Tirándole a las escopetas

El feminismo nos está llenando de miedo

—Ya ni siquiera invito a mis colegas mujeres a almorzar, me da miedo que me malinterpreten. —Me da pánico irme a hacer campo por eso. Imagínese a mi mamá pensando todos los días si me va a encontrar, si me violaron.

por Juliana Ángel Osorno
15 Febrero 2019, 4:30pm

Ilustración: Jimmy Palacio | VICE Colombia

Artículo publicado por VICE Colombia.

Tirándole a las escopetas no es una columna de opinión. Es un espacio de ficción en el que se abordan temas complejos relacionados con el feminismo. Ser feminista no es simple. No serlo, por más que nos duela a las feministas, tampoco lo es. Con esta columna no quiero convencer a nadie de nada, sino mostrar situaciones concretas en las que el género y el poder se ven enredados de maneras a veces cómicas, a veces trágicas, irritantes, dolorosas, ridículas. En un tiempo en que el género más leído es el post, y en que el maniqueísmo se tomó además de las redes, las presidencias, un poco de ficción para lectura rápida en el transporte público puede ser un grato limpiador de paladar.


Era un domingo de diciembre y el cielo en Bogotá era de un azul profundo y optimista. No se veía una nube. Los López Andrade celebraban el almuerzo de navidad con los amigos de la Universidad. En la terraza, las mujeres se encargaban del asado. Había morcillas, chunchullos, choricitos hidratados en cerveza, chatas rosadas abiertas en mariposa, bandejas de papas saladas humeantes y un balde de guacamole. En la sala, los hombres tomaban trago y oían discos de Hector Lavoe.

Después una miradita rápida y preventiva a la terraza, López, el anfitrión, puso a Sánchez, el antropólogo, contra la pared:

—Y entonces, Sánchez, ¿invitó a la pelada de la oficina a salir?

—Todavía no —se rió Sánchez a su pesar, mirando a los cuatro amigos que lo rodeaban, buscando un poco de amor—, la verdad, López, me da culillo.

—Pero usted había dicho que la vieja le copia —le ayudó Santiago, el literato.

—Yo creo que sí, pero es difícil porque trabajamos juntos y me da miedo que yo le caiga y me abran un proceso por acoso sexual, uno ya no sabe.

—Claro —dijeron los otros tres al unísono y con un cierto pesar.

—En su oficina las políticas afirmativas deben ser fuertes, ¿no? Siendo del estado —comentó Julián, el publicista. —En mi medio la cosa anda muy difícil porque todo se mueve mucho por redes sociales. Yo ya ni siquiera invito a mis colegas mujeres a almorzar, me da miedo que me malinterpreten. Lo he hablado con Ana, pero ella siempre se emputa y me dice que no puede uno ser tan pendejo de no saber distinguir amabilidad y acoso sexual, pero a mí igual me da como cosa.

—¿Y qué me dicen de andar en transporte público? —añadió López.

—¿Cuándo fue la última vez que usted se montó a un bus, López? —soltó el antropólogo en tono de burla.

—Pues el otro día me tocó ir en Transmilenio a la universidad y estaba llenísimo. Fue tortuoso pensar que sin darme cuenta podía estar muy cerca a alguien y que me lincharan. Me metí entre un grupo de tipos en el roscón del medio para evitar cualquier toque sin culpa, esa mierda va muy llena.

—Tampoco exagere. ¿Cuántas noticias hay de hombres linchados en un Transmilenio? Ni siquiera al tipo que se hizo una paja viendo a la mujer amamantar, y ese se lo podría haber merecido —acotó el literato. Los otros asintieron, y López levantó los hombros y las cejas como quien dice “pues yo no sé”.

Marcela Andrade pasaba por la sala cargando una fuente grande de mazorcas en su chuspa.

—¿Y a ustedes a qué funeral los trajimos o qué? Alégrense. La comida ya casi está lista.

Llegó tarareando a la terraza y cogió una conversación empezada.

—Parece que la reconocieron por un tatuaje —contaba Sara, la periodista, mientras volteaba la carne.

—¿De quién hablamos? —preguntó Marcela.

—Laura, la profesora española que salió a correr y la asesinaron, ¿no supo?

—¿La violaron además? —preguntó Ana Paula, la historiadora.

—Parece que sí. Me puse a pensar que es bueno uno tatuarse alguna cosa bien particular. ¿Qué tal que a uno además de violarlo le rompan la cara a golpes o le echen ácido? Es una medida preventiva de esos hijueputas —Sara hablaba con rabia.

—A mí me da pánico irme a hacer campo por eso. Imagínese mi familia, yo desaparecida y mi mamá, que ya está pésima, tener que pensar todos los días si me va a encontrar, si me violaron, si me dolió —comentó Ana Paula.

Sara se sacudió un corrientazo que le recorrió el cuerpo.

—¿Y a las que violan pero no las matan? La cantidad de porno que se vende de peladas violadas no tiene nombre, es una porquería. ¿Se imaginan? Uno vivir con el pánico de no poder denunciar porque el tipo lo tiene a uno amenazado con un video.

—Y peor, porque después usted denuncia y el juez dice que le estaba gustando, que por qué no lloró más, que por qué no gritó. El sistema es violador.

Lina, la artista, que estaba callada hasta ahora pelando mazorcas, soltó:

—Es por eso que yo me dejo las uñas largas.

Las otras tres la miraron pidiendo una explicación.

—Hace años leí que uno tiene que ser una buena víctima. Tiene que dejar marcas en el agresor y, si tiene suerte y le hacen caso y abren una investigación, es bueno tener ADN debajo de las uñas.

Todas se miraron las manos. Marcela, que era dicharachera además de inoportuna, quiso hacer una chiste:

—Con tan mala suerte que a uno además de violarla la descuarticen y un chulo se le coma justo el brazo que tiene tatuado y con el ADN. Ni los chulos son verdaderos aliados.

Se rieron con pesar. Era, en fin, una tarde de mucho sol, muy optimista.


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