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Daddy Yankee está agotado

Fuimos al concierto de Urban Kings en Chile. Fue una locura.
28 Octubre 2014, 5:23pm

Fotos: Tu Medio

Corriendo entre autos, saltándonos semáforos y guardias, así llegamos con unos amigos a la Cúpula del Parque O’higgins ahora llamado Movistar Arena. Las luces bajan y el calor del recinto comienza a desaparecer. El animador es Karol Dance, el rey de los pokemones, tribu urbana popular por los lejanos dosmiles. Hoy -luego de conquistar el reino de los medios juveniles- está al frente de los leones más brígidos de las discotecas nacionales e internacionales; los fans de la zona andina también han llegado a celebrar a estos dos astros de la “música urbana”.

Aparece Yandel y no viene a telonear. Lo deja clarísimo. Su cuerpo de baile es a toda raja, como se dice acá. Qué cuerpazo de esas mujeres; sus piernas, su pelo al aire y el conjunto blanco con dorado nos dejaron atónitos. Todo indica que Yandel está en el mejor momento de su carrera: luego de incursionar como solista se ha dedicado a realizar cuanta colaboración ha podido. Sus hits no han descansado en estar en la cima de los rankings y copar los parlantes a la calle existan, sino que también se han remixado y él, mas cortés que valiente, ha dado cuñas tibias que sirven siempre para algún medio de desinformación. Voy a mentir si les digo que recuerdo el orden de las canciones. Pero voy a darles mi orden: vino Déjate Amar, Hasta Abajo, Permítame, Sexy Movimiento, la clásica Noche de Sexo, Algo que me gusta de ti… en fin, tanto himno que me llevó diez años aprender a perrear.

Década en la que puedo reconocerme como una feminista reggaetonera. Una mezcla posible en Chile, pues basta con tener buena memoria y cachar que fueron esos cabros chicos -como Karol Dance- los que popularizaron esta cultura, desfondándola de toda la violencia de género al reapropiarse y tensionar los roles de lo femenino y lo masculino. Esos cuerpos andróginos me enseñaron los pasos más nastys del cono sur. Y a pesar de tener un repertorio amplio de pasos, de leer diariamente las cosas que hace o deja de hacer Nicky Jam y tener un grupo en Facebook donde actualizamos y apostamos por hitazos (“Jóvenes Reggaetoneros”) nunca había venido a un concierto de reggaetón. Además ¿qué hago en cancha VIP si yo debería estar allá arriba sudándola con los cabros? Viendo poco como los cabros, sacándome la ropa escandalosamente como los cabros, agarrándome a un pendejo inolvidable como los cabros. Nada. Yo figuro abajo mordiéndome la lengua, dispuesta a inaugurar un recuerdo hermoso en el país en que pronto dejaré de vivir.

Soy un duro

Yandel invita a Gadiel, cantan Plakito (¡manso hit!) más otra canción que no me acuerdo por razones incuestionablemente químicas; pero yo espero a Daddy Yankee, así que perreo a media marcha, lo mejor vendrá hacia el final. Los vendedores de bebidas van y vuelven chorreando a todo el mundo, sin importarles nada, uno me empuja y me afirmo de alguien. En ese estado, en el que una no sabe ni de su cartera, Yandel se dispone a lanzar un jockey, el hueón se hace el bacán, se saca la gorra, se pega unos movimientos de cadera, va para allá y para acá. Pero yo no estaba ni ahí, me quedé mirando a galería, cómo esos cuerpos calientes se sobajean, besan y beben. De reojo veo cómo la gente que está mi alrededor comienza a acercarse. Giro, le pregunto a mis amigos ¿qué pasa? un milisegundo después llega a mis manos el gorro de Yandel. Se me tiran encima de un modo sobrio; no me rompieron la ropa ni me escupieron. Siento que tengo en las manos algo que no estoy dispuesta a soltar (sí, esta metáfora aplica a todo) y no lo suelto.

