En imágenes: Níger, una tumba de arena para los migrantes

El camino hacia el "paraíso europeo" se ha convertido en una trampa mortal para muchas personas de origen subsahariano. Oxfam Intermón retrata uno de los puntos de esta travesía en toda su crudeza.

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23 septiembre 2016, 9:00am

Un camión cargado de personas de origen subsahariano en Agadez, Níger. (Imagen por Pablo Tosco/Oxfam Intermón)

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Texto y fotos por Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

Barca o Barsakh, es el grito en idioma wolof de un grupo de jóvenes que, encaramados en la parte trasera de una furgoneta pick up, se adentra en el desierto de Agadez, Níger, y se pierde en la polvareda.

"Barcelona o muerte", así es como bautizaron los migrantes de origen senegalés al éxodo hacia Europa en busca de una oportunidad de mejor vida para ellos y su familia.

Muchos han huido de la pobreza y los conflictos armados, otros impulsados por la aventura, y otros tantos seducidos por aquellos que lo lograron y ahora intentan campear las leyes de extranjería y la desigualdad, y así tener una vida digna.

En 2015 se calcula que entre 80.000 y 150.000 personas cruzaron el desierto de Agadez en busca de las costas libias para cruzar el Mediterráneo y llegar a Italia.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estima que cerca del 90 por ciento de las personas llegadas a Libia transitarán por Níger este año, en un momento de revitalización de la ruta marítima desde Libia, en la que se calcula que ya han muerto más de 3.000 personas en lo que va de año.

Esta es una ruta que se cobró la vida de miles en el mar, pero que se desconoce cuantas quedaron enterradas en esta enorme tumba de arena.

En su mayoría de Camerún, Senegal, Gambia o Guinea, jóvenes, muy jóvenes emprenden esta ruta en busca del sueño dorado europeo.

Un grupo de personas juega a las damas en el centro transitorio de migrantes de Agadez, gestionado por la OIM. Ahí los que regresan de Libia o Argelia encuentran un lugar donde poder informarse como regresar a sus países, reciben apoyo psicosocial, un lugar donde dormir, comida y atención médica primaria. Pueden estar una semana antes de continuar el viaje a sus respectivos países.

El origen

La historia de esta ruta data de las peregrinaciones de los musulmanes de África subsahariana a La Meca.

Con el tiempo se consolidó como una ruta vinculada a la migración, especialmente durante el régimen de Muammar al-Gaddafi, donde muchas personas del lado del Sahel buscaban en Libia un trabajo que les permitiera sostener a sus familias. En la construcción, en el mercadeo... No hacía falta ir a Europa para encontrarlo.

Tras la caída del régimen de Gaddafi, la espiral de violencia convierte a Libia en un estado sin estado, desangrándose en enfrentamiento tribales que hasta hoy se disputan el poder.

Las fronteras devinieron permeables, la región se tornó inestable e insegura, el turismo en Agadez, fuente importante de ingresos, ha ido desapareciendo, y las personas locales buscan alternativas económicas. La inmigración se convierte en un negocio donde la implicación de la comunidad es masiva. Los señores de la guerra, rebeldes o tuaregs partidarios de Gaddafi, se convierten en traficantes, conductores, propietarios de casas, policías, autoridades, etc.

Agadez siempre fue una ciudad de tránsito, donde todas la personas que querían probar suerte en Libia o Argelia se montaban en un camión o "Hi lux" y se sumergían en Sahara, las tierras tuaregs. Ellos como nadie conocen la cartografía de las dunas, las rutas clandestinas que se transitan esquivando a la policía, sobornando en la frontera.

Hoy Agadez es el punto desde donde los migrantes empiezan su éxodo clandestino hacia Libia y a la vez el sitio a donde se los repatría.

La inmigración en estos momentos es la principal fuente de ingreso en Agadez.

Un grupo de jóvenes migrantes comiendo en el patio del gueto. Esta casa alojaba a 50 personas. El propietario les suministra dos platos de arroz diario para 6 personas. No hay camas; sólo esterillas. Las paredes del gueto están llenas de frases de animo e inspiración y teléfonos y direcciones de ayuda a lo largo de la ruta. Más de 100 casas en la periferia de Agadez son utilizadas como espacios donde las personas migrantes se alojan a la espera de continuar el viaje hacia Libia.

Un bidón y un palo

El símbolo del migrante es un bidón de cinco litros de plástico amarillo que antes contenía aceite de palma para cocinar y ahora está envuelto en tela arpillera y con un tirante que sirve de reserva de agua para la travesía.

El otro elemento es un palo de madera que va encajado entre los bártulos de la parte posterior de la pick up y es el único soporte para sujetarse.

