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Trópico Trópico Trópico

Como decía Borges: “Mientras dure esta música seremos en el aire la flecha”.

por Adrián Román; fotografías de Irving Cabello
12 Diciembre 2017, 6:13pm

Acapulco es impredecible y disparejo. Algo tiene de chilango. Si puediera definirse sería a través de las luces que se encienden de noche para adornar sus calles como lo hace un collar y seducir desde lejos como escote generoso. Algo tiene de chilango Acapulco, y no sólo se trata de los tacos al pastor, las réplicas de las estatuas, el tráfico, la violencia y la gandallés de sus habitantes. Tampoco es el Acabus. Algo tiene Acapulco de cosmopólita, caótico y otra cosa.

“Habla bien de Aca. Acapulco.” dice un letrero sobre la carretera que va de regreso a la CDMX.

Acapulco pertenece a uno de los círculos ubicados de forma paralela al Ecuador, se corta con la elíptica del desmadre. Donde latitudes sonoras y emocionales se cruzan. Esto es el trópico. Las pieles bronceadas de tanto baile, los cuerpos rendidos sobre la arena, la gente que bebe y baila en la alberca. El trópico es bullicio, efervescencia, alboroto, cinismo, seducción, entrega. Como decía Borges: “Mientras dure esta música seremos en el aire la flecha”.

II

Es el segundo día de la quinta edición de un festival hecho para devolverle glamour y fiesta al puerto de Acapulco. Un festival hecho para arrastrar chilangos hasta el mar. Los ojos duelen de ver tantas mujeres hermosas que van y vienen, que conviven en círculos.

La noche ha llegado. Ondatropica está tocando, en el público se notan las ganas de bailar, el entusiasmo que producen los ritmos guapachosos. La mezcla de Holland y Galeano ha dado resultados, su ensamble, su buen gusto, la intuición de mezclar ritmos tan deliciosa. Sólo una pareja baila en la pista. Su color de piel contrasta con el resto de los asistentes, acaso es porque son locales. Se mueven con la complicidad de quien ha bailado a lo largo de muchas noches y lo sigue gozando.

Ondatrópica

A las chicas rubias que bailan alrededor de ellos se nota que les hacen falta unas buenas bailadas para que sus cuerpos agarren ritmo.

Pero uno no puede permanecer indiferente al saxofón y al bajo. Hacen de la música una sustancia que se derrite en tus adentros y se desparrama hasta llegar a la planta de los pies y te obliga a moverlos. Mientras tu mente se desliza por el sonido largo de la trompeta como si fuera una larga línea recta que cruzas a toda velocidad.

Ondatrópica

El sudor escurre por los cuerpos como ofrenda que se hace a los acordes. El vocalista viste una playera de seda con su propio rostro repetido. “Bailen como quieran”, le dice al público. El saxofonista, vestido en llamativo color morado con mucho bling, en un gorro y unos pantalones bombachos, parece un genio de la lámpara cuyo único deseo que le place cumplir es el de entregarse en cada nota. “La estamos pasando bueno,” dice el vocalista y se lo hace corear al público. En un alarde de ritmo el vocalista baila como si lo hiciera sobre la yema del dedo índice de dios o sobre el clitoris de la mismísima virgen.

La cumbia de pronto alcanza la velocidad y la misma emoción que implica una locomotora desbocándose. Silencio.

Y música de nuevo. Los cuerpos son entregados una vez más a la alegría del baile. Llevados al delirio a través de tambores galopantes.

Para pedir un trago en este festival hay que recargar una pulsera con tu lana. Lo que provoca que las barras se saturen por momentos. Los tragos son caros. Esto es más parecido a un antro exclusivo con playa, alberca, y cumbias que a un festival.

Los Wemblers de Iquito

Los Wemblers de Iquitos son una banda peruana cuyo principal público fue la clase obrera peruana. Creadores de la cumbia amazónica, nacieron en 1968. Hace 49 años. Todos los integrantes de la banda se apellidan Sánches Casanova. Su líder lleva dientes de oro y una camisa con un peyote. Sus rolas hablan de excesos y de estados alterados. Su música ayuda a llegar a ellos. Algo de primitivo tiene su música, una especie de glamour también, hay algo que te induce a una danza elemental.

