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Conoce a Robless, el verdugo de quimeras más frío del Norte

El originario de Chihuahua es uno de los talentos emergentes más interesantes del rap mexicano. Charlamos con él de ‘San Anddres’, su historieta personal a manera de su primer LP.

por Juan Carlos Rios; fotografías de Nicole Menchaca
18 Octubre 2018, 5:37pm

Todas las fotos de Nicole Menchaca

Vive el norte 1500 kilómetros al sur. Luis Fragachán dice que el norte es una quimera, pero la mítica bestia escupefuego detrás de este personaje podría estar escondida entre rascacielos y una densa capa de esmog.

Armando Robles. Robless. Bendecido en el apellido y en las skills. Artista antes que rapero, y una tercera parte de Genocyde, el crew de hip hop más relevante proveniente de los que fueron los nobles dominios de Pancho Villa.

Lo conocí cuando se hacía llamar Fat Robless. Había llegado a la capital desde Chihuahua junto al compa que me conectó con él (s/o Garu G). Venía a estudiar un par de semestres de la universidad, pero sobre todo a treparse a una escena de mayor seriedad. Rapeaba bajo lo que me parecía un rol de sidekick, aunque ya desde entonces era cadencioso con las vocales. Le perdí la pista.

Tres años después me lo encuentro en Metro Nativitas. Hace calor en la capital y me espera con su camisa de pana colgada en el hombro. La frontera de Chihuas resalta tatuada en el centro de su pecho. “Qué onda loco”, dice con acento norteño mientras le da bocados a un cono de helado.

Apenas en mayo pasado estrenó San Anddress, su primer disco gestado y producido enteramente por él, con lo cual vino la decisión de volver a la Ciudad de México, donde busca una segunda oportunidad para poner su proyecto debajo del ojo público, y de paso acabar con la quimera que habita su pequeño cuarto rentado en Tetepilco.

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La definición detrás de “intención” habla de un fin, una acción y una voluntad. El fin es sencillo de imaginar, la voluntad aparece casi por impulso, aunque la acción es la que termina por pintar la línea entre aquello que queda sumergido en lo más profundo del inconsciente, y aquello que logra llegar a lo tangible.

Vender un Xbox a los 13 años para comprar cartones de huevo y un micrófono es, bajo ese principio, una clara intención en proceso. Aún sin saber que ese sería su camino, Robless puso todos sus ahorros en la construcción de un pequeño estudio casero junto a dos compas que lo iniciaron al género.

“Cortamos la tabla roca para hacer la cabina y todo, medio chueco pero valiendo verga”, dice entre risas mientras le da una fumada al gallo vespertino. “Con ellos formé la Mafia LK, me enseñaron muchas cosas, fueron mis referencias musicales. Fueron como tres años juntos grabando y escribiendo diario en ese estudio enfrente de mi cantón”.

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Gordo LK era su sobrenombre en aquel entonces. Tumbado hasta los dedos del pie y con las clásicas rimas malandras del rap cholo habitando en su pluma. Síntomas comunes de un sonido importado por encima de un muro simbólico, y cuya naturaleza inmediata tuvo un desarrollo mucho más presto en las zonas cercanas al gabacho.

En ese sentido, no está de más decir que el norte fue por muchos años ––y aún se mantiene–– como el ecosistema de mayor abundancia para el surgimiento y crecimiento de nuevas semillas en el hip hop nacional. No obstante, Chihuahua se ha envuelto poco en el fenómeno, permaneciendo pasos detrás de lo que se crea en fincas como Monterrey y Hermosillo, por mencionar un par.

Aún con ello, de entre las dunas del desierto chihuahense ha surgido un 4x4 con cristales polarizados y bazookas de bajos amplificados. Genocyde es el nombre del colectivo que Robless forma junto a Rollie Tx, otro de los notables MCs surgidos de las áridas tierras del sotol, y Arthik, DJ y productor interminente en la clica.

La venerable trinca se ha afianzado dentro del under del género como un ente espectral que habita redes sociales y escenarios gracias a un sonido en donde destaca la crudeza y la lisergia propias del norteño empericado, logrando trasladar estos elementos a una estética visual bastante original, imaginada a través un hotel neón en medio de la sierra a la mitad de la nada.

“Yo me uní a ellos cuando ya tenían unos dos años de haber comenzado Genocyde. Ya estaba en una puñeta mental muy distinta a la de Mafia LK. Conocí al Rollie en un toquín y de ahí nos entendimos bien verga. Anduvimos en Saltillo, en Juárez, en varios lados armando paris, buscando lugares y conociendo gente”.

La historia particular de ‘Bless no puede entenderse sin la comparsa de Rollie, quien aún vive en Chihuas, y con quien colabora a la distancia en el que será la primer placa firmada por Genocyde como crew. “Sentimos que ya tenemos hecho algo, nomás pa’ soltarle las cadenas. Hemos tenido una vida bien recia, siempre hemos soñado con estar en las grandes ligas. Hemos dejado relaciones, familia, chingaderas en la vida por partirnos la madre con esto”.

