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El día en que la dictadura se llevó a mi padre

Durante la dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay, el artista Porfirio Bustos fue detenido y torturado por dibujar una caricatura del Jefe de Policía en televisión nacional. Ahora que han pasado más de cuarenta años, su hija relata la historia.
19 Diciembre 2019, 4:34pm

Cuando yo era chica no entendía por qué los adultos le tenían más miedo a la Caperucita que al lobo. Al crecer entendí que no hablaban de cuentos de hadas, sino de historias de terror cotidianas, y que llamaban así a las camionetas Chevrolet rojas utilizadas por la Policía durante la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989) para trasladar a los presos políticos a las sedes de detenciones y torturas. El gobierno de los Estados Unidos donó las nueve Chevrolet Blazer Custom 10 conocidas como Caperucitas; una de ellas, la P-1, se encuentra actualmente en el Museo de la Memoria de Asunción. En el asiento trasero de ese vehículo estuvo sentado mi padre en agosto de 1976 con los cañones de dos metralletas hundidos entre las costillas. Su delito: dibujar una caricatura.

Cuarenta y tres años después vuelve a subir a una Caperucita, lo hace mientras me cuenta su historia. Se sienta en el medio y me señala en dónde estuvieron sentados los policías y en dónde su colega y amigo Ernesto García. Los objetos y lugares del pasado actúan como disparadores de memoria y recuperan detalles que, aunque nunca fueron olvidados, permanecían en la oscuridad.

Sentado ahí, entre fantasmas del pasado, recuerda el miedo que sintió. Las estrategias de represión estaban plagadas de elementos que constituían torturas psicológicas, como la polca que sonaba a todo volumen dos horas antes de que empezaran las torturas físicas. Así también, recibir la visita de esa camioneta roja anticipaba el peligro. Una vez adentro, uno solo podía esperar lo peor. Era la primera fase, era la preparación para doblegar el espíritu.

Porfirio Bustos, el padre de Mónica, en la Caperucita del Museo de la Memoria de Asunción. Foto por: Iván González.

La Comisión de Verdad y Justicia del Paraguay registró 19.862 detenidos durante el régimen de Stroessner. Al menos 18.772 personas fueron sometidas a distintos métodos de tortura; los más frecuentes fueron las golpizas sin instrumentos, el paso de energía eléctrica por el cuerpo e inmersión de la cabeza en agua. También fueron identificadas 423 personas víctimas de desapariciones forzadas o ejecuciones.

Muchos periodistas fueron detenidos por ejercer su profesión. No se conocen cifras exactas, pero solo el diario ABC Color documentó 32 arrestos de su equipo. Stroessner clausuró el diario ABC, los semanarios El Pueblo y El Radical, y Radio Ñandutí para silenciar las críticas. Durante su mandato se dispuso el cierre temporal de los diarios Última Hora y La Tribuna.

Los profesionales del humor gráfico que trabajaban en medios de prensa tampoco pudieron escapar de las persecuciones, mucho menos de la censura. Era absolutamente peligroso tocar con humor a los jerarcas de la dictadura. Nadie se animaba a incorporar a los intocables en sus viñetas. Botti, el más conocido entre los humoristas gráficos de Paraguay, se movía con prudencia, rozando los límites. Walter Direnna, quien llegó a dibujar a Stroessner, no firmaba sus obras y muy pocas personas sabían que él era el autor.

Decía Roa Bastos que los poetas, artistas plásticos y músicos encontraban mayores posibilidades de mimetismo gracias a su lenguaje con formas simbólicas, por lo que estaban menos expuestos a la inteligibilidad de los censores. Pero mi padre no fue cauteloso, él dibujó al Jefe de Policía, el General Brítez Borges, con cuerpo de gallito en televisión nacional.

El primer canal en Paraguay, el Canal 9, empezó a transmitir en 1965 y fue el único hasta 1981. Entre 1970 y 1980 estuvo al aire Dibujando con Porfirio, programa conducido por mi padre, el artista plástico Porfirio Bustos. Lo acompañaba el periodista Ernesto García. Eran muy famosos en esa época, aunque él trata de minimizarlo diciendo que solamente porque era el único canal y la gente no tenía otra cosa que ver. Lo cierto es que su presencia en espacios públicos desataba una histeria y conmoción similares a la Beatlemanía. Un día en que él y mi abuela huían de cazadores de autógrafos ella soltó un comentario tan controvertido como aquel que lanzó Lennon sobre que los Beatles eran más populares que Jesús: “Sos más famoso que Stroessner”, le dijo a mi padre sorprendida. La frase pudo haberse vuelto icónica como la del Beatle si alguien más la hubiera escuchado.

También fue mi abuela la que le recordó que era el Día del Agente de Policía y sugirió dibujar algo relacionado a ello. Él tomó en cuenta su idea y cuando comentó en el set lo que pensaba hacer todos se quedaron mudos.

¿Cómo era la caricatura?, le pregunto. Quiero saber qué tan inocente u ofensiva se veía. Él traza rápidamente una cabecita con pelo corto, como cepillo, ceño fruncido, labios torcidos como si estuviera refunfuñando y un cuerpo redondo, emplumado. Aquí están las alitas, me dice mientras las esboza. Es simple, es solo un trazo a mano alzada, pero es divertida. Me echo a reír. Más que el dibujo en sí, lo gracioso es la osadía de reírse de lo que debería causar miedo. En realidad, toda la situación de los dos hombres detenidos a punta de arma y la caricatura como cuerpo del delito es tragicómica.

