Salud

Pasé 80 días haciendo abdominales y mi vida se fue al carajo

Perdí trece kilos y mucha grasa corporal, pero me costó mi vida social, mi relación y cualquier otra alegría.

por Graham Isador
12 Enero 2018, 5:28pm

Before and after images by Nicole Bazuin.

Hay una foto de Hugh Jackman que ha estado circulando desde hace tiempo en internet. Es una comparativa del antes y el después del físico de Jackman en la primera película de X-Men con el que tenía en una de sus últimas películas de la franquicia. En la primera imagen, el actor está medianamente musculoso y tiene un estómago plano. En la segunda, Jackman parece un personaje de dibujos animados: se le marcan todas las venas y tiene un torso que parece una letra V deshidratada. Hay comparaciones físicas de fotos de La Roca antes y después de su éxito en Hollywood. Chris Evans en The Fantastic 4 comparado con Chris Evans en Capitan America. Hasta Paul Rudd —cuya carrera está basada en la representación del hombre común y corriente— tiene fotos del antes y el después.

En Hollywood se han vuelto comunes las transformaciones físicas, y han coincidido directamente con el surgimiento de las películas de superhéroes en el cine comercial. Se espera cada vez más que los protagonistas se parezcan a los personajes de cómic que interpretan. Ha redefinido nuestro concepto ideal del cuerpo y de quién está y no en forma.

El mejor ejemplo de esto es Chris Pratt. La transformación del cuerpo de Pratt para The Guardians of the Galaxy dominó la prensa de ese momento: de comediante gordito a protagonista de cuerpo hercúleo. Lo que decía todo el mundo es que antes de que tuviera el abdomen como lavadero, su cuerpo era para echarse a llorar. Pratt era el típico hombre descuidado y fuera de forma.

Si ha pasado un tiempo desde que viste fotos (o GIF) de la era de Pratt de Parks and Recreation, haz click en uno de los enlaces. ¿Sorprendido? A pesar de lo que nos han vendido una y otra vez, tiene un aspecto bastante normal. Pratt, antes de ser Starlord, se ve mejor sin camiseta que la mayoría de hombres que conozco. Si ese es el estándar, ¿qué nos queda al resto de nosotros? Es suficiente para jodernos la cabeza.

De pequeño tenía problemas de peso. Al entrar en la pubertad llegué a pesar hasta 105 kg, y a los once años me gané el cruel apodo de “niño con tetas”. Los comentarios de los otros niños me dejaron con un trastorno alimentario grave cuando llegué a la adolescencia. El peso se volvió una obsesión.

Aunque he pasado mucho tiempo hablando con terapeutas sobre imagen corporal, sigo sufriendo muchos de los efectos de mi trastorno alimentario en todos los aspectos de mi vida, desde mi ligera adicción a los refrescos light hasta mi increíble habilidad de terminar un paquete de patatas fritas sin importar el tamaño que tenga. Ese historial complica mi relación con la comida y el ejercicio y, en algunos momentos, también baso mi autoestima en mi aspecto cuando estoy desnudo.

A principios de este año, durante una desventura que viví mientras investigaba para un artículo, caí en un agujero negro de vídeos de ejercicio de YouTube. Me pasé horas viendo a personas que solían ser gordas hablando de la alegría que les traían sus nuevas figuras; a pseudocientíficos ofreciendo pastillas milagrosas y batidos. Incluso estuve viendo monólogos motivacionales de películas con bandas sonoras de nu-metal.

Todo eso me hizo preguntarme qué tendría que hacer yo para llevar a cabo ese tipo de transformaciones. Aunque prácticamente me había resignado a la idea de que los abdominales marcados eran algo que sólo le pasaba a los demás —como ser millonario o enamorarse—, quería saber si, dando todo de mí, podría lograr tener un buen six en el abdomen. Y, además, dado mi historial, ¿debería molestarme en intentarlo?


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Esas preguntas rondaron mi cabeza durante meses mientras hacía cuarenta minutos de bicicleta, o me daba un atracón de tacos a media noche, borracho. Volvía a ver vídeos de transformaciones físicas y empecé a buscar páginas de internet sobre dietas y nutrición. Cuando se lo mencioné a mis amigos, me mostraron sus dudas de forma respetuosa. Les preocupaba que el dedicar una franja de mi tiempo a perder peso y romper viejas costumbres me pudiera dejar en un pésimo estado.

