Cultura

Copié la rutina de escritores famosos y lo odié

¿Realmente Balzac bebía 50 tazas de café al día? ¿Murakami se despierta a las 4 AM? Durante una semana, intenté vivir como varios escritores famosos y me fue muy mal.

por Nick Greene; traducido por Elvira Rosales
24 Enero 2018, 5:00pm

“Para mí, escribir es como respirar”, dijo el poeta Pablo Neruda a Paris Review en 1971. “No podría vivir sin respirar y no podría vivir sin escribir”. Para mí, escribir es menos que respirar y más como una flatulencia. Viene en explosiones, no tiene horario y, si intento forzarla, salen cosas malas.

La cita de Neruda siempre me ha hecho sentir envidia hasta el punto de la ansiedad. Estoy maldito con una disposición diametralmente opuesta a la suya. Si mi sistema respiratorio funcionara con el afán y compromiso con el que escribo, me habría sofocado hace mucho tiempo.

Por suerte, no soy el único. Por cada Pablo Neruda, hay docenas de pedorros como yo. Esto es puramente anecdótico, pero todos los escritores que conozco expresan frustraciones similares. Escribir no es una función automática del cerebro subconsciente. Cuando llega el momento de bajar las palabras en la página, es trabajo.

Si consultas cualquier Preguntas y Respuestas de algún autor, alguien se verá obligado a preguntar, “¿Cómo es tu rutina de trabajo?” La pregunta es desesperada y a la vez llena de esperanza; yo debería saberlo, porque ya lo he planteado. Imagina que has pasado años tratando de construir un armario sin éxito. Un día, asistes a la conferencia de una mujer que construyó un armario. Por supuesto que le vas a preguntar cómo logró hacer el maldito armario.


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Los escritores están obsesionados con las rutinas. A excepción de la religión y quizá el cuidado matutino, ningún rito es tan celoso a la idea de la Santa Rutina como la escritura. Es por eso que la rutina de los escritores se ha convertido en un género entero de contenido web. Los autores frustrados pueden encontrar fácilmente cientos de listas en línea que detallan varios horarios de sus inspiraciones exitosas y productivas, compartidas de forma pulcra como un manual de instrucciones. El subtexto de estas compilaciones siempre es el mismo: Necesitas una rutina, ¿por qué no intentas alguna de éstas?

Hace poco, encontré una rutina de trabajo que se parecía mucho a la mía. No fue en ninguno de esos sitios antes mencionados. No, fue publicada por la web política Axios, en forma de un vistazo al “ horario reducido” de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos, según el informe, “tiene un ‘Tiempo Ejecutivo’ en la Oficina Oval cada mañana de 8 a 11 AM, pero en realidad pasa ese tiempo en su residencia, mirando TV, llamando por teléfono y publicando tuits”.

Yo también aprovecho ese “Tiempo Ejecutivo”. En cuanto despierto, navego por internet, platico con amigos por chat y evito escribir hasta el último momento. No es tanto una rutina y, en ese sentido, no soy mejor que el septuagenario molesto de la Casa Blanca. Dado que me di cuenta de esto en Año Nuevo, me impactó. Severamente.

Ya intenté arreglar mi rutina antes, pero nada ha cambiado. Para remediar esto, tuve que intentar hacer algo distinto. Durante una semana, pasé cada día siguiendo la rutina de un escritor diferente. Ahora bien, sé que si la cambio todos los días no estaré siguiendo una rutina en sí, pero mi lógica fue considerar este experimento como una rutina de ejercicios, en donde trabajas diferentes músculos por día; consiguiendo más fuerza, velocidad y flexibilidad en cada sesión. Incluso si ninguna se convirtiera en mi rutina permanente, seguiría contando con una semana sólida de escritura para presumir.

Al menos, eso es lo que pensé.

Día 1: Haruki Murakami

Según las listas de rutinas de escritores ya mencionadas, la gran mayoría de escritores exitosos despiertan temprano y lo primero que hacen por las mañanas es trabajar. Esto sólo me hace más consciente de cómo inicio mis mañanas flojas, mi vergonzoso Tiempo Ejecutivo.

