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Independencia de Colombia

Ojo: ni el Petronio Álvarez ni el viche son un negocio

OPINIÓN | Una tutela contra la institucionalidad valluna levantó, por las razones equivocadas, el debate de la calidad del viche. Pero no: la tradición va primero.

por Andrés Páramo Izquierdo
18 Julio 2018, 8:30pm

Si de dar un paso adelante en la producción del viche se trata, lo más inteligente sería que, ante cualquier avanzada institucional o legal, se considere, de primera, blindar a la tradición misma.| Foto: Jaime Barbosa.  | VICE Colombia. 

Artículo publicado por VICE Colombia.


Intentar prohibir el viche, o tratar de erradicar a punta de leguleyadas las prácticas ancestrales que caracterizan su fabricación artesanal, no solo es un acto imbécil, sino una conducta que evidentemente obedece, al menos en esta ocasión, a una mezquindad oportunista por parte de quienes quieren sacarle una tajada al aumento de su alta demanda en el mercado colombiano.

Técnicamente el viche es un destilado de la caña de azúcar al que le agregan, según especie y variedad, aromatizantes, esencias y ramas. Pero al mismo tiempo, y durante décadas enteras, ha tenido un significado profundo para diversas culturas que ocupan entera la región del Pacífico colombiano.

La embriagadora fuerza dulce que penetra garganta abajo es apenas una de sus manifestaciones, quizás la más occidental de todas ellas. Para las comunidades que lo beben con el juicio de quien tiene la fe intacta, es en cambio la cura de enfermedades diversas, la aniquilación pronta de los parásitos, el alivio oportuno de padecimientos, el aumento satisfactorio del vigor sexual. Para el resto de nosotros es una bebida magnífica, manufacturada: una reliquia de nuestra tradición.

¿Quién quiso cambiar esto?

La periodista Kelly Rodríguez trazó la línea de tiempo para el diario El Espectador de la siguiente manera: Diego Alberto Ramos Moncayo, representante de la empresa Viche del Pacífico SAS, presentó una tutela en contra de varias secretarías del Valle del Cauca y Cali, así como contra el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos —INVIMA—, alegando, entre otras cosas, que “no hay controles a las bebidas alicoradas propias del Litoral Pacífico como el arrechón, el viche o el tumbacatres”.

Que se dé el debate, no hay problema. Lo damos. Esta es apenas una de las consecuencias previsibles que se veían en el horizonte cuando muchas personas de otras ciudades e incluso extranjeros cogieron de moda ir al Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. Las cifras no mienten: la ocupación hotelera en los días del festival el año pasado fue del 74%, con una participación extranjera del 28.4%. Eso, en cristiano, son 26.521 noches vendidas según Cotelco. Y está bien: la economía funciona mejor en movimiento. En la Ciudadela de la Unidad Deportiva Alberto Galindo se hicieron, chan con chan, $2.127 millones 400 mil en comida, moda,, artesanías, entre otras.

Y está bien, también: entre mejor hecho esté el producto, más posibilidades tiene de exportarse, de darse a conocer.

Pero hay que tener cuidado.

No podemos atender seriamente a un debate sin antes mencionar el vicio que tiene de fondo: el señor Ramos, como quedó consignado en la nota de El Espectador (y en otras cuantas más) puso dicha tutela luego de quedar descalificado de la selección de los treinta y cinco stands que exponen y comercializan la bebida en dicho festival. No hay lugar a tanto egoísmo ciego.

Mucho menos cuando, según la secretaria de cultura de Cali, Luz Adriana Betancourt, el mentado demandante aprendió la fórmula de memoria, la preparó a rajatabla, consiguió el registro Invima e hizo industrialmente todo muy bien, pero fracasando, según los jurados designados por el Ministerio de Cultura, en el hecho de no portar la tradición consigo. La bobadita de incumplir el primero de los puntos que analizan quienes evalúan. Casi nada.

O dicho de manera más elocuente por ella, por Betancourt: “el Petronio Álvarez no es un negocio, no busca quién vende más, sino que es un festival orientado a proteger y preservar tradiciones. Por eso es tan importante ser portador de la tradición; que hayas vivido en el Pacífico; que seas descendiente de las personas; o que, sin serlo, la tradición se haya adquirido a través de un proceso familiar o afectivo o muy conectado con la tierra”.

¿Y por eso una tutela? ¿Y por eso titulares que alertan el posible peligro que corre la venta de esos licores tan importantes —en la tradición, en el comercio— para las comunidades? ¿Y por eso las aclaraciones posteriores diciendo que no se afectará su venta?

Así no se hacen las cosas.

Si de dar un paso adelante en la producción del viche se trata, lo más inteligente sería que, ante cualquier avanzada institucional o legal, se considere, de primera, blindar a la tradición misma. Y que frente a ella cualquier cambio sea gradual y absolutamente necesario: no es poco lo que nos jugamos al querer dejar todo en regla nacional sin miramientos ni detalles. Sin tacto.

La chef Leonor Espinosa lo pone así: “Si la política para incentivar el sector primario contemplara la legalización y no la prohibición de ciertos productos y especies claves en la construcción y el desarrollo de la identidad de Colombia, con seguridad el panorama de la gastronomía sería distinto. Sobre todo este tipo de emprendimiento sustento de comunidades étnicas rurales y de salvación económica para estos pueblos víctimas de desigualdad y exclusión”.

Cuidado si no se dan cuenta de la fragilidad que esto implica.

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