Sugirieron un enfoque más práctico, pero la verdad es que toda mi vida adulta había intentado ese enfoque práctico: ya voy al gimnasio un par de veces a la semana; tomo batidos de proteína; he visto vídeos de yoga que algunos exluchadores promocionaban e incluso he intentado una cosa que se llama insanity, un programa que, según entendí, promueve la pérdida de peso a través de una combinación de actitud positiva y dar saltos. No quería más enfoques casuales. Quería marcar abdominales.

Mi app de Fitness Pal

Después de meses de deliberación, finalmente me decidí a llevar a cabo una transformación física. Escogí la de los abdominales en ochenta días. Quería tener resultados notorios en un periodo de tiempo que pareciera difícil pero posible. En el transcurso de once semanas y media logré estar en la mejor forma de toda mi vida. También logré aislarme de las personas más cercanas a mí, causar gran daño a mi relación y cagarme encima. Dos veces. Lo siguiente es el relato de mi intento de tener al abdomen definido en ochenta días:

Semana uno: 95 kilogramos, 22.3 por ciento de grasa corporal.

Para asesorarme en mi transformación corporal pedí ayuda al experto en acondicionamiento, Geoff Girvitz. Girvitz es el dueño de Bang Fitness, un gimnasio que ha ayudado a todo tipo de personas a conseguir sus objetivos, desde mamás hasta luchadores profesionales. Lo conozco desde hace mucho. Es un tipo paciente, sabio y astuto. Como el señor Miyagi, si el señor Miyagi fuese un personaje de Wes Anderson. Si alguien me podía ayudar a alcanzar mi objetivo, era él.

Cuando hablé con Geoff por primera vez, me dejó claro que bajo circunstancias normales, él no se habría hecho cargo de este proyecto. Como mis amigos, él era partidario de un acercamiento a largo plazo: inculcar a los clientes pequeños hábitos saludables resultaba en cambios más notorios y duraderos. Mi cambio rápido crea expectativas irreales. Me hizo saber que era más posible que esto terminara en un aprendizaje en vez de un six-pack. Aun así, Girvitz accedió a crear una rutina y un plan de dieta general, con la advertencia de que debía ser honesto con él.

Cuando comenté a Geoff lo de mi tema con el cuerpo, él me hizo un par de preguntas. ¿Por qué quería tener abdominales, en primer lugar? Respondí murmurando unas frases medio ensayadas sobre dedicación y sobre el valor de salir de la zona de confort. ¿Qué creía que tenía la gente con abdominales que yo no tuviera? Dije que quería sentirme más atractivo y quería mejorar mi vida sexual. ¿Estaba usando los abdominales como un sustituto de la confianza? Seguramente, pero ¿no es lo que hacemos todos? Geoff sacudió la cabeza y soltó una carcajada. Me pidió que me subiera a la báscula.

La báscula en Bang Fitness es metálica y brillante, y está conectada a una computadora rudimentaria que, de alguna manera, parece del pasado y el futuro al mismo tiempo. Cuando uno se sube en ella, hace un sonido divertido. La computadora luego muestra una serie de gráficos que reflejan el peso total, el porcentaje de grasa corporal y la masa corporal magra. Los gráficos se imprimen y se dan como souvenir de la experiencia.

Me informaron de que mi peso en el día uno era 95 kilogramos. Mi grasa corporal era del 22.3 por ciento. Geoff revisó las cifras y me dijo que marcar abdomen no sería posible a menos que redujera la grasa corporal a la mitad. Empecé a imaginar cómo me vería, pero me distraje con el sonido de la báscula.


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Al día siguiente se tomó la foto del antes con la fotógrafa y directora Nicole Bazuin. Bazuin, aburrida de las típicas fotos de ejercicio, sugirió que tuviéramos un tema para la serie. Nos decidimos por la comida empaquetada. A lo largo de dos horas estuve echándome doritos por todo el cuerpo. Saqué panza y la bañé en refresco de naranja. Nos decidimos por la iluminación menos favorecedora y los peores ángulos.

Era como una sesión de fotos en donde el objetivo es que yo tuviera un aspecto completamente “incogible”. La sesión en sí fue muy divertida. Hasta ese punto, en todas las fotos que me había hecho en mi vida había intentado salir bien. Encontrar posturas horribles e intentar salir lo peor posible fue liberador. Además de todo, estaba de buen humor. Pero cuando Nicole me mostró las tomas todo cambió. No sé qué esperaba, pero las fotos eran grotescas. Intenté recordarme a mí mismo que esa era la idea, pero por dentro temí haber cometido un terrible error.