Salimos a refrescarnos y nadie, ni yo, podía creer que me cayera encima un ‘Soy Duro’, porque yo también ‘Soy Duro’ para mis cosas. Así que fuimos a fumar. Unos guardias nos corretearon, volvimos al recinto y los nervios de los fans eran míos: ya viene el King of Kings. Me puse y me saqué el jocky. Se prendieron las luces, se apagaron, los cuerpos sudados gritaron y yo grité con ellos, aullamos como locos, queríamos perrear con el Michael Jackson del reggaetón. Él ahí, a tres metros de mi, a contraluz y yo ciega como una puerta cerrada: ciega, pero viéndolo todo.

Se encienden pantallas medianas, no tan espectaculares, exhibiendo unas visuales bien feas. Estoy con el corazón a mil, tirito entera. Con un control muscular igual a cero grité, grité, grité y él me saludó con un tibio ¡Hola Chile! Yo-no-quiero-volverte-a-ver-ooooh-ooooh la-que-yo-tengo-ahora-me-es-fiel-eeeeeh. Puede que haya comenzado con otra canción, pero para mi comenzó con esa y le bailé a todo lo que se moviera: al gordote de trenzas cocidas, al loco de la cámara que grabó todo el concierto, a unos púberes cuicos que no sabían siquiera mover las caderas, a un cola muy Madonna style y a mis amigos. Bailé hasta ya no dejar espacio seco en mi cuerpo.

Y en eso estaba, mirando a Daddy, sorprendiéndome de su voz de niña tierna, contemplando su cuerpo grueso, cada vez más grueso pero rico igual y su cabeza cada vez más pequeña, pero bien también. Mirando y tratando de entender su atuendo rarísimo, su jockey naranjo, sus movimientos de boxeador destemplado, sus movimientos limitados de piernas y ese brazo izquierdo que grita tanto o más fuerte que su voz seca.

Canta la historia de mi vida que comienza con la Gasolina, Busy Bumaye, La Despedida, Lo que pasó pasó, La nueva y la ex, Lovumba, Somos de calle y esos temas que suenan a todo lo que amo. Las cantó todas y yo también; perrié casi todas, salvo la que perdí cuando aparecieron tres cabros con jockeys cuadrillé, zapatillas sucias y poleras transpiradas. Se ponen a perrear al lado mío -uno muy cerca-, prenden un caño, entonces aparece el fascismo en el rostro de una empingorotada de falsos aros de perla, pelo alisado y tenida en tonos dorados que se cruza de brazos y espeta: “Oye, ¿puedes irte a fumar a otro lado?”, la interrumpo y le respondo su mismo tono siútico: “Y ¿por qué no te vas tú para otro lado?”

  • No estoy hablando contigo
  • Los cabros están tranquilos pasándolo bien, déjate de hueviar… además, no sé si sabes pero estás en un concierto de Daddy Yankee ¡Ubícate!
  • Si, pero es una cosa de respeto…
  • ¿De qué respeto me estai’ hablando? Te vai’ o te quedai aquí piola. No estai’ en tu fiesta -ya con tono propio- ¿cachai esa hueá? Estai’ en un concierto de Daddy Yankee ¡Ridícula!

Se da media vuelta y se pone delante de alguien que si no es su esposo, podría serlo. Como la felicidad fue máxima ante tamaño agravio, bailamos con los cabros y me ofrecieron de lo suyo. Pero ella mandó a llamar unos guardias que -por supuesto- llegaron cuando los chicos ya se habían fondeao’.

