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La columna rota

“Pídeme perdón, di que tú eres la única culpable”: Esther dejó a su agresor y se convirtió en activista

Una vez más te dejemos la historia viva de una mujer escrita por su propia mano, una más que sí logró salvarse.

por FridaGuerrera Villalvazo
21 Febrero 2019, 4:24pm

Una vez más te dejemos la historia viva de una mujer escrita por su propia mano, una más que sí logró salvarse. Salir de una relación de violencia no es fácil. Por eso cada una de las historias de mujeres vivas es contada por ellas. Es una celebración para quien escribe.

Esther

¿Cómo podría comenzar esta historia?

No es ningún cuento, ninguna fantasía como las que tanto le gusta a mi hija que le lea. Es una historia real, de una mujer fuerte, alegre, trabajadora, amorosa, y un sinfín de palabras que podrían definirme. Pero también me definía muy bien la depresión, los pensamientos suicidas, las ganas de dormir y no despertar nunca.

¿Sabes lo que es estar a veces en el cielo, y muchas otras en el infierno, en el mismo lugar? Te lo contaré:

La violencia comienza desde los seis años, cuando por primera vez en la vida conozco lo que son los abusos. Aunque yo no sabía que pasaba, esto terminó hasta muchos años después y eso me llevó a una temporada de depresión, trastornos alimenticios y una relación tóxica de dos años.

A los 15 años me entregué a quien me hizo sentir querida, atendida y que se preocupaba por mí. ¡Gran error! El camino siguió, sin guías, con tropiezos, grandes hoyos negros de dónde muchas veces sentía que no podría salir.

Un año después conocí a quien me enseñaría que el amor no se debe forzar, y mucho menos creer que se puede superar todo: En octubre de 2012 entré a trabajar en una tienda comercial gracias a mi hermana. Iba todo muy bien. Ahí, conocí a quien me llevaría al cielo y al infierno, todo dentro de la misma casa.

Recuerdo que Josué siempre llamó mi atención. Era serio, reservado, alto e hice todo cuanto pude para que se fijara en mí. Y así pasó. Recuerdo que yo le robé un beso un 8 de enero y comenzamos una relación. Sabía que tenía dos hijos, que vivía con mi madre y que obviamente tenía un largo pasado. Nuestro error fue no preguntar ni indagar más allá de lo que éramos desde el principio. Yo contaba la verdad a grandes rasgos, protegiéndome del daño que los hechos me habían generado, sin saber que dañarían todavía más en el futuro.

Después de un vaivén de emociones, seguíamos juntos hasta que un día recibimos la noticia de que seríamos papás. Todo ese tiempo yo había estado mucho más feliz que nunca. Había quien se preocupaba por mí de sobre manera, con quién pasaba horas al teléfono, con quién compartía gustos y podía ser yo. A finales de 2014 comenzamos a vivir juntos, “solos” a medias. A grandes rasgos, estábamos en el mismo lugar que su familia.

Yo estaba sola. Todos los míos estaban lejos. Fueron temporadas difíciles, en dónde esos secretos que yo había guardado iban saliendo a la luz y generaban enormes discusiones que terminaban siendo perdonadas para “superarlas” porque éramos una familia. Recuerdo las discusiones por mensajes a muchas mujeres en Facebook cuando yo tenía una bebé en el vientre, cuando ella apenas había nacido. Me rompió el alma, pero lo perdoné al final. Solo eran mensajes, ¿no? Recuerdo cada vez que me pedía perdón, cada vez que yo lo pedía, las veces que llegamos a arrodillarnos y a jurar que no volvería a pasar. Pero qué crees: volvió a pasar.

Considero que han sido los casi seis años más felices, más abundantes y sobre todo los más difíciles de mi vida. Cuando escribo estas líneas todavía sigo llorando.

Nunca sabemos que puede o como pueden pasar las cosas, pero debemos hacerle caso a la razón. Hoy entiendo que cuando algo va mal, siempre terminará mal. Asumo mi responsabilidad como mujer, pero no sé en qué momento se torcieron tanto las cosas.

Recuerdo que inició con una discusión y termino en una cachetada. Algo que siempre me ha caracterizado es que soy una persona que se cobra después lo que le hicieron. Y así fue.

Lo perdoné pero las discusiones seguían: por la limpieza, por la ropa, porque no podía ser una buena mujer, por qué tenía que hacer ejercicio, porque pasaba mucho tiempo en mi teléfono, y un largo etcétera. Después fueron más cachetadas, más insultos. El que más me marcó fue “¡Eres una porquería, está hecho una porquería!”, y así me lo creía. La diferencia era que los dos siempre hemos visto las cosas desde diferentes perspectivas y hasta la fecha tendremos ideas diferentes de lo que hicimos y cómo lo hicimos, quién daño más y por qué.

Los golpes continuaron. Dos veces me fui de la casa. Una vez intente suicidarme, pero me arrepentí. Solo empecé a cortarme como cuando era adolescente y eso disminuía el dolor del alma, pero volví. Incluso con tres costillas fisuradas y el alma rota, volví. Por mis hijos, por mí, porque yo era feliz, tenía todo, no nos faltaba nada y no volvería a suceder. Teníamos que ser mejores, pero no lo fuimos. Solo incrementados nuestro nivel de violencia física, emocional, económica. Hasta ahora entiendo que siempre infringimos cierto control el uno con el otro, y había muchas cosas más allá de nosotros mismos, que no superamos y que nos guardamos. Eso terminó devastando todo.