Semana tres: 93 kilogramos, 20.5 grasa corporal.

Tardo 45 minutos en llegar a Bang Fitness desde mi casa. Seis días a la semana me levanto a las 7:30 y lidio con un bus más lleno de lo que debería, luego el metro y después un tranvía. Cuando llego finalmente al gimnasio, paso una hora y media levantando y bajando cosas pesadas.

A veces empujo alguna cosa o me mantengo en posición de plancha hasta no poder recordar lo que se siente al no estar en esa posición. Todo lo que consumo está conectado a una aplicación en mi móvil, de modo que el por qué, el cuando y el qué de mis decisiones alimentarias puedan luego ser evaluadas. La alegría de comer es reemplazada por una funcionalidad austera.

Antes de empezar el proyecto, no era consciente de cuánto de mi vida social giraba alrededor de la comida y el alcohol. Fuera del trabajo, la mayoría de mis interacciones con otros humanos se dan en bares o restaurantes. Aunque la parte del consumo de estas interacciones suele ser secundaria, abstenerme de ciertas cosas —el alcohol no está permitido en la dieta, que tampoco deja mucho espacio a carbohidratos— me aisló de una manera que no esperaba. En ninguna faceta es más claro esto que con mi novia.


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Como ella también escribe, entiende que debo crear contenido para trabajar, pero rápidamente se cansó de mi proyecto. Mis nuevos hábitos limitaban adónde podíamos ir juntos. Arruinaron las noches, que era el momento en el que hablábamos sobre cómo nos había ido en el día, y nos relajábamos. E hicieron de la cocina algo muy difícil para los dos.

Una mañana estaba levantándome de la cama de mi novia, haciendo esfuerzos para llegar a tiempo al gimnasio, cuando de repente ella me preguntó si creía que el proyecto de los abdominales sería más fácil si estuviera soltero. No sabía si era sólo una pregunta o una amenaza. Me explicó que ella estaba contenta con mi físico. Dijo que me veía cansado y estresado. Se preguntaba si lo que yo estaba haciendo era saludable y me preguntó si debía preocuparse. En respuesta, le di un beso en la frente. Tenía que irme. No quería perder mi cita con el entrenador.

Semana cinco: 93 kilogramos, 21.0 grasa corporal.

La quinta semana me cagué encima. Pasó sin ninguna advertencia previa. Estaba llevando la ropa de la lavandería a casa —ir al gimnasio seis días a la semana significa que tengo que estar yendo a la lavandería constantemente— y de la nada, salió de mí. Sin explosión. Sin sonido. El pedazo solitario salió sin trabas y se depositó en mis pantalones. Mientras caminaba como un pato por media manzana hasta mi apartamento intenté entender qué parte de la nueva dieta había causado que me cagara encima.

¿Sería la col? ¿La proteína adicional? ¿El estrés? También me pregunté si cagarse en los pantalones era una parte normal del proceso de tener músculos. Tal vez era una tendencia de la que podría aprovecharme. Cómo perder peso perdiendo el control de tus esfínteres.

Aunque intenté tomármelo como un chiste, la vergüenza de haberme cagado se sumaba al hecho de que mi última pesada fue mala. Había aumentado mi grasa corporal. En las transformaciones de YouTube, ganar grasa corporal era resultado de un error: unas cuantas noches de fiestas, un evento de trabajo del que uno no se puede zafar, o una actitud de “a la mierda” en la que uno termina comiéndose una pizza entera. Pero yo no había cometido ningún error. O al menos ninguno que fuera obvio. No había faltado a los entrenamientos, estaba tomando mis vitaminas, y lo más cerca que estuve de fallarle a mi dieta fue con unas minigalletas. Había estado dando todo de mí. Como resultado, perdí dos kilos.

Semana siete: 92.5 kilogramos, 19.4 grasa corporal.

A lo largo del experimento, Geoff y yo teníamos revisiones semanales. Habíamos desarrollado un guión, prácticamente. Él veía las gráficas de la báscula mientras yo bromeaba sobre cómo mataría por una sidra, lo mucho que extrañaba el pan —más que a algunos parientes muertos—, o cómo las sentadillas se sentían como si las piernas quisieran emanciparse del cuerpo violentamente. El tono de esas reuniones había sido amigable y jovial, pero a mediados del proyecto las cosas cambiaron. Entré a la oficina para nuestra revisión semanal. Colapsé en una silla e intenté contar un chiste después de haber quedado sudoroso y destrozado en una de las máquinas. Geoff estaba callado. Cerró la puerta detrás de él y empezó.

