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Lo que aprendí haciendo pruebas de VIH a hombres gay en saunas públicos

Realicé pruebas a personas de mi comunidad que –por muchas razones– nunca pisarían una clínica.

por George M. Johnson; traducido por Daniela Silva
01 Marzo 2019, 1:00am

Sopa Images / Getty

Artículo publicado originalmente por Tonic Estados Unidos.

El estigma que acompaña al VIH ha impedido que muchas personas busquen un tratamiento, o incluso que entren a instalaciones donde realicen la prueba, y por eso hay miles de personas que, sin saberlo, viven con el virus y con el riesgo de propagarlo a otros.

Ya que me he dedicado a la atención médica durante años, he aprendido que no puedo darme el lujo de ser tímido al luchar contra una epidemia de VIH que se estima afectará a casi la mitad de los hombres negros que tienen sexo con hombres. Las mujeres negras siguen siendo el grupo más infectado, y los hombres latinos que tienen sexo con hombres tienen una tasa de contracción del 24 por ciento durante su vida, cifras desproporcionadas en comparación con nuestras contrapartes blancas.

Mientras trabajaba en una de las organizaciones de comunidades negras que luchan contra el VIH más antiguas, aprendí la importancia de ingresar a la comunidad y de convertirme en un rostro conocido para las personas. Fomentar la confianza en personas que están cansadas de un mal trato por parte de la industria médica es una necesidad para cualquier avance en el trabajo.



Como persona queer negra, trabajé en la misma comunidad en Washington, DC en donde socializaba y tenía citas. Dos veces por semana, tomaba mi kit de detección, que incluye pruebas de VIH, hepatitis C, gonorrea y clamidia y me iba a un "sauna". Para quienes no lo saben, un "sauna" es similar a un spa, algunos tienen habitaciones y espacios dedicados a la actividad sexual que se realizan de manera privada y pública. Al que yo iba, era como un club de sexo para adultos y un spa. Al igual que la mayoría de los "saunas", había todo tipo de clientes de cualquier raza, clase social y edad demográfica.

El "sauna" era uno de mis lugares favoritos para trabajar, porque era un entorno donde la transmisión de ITS podría ocurrir a un ritmo mayor. Realizar pruebas allí también hacía que las personas que nunca acuden a una clínica para recibir tratamiento se interesaran más en su salud sexual. Una de mis responsabilidades era facilitar ese proceso.

Me encantaba platicar con la gente sobre la reducción de daños, que en este caso significaba reconocer que el sexo va a pasar, entonces, ¿cómo enseñamos los principios que reducen el riesgo de una persona? Falta educación sexual en las escuelas, es aún peor para aquellos que tienen una identidad LGBTQ porque puede que no haya educación dirigida a ellos. Hablar sobre la abstinencia ha demostrado una y otra vez que es un método de enseñanza ineficaz. La reducción de daños, en el contexto de las prácticas de sexo seguro, es un enfoque mucho más realista para salvar personas y/o mejorar su calidad de vida.

En los saunas, mis conversaciones sobre reducción de daños incluían la importancia del uso del condón, ya que algunas personas probablemente tendrían múltiples parejas sexuales durante una sola noche. Otras discusiones eran acerca de cómo si insistes en tener sexo oral sin condón, al menos usa uno para el coito anal: el riesgo de transmitir una ETS a través del sexo anal es mayor. En general, trataba con clientes que no estaban dispuestos a dar información completa sobre su vida sexual por miedo a ser juzgados. Sin embargo, en este entorno, las personas estaban mucho más dispuestas a discutir sus ITS anteriores y preguntar sobre la PPrE u otros tratamientos.

En la mayoría de los lugares donde se realiza la prueba es necesario que las personas estén completamente vestidas, lo que hace que este entorno sea muy diferente. Mi equipo estaba en la sala principal, donde la gente caminaba con una toalla alrededor de sus cinturas o desnuda. Cuando alguien aceptaba hacerse la prueba, esa persona me acompañaba al baño para realizar el proceso, que generalmente duraba 15 minutos. Durante este proceso, les pinchaba el dedo para realizar la prueba del VIH y la prueba de la hepatitis C. También era necesario que el cliente pasara un hisopo por su ano (que ellos mismos hacían), y yo les tomaba la prueba final con otro hisopo, que era oral, para detectar cualquier otra ETS.

Al intentar cambiar la cultura en torno al VIH trabajando en la comunidad, encontré que mi propia mente se estaba expandiendo y podía aplicar las lecciones que yo mismo había aprendido. Los saunas me llevaron más allá de mis propios límites y el miedo a la exploración sexual. Era tímido acerca de estos entornos, más temeroso de lo que la gente creía. No fue hasta que comencé a ver a mis amigos que iban ahí mientras yo trabajaba, que pude romper parte del estigma que llevaba: el estigma se centraba en la forma de ver a los hombres homosexuales como seres más desviados sexualmente e imprudentes y lo arraigadas que estaban esas percepciones a establecimientos como este. También me di cuenta de lo importante que es reconocer las subculturas para poder realizar las pruebas en estos lugares y crear confianza en las personas asiduas.

Al conocer las enormes tasas de transmisión entre las personas de color LGBTQ, me acuerdo de lo que aprendí mientras trabajaba en los saunas y lo aplico a gran parte del trabajo que hago ahora a nivel nacional como escritor y defensor. Hemos experimentado continuamente la retórica fuera de contacto de los funcionarios de salud, así como sus acciones para ayudarnos a vivir nuestras vidas más saludables.

Los que estamos en este campo sabemos que no importa lo que pase con los de arriba, tenemos que trabajar en un nivel micro, ingresar a las comunidades vulnerables que más nos necesitan y generar confianza de personas que muchas veces son vistas como desviadas sexualmente, o, mucho peor, personas que son consideradas como solo un número.