el Caribe colombiano también las describen. Uno de ellos, Carl August Gosseman, que escribió sobre sus viajes por Colombia en 1823, es el primero en señalar la presencia de la Mariapalito”. La Mariapalito es la que, en vez de tener fondo y espaldar de mimbre, está hecha totalmente de madera. Más adelante volvieron a importar las vienesas, pero ya los artesanos criollos tenían conquistado su mercado local. La mecedora de Esthercita, por ejemplo, era una Mariapalito.

Los dos modelos por excelencia no solo colombianos sino caribeños, tienen orígenes inmemorables distintos y existe un tufillo de rivalidad entre quienes se dedican a producir los unos y los otros. Tomemos un punto geográfico como muestra: la calle 55 con carrera 31 del barrio El Lucero en Barranquilla. Hace cuatro décadas un momposino de apellidos Santos Molina se aventuró a la ciudad cargando 12 mecedoras consigo y fundó lo que hoy es una marca registrada. Si uno quiere comprar una Momposina en Barranquilla, se monta en un taxi, le dice al taxista que lo lleve a la calle de las mecedoras y el conductor, sin preguntar un solo detalle más, sabe exactamente a dónde ir.

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“Nosotros vendemos la tradicional, que es la que yo llamo “La leche y el pan de la cuadra””, cuenta Julia Jiménez, matriarca de la cuadra, curtida vendedora y conocedora del negocio. La calle está habitada por miembros de la familia Molina, todos primos que se dedican a lo mismo, pero en distintas especialidades. Unos son ebanistas, otros son tejedores, otros vendedores. “Acá te hacemos, ponle tú, entre seis y siete modelos distintos entre las que están La Reina, La Carolina –que es la tejida de mimbre–, La 450 años – diseñada cuando Mompox cumplió esos años de fundada–, la vaivén, la catalana. Mejor dicho, acá están todas”, dice Julia convencida de su producto.

Cuando le pregunto si ellos venden Mariapalito, Julia me dice que no, que esas las producen es en la calle 27 y que la madera que usan “allá” es menos fina. Ella asegura que las “firmes” son estas. Porque sí, las virtudes de la Momposina son alabadas en todo el litoral del río Magdalena con esmero. En el documental “La mecedora de Mompox” de Nilson Suárez, Tomás Aguilera, oriundo de Magangué, dice incluso que el mueble local “es cómplice de parrandas y aventuras... En muchos momentos que uno está conquistando a la novia, la sienta en las piernas, se relaja uno y se mece… Eso es muy bonito”, asegura acelerando el balanceo de la Momposina en la que está sentado.

La tradición tiene otro nombre en el occidente de la región. En Sampúes, municipio sucreño, Frank Acuña, cronista y ex vendedor de mecedoras, cuenta que para sobrevivir a los calores de la sabana lo que se acostumbra es tener una Mariapalito. Por la cantidad de madera que se usaba –y se usa– para construirla, dice Acuña que era común encontrarlas en las casas de hacendados, los ricos de la época. Además, comparte una anécdota del fallecido Tomás Brieva, pionero –en su rincón del mundo– en la fabricación de este modelo. “Él le hizo unas Mariapalito a mi abuelo a mediados del siglo pasado. Se las pintó de rojo porque mi abuelo era liberal. Pero, para no crear suspicacias, también le puso algo de amarillo. Varios conservadores le hicieron el mismo pedido, pero en vez de rojas las pidieron azules”.

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El punto es que tanto la una como la otra están incrustadas en la entraña de la idiosincrasia regional. Su presencia se trenza, como el tejido de seis vueltas de una Momposina, en la memoria colectiva de la región entera. Prueba de ello está, entre otros, en el diseño creado hace unas semanas para homenajear la memoria del recién fallecido gestor cultural samario, Alberto Abello Vives. Para aunar en una imagen la enorme labor del economista como tejedor cultural, como orador y como portador de memoria, Rubén Egea, diseñador gráfico de San Estanislao, Bolívar, usó una Mariapalito color azul cielo cubierta con el hilo rojo de quien no quiere dejar ir un recuerdo.

Hay quienes dicen que las mecedoras están en desuso, que la vida urbana se está llevando por delante la tradición y que poco a poco otros muebles reemplazan, por estética y por pragmatismo, a la fiel compañera de chismes, arrullos y cervezas. Pero hay otros que tienen otra opinión y que van tomando lugares de relevancia dentro del mundo arquitectónico del país. Está el caso del diseñador de interiores barranquillero, Daniel Lafaurie, co-fundador de Colette Studio. De las varias propuestas de su equipo se resalta su interés por mantener tendencias contemporáneas partiendo de la herencia y el contexto del lugar en el están diseñando.

“Las mecedoras nos parecen un mueble fundamental, no solo en casas caribeñas sino también en otras regiones”, dice Lafaurie. Para ajustar el mueble a los requerimientos de sus clientes, Colette cuenta con proveedores que trabajan con artesanos de Magdalena. Para él, el uso del mueble se define por la clase social o por la edad de las personas. La clase social, porque es más común verlas en casas de barrios clase media o trabajadora donde se mantiene la costumbre de sentarse en la terraza a pasar la tarde. “En las casas más pudientes se relegan, si las tienen, a la habitación del bebé. Ya no se usan como elemento de socialización o decoración. Prefieren las poltronas, por ejemplo”. Cuando habla de la edad, sorprende que se refiera a que es la gente más joven quienes piden incluirlas en su mobiliario. “Las parejas más adultas las sienten infantiles o directamente no las consideran”.

Como apunta el diseñador, el deleite de la tertulia y la naturaleza oral de las personas, son y seguirán siendo rasgos transversales a toda forma humana del Caribe. Por eso, puede ser que a veces parezca que no están, pero ellas van y vienen como el propio compás de su curvatura.

E incluso, si te marea el tambaleo como le pasaba a Esthercita Forero, tener mecedoras en casa jamás estará de más. Volviendo a ella y para cerrar el cuento, les digo que es tan inseparable el mueble del temperamento caribeño, que Esthercita, contrariada por el vértigo y en vez de comprar una silla Adirondack, prefirió sin tapujo mandarle a quitar las balanzas a su Mariapalito para acabar con el mareo. Y uno la entiende, porque la mecedora propia le conoce a uno la espalda y las mañas. El que sabe de lo que hablo, sueña con llegar a casa, descansar el culo sobre ese fondo, recostar la espalda, posar los brazos y dejarse seducir por la contemplación del mundo, de los otros, cerrar los ojos y mirar hacia adentro.

Cada ciudad tiene tesoros escondidos. Detrás de los edificios o arriba de nuestros ojos, que se la pasan mirando la pantalla del celular, se encuentran grandes y pequeños espacios todavía naturales. Esta serie es una invitación de Cerveza Corona y Vice para levantar la mirada en búsqueda de un plan para visitar esos paisajes vecinos que nos aguardan y que comprueban que el afuera no está lejos. El afuera es una forma de vida dentro y fuera de la ciudad: en el parque de la esquina, en las montañas detrás de tu barrio o en el propio balcón de tu apartamento, la naturaleza te está esperando.