relaciones

Necesitas un año para acostumbrarte a estar soltero

Desde el sexo con tu ex hasta la última lágrima de helado de vainilla.

por Julian Morgans
20 Febrero 2017, 5:31pm

Acostumbrarse a la soltería es como mudarse a Dinamarca: todo parece completamente ajeno y cuesta un poco de trabajo y tiempo aclimatarse. El primer mes lo pasas preguntándote "¿Dónde estoy? ¿Quiénes son estas personas con las que siempre estoy pisteando?" Y por las noches te asaltarán constantemente las ganas de irte a casa. Será un primer mes bañado en lágrimas y cócteles rarísimos, y lo odiarás, pero también lo amarás. Durante esos primeros treinta días, las protagonistas serán la tragedia y la autocompasión a escala de las grandes producciones del cine, y te sentirás con derecho a todos los bajones que te pida el cuerpo.

Pero el tiempo pasa, los meses se suceden y llegará el momento en que tus amigos te digan que ya estuvo suave de escucharte llorar con tus historias de nostalgia. Llegará un día en que cuentes lo que crees que es una anécdota graciosa sobre tu ex y alguien se incline hacia ti y te susurre al oído, "Oye, ya sé que no es fácil, pero ya pasó un año, bro".

Y esa persona tendrá razón. Un año es el límite para revolcarte en tu miseria y también es lo que suele tardar en acostumbrarse a estar solo, en calibrar tu vida y acomodarte a la nueva situación, dando quizá algunos pasos intermedios.

Estos son esos pasos.

El primer mes: la ruptura

Estas cosas rara vez toman a uno por sorpresa. Cuando te paras a analizar aquel giro que tomaron sus vidas unos meses atrás, te das cuenta que era más que previsible pese a que ninguno de los dos se atrevieran a hablar del tema. En lugar de eso, pasaban el día peleando por quién había hecho la compra o fingían estar bien cuando habían pasado la noche llorando. Ninguno verbalizó cuál era su verdadero temor y al final todo estalló por un exceso de orgullo y dejadez.

Así que te mudas al sofá de tu amigo, y te despiertas todas las mañanas con cierto sabor a calcetines y rosas en la boca. No te arrepientes demasiado, pero te preguntas quién eres ahora. Si eres hombre, tratarás de responder a esa pregunta dejándote crecer la barba. Si eres mujer, la respuesta puede estar detrás de un flequillo o en teñirte de rubia platino. Te emborrachas constantemente, al margen de tu sexo, hasta que una noche, quizá pasados quince días, te acuestas con alguien que realmente no te gusta nada y lo hacen sin protección; y todo en su cuerpo te parece extraño: ¿qué es eso? ¿Por qué esta parte de aquí está tan blanda? Y ¿qué chingados le pasa a su nuca?

El primer mes es impulsivo y surrealista, y cuando todo termina, no has aprendido nada, aparte de que Tinder es una mierda.

El segundo mes: el sexo postruptura

Hay solo cuatro placeres en la vida de un adulto. Estos son, en ningún orden particular: las tostadas con queso gratinado, las siestas navideñas, el sonido de la lluvia sobre un tejado de aluminio y el sexo postruptura. Hay quienes opinan que estos escarceos sexuales no traen más que problemas, y tienen razón, pero son personas que no han vivido plenamente, porque el sexo postruptura con tu ex es una delicia.

Suele empezar a los dos meses de haberlo dejado. Lo típico es quedar para un café; de repente uno de los dos se pone lacrimógeno (seguramente tú) y admites que te está costando bastante. "Te extraño", le dices. Se producirá una breve pausa, en la que tu ex sopesará todas las alternativas. Reconocer que siente lo mismo sería una muestra de debilidad, pero ahora que tienes los ojos vítreos, no hay nada que perder. "Ven un rato a mi casa", te dirá. "Dejaste unos DVD que no has recogido".

Y vas a casa y cogen salvajemente. Quizá haya besos, quizá no, pero será como revivir la sexualidad de tu adolescencia. Verás que en casa todo está como lo habías dejado. Ahí siguen todas las cosas que tanto aprecias. Los recuerdos. Esa familiaridad. La abrumadora unión de tristeza y fruta prohibida. Das golpes y la emprendes a gritos con el ventilador del techo porque te duele el corazón, pero tus genitales están cantando. Y por primera vez en un mes, todo volverá a ser genial. No, genial no. Todo será más maravilloso que nunca.