"La hi lux no para, son 48 horas a toda velocidad por el desierto, si te duermes te caes, si te cansas te caes, si no te sujetas te caes y si te caes, mueres"

Amadou, un joven de Mali que inició este viaje convencido por algunos amigos que lograron llegar a Italia, espeta antes de empezar a narrar su proyecto migratorio truncado. Sentado en un colchón en el suelo en el centro de tránsito de la OIM junto a otra docena de jóvenes recién llegados de Trípoli tras los fallidos intentos de llegar a las costas italianas.

Ya nadie busca trabajo en Libia pero es el puerto de salida más cercano para llegar a Italia.

Desde hace años, con la llegada del buen tiempo cientos de botes de goma se lanzan a la mar desde ciudades como Trípoli

"Los negros en Libia ahora somos un dios de oro, si te agarra la policía te secuestran, llaman a tu familia, te torturan junto al teléfono para que te escuchen sufrir y le piden 200 mil francos para liberarte", asegura Amadou.

"La guerra en Libia emite facturas que se pagan con el tráfico de migrantes, trabajo a régimen de explotación, secuestros, prostitución, transporte, alojamiento... Para autofinanciarse la policía exige rescate en metálico, pero que debe ser pagado en cuentas bancarias que no están el Libia, sino en los países de origen de los migrantes", añade el joven maliense.

"No pensé que sería así. Libia es un infierno, a los migrantes nos matan en todas las esquinas, o en el mar".

Amadou intento cruzar Italia tres veces y comprendió que su oportunidad ya había pasado en su rostro, las heridas de los abusos y el maltrato.

Todos los jóvenes en este centro narran el traumático relato plagado de lugares comunes, los sobornos en los países de transito, el drama del desierto, la persecución, la violencia en las calles de Trípoli y el miedo de tener que volverse a enfrentar a lo desconocido en un mar que no tiene fin.

Amadou vio morir a mucha gente a su lado, en el desierto, en el mar, en las prisiones, en las calles. "Ya no más, es hora de regresar, ahora a ver como gestiono las expectativas puestas en mi por parte de mi familia".

En muchos casos las familias depositan en los hijos varones mayores la responsabilidad de este viaje, son ellos los que se juegan la vida por llegar a Europa como sea con el objetivo de conseguir trabajo y enviar dinero.

"Mi familia me ha apoyado para hacer este viaje, hemos juntado dinero trabajando en lo que hemos podido, en el campo de algún vecino, vendiendo nuestros animales", dice Yaya cerrando el bidón de plástico de 5 litros de agua cubierto de tela arpillera para conservar un frío inexistente. Gasto sus últimos 1.000 francos comorianos (CF) en este bidón pensando que encontraría trabajo en Agadez para continuar el viaje.

Ahogarse por la libertad: las cárceles para emigrantes de Libia (parte 1). Ver aquí.

Bidón de agua de Yaya Ndonky Soumané, 24 años. La guerra ha provocado que su familia perdiera sus tierras cultivables, en un contexto muy frágil y volátil. El conflicto armado entre los rebeldes independentistas de Casamse y el ejército ha generado la perdida de los medios de vida de gran parte de la población.

Gueto de Agadez

Hace tiempo la Ciudad de Agadez fue la perla turística del desierto de Sáhara, pero hoy las camionetas ya no llevan a turistas a ver las dunas sino a migrantes que desesperadamente y con una tremenda ilusión se adentran en el desierto para llegar a Libia y de allí cruzar el Mediterráneo.

En la periferia de la ciudad, calles anchas de arena y murallas de dos metros construidas de barro ocultan otra faceta del drama de la migración de África subsahariana.

Ahí casas que en su momento se construyeron para familias de Níger hoy alojan en régimen de hacinamiento a cientos de migrantes de diferentes orígenes esperando la oportunidad de subirse a una hi lux y cruzar el desierto.

Hay quienes solo les queda esperar que llegue el día lunes para marchar y otros que el dinero se les terminó y están esperando recibir alguna ayuda o especulando con la posibilidad de conseguir un trabajo y poder continuar.

"Miles de CF con los que podría haber llegado a Europa los he gastado en sobornos y algunos pocos en comida y transporte". Yaya coge su teléfono y confirma los pocos créditos que le quedan en su teléfono para llamar a su familia.

En las paredes crudas del gueto escritos con carbón cientos de nombres y teléfonos, frases salidas de libros de auto ayuda, deseos e ilusiones.

En una habitación una pila de cinturones hechos con cuerdas de cuero (grigris) y en función del origen con detalles de caracoles de mar, piedras de montaña o raíces de la selva. Son amuletos protectores que solo los protegerán hasta Agadez, los traficantes les recomiendan que se los saquen porque si al llegar a Libia se los ven los pueden ejecutar por brujos o feticher.

En una habitación pequeña y escondida se encuentra "el saco de arroz", el chef de la casa lleva un saco cada dos días, y eso debe alcanzar para alimentar a todos: dos comidas diarias.