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Al pensar en la vida más allá de la muerte, diversos credos y dogmas sueñan con un edén para descansar y vivir cuando se acaben los días terrenales. Sin embargo, parece que después de todo siempre hemos tenido nuestro propio paraíso.

“Chihuahua mi casa por ende mi edén”, dice en una de sus rolas. Su papá es de un pueblo no muy alejado de la capital del Estado, y la familia de su jefa es de tierras tarahumaras.

Habla de su casa a la lejanía. Una zona industrial alejada de cualquier manifestación artística, sin una plataforma cultural importante para el crecimiento de su ––y otros–– proyectos. Eso sí, la gente “vive recio, con mucho pari y mucho convivio siempre”.

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En uno de sus videos aparece algo que llama “la época de oro”, un periodo de tiempo que ha interpretado como aquel momento previo a la guerra contra el narcotráfico en que todo parecía ser perfecto, aquel momento en que Chihuahua era sinónimo de abundancia y la violencia parecía ser un fenómeno lejano.

Intento sacarle palabras de su experiencia como habitante de una de las zonas más feroces del México contemporáneo, pero me cuesta y le cuesta hablar de ello.

“Fue cuando tenía como 16 años que empezó todo el desmadre de inseguridad y la verga. A mi compa el Gangas de la Mafia LK le tocó estar en una mala situación y lo quebraron en el estudio. Fue un pedo complicado”.

Hasta ahora parezco entenderlo un poco. Acá no nos cansamos de escuchar temas de sangre y plomo, mientras que allá parecen haber superado esa depresión. “Estamos hasta la verga de tanta violencia. Antes éramos muy inconscientes, y ahora quien anda hablando mierda pendeja en su música nadie lo respeta”.

Surge la natural pregunta de la apología dividida con la realidad. “Hay gente que escribe cosas de ese tipo con el afán de compartir la maldad, ahí creo que está la diferencia. Los vatos que hacían corridos viejos siento que eran ignorantes sobre lo que escribían, como que había cierto grado de inocencia”.

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Habita una recámara donde solo cabe una cama y una mesa con su lap, su interfaz, su libreta y monitores. Es disperso, casi como sus tracks. Habla de una cosa y luego otra. Platicamos del orgullo de vivir la época de Balvin sobre Drake, de la responsabilidad que Joey Badass establece hay detrás de las ondas sonoras, y de las enseñanzas de estar en el distrito viniendo de otros lados.

Tocó la Ciudad por primera vez a los 15 años, cuando su hermano y uno de sus amigos más cercanos decidieron venir de paseo. “Recuerdo que nos metimos a Tepito y nos vieron bien turistotas o pendejos o no sé, y unos malandros nos vendieron a huevo un perro”.

Eventualmente regresó, aunque con la intención de salir de acá con otra cosa que no sea un cachorro entre los brazos. “La Ciudad de México es una telaraña, está enorme. Hay un chingo de gente haciendo cosas, involucrada en este pedo. Pero he aprendido que aquí si no caminas te pisan”.

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Y ha hecho efectiva la lección. Caminando. Creando música, videos y hasta ropa. Una criatura de cinco brazos que rapea pero también produce, dirige visuales, diseña prendas y escribe guiones. “Para otras cosas soy bien mediocre, la neta. Para esto me sale energía de un chingo de lados. Puedo estar desvelado, bien jodido, pero cuando me dan ganas de hacer algo me pongo a darle. Y es que la verdad no quiero ser rapero, quiero más bien ser un artista, alguien completo. No porque rapees tienes que ser mediocre”.

Bajo esa multidimensionalidad artística ha adoptado el alias de “Little Sierra”, concepto que engloba su visión como realizador y productor más allá de su faceta escupiendo rimas. “Decidí clavarme en eso porque me di cuenta que no puedes depender de nadie. Estaba hasta la verga de que no me entregaran los beats o los videos a tiempo. Estar ahí como pendejo escribiéndole a los vatos”, confiesa.

A su vez, ha comenzado a impulsar su propia marca de ropa, Gangas Biz, en donde ha creado ya un par de líneas inspiradas en íconos de antaño de la música norteña. “Es un mensaje visual bien chido que la gente te compre porque se siente representada por ti”.

Regresamos del trip y escuchamos San Anddress mientras me cuenta del disco track por track. Le brillan los ojos de la emoción. Tiene que tomar agua cada tanto para mantenerse hablando y contarme del que es su primer disco hecho bajo su producción.

El valor del elepé, no obstante, se encuentra más allá de su sonido, pues al platicar de las canciones me encuentro con el cómic de una vida, la cual podría tener como siguiente capítulo a un vato de Chihuahua cargando la cabeza de león en una mano y la cola de dragón en la otra. “‘Little Sierra' es la última canción del disco y la apertura a mi siguiente episodio, el lugar en donde ya tengo todo. La plataforma, la música, todo para hacer que esto valga verga”.

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