Salomon Sánchez Saavedra fue el fundador. Murió a finales de los años setenta. El vocalista actual se comporta como una especie de gurú que sugiere un camino para que la sangre, la tierra, la noche y la música, te ayuden a encontrar el ritmo que habita en tu cuerpo. La banda que los escucha se agita más o menos al ritmo del mar. Mientras el humo sube al cielo y el sol comienza a descender. ¡Qué viva Perú!

Los Wemblers de Iquito

Thundercat es el proyecto personal de uno de los bajistas preferidos de la muchachada en 2017. Salió al ring con un short de luchador. Pelo enroscado y rosa. La música te obliga a mover el cuerpo en forma de letra “S”, como si fueras una serpiente guapachosa. La voz a veces es sonora, aveces aguda, que ayuda a que la ginebra resbale mejor y tenga un sabor más profundo. Un morena delgada que hace rato brincaba en el trampolín ahora baila como si se estuviera entregando a un ritual antiquisimo. Se sangolotea como dios le da a entender, y dios es generoso con los que la miramos. Thundercat participó hace poco con Kendrick Lamar.

Thundercat

Alan Palomo, vocalista de Neon Indian salió al escenario con un look parecido al que yo llevaba los lunes a la secundaria. “Para los que no saben, somos Neon Indian.” Así se presentaron. No tardaron en echarse al público a la bolsa. Fue fácil. La mezcla de ritmos que manejan, Chillwave, pop y psicodelia, les ayudaron a lograrlo.

Neon Indian

Su música tiene la capacidad de derretir a los escuchas con una gracia de la que carece el sol. Mientras Neon Indian toca, la pelota playera que pasea por las alturas, se nota aburrida, fastidiad de ir y venir de mano en mano en un juego soso. El público se nota más a gusto con esta banda. Más cercanos.

Si Alan Palomo fuera mediocampista diría que es de esos que de inmediato le llenan el ojo a cualquier técnico. Un tipo que apenas pisa la cancha, se adueña de ella. Sabe moverse con gracia, tiene estilo y agrada al público. Sabe que a la gente le gusta bailar y es el primero en poner el ejemplo. Aunque muchos de sus pasos son sacados directamente de los ochentas, algo de auténtico poseen. Cuando quiere sumergir al público en una emoción triste, lo logra sin tapujos, lo toma por el cuello y adiós. El escenario se nota bien ocupado. No sólo por él, sino por sus custodios, tecladista y baterista.

Neon Indian

Los festivales de música nos permiten entender que los géneros musicales sólo son distintas formas de cachondear. Una chava usa el cuerpo de su novio como almohada, un par de rubias caminan rumbo a la playa con dos vasos repletos de alcohol. Una pareja forja un churro de marihuana, dos rubias caminan hacia la playa con dos vasos repletos de hielos alcohol, permitiendo ser acariciadas por el viento. Un ejército de jóvenes morenos con un chaleco verde y una bolsa negra de basura atacan en busca de basura.

Marcus Marr comenzó a tocar y el público estaba cada vez más contento, peces que flotaban en agua ideal, lejos de la cumbia y ya más retacados de tragos, les era más fácil bailar. La noche se distorsiona a través de sonidos. La pelota luce contenta de nuevo. Son unos cuantos los que no se pueden despegar de las barras que separan a la gente del escenario, como si quisieran que la música les llegara primero a ellos, como si sus pecados los obligaran a querer recibir la hostia antes que ninguno de los presentes. Marcus los tiene en vela, los mantienen en un manojo de nervios, en un trance, la gente le grita, se le entrega. A chiflidos algunos exigen que la música reviente, ya no soportan más. Exigen rush. Y Marcus cumple, los lleva un piso más arriba. Y es ovacionado, como un boxeador que ha logrado meter una combinación completa al rostro de su rival.

Marcus Marr

III

Ya es domingo. Domingo a medio día. Hace calor y no tengo cruda, pero sí un chingo de hambre. Bendito sea el Princess y todos los bufets del mundo. Cada que veo un bufet me comporto como el niño de la calle que soy. Dos platos de pancita, uno de caldo de camarón, un plato de chilaquiles y hot cakes con pan francés para el desayuno. La noche anterior el hambre me había sacado del festival y mi pulsera de one day no me permitió el reingreso. No iba a pasarme de nuevo lo mismo. Ni modos, Fadanelli tiene razón: los pobres no deberíamos viajar.

