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Cultura

Viajé al corazón de la paranoia norteamericana: un rally de Donald Trump

El simple hecho de escuchar de su propia voz: "Make America great again!", hizo que un doloroso y penetrante escalofrío de pánico recorriera toda mi piel de manera inesperada como una descarga eléctrica.

por Álvaro Céspedes
26 Agosto 2016, 3:00pm

"Trump cambia de estrategia para contrarrestar su caída en las encuestas", era el encabezado de la nota que leí este lunes en el periódico The Dallas Morning News.

Éste era un breve recuento sobre la manera en que Donald Trump, en el marco de un giro en su campaña después de caer en las encuestas ante Hillary Clinton, ha pasado de la errática y exagerada improvisación en sus discursos, a leerlos en un prompter durante sus actos de campaña.

Así, pasando de manera desinteresada una nota más del aspirante a la Casa Blanca, encontré, casi al final del artículo, un párrafo que me hizo abrir los ojos, emocionado: "Trump tiene programado un acto de campaña el martes en Austin...".

Instantáneamente, mi curiosidad me llevó a seguir las sencillas instrucciones de una página de internet para asegurar mi registro y asistir al multitudinario evento en el cual creí que, simplemente por mi nacionalidad, no sería bienvenido.

Soy mexicano, pero hace poco me mudé a la ciudad de Austin para estudiar en la Universidad de Texas. Por lo poco que he visto, la gente de esta ciudad es abierta, relajada y dispuesta a aceptarme como uno más de los millones de migrantes que ensanchan el pintoresco paisaje étnico y cultural que es Estados Unidos.

Sin embargo, la continuidad de esta heterogeneidad cultural y migratoria ha entrado en una etapa de incertidumbre, después de que el multimillonario empresario Donald J. Trump se lanzara como candidato del partido republicano para las elecciones presidenciales estadounidenses.

Con la promesa de levantar la economía al asegurar la permanencia de la fuerza productiva dentro de Estados Unidos y a los inmigrantes, Trump se ha ganado la confianza de millones de personas.

Tomé el autobús y me alejé mucho del Austin que conozco. El tráfico impidió que el chofer avanzara más de unos metros en 15 minutos, así que decidí caminar el último tramo. Decker lane es el nombre de la calle que da entrada a Luedecke Arena, el lugar donde se llevaría a cabo el rally. Al acercarme a la entrada, después de caminar medio kilómetro entre los coches que esperaban pacientemente el acceso para ver a su candidato, encontré una cantidad modesta, pero muy presente, de manifestantes en contra del candidato.

Me llamó la atención un tipo disfrazado del Guasón, con una máscara que asemejaba la cara de Trump. Me contó que solamente estuvo dentro del recinto durante siete minutos antes de que la policía lo echara.

"Estaré vestido como el Guasón, pero, ¿qué no son un chiste estas elecciones? Un candidato poco serio que dice cosas seriamente odiosas. Esto no es lo que necesitamos en este país", me comentó.

Entré a un kilométrico espacio de estacionamiento, repleto de incontables filas de camionetas y uno que otro monster truck.

La cantidad de carpas y puestos vendiendo todo tipo de parafernalia en apoyo a Trump me recordó a cualquier concierto en el Palacio de los Deportes. "Parece que ya está comenzando a crear trabajos", escuché decir a un hombre detrás de mí en la fila para entrar al evento.

La fila para pasar el arco de seguridad controlado por el servicio secreto de los Estados Unidos era larga y todos nos encontrábamos bajo un sol que hacía que la temperatura rebasara los 32 grados centígrados.

No obstante, la emoción de la gente era clara como el agua.

Al pasar el área de seguridad, noté algo curioso. No existe un deporte que represente de manera más atinada el folclor del sur de Estados Unidos como el rodeo. Fue increíble enterarme que el recinto donde tendría lugar el carnaval del candidato republicano fuera nada más y nada menos que en una arena de rodeo.

¿Recuerdan la escena en que Borat canta el himno de su país usando como melodía el himno nacional de Estados Unidos para dar comienzo a un rodeo? Al entrar a este lugar me sentí exactamente igual: un absoluto intruso.

Como un intruso nervioso, entre miles de moscas y una temperatura casi asfixiante, exploré brevemente el lugar, me relajé un poco y encontré dos o tres personas que se veían igual de desconcertadas que yo.

Me acerqué a platicar con Sean, migrante chino de 26 años. Admitió no estar convencido de su voto, pero, irónicamente, compartía plenamente las propuestas que Donald Trump propone contra la inmigración.

Me encontré con Mohammad, un joven musulmán que usaba una playera con la palabra "coexist" escrito con diferentes símbolos religiosos. Platiqué con él mientras un hombre en el estrado gritaba "Nunca se llevarán mis armas. ¡Nunca!", como una especie de talento abridor antes de que llegara Trump al lugar.

"Creo que soy el único musulmán aquí, pero quizás tú no seas el único mexicano. ¡Él tiene la capacidad de atraer a la gente aprovechando su miedo y su odio! Este es uno de los aspectos más peligrosos de Donald Trump".

Después me encontré con estos dos chicos, que tampoco tenían el perfil convencional del afiliado republicano. El único comentario que quisieron compartir conmigo fue un sincero: "Fuck Donald Trump".

Decidí cambiar mi movida e ir con aquellos que se veían como verdaderos simpatizantes de Trump: esos que he visto en tantos videos que mis amigos comparten en redes sociales, haciendo comentarios racistas, misóginos, homofóbicos, insultantes e intolerantes contra prácticamente cualquier minoría.