En la entrada dos cubos de 200 litros de agua, que todos coinciden en que les da diarrea. Una letrina. Hay tres hoyas y cuatro piedras donde apoyar y hacer el fuego. Algunos libros por el suelo, con dedicatorias y nombres de los propietarios temporales que han ido teniendo.

Atrapados y olvidados: las cárceles para emigrantes de Libia (parte 2). Leer más aquí.

Yaya junto a Bonheur en la habitación que comparten en un gueto clandestino de la ciudad de Agadez, la última ciudad antes de cruzar el desierto del Sáhara para llegar a Libia. Por ser el hijo mayor ha tenido que emprender este viaje, desde Casamance Senegal, con el objetivo de llegar a Italia Buscando refugio y trabajo que le permita sostener a su familia que lo ha perdido todo a causa de la guerra. 'Mi familia me defendió y ahora la debo cuidar, todas las expectativas están puestas en mi'.

En una habitación de un metro por dos se encuentra Yaya y a Bonheur. Yaya tiene los ojos grandes y brillosos, como si su alma luchara por no perder la esperanza y la ilusión mientras su cuerpo se va consumiendo.

La guerra ha provocado que su familia perdiera sus tierras cultivables, en un contexto muy frágil y volátil.

El conflicto armado entre los rebeldes independentistas de Casamanse y el ejército de Senegal ha generado la pérdida de los medios de vida de gran parte de la población.

"Voy a cuidar y defender a mi familia como sea, soy el hijo mayor y mi responsabilidad es apoyar a mi familia, soy el primer migrante en toda mi familia y todas las expectativas están puestas en mi", comenta Bonheur. Un mantra que responde al mandato familiar que repiten muchos de los jóvenes que se amontonan en esta casa.

"Ya no hay trabajo en Camanance. Mi familia y yo juntamos 200.000 francos vendiendo ganado y trabajando como jornaleros en el campo. Estuvimos un año preparando este viaje", suelta un suspiro y agrega uno de ellos: "Tenía alguna idea sobre los peligros, veía en la televisión las muertes en el Mediterráneo, la inestabilidad y falta de trabajo en Libia. Pero hay mucha gente que ha llegado y eso te da esperanzas".

Mirando a la pared encoge los hombros: "Estoy obligado como hijo mayor a hacer algo por mi familia que esta sufriendo".

Bonheur es de Casamance, Senegal, le llevó medio año llegar hasta Agadez con la idea de llegar a Europa vía Libia. Más de 100 casas en la periferia de Agadez son utilizadas como espacios donde las personas migrantes se alojan a la espera de continuar el viaje hacia Libia.

Muchos denuncian lo que sucede en Burkina Faso, allí la policía para a los buses, identifica a los migrantes y los hace bajar, les sacan el móvil y todo lo de valor y les obligan a pagar entre 10.000 a 15.000 francos, y si no los pagan quedan detenidos en prisión.

"Allí puedes llamar a tu familia para que haga una transferencia a Western Union y una vez recibido el pago te liberan".

Yaya estuvo una semana en un celda muy pequeña con 16 personas mas, sin comida, sin agua y sin poder respirar.

En este gueto la situación no parece muy diferente, hay 45 muchachos, tres habitaciones, una letrina y un saco de arroz que el propietario deposita cada dos días junto a un puñado de leña.

Hay mucho movimiento de gente, especialmente los lunes, que es el día en que las camionetas salen hacia Libia.

"Ahora estoy esperando que mi familia pueda enviarme dinero para continuar a Libia. Allí tendré que trabajar para juntar el dinero que me falta para coger el bote hacia Italia." Yaya sacude su esterilla y se vuelve a recostar: "Me imagino la preocupación de mi mamá. A veces miro el anillo que ella me dio y me da mucha tristeza, me imagino como se sentirá sabiendo en las condiciones en la que estoy viviendo".

Para estar en contacto con sus familia Yaya pudo comprar en Niamey un teléfono usado, le faltan los botones del numero 2 y 3. "Compramos entre varios una tarjeta y llamamos a nuestros padres, sin contar muchos detalles"

De este gueto intentan no salir, algunos se aventuran a buscar trabajo en una ciudad que vive de este éxodo a riesgo que la policía los detenga y los repatríe.

"A veces tengo miedo de lo que pueda venir, pero todo depende de la perspectiva con que lo mires. Queda todo un futuro por delante. difícil, lo sé, pero tengo fuerza para vivirlo. No hay otra opción. Sé que es peligroso este viaje, el desierto y después el mar, pero... yo sé nadar".

"¿Qué a dónde quiero ir? Cualquier país es bueno para mi".

Son miles de personas las que sacrifican su vida en busca de refugio y oportunidades.

Huyen desde unas "periferias" sin nombre, la tierra migrante, allí donde los derechos ya no son derechos y hoy son las huellas de la guerra y la pobreza.

Texto y fotos por Pablo Tosco/Oxfam Intermón. Síguelo en Twitter: @PavlobskiRoisen

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