Comenzamos con las buenas noticias. Sin tener en cuenta el contexto del reto, mi progreso había sido genial. Geoff aplaudió mis cambios en la dieta y mi consistencia en los entrenamientos. Dijo que admiraba mi curiosidad y mi capacidad para llevarme al límite. Luego pasamos a lo duro. Si quería llegar a tiempo a unos abdominales que se notaran, iba muy atrasado en el calendario. Geoff sacó la aplicación de comida y mostró las inconsistencias. Señaló lo miserable que me había visto las últimas semanas y me preguntó abiertamente si los resultados que buscaba valían ser así de miserable. Dijo que no le molestaría detenernos aquí.

Le dije, de la mejor manera posible, que renunciar no era una opción. Como escritor autónomo, abandonar este tipo de proyecto después de dos meses sería devastador, financieramente hablando. Le dije que si renunciaba en este momento, las fotos de Antes me atormentarían cada vez que intentara hacer ejercicio. Hice una lista de todos los sacrificios que había hecho por este experimento estúpido y le dije a Geoff que todo ese sacrificio tenía que valer algo.


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Geoff me recordó que mis circunstancias no eran normales y me recordó los comentarios que había hecho antes sobre cómo las transformaciones físicas nos daban impresiones distorsionadas de lo que significaba estar en forma. Luego me volvió a pregunta: ¿Por qué quieres tener abdominales?

No tenía una buena respuesta. Si se suponía que perder peso me haría feliz, no estaba funcionando. Si se suponía que iba a mejorar mi vida sexual, no debería distanciarme de mi pareja. La confianza que había ganado se desintegró cuando me cagué en los pantalones. No sabía que esperaba con esto. Solo sabía que por alguna razón tenía que seguir.

Después de la reunión, Geoff y yo nos reorganizamos e hicimos una estrategia de los siguientes pasos. No sabía si a esas alturas iba a conseguir el abdomen deseado, pero si hacía el doble debería lograr un gran cambio. Con esa conversación empecé a pesar mi comida. También fue con eso que empecé a ir al gimnasio dos veces al día.

Semana nueve: 90,.5 kilogramos, 18.1 grasa corporal.

Por la mañana tengo mi rutina de pesas en Bang. La noche la paso en una máquina de steps, impulsándome constantemente hacia arriba durante horas sin ir a ninguna parte. Me siento como Sísifo. La máquina está en el gimnasio de un centro comercial decadente. Para llegar a él desde mi casa tengo que pasar por dos tiendas de donas y un McDonald’s. El día que me inscribí, el gimnasio estaba regalando pizza.

Toda mi comida ahora viene de un servicio a domicilio hecho especialmente para deportistas. Los miércoles y domingos envían unos pequeños contenedores de plástico llenos de carnes y hortalizas verdes y gruesas cuyos nombre ni siquiera conozco. Sabe todo tan bien como te imaginas.

El proyecto de los abdominales se ha convertido en lo que define mi vida. Mi horario lo dicta cuándo voy al gimnasio y cuándo como. Mi vida social está en paro, aparte de una que otra visita de mi novia por las noches. A pesar de que yo estoy siguiendo un plan y ella tiene que entregar un guión, son pocas las veces que nos vemos. Me siento solo.

Todo el tiempo estoy hambriento e irritable. Sin embargo, el nuevo plan funciona. Por primera vez en muchos años he bajado a noventa kilos. Mis lonjas se empiezan a encoger y puedo ver cómo se forman estrías en las áreas en las que cargo más peso. Geoff ha sido muy alentador con respecto a los avances. Dice que por fin empiezo a entender el esfuerzo que requiere un six-pack.

Una noche, después de un entrenamiento de medianoche en el gimnasio, me encuentro solo en el vestuario. Me ducho y luego me quedo de pie desnudo frente al espejo unos minutos. Es la primera vez, desde que empecé el proyecto, que realmente me miro a mí mismo. Después de todo ese esfuerzo, y ha sido mucho esfuerzo, desde el espejo me devuelve la mirada un tipo medianamente en forma. Es decepcionante. Me puse de lado y metí la barriga, buscando costillas de la misma manera que lo hacía cuando vomitaba después de una comida. En la pared morada, al lado del espejo, hay un dibujo gigante que dice Zona libre de juicios.