Al empezar este experimento con la rutina del novelista japonés Haruki Murakami, intenté enfrentar el asunto de lleno. Así es como describió su horario a Paris Review:

Cuando estoy en modo escribir una novela, me levanto a las 4AM y trabajo durante cinco o seis horas. Por la tarde, corro 10 km o nado 1500 metros (o ambas), luego leo un poco y escucho algo de música. Me voy a dormir a las 9PM.

Quería aprovechar el día y todo eso, pero las 4AM es temprano. Me siento intimidado por las 7AM, hora para la cual tengo varias alarmas: una a las 6:30, otra a las 6:45, etc. Mi esposa odia (comprensiblemente) los movimientos orquestales de mi iPhone y seguramente me asesinaría (de nuevo, comprensiblemente) si programara varias alarmas desde las 3:30 de la madrugada. Tendría que lograrlo con un solo intento.

Cuando desperté, el sol estaba brillando. No recuerdo haber silenciado la alarma de mi teléfono a las 4AM, pero mi yo nocturno debió haber acabado con esa molesta interrupción en el oído. Eran diez para las 8, o sea que ya llevaba cuatro horas de retraso en el horario del señor Murakami. A este ritmo nunca escribiría mi Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.


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Intenté escribir, pero dado que estaba más de lleno en mi rutina normal, seguí fallando en las mismas trampas de Twitter y mirando las noticias del basquetbol en YouTube. Con poco que mostrar para las cinco horas que pasé frente a la computadora, me fui a correr diez kilómetros.

En su recuento, Murakami escribió, “ ¿Exactamente en qué pienso cuando corro? No tengo idea”.

Yo, por otra parte, sé exactamente en qué estoy pensando: pienso en lo genial que sería parar de correr. Aún así, me obligo a terminar los diez kilómetros, lo cual sentí bastante bien. Por desgracia, este levantón anímico fue sólo temporal. Cuando regresé a casa, revisé los frutos de mi trabajo en la mañana. No era mucho.

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Día 2: Franz Kafka

Si soy alérgico a las mañanas, ¿podría beneficiarme tomando el camino contrario? Franz Kafka es una excepción a la regla de que los escritores escriben temprano, pero no por decisión. Como tenía un trabajo de tiempo completo en una compañía de seguros, Kafka no podía empezar a escribir hasta las 11 PM. Entonces, trabajaba "dependiendo de mi fuerza, inclinación y suerte, hasta la una, dos o tres de la mañana; una vez incluso hasta las seis de la mañana".

Logré dormir toda la noche después de mi rutina fallida de Murakami y, sabiendo que estaría escribiendo hasta tarde, no programé alarma. Pude disfrutar mi “Tiempo Ejecutivo” sin culpas y, tratando de mantenerme al parejo que el empleado Franz Kafka, me aseguré de que mi día fuese aburrido y sin novedades. Fue una alegría.

Sin embargo, cuando el reloj marcó las 11 PM, ya estaba agotado. El costo psicológico de estar despierto me había cansado y mirar el espacio blanco de una pantalla en blanco me arrullaba a un estupor de bostezos. Incapaz de escribir más que algunas oraciones (muchas de las cuales ni siquiera tenían verbos), me rendí y me fui a la cama poco después de medianoche. Si fuera a despertar a la mañana siguiente como un insecto gigante, sería un destino bien merecido.

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La autora y poeta Maya Angelou posa para un retrato en Washington, DC, el 15 de diciembre de 1992. Foto de Dudley M. Brooks/el Washington Post vía Getty Images

Día 3: Maya Angelou

Maya Angelou mantenía un horario estricto, pero lo que me parecía más intrigante es cómo creó un ambiente determinado para dedicarse a trabajar:

Mantengo una habitación de hotel en cada ciudad donde he vivido. Rento una habitación durante algunos meses, salgo de mi casa a las seis y trato empezar a trabajar a las seis y media. Para escribir, me acuesto sobre la cama, para apoyar este codo al final, áspero por tantos callos. Nunca permito que la gente del hotel cambie las sábanas, porque nunca duermo aquí… insisto en que retiren todo de las paredes. No quiero nada dentro. Voy a la habitación y siento como si todas mis creencias estuvieran suspendidas.

No tiene sentido pagar todo el tiempo por habitaciones teniendo salario de escritor freelance. De los moteles cerca de mí, sólo uno ofrecía una tarifa menor a 90 dólares. Antes de llamar para reservar, consulté su página de Yelp. “MDMA, Mayhem y Muerte”, decía la solitaria reseña. “Tienen un gerente que se hace de la vista gorda ante cualquier cosa… ¡incluso si apuñalan a una mujer hasta la muerte!”