Rich, un trabajador de la industria de la computación de 45 años, abrió diciendo que compartía las ideas de Donald Trump en todo. Le dije que yo era mexicano, y le pregunté si mi estancia en su país le representaba una amenaza directa en contra suya o para Estados Unidos. "Seas legal o ilegal, de cualquier forma es posible. No es una amenaza para mi seguridad laboral, pero lo es para mucha gente", me comentó.

Al platicar con Pepper, un estudiante de 19 años, la reflexión que me compartió el joven musulmán cobró aún más sentido. "Trump no tiene miedo de hacer las cosas. Él no se va con esa mierda de litigación en Washington. Tenemos gente en otros países que nos quieren matar. También tenemos una deuda que nos dejará en la bancarrota."

Su padre, que lo acompañaba al evento, intervino con la siguiente afirmación: "No nos gustan los migrantes ilegales. Tenemos que proteger nuestro país. ¿Cómo sería si aceptáramos a todos los migrantes del mundo? ¿Qué causaría?"

"¿Y consideras fundamental el derecho a portar armas?", pregunté. "Yo creo en la segunda enmienda por la razón que está ahí, que es nuestro derecho protegernos del gobierno. Mira lo que pasó en la Alemania nazi, mira lo que pasó en la Rusia comunista. ¡Sus gobiernos tiranos oprimían al pueblo! Nosotros no queremos eso", dijo.

Y creo que este es justamente el punto que quiso dejarme claro Mohammad. Trump tiene la capacidad de manipular el miedo de la gente, y aunque esa persona no esté siendo atacada directamente por aquello que dicen temer, hay una idea común que dicta que es mejor cuidarse de una amenaza que puede estar presente para los demás.

Poco tiempo después se escuchó el coro de "You can't always get what you want", esa épica canción de los Rolling Stones que Donald Trump recientemente escogió para dar inicio y término a sus actos de campaña.

Corrí para asegurar un buen lugar entre la multitud y conseguí estar cerca de la valla de seguridad, a unos metros del tan esperado magnate de Nueva York.

Su discurso fue largo, aburrido y repetitivo. Constantemente interrumpido por cánticos nacionalistas ("U.S.A.!, U.S.A!, U.S.A.!"), cánticos en contra de Hillary Clinton ("Lock her up!, lock her up!) y ensordecedores homenajes con gritos y aplausos, Donald Trump repasó todas esas promesas de campaña a las cuales ya nos tiene acostumbrados.

Repitió su plan de construir un muro a lo largo de la frontera con México, que sean los mexicanos quienes se encarguen de pagarlo, creará millones de nuevos trabajos, combatirá el crimen, brindará seguros a los veteranos, y un sinfín de propuestas sin detenerse a plantear cómo lograrlo.

Su presentación fue brevemente interrumpida por un hombre que llevaba una playera de Hillary Clinton, quién gritó algo que no logré escuchar directamente. La policía lo sacó inmediatamente del lugar y Trump volteó a ver hacia su dirección con una sonrisa burlona: "Déjenme decirles que los manifestantes de Bernie Sanders tenían mucha más energía", dijo mientras el público explotó en risa.

En la totalidad de la noche, no sentí miedo en ningún momento, más que al escuchar los últimos comentarios del posible próximo presidente de Estados Unidos.

De manera pausada, reflexionada y plenamente calculada, dijo a gritos entre la feroz ovación: "Seremos una nación. Seremos un pueblo. Compartiremos un gran futuro. Será, otra vez, América al principio. ¡Haremos a América orgullosa otra vez!, ¡haremos a América próspera otra vez, ¡haremos a América segura otra vez! Amigos, ciudadanos y compatriotas americanos. ¡Haremos a América grande otra vez!"

Y el simple hecho de escuchar de su propia voz el eslogan que tantas veces he leído, escuchado y visto, "Make America great again!", hizo que un doloroso y penetrante escalofrío de pánico recorriera toda mi piel de manera inesperada como una descarga eléctrica.

Entre gritos de emoción, Trump desapareció al cruzar una cortina de terciopelo azul. Con su salida, el ánimo de la gente se volvió más alegre y victoriosa.

Encontré a un tipo con una camisa que combinaba su apoyo a Donald Trump con su afición a los Grateful Dead. Le pregunté si Jerry García votaría por Donald Trump, "¡Por supuesto que sí! Y está vivo, ¿sabes? Solamente está en otro planeta".

Sobra decir que discrepo rotundamente con ambas afirmaciones.

En el estacionamiento me encontré con dos adolescentes que regalaban copias en CD de su mixtape, y al preguntarles si podía tomarles una foto, inmediatamente hicieron The dab.

Caminé mucho tiempo para poder encontrar un autobús que me regresara a casa. Después de presenciar personalmente tal espectáculo, salí con algunas conclusiones en la mente.

Donald Trump es un hombre que puede manipular masas al decirles exactamente lo que quieren escuchar. Así mismo, es un hombre que tiene la capacidad de sacar el odio de la gente en un país que camina hacia la supresión de dicha intolerancia.

Me encontré con gente que está dispuesta a arriesgar décadas de caminar hacia adelante en el camino de la sana convivencia, por la promesa de apaciguar su constante estado de temor. Me queda claro que este temor tiene muchas formas distintas su propio gobierno, extremistas musulmanes, migrantes mexicanos, una quiebra financiera, etcétera, etcétera, etcétera.

Caminando entre el tráfico nocturno hacia la parada de bus, me crucé con tres jóvenes latinos. Eran tres migrantes hondureños, no mayores de 20 años, que trabajan como carpinteros.

Les pregunté si tenían alguna opinión sobre Donald Trump. Entre risas sinceras, uno de ellos contestó en español: "ese loco nunca va a ganar, man".