Semana diez: 85 kilogramos, 17.2 grasa corporal.

En la semana diez me volví a cagar. Para sobrevivir a los últimos días del proyecto, Geoff me puso en contacto con un doctor que trabaja principalmente con competidores de fisiculturismo. El doctor me explicó por teléfono los detalles de la nueva dieta. Consistía, en su mayoría, en pechugas de pollo, espinaca y miedo. Para la energía tomaba una mezcla de aspirinas, efedrina y pastillas de café. Mis entrenamientos dos veces al día continuarían y me pesaría a diario para evaluar mi progreso.

El segundo día del nuevo programa, eufórico por la mezcla energética y el batido de proteína y hierbas, fui al gimnasio a hacer sentadillas. Con una barra pesada a mis espaldas, bajé todo lo que pude. Mientras que la cagada anterior había descendido de mis intestinos como un murmullo sale de una boca, esta nueva cagada fue como un grito mojado. Podía olerme a mí mismo conforme subía para terminar el ejercicio. Fui hasta el vestuario y me duché.


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La nueva dieta dejó todo en menos de 1,300 calorías diarias. Aunque consumía mucha comida (250 gramos de proteína y menos 30 gramos de carbohidratos las dos últimas semanas), el régimen me pareció otro trastorno alimenticio.

Inicialmente, el plan que empecé en Bang, así como el ritmo, parecían algo difícil pero asequible. Llevarme al límite y obtener resultados rápidos simplemente parecía una forma aceptable de mi enfermedad. El día que me cagué por segunda vez también publiqué en redes sociales una foto de mí en el gimnasio. Mi móvil estaba lleno de mensajes de validación. La gente me decía que tenía un aspecto increíble. Me hizo sentir bien.

Imagen por Geoff Girvitz

Semana once: 82 kilogramos, 15 por ciento grasa corporal.

Para la última semana del proyecto había perdido 13 kilos y había reducido mi grasa corporal un tercio. Pero los abdominales seguían sin aparecer. Los últimos días antes de la sesión de fotos había tenido problemas para dormir. En lugar de descansar me puse a mirar cosas en el móvil y acabé viendo los vídeos que habían despertado mi fascinación por las transformaciones físicas. Intenté ver un par de clips diferentes antes de apagar el móvil y dormir en la oscuridad. Pensé en la inevitable sección de comentarios que acompañarían este artículo. Troles burlándose de mi físico y comentarios diciendo que pude haberlo hecho mejor.

Pensé en cómo el equipo de Bang me había ayudado con el proyecto y me preocupé pensando que el no tener un six-pack los haría quedar mal. No tenía nada positivo que decir con respecto a la imagen corporal o con ponerse en forma. El proyecto empezó difícil y siguió siendo difícil todo el tiempo. Al final no logré mi objetivo y creo que no valió la pena.

En mi última revisión con Geoff, me preguntó si obtuve lo que quería del proyecto. Intenté poner buena cara pero la negatividad me consumía. Despotriqué de los medios por sus representaciones falsas de los tipos de cuerpos y le dije que Chris Pratt era un cabrón. Geoff soltó una carcajada y me dio un consejo: la gente asume que las transformaciones físicas son un tipo de fórmula milagrosa para curar la tristeza, pero no lo son. Pero incluso sin abdominales, perder tanta grasa corporal es algo que la gente comenta mucho. Hice muchas mejoras. Debería celebrar eso. Al salir de la oficina, Geoff me dio una palmada en la espalda y una galleta de proteína. Dijo que me la había ganado.

Al día siguiente fue la sesión de fotos del después. Nicole, nuestra fotógrafa, se esmeró para que saliera muy bien. Para contrastar el tema de los nachos de la sesión de fotos inicial, compramos muchas hortalizas para posar en esta. Antes de prepararlo todo, el técnico de iluminación se tragó una hamburguesa y un Kit Kat extragrande. Con el aroma de la comida rápida en el aire, me puse a hacer flexiones e intenté centrarme en el consejo de Geoff. Para bien o para mal, el proyecto terminaría en una hora. Finalmente, después de un rato, la sesión estaba lista para empezar. En ropa interior, flexioné los músculos y la cámara disparó. Vi las tomas. No está mal. Me sentí bien.

Fotos del antes y después por Nicole Bazuin.
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