Si analizamos la caricatura, la representación gráfica del Jefe de Policía con cuerpo de gallito podría interpretarse como la ridiculización de la prepotencia, pero caben otras posibilidades: ese cuerpo también parecía de gallina. La versión de mi padre es que el emblema de la policía paraguaya tiene un gallo y que él estaba realizando un homenaje. La caricatura, casi tierna, no pretendía ser ofensiva, pero su creación fue vista como un acto subversivo. Para las autoridades permitir la sátira era una forma de perder el control. Controlaban desde cómo debían ser relatados los partidos hasta lo que debían decir los titulares de las noticias impresas. Un paso en falso y uno terminaba en un calabozo por tiempo indefinido.

Al comparar los informes de las Comisiones de la Verdad de distintos países de Sudamérica podemos ver que las técnicas represivas durante las dictaduras eran similares. Por ejemplo, podemos encontrar testimonios en Chile que hablan de encarcelamientos breves con fines de amedrentamiento; en muchos de estos casos, los presos eran puestos en libertad sin que se reconociera oficialmente su detención, de esta manera no se animaban a denunciar por temor a no poder comprobarlo y no ser creídos. Para preservar la identidad de las víctimas, los nombres y las ocupaciones fueron omitidos. La mayoría de estas detenciones empezaban igual, con la visita de policías vestidos de civil. El que fue por mi padre al día siguiente de haber caricaturizado al Jefe de Policía parecía un hombre de campo desorientado; apareció en la puerta del canal y pidió hablar con él. En guaraní, le dijo que él y Ernesto García debían acompañarlo; también el dibujo. Cuando mi padre levantó la vista vio la Caperucita.

El uso del humor gráfico como propaganda resulta eficaz para llegar a un público amplio por su capacidad de síntesis. Fue un recurso muy utilizado durante la II Guerra Mundial. En Paraguay, la prensa también recurrió al humor gráfico satírico durante la Guerra de la Triple Alianza para levantar la moral de los soldados paraguayos. Al mismo tiempo, los brasileños también libraban su batalla en papel a través de caricaturas del Mariscal López. Históricamente el humor gráfico ha cumplido un papel importante en la difusión de mensajes con fines políticos, y aunque mi padre dice que esa no era su intención, igual logró alborotar el gallinero. Después de todo, el miedo es la mejor arma de la dictadura y la mejor arma contra el miedo es la risa.

Se lo llevaron al Cuartel Central y lo metieron a un calabozo oscuro en el que no había espacio para acostarse, apenas podía ponerse de cuclillas. Lo mantuvieron incomunicado. No sabía por cuánto tiempo lo detendrían, había presos que llevaban más de una década encerrados. No se permitía visita de familiares, ellos se enteraron de la detención por parte de un camarógrafo. Patadas, trompadas y golpes con manos abiertas en ambos oídos (método conocido como El teléfono). También lo pelaron. Esto último era un servicio incluido para los terroristas melenudos como mi padre. Durante la dictadura había que pedir permiso hasta para usar bigote. Los hombres de pelo largo eran perseguidos en las calles. Hay fotos en las que se lo puede ver con peluca en los setenta. Doce días después de haber sido detenido, le pelaron la cabeza arrancándole pedazos del cuero cabelludo; parte del castigo era la humillación. Lo arrojaron a la calle a patadas, con la cabeza ensangrentada. Él juró que nunca les daría el gusto de verlo calvo. Mi tía, peluquera, le confeccionó una peluca de pelo largo, negro y brillante.

Así lucía Porfirio Bustos (en el medio) con la peluca que le hizo su tía después de que lo pelaran en el cuartel de la Policía. Foto de archivo de la autora.

Cuarenta y tres años después mi padre regresa al Cuartel Central de Policía, con el pelo largo. Señala en dónde estaban los calabozos: en ese lugar ahora hay una sala de fotocopias. Tres Xerox, un ropero viejo, un aire acondicionado y dos escritorios están sobre el mismo piso que él recuerda. En ese cuartel se aplicaban los primeros métodos de tortura, como las golpizas reiteradas. Después se vendrían otros métodos más severos que se realizaban en otras sedes, como La Técnica, sitio convertido hoy en museo, gracias al trabajo del Dr. Martín Almada.

Actualmente, los poderosos tienen otras formas de amedrentamiento, como agresiones en redes sociales, fake news, campañas de desprestigio apoyadas en el anonimato y algoritmos. Sobre todo, cuando las publicaciones incluyen investigaciones a grupos influyentes. Es lo que me cuenta Alejandro Valdez, director de El Surtidor, medio independiente de periodismo gráfico, que combina el humor con la información.

He escuchado la historia de mi padre muchas veces, pero no tantas como cualquiera supondría. Él siempre fue respetuoso con el sufrimiento de los familiares de las personas torturadas, asesinadas y desaparecidas durante aquel periodo. Nunca quiso considerarse una víctima de la dictadura porque aquel concepto encierra el dolor irreparable de personas que nunca pudieron recomponer sus vidas; sostiene que lo que vivió no fue nada en comparación con las historias de ellos.

Porfirio Bustos no volvió a hacer caricaturas de personajes políticos, se alejó del humor gráfico. Le quedaron secuelas psicológicas y físicas, sufrió ataques de pánico durante muchos años al ver policías. Los golpes en los oídos le produjeron lesiones timpánicas.