Si bien este motel seguro me ofrecería material invaluable, preferí recrear la experiencia de Maya Angelou en mi propia casa. No fue difícil encontrar una habitación que se pareciera mucho a la que describe; un lugar donde no haya nada en las paredes y mis creencias puedan quedarse suspendidas. Eso me suena como un baño.

Pude escribir durante tres horas mientras estaba sentado en el baño. El lugar era conveniente por obvias razones y podría haber seguido ahí todo el día si mis piernas no se hubieran dormido. Mi perra tiende a sospechar y padecer paranoia cada vez que paso una cantidad grande de tiempo en el baño, y sus lamentos se convirtieron en mi distracción. Sin embargo, esto se solucionó fácilmente dejando la puerta un poco abierta.

Por fin, un poco de éxito.

PALABRAS ESCRITAS: 1,015

Día 4: Honoré de Balzac

Balzac era un raro de clase A. Iba a la cama como a las 6PM, “ como los pollos” y despertaba a la una de la mañana para comenzar a escribir. Dado mi problema para apegarme al horario de Franz Kafka, no seguiré el de Balzac al pie de la letra. En cambio, me interesó más su adicción a la cafeína. Según la leyenda, Balzac bebía como 50 tazas de café al día.

Entonces, tiene sentido que Balzac sea conocido por la cantidad de trabajo y no la calidad. Pero, como diría Stalin, la cantidad tiene una cualidad propia. Después de tres días de bajo rendimiento, estaba dispuesto a exprimirme hasta las entrañas y vomitar cientos de palabras, incluso si arriesgaba mi vida por envenenamiento por cafeína (como se dice que Balzac falleció).

Me desperté y de inmediato tomé dos shots de Nespresso. Luego bebí el contenido de un francés y me dirigí al café que ofrece refills gratis. Pude conducir hasta el trabajo, gracias a la droga éticamente comercializada y local que circulaba por mi sistema.

Sin embargo, los otros efectos del café pronto se apoderaron de mí y mi pierna comenzó a agitarse violenta e involuntariamente ganando la atención de mis vecinos en el café (y seguro la de los sismólogos que anduvieran cerca). Esto, combinado con mis frecuentes visitas al sanitario, me convirtieron en una presencia molesta.


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Por la paranoia de que alguien robara mi laptop, la llevaba conmigo en cada viaje al baño. Mi vieja computadora tarda mucho en arrancar, incluso si está suspendida y las repetidas excursiones al baño la volvían más lenta y a mí también. Quería gritar.

Para este momento ya había bebido tres tazas de café (sin incluir mi Nespresso de la mañana y el francés) y temblando al máximo límite. Para relajarme caminé por la cuadra y, cuando regresé, descubrí que un hombre había ocupado mi lugar. ¿Quién chingados se cree este pendejo? Mientras repasaba los detalles de mi “defensa por cafeína” que usaría en mi intento de homicidio, me calmé y me convencí a mí mismo de que podría trabajar igual de bien en mi casa.

Naturalmente, me desmayé en cuanto entré por la puerta principal. Pasé el resto del día quejándome en la cama con las luces apagadas. Balzac estaba demente.

PALABRAS ESCRITAS: 1,230 (de las cuales, sólo 300 más o menos tenían sentido)

CAFÉ CONSUMIDO: Cinco tazas, dos expresos

Día 5: Don DeLillo

Creo que Don DeLillo es el mejor novelista vivo en Estados Unidos, pero no me sentí muy inspirado por su rutina:

Trabajo en la mañana en una máquina de escribir manual. Trabajo unas cuatro horas y luego salgo a correr. Esto me ayuda a sacudirme un mundo y entrar a otro. Los árboles, los pájaros, el rocío; es un interludio agradable. Entonces trabajo otra vez ya entrada la tarde durante dos o tres horas. Regreso al tiempo de los libros, que es transparente y no sabes que está transcurriendo. Sin comer nada ni siquiera café. Nada de cigarros… Un escritor toma medidas serias para asegurar su soledad y luego encuentra formas interminables de malgastarla. Mirando por la ventana, leyendo palabras al azar en el diccionario. Para romper el hechizo miro una fotografía de [Jorge Luis] Borges.