La gota que derramó el vaso

En 2018, después de una junta escolar, nos dirigíamos a la casa cuando comenzó a decirme cosas con respecto a la limpieza. Se me salieron las lágrimas después de escuchar “todo es una porquería”. Llegué y comencé a recoger, a limpiar, a pedir perdón, hasta que vi la ropa que días antes había tardado horas en doblar tirada en el piso desecha y me identifiqué: así estaba yo.

Le reclamé y en ese momento todo se acabó. Me golpeó, me cacheteó, me aventó contra un mueble, después a la pared. Le propiné un golpe bajo para salir corriendo pero me tapo la entrada. Me propinó la patada más fuerte que he sentido en mi vida. En ese momento supe que había hecho mal. Le rogué que me perdonará y tuve un ataque de pánico, pero comenzó a golpearme más. Me tiró a la cama y no podía respira. Comenzó a golpearme en la cabeza con el puño cerrado. Me repetía “pídeme perdón, di que tú eres la única culpable de todo esto. Por tu culpa soy así, tú me convertiste en esto. Tú eres la mala persona, tú me mentiste”.

Terminé repitiendo todas y cada una de las palabras para que me soltará. Me di por vencida e intenté huir. Recuerdo que entró al baño y salí corriendo con las llaves del coche. Se las di a su papá para que no pudiera ir a ningún lado. Hubo un momento en el que sus padres intervinieron para que dejáramos de discutir. Recuerdo su cara llena de lágrimas y el coraje en su mirada repitiendo: “Mama, yo no soy malo. Ella tiene la culpa. Ustedes no saben cómo es, todo lo que me ha hecho”.

“Sí hijo, yo lo sé. Sé que no tienes la culpa, sé que no eres así. Ya sé que es culpa de ella”, le respondió su madre.

En ese momento solo quería desaparecer. Los convenció de que hablaríamos y todo estaría bien. Yo sabía que no era así, que todo saldría mal.

Me arrastró por la sala. Me agarré de lo que pude porque no quería ir con él. Me aventó a la cama y seguía obligándome a escucharlo. Siempre tenía que escuchar lo que él tenía para decirme, y después de todo eso, entendí que no podría seguir ahí, que todo se había acabado. Sin embargo, alcancé a correr y encerrarme en el baño. Recuerdo que levanté el teléfono y me pedía, me exigía que llamara a una patrulla. Yo no quería sentí miedo de lo que pudiera pasar, pero el muy valiente me dijo que lo hiciera. Me retó y no lo hice, pero si pedí ayuda. Le llame a mi mamá, le dije que si no le llamaba en las próximas dos horas, se comunicará con Frida porque yo necesitaría ayuda. Sin embargo mi mamá no esperó y la llamo enseguida. Frida, aún estando en otro estado, se movilizó. Estuvimos en contacto, pero ese poco tiempo de diferencia bastó para hacerme entender que todo eso estaba mal, y que si no nos deteníamos, alguno de los dos terminaría mal.

Él le dejó en claro a mi madre, como siempre me lo había reprochado, que gran parte de la culpa era suya, por la forma en la que según él fui educada. Después de colgar en medio de toda la locura, entró al baño a la fuerza. Yo ya no tenía ganas de luchar, me había dado por vencida. En la mano tenía un cuchillo, pero como siempre la culpable debía ser yo. Lo tomó entre las manos y tomo las mías para que yo le hiciera daño a él. En un momento de distracción abrí la puerta y lo aventé. No pudo encontrarlo y siguió con el maltrato hasta que, cuando quiso, le dio fin.

Yo supe que ese era el punto final, que el cuento se había acabado, que la historia había llegado a su fin. El amor no terminó. Fue el amor de mi vida, con quién saqué lo mejor y lo peor de mí misma. Y todo lo que viví desató en mi la sed de vivir, de ser fuerte, de ser yo, libre, feliz porque no necesito a nadie más, solo a mí misma.

Me apagué un poco, pero me volví a encender, porque yo siempre puedo, siempre pude, y podré.

Las heridas, los golpes y los moretones no tardaron más de una semana en sanar. Los del alma no sé si algún día lo logré al 100 por ciento. Hoy tomo terapia psicológica, tengo atención psiquiátrica, medicamentos para controlar la ansiedad y la depresión, y un diagnóstico de trastorno límite de personalidad. Secuelas hay muchas en mí, en la confianza que no recuperaré hacia un “hombre”, en sepultar el “amor romántico” para siempre. Esa etapa de mi vida terminó, y ahora solo queda sanar y florecer.

Todas podemos, todas somos más fuertes. Pude contarlo, pero tal vez un mal golpe pudo llevar a la muerte, algún intento de suicidio pudo salir bien, pero sigo aquí, para todas. Porque nos merecemos ser respetadas, amadas, cuidadas, valoradas.

Tenemos que regresar sanas y salvas de la calle, pero más importante aún debemos permanecer sanas y salvas en nuestros hogares, con quiénes dicen amarnos y la mayoría de las veces creen tener el derecho de tomar nuestra vida en sus manos.

Josué: nuestros caminos permanecen unidos por una fuerza enorme, poderosa y hermosa. Hija: todo lo que tuve y todo lo que aprendí en casi seis años, me enseñó a valorarme y a luchar por mí misma y no bajar la cabeza NUNCA MÁS.


Porque te quiero viva; yo te creo. No juzgues, condenes o criminalices una relación así, salir con vida no es fácil y celebrar que lo están y sobretodo que compartan el cómo lo lograron es la base de esta parte de la columna rota.

Eres madre, padre, hermana, hermano, hija, hijo. De una mujer víctima de feminicidio, desaparición, o intento de feminicidio búscame, ayúdame a visualizarlas y contar su historia, o mándanos tú historia y ayuda a que más mujeres sepan cómo salir de eso. Voces de la Ausencia.

@FridaGuerrera
fridaguerrera@gmail.com