Ilustración por Ashley Goodall.

El tercer mes: la segunda ruptura

El único problema del sexo tras una ruptura es que termina a los dos días. O bien los une de nuevo o los destruye. La segunda opción puede manifestarse de diversas formas, aunque realmente se reduce a un hecho: uno de los dos se aburrirá primero.

Si eres tú quien lo hace, ¡enhorabuena! Has conseguido seguir con tu vida y ya puedes pasar a leer mi otro artículo, "¡Enamorarse es maravilloso!" En caso contrario, quédate por aquí, porque un día oirás, o te enterarás por un mensaje o por Instagram que tu ex ha conocido a alguien y que los dos se están alejando en un coche muy rápido sin echar la vista atrás, mientras tu figura se reduce a un punto insignificante en el retrovisor.

El sexto mes: dices que estás perfectamente, pero no te lo crees ni tú

Hace ya un tiempo que te cortaste el pelo y te ha vuelto a crecer, y has tenido varias citas en las que la pasaste bastante bien. Dices a tus amigos que estás bien, mirándolos sin pestañear, y ellos enseguida perciben que no lo estás. Pero en serio, estás bien. Y entonces, un viernes por la noche, te bebes tres botellas de vino y durante las cuatro horas siguientes no haces otra cosa que acosar a tu ex en redes sociales. Todavía tenías esa espinita clavada, y cuando te la quitas la sensación es increíble, pero de repente te das cuenta que sigues notando una punzada en la misma zona. Ves fotos de tu ex y su nueva pareja sonriendo, nadando, jugando con un perro, y la punzada se intensifica. Sus publicaciones de Facebook son grotescas y pastelosas. Hay amigos —gente de bien que conoces y en la que confiabas— que han indicado que les gusta toda esa basura y que, peor aun, han escrito "¡Qué lindos!" en los comentarios. El dolor es insoportable. Ya no es como tener una espinita, sino toda una zarza clavada en el costado. Ya han pasado seis meses. A estas alturas deberías haber sido capaz de hacer borrón y cuenta nueva, pero no.

Ilustración por Ben Thomson.

El noveno mes: bueno, parece que por fin lo has superado

Llegados a este punto, seguramente tengas una camisa favorita para ligar y una opinión bien formada de Tinder. Si te gustan los hombres, habrás aprendido a odiar a los que aparecen en su foto de perfil sosteniendo un pescado. Si te gustan las mujeres, habrás aprendido a odiar las coronas de flores.

Tu vida habrá adquirido un ritmo cómodo. Ya no sentirás la necesidad de inventarte conversaciones hipotéticas en las que harás acopio de toda la verdad del universo para condensarla en una punta de diamante y lanzársela a tu ex. Eso habrá quedado atrás y ahora serás feliz.

Excepto los domingos. Nunca eres feliz los domingos, porque la vida de soltero consiste en vivir con el volumen a tope: los altos son muy altos, y los bajos sin fondo. Y después de un gran sábado por la noche, no hay momento de más soledad y desconsuelo que la tarde del domingo.

El duodécimo mes: y ahora, ¿qué?

Bueno, ahora sí ya lo superaste. Llevas tanto tiempo instalado en la soltería que ni te acuerdas de lo que es una relación. Llamas a tu amigo: "Qué pedo, ¿vamos por una cheve?" Y tu amigo: "¡A huevo! Le digo a mi novia". Y tú: "¿Qué? Nadie invitó a tu novia".

Cuelgas el teléfono pensando que tu amigo está fatal. Porque, desde tu soltería, las relaciones te parecen una auténtica locura. Joder, estás tan soltero que empiezas a dudar que puedas volver a enamorarte. ¿Será que Tinder y el cinismo han anulado tu capacidad de impresionarte por otra persona y querer unir tu vida a la suya? 

Tú quieres hacer eso, y algún día las harás. Volverás a enamorarte y a servirte tres platos de esa pasta con pan de ajo, mientras contemplas a la persona más hermosa del mundo. Y luego los dos se tirarán en el sofá, empachados pero completos y muy, muy felices, mientras alguien más que acaba de romper ve tus fotos con una falsa hueva.

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