Muchos ancianos prefieren la cárcel a la soledad e inseguridad del mundo exterior en Japón

Indigencia, falta de familia, de amigos, o de hogar fijo y una creciente alienación social, son las razones más citadas como determinantes para llegar a cometer crímenes menores.

|
26 mayo 2015, 1:40pm

Imagen vía PekePON/Wikimedia Commons

El 25 por cien de la población carcelaria japonesa tiene más de 60 años, según recientes estadísticas. Aunque el país goce de baja criminalidad y las prisiones estén alrededor del 70 por ciento de su capacidad, la inversión pública en los institutos penitenciarios sigue subiendo.

Muchos ancianos prefieren la cárcel a la soledad e inseguridad del mundo exterior. El kodokushi, la muerte que se acontece en solitario y es ignorada por los familiares y los vecinos durante semanas, es un fenómeno frecuente. La indigencia, la falta de familia, de amigos, o de hogar fijo y una creciente alienación social, son las razones más citadas como determinantes para llegar a cometer crímenes menores.

Una serie de entrevistas llevadas a cabo por la policía de Tokyo a aproximadamente 200 ladrones de tiendas — mayores de 65 años — mostraron que el 24 por ciento hablaba sobre la "soledad" como motivación principal. La segunda motivación, que constituye el 8 por ciento, era abulia y falta de interés en la vida. Uno de los criminales relató que tenía solamente 21 yenes en su bolsillo, aproximadamente 0,15 euros.

El fenómeno se desarrolla en un escenario demográfico preocupante. Si la tasa de fertilidad sigue bajando y Japón envejeciendo, los actuales 120 millones de japoneses se reducirán a unos 100 en 2050, según estimaciones de la ONU. Sin inmigrantes — de los que el país necesitaría 17 millones más entre 2005 y 2050 para mantener su población y su productividad a niveles invariados — la situación podría empeorar aún más.

Con una esperanza de vida de 84,6 años, la creciente indigencia que afecta a la población mayor de 55 — causada por el largo estancamiento económico y la más grande deuda pública del mundo, que asciende a casi dos veces y medio el PIB — provoca que cada vez haya más personas en situación de pobreza.

Una creciente proporción de mayores de 65 años son destinatarios de subsidios, y un informe de 2012 del Ministerio del Trabajo indica que el número absoluto de los que reciben asistencia pública es más alto que nunca.

Ya en 2010, el Ministerio de Justicia invirtió alrededor de 100 millones de dólares para modificar repartos de institutos penitenciarios y acoger prisioneros siempre más ancianos. Proyectos pilotos como el del reparto de presos entre los 60 y 89 años en la ciudad de Onomichi, en el Sur, donde rigen las mismas reglas estrictas que en otras prisiones — prohibición de conversación, trabajo obligado, entre otras — prometen ser precursores de una fuerte tendencia nacional.

Con su relativa seguridad, la cárcel parece ser más alentadora que el mundo exterior. La tasa de reincidencia es del 43 por ciento, la segunda más alta del mundo.

Los servicios sociales de Japón requieren un domicilio fijo para que se asigne una pensión. Paralelamente, la libertad condicional depende de la posibilidad de asignarle al condenado un guardián, normalmente un familiar.

Los ex-presos sin familias o hogar no cumplen las condiciones y tienden a reincidir. Paradójicamente, el código criminal japonés prevé penas más severas y duraderas para los reincidentes, aunque sean crímenes menores. Esto se traduce en estadías carcelarias aún más largas.

De todos modos, no siempre la reincidencia criminal por parte de personas mayores se traduce en crímenes menores. En 2006, un ex-preso de 74 años prendió fuego a la estación ferroviaria de Shimonoseki, causando daños por valor de 4 millones de dólares. Hablando de sus motivaciones, dijo simplemente que quería volver a la cárcel porque no tenía adonde ir.

El fenómeno tiene fuertes consecuencias sobre las finanzas y las estructuras públicas. El estado gasta 3,2 millones de yenes al año — o casi 24 mil euros — por cada preso, dos veces lo que gastaría en subsidios por un ciudadano en libertad. Los gastos sanitarios para prisioneros subieron a 6 mil millones de yenes — o 45 millones de euros — para 2015, el doble de los niveles de 2003.

La inversión, aunque ingente, no parece ser suficiente.

Un informe entregado a la Dieta japonesa — el parlamento de la nación — denunció la semana pasada una fuerte escasez de doctores carcelarios. De los 327 doctores que el circuito necesitaría para funcionar eficientemente, solo 252 quedan empleados por el Estado. Según el Ministerio de Justicia, hasta 34 de los 158 institutos penitenciarios de la nación no emplean ningún doctor.

Jean-Marie Bouissou — historiador de Sciences Po Paris, ahora en Tokyo — dijo a VICE News que el "[tan rápido] envejecimiento de la población, en las prisiones y la sociedad en general, es propio del Japón", pero que "la baja fertilidad es frecuente en economías desarrolladas, como Alemania y China". Bouissou dijo que como consecuencia de ello, sectores de la economía — como la robótica, que conceptualiza soluciones alternativas a los hogares para los mayores — continuarán creciendo con una proyección de 20 mil millones de dólares en los próximos años.

Japón tiene una de las tasa más bajas de encarcelación del mundo, con solo 49 presos cada 100 mil habitantes. España tiene 141, y EEUU 698.

Aunque la criminalidad y la población carcelaria sean relativamente bajas, Japón fue denunciado varias veces por Amnistía Internacional por el tratamiento que el sistema penitenciario le reserva a los discapacitados mentales y a los condenados a muerte, que se ejecutan en secreto.

Sigue a Donato Paolo Mancini en Twitter: @building

Más VICE
Canales de VICE