No importa, la música suena más fuerte. Los sintetizadores y sus bajos, todo bombea en el corazón. La gente se echa aire con lo que sea, yo miro hacia arriba y los celulares calientes de tanta fotografía penden de manos que vacilan un loquepasópasó o su venaquirápido-venaquirápido. Pero yo estoy aquí, frente a ti Daddy Yankee, el epígrafe de tantos textos que he escrito: aquí estoy y tú no ves a nadie, ni siquiera a ti mismo porque ese jockey naranja, nada que ver. Porque tus líricas, tus rimas e improvisaciones están lentas, están aguadas. Tus bailarinas eso sí fueron justas, no dieron ni más ni menos. Todas movieron esas pompas que tan pocas tienen, esas piernas brillantes de sudor y aceites, empinándose unos peinados de manicomio ¡Qué monstruas!

Bailo sola en medio de mi historia, con un remolino en la cabeza y un corazón que se me sale por la boca, que se me sale por los ojos. Me emociono. Estoy feliz y agradecida de mi buena suerte, por estar aquí y bailar como quien lee un capítulo de su vida en compañía de otros que desconozco pero son cercanos, otros porque vienen de los barrios marginales de los que yo también vengo. Poblaciones con balaceras, venta de pasta en las esquinas, niños que juegan en la calle, señoras sin atención en el consultorio, señoras que tejen en el invierno y ponen cáscaras de naranja sobre las estufas para ocultar el olor a humedad de las tablas de su casa. Cuerpos que vienen de barrios empobrecidos, barrios flaites.

El flaiterio

Flaite es un palabra chilena que tiene muchos significados, pero el más común es la que refiere a chicos callejeros, de escuela pública, con amplias necesidades estéticas y aficiones a las marcas. Cabros que se toman las plazas y los malls con sus jockeys dorados, zapatillas, aros y relojes brillantes. Chicos que se ponen encima lo que no ponen en sus casas, porque esas casas no son de ellos ni de sus padres. Jóvenes que viven ‘de prestado’ en espacios reducidos, donde la privacidad es un lujo pues duermen en habitaciones separadas por paredes de cartón. Cabros que saben que no hay trabajo, porque los políticos, las empresas y los narcos se lo han comido todo: sus barrios, canchas, colegios y padres. Por eso es importante el reggaetón: porque los invita a disfrutar todo aquello que aún no les han quitado: su cuerpo, poniendo en juego lo que yo tengo para mi, lo que es sólo mío: el deseo. Entonces ahí entro yo mételeconcandela-mami-mételeconcsandela, sudando, bailando, bailando contigo pendejo rico; repitiendo el mismo paso una y otra vez. Mientras tanto, Daddy hace como que no nos ve, como si realmente estuviese a la altura de un rey.

Cae el confeti y el sudor hace que se nos pegue en la piel; somos pequeñas piñatas dando vueltas por el espacio, moviéndonos esquizofrénicos, sacándonos de encima el cansancio y los trozos de papel.

Vuelve Yandel y ambos cantan. Voy donde Pedro, mi amigo (de la foto) que ha resistido impecable: “¡Mira, son dos y nosotros también somos dos!”. Les bailamos como enfermos, los increpamos con los brazos. Los dejamos, nos soltamos. Vuelvo al baile sola. Escucho las voces coreando algo que me sé de memoria, pero me quedo callada, prefiero escuchar esas palabrotas que nada tienen que ver con lo que siento. Estoy sola en medio de algo. Solísima tal y como todos los que cantan frente a alguien que no está atento a lo que sucede, alguien que no los ve. Sola frente a esos cuerpos que se arrojan, se tocan, se soban y cantan a todo pulmón; solos frente a este escenario que ocupa alguien que todos inventamos.

Los chicos levantan pancartas, banderas, gorros, cintillos y hasta dibujos a mano alzada con el rostro del Daddy: ellos sabían -desde antes- que en esto estaban solos. Pero yo no, yo tuve que llegar hasta aquí, a esta zona privilegiada para saber de mi soledad y mis deseos. Tuve que llegar hasta aquí para saber que Daddy Yankee está agotado y que este concierto cierra algo que se parece mucho a mi adolescencia.

@andreiii