Cultura

Clonamiamor: el mercado negro de medicamentos en Guadalajara

Visité el barrio del Santuario, donde se venden muestras médicas de medicamentos controlados (esto significa que puedes comprar opioides sin receta).

por Elma Correa
15 Diciembre 2015, 2:00pm

Como chicalense de ínfulas californianas Guadalajara siempre me ha parecido la apoteosis del costumbrismo. Un portal bucólico de charros, mochos, beatas y trajes típicos que incluyen moños para regalo en trenzas de estambre que me separa de aquellos sitios sureños e incivilizados donde la artesanía de hoja de plátano y el grillo como base de la pirámide alimenticia son la ley. ¿Qué tan aburrido será que ningún cártel pelea la plaza?

No recuerdo haberlo pasado bien en ninguno de los viajes que he hecho a esa ciudad a lo largo de mi vida. Incluso, en la FIL de 2013 fui agredida de tal modo que juré no volver a pisar su maldita tierra mojada: un tipo de rastas prófugo de la regadera que desconocía el concepto de espacio vital, pateó mi silla porque me negué a conversar con él y me puse gel desinfectante en la zona del brazo donde el atrevido colocó sus garras. Ah, es que en Guadalajara serán patanes, pero dignos.


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Mi veto jalisciense, durante el cual fui acuñando motes de odio como Guadalagata, Guadalarriata, Guadalamonda, Guadalacaca y Oaxadalajara, entre otros, duró solamente un año porque soy de olvido fácil, porque Mariño González y Karla Bañuelos son los reyes Midas de la FIL y porque mis mejores amigos organizaron ahí nuestra última reunión de este malogrado y agonizante 2015.

Y pues, nada, que hace unos días redescubrí Guadalajara y volví a creer en el amor. Estas experiencias de vida ocurrieron en forma de la torta ahogada más perfecta y deliciosa que el paladar humano puede soportar, y cómo no, en forma de medicinas. Resulta que Guadalajara posee la farmacia al aire libre más grande de México en los alrededores de la iglesia del Santuario, cerca del Hospital Civil.

Los dealers-boticarios esperan sentaditos en las banquetas, se pasean en bici o abordan directamente a los automóviles. Entre ellos se pasan clientes e intercambian productos en una conmovedora red de trapicheos. Entran y salen de casas y edificios, llaman por teléfono y dejan sonar sus tres, cuatro, hasta cinco celulares. Se comunican con códigos indescifrables que transmiten por medio de silbidos, miradas y señas, que significan desde "un lexotán para la güerita" hasta lo que es mejor no averiguar.

El chico que nos atiende nos pide un segundo y aprovechamos su ausencia para hacer fotos a discreción. En la esquina, un motociclista pequeño y delgaducho, con clara disposición a la obediencia, asiente frente a un hombre grueso y enérgico que parece darle indicaciones. El delgaducho entrega los fajos de billetes más chonchos que haya visto jamás al señor regañón y se quita el casco un momento. Es un niño. Doce, máximo trece años. Nuestro dealer-boticario aparece en la portezuela del copiloto mientras el cobrador del derecho de piso ajusta su modernísimo yelmo, las cuentas de nuestra transacción me distraen porque no tengo mi ábaco a la mano y cuando levanto la vista ya no hay niño en motocicleta.

Tres goteros de clonazepam, una caja de xanax, tres de rivotril y dos de modiodal por dos mil pesos. El paraíso del medicamento sin receta. La Meca de los adictos funcionales. La única peregrinación que vale la pena realizar hincada desde la Baja o en oferta de Volaris, que es un poco lo mismo, por recibir esa dosis de amor, comprensión y ternura.


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El amor flota en el aire de El Santuario. Lo sé porque Sisi quedó un poquito enamorada del profesionalismo farmacéutico de nuestro dealer, y yo todavía suspiro por el botín.

Te amo, Guadalajara.