A ver niños, la mejor forma de calentar el músculo fiestero es comenzar el domingo con aerobics en la alberca y unos tragos. La cruda te la pela si sigues con la fiesta. El baile, el bronceado, los juguetes de alberca, los clamatos y un dj, son más importantes que la palabra de dios un domingo por la mañana.

Goddollars está tocando mientras un cigarro sin encender cuelga de sus labios y frente a él una de las tangas más ricas del festival se mueve a un ritmo enloquecido. El poder de unas nalgas bailando bajo el sol es más fuerte que el del viagra rompetripas que ofrecen en las playas. El dj se desvancece en gotas de sudor, su cabeza se encuentra debajo de una gorra, unos audífonos, una buena mata y un calor que pesa como un burro. Nada apaga el tacto fino para hacer que la gente la siga pasando bien. Qué importa si están vivos, si están conscientes, lo importante es que no se dejen de mover.

Goddollars

Para muchos el día comienza a las tres de la tarde.

Cuando el sol ha comenzado a descender los pareos y las toallas se tienden frente al escenario. Este no es un festival masivo. Es más bien de unos cuantos. Casi no hay pleitos y es fácil comenzar a hacer cómplices con gente desconocida.

Gabriel Garzón-Montano se quedó sin audio en algún momento y eso no lo apachurró. Se levantó a interactuar con el público para que el ánimo no se desplomara. Y lo logró. Más rescatado por su entusiasmo que por su técnica. En el Festival Trópico cada día es un fin de semana.

Gabriel Garzón-Montano

La gente comienza a retirarse del festival. Poco a poco se ven grupos de personas que escapan. La pinche prudencia siempre gana.

Pero siempre hay necios para que el reven siga.

Matanza

El arranque de Matanza fue como si lo que estuviera brotando del escenario fuera la noche misma. Su última parte, la más profunda. Esos sonidos bajos y profundos eran el sonido de la noche siendo parida. A la tercera rola ya estaban bailando los miles de cuerpos cansados. Cuerpos que estaban preparados para el siguiente shot de ritmo que salía de una jarana. La recompensa de esperar a Matanza fue generosa. Mientras más primitivos y básicos eran los sonidos, la banda más se prendía. Las baquetas le daban ritmo a la atmósfera. La flauta adornaba el aire. Y atrás una ambientación que no permitía que nos dejáramos de agitar un solo instante. Éramos como ratas de Hamelin que no escapaban al sonido hipnótico, permanecíamos atentos a la energía que nos abrasaba. Dos flautas y un tambor. Parecía una batucada coyoacanense. Pero fina. Digamos que el toque electrónico le quitaba lo chairo. Enfrente de Matanza no había un público: era una tribu hedonista celebrando su ritual de cada año. “El fuego del poderoso como un carro que avanza”, decía el vocalista.

Matanza

El Dengue es una infección viral transmitida por mosquitos musicales. La infección causa síntomas rítmicos y en ocasiones evoluciona hasta la demencia total. Desde 2010 ha aumentado el riesgo mundial de contraer el Dengue Dengue Dengue. Se manifiesta en las zonas tropicales. Y ahí es donde mejor sabe, donde pega más fuerte. En su hábitat natural es más letal, salvaje.

Dengue Dengue Dengue

Uno de los integrantes trae playera blanca y el otro playera negra. Ambos con máscaras huicholas que se parecen a las de Depredador o a la de Tessek de Star Wars. Para bailar sólo hay que escuchar al Dengue. Ellos preparan los menjurjes que a todos nos exorcizan y nos sacan el microbusero bailador que llevamos dentro. La cresta de las olas al fondo del escenario nos permite saber que también el mar baila.

Dengue Dengue Dengue

No existe tratamiento específico del Dengue. Uno de los síntomas más graves es la imposibilidad de permanecer quieto. De los oídos surgen gusanos de colores tropicales que te hacen alucinar. Y te hablan, diciéndote al oído: “Coquita, coquita, coquita”. Los organismos reguladores de algunos países han registrado recientemente un incremento en el contagio. Y han descubierto que por más cansancio que el enfermo sienta, no puede dejar de bailar. No, el Dengue no se combate ni con una limpia del mercado de Sonora. Lo mejor es dejarse llevar. Hasta que la noche caiga.

Y la noche cayó.

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