No tengo una máquina de escribir. Para compensarlo, escribí en mi propia computadora y me aseguré de no borrar nada que hubiese escrito, ignorando la tentación. Presionar la tecla backspace es una cuestión más de memoria muscular que otra cosa, y la consciencia necesaria para evitarlo me volvía loco. Cuando me estanqué, cosa que sucedió casi de inmediato, miré una fotografía de Borges. No pasó nada. Busqué otras fotos de él. Nada todavía. Esto me hizo descender por un agujero interminable en el que consumí horas y, de alguna manera, terminé en la sección tonta de IMDb leyendo los detalles de Revenge of the Nerds II: Nerds in Paradise.

Seguir el horario de DeLillo no me ayudó a escribir, pero sí aprendí algo. "Cuando los Trilambs se vieron obligados a desnudarse por los Alpha Betas, se ve cómo Lewis lleva un calzón en Y, pero cuando llegan al Hotel Coral Essex —después de caminar durante cinco horas—, trae puestos unos shorts más largos y menos reveladores, sin ninguna explicación”.

PALABRAS ESCRITAR: 410

Día 6: Natalie Goldberg

La autora Natalie Goldberg ha escrito mucho sobre el acto de escribir y sus libros están llenos de trucos y consejos claros. En Writing Down the Bones, Goldberg sugiere utilizar algún accesorio para enviar a tu consciencia a un estado ajeno:

”Un pequeño accesorio puede llevar a tu mente a otro sitio. Cuando me siento a escribir, a menudo tengo un cigarro entre mis labios. Si estoy en un café que tenga un letrero de ‘No Fumar’, entonces mantengo el cigarro apagado. De todas maneras no fumo, así que no importa. El cigarro es un accesorio que me ayuda a soñar con otros mundos. No funcionaría tan bien si fumara a diario. Necesitas hacer algo que normalmente no haces".


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Vivo en California donde los cigarros cuestan aproximadamente trescientos dólares, así que tenía mis dudas de comprar un paquete entero sólo para probar el método de Goldberg. En cambio, le pedí prestado su cigarro electrónico a un amigo y lo dejé colgando de mis labios en el café. Me veía como un idiota. Cuando el estrés de verme como imbécil fue demasiado, me salí y fumé hasta que sentí que me iba a desmayar.

No me transporté a otro mundo. Ni siquiera llegué al país del sabor. Tuve que recostarme.

PALABRAS ESCRITAS: 680

Día 7: William Gibson

El horario del novelista de ciencia ficción William Gibson es tan sensible, que ni siquiera parece una rutina:

Cuando estoy escribiendo un libro me levanto a las siete. Reviso mi correo y hago el ritual de internet, como se acostumbra hoy en día. Me tomo una taza de café. Tres días a la semana, voy a hacer Pilates y regreso a las diez u once. Entonces me siento y trato de escribir. Si no pasa absolutamente nada, me doy permiso de podar el pasto. Pero, en general, el sólo sentarme y tratar en serio, es suficiente para ponerme en marcha. Hago una pausa para comer, regreso y trabajo un poco más. Y luego, casi siempre, tomo una siesta. Las siestas son esenciales para mi proceso. No soñar, sino ese estado adyacente al sueño, la mente a punto de despertar.

Nunca he hecho pilates antes, pero me inscribí a una clase de “Abs and Booty Burn” [para abdominales y glúteos] en un local cercano. La instructora utilizaba un micrófono inalámbrico como si estuviera dando una conferencia de TED, aún cuando sólo habíamos cinco personas haciendo ejercicio en un espacio reducido. La máquina reformadora era un enredo de cordones, cuerdas, llantas y manijas; no entiendo cómo a un escritor de ciencia ficción le podría gustar.

Fui capaz de trabajar un poco después de todo, aunque mi trasero estaba ardiendo como nunca.

PALABRAS ESCRITAS: 1,228

Día 8: Hunter S. Thompson

Cuando llegó el momento de terminar mi semana de seguir rutinas, no pensé que lo lograría. Al imitar a estos escritores, no me sentía responsable de mis propios errores. Haruki Murakami tenía la culpa, no yo. En un intento por extender esta proyección, encontré un escritor más para imitar.

Hunter S. Thompson es responsable quizá de la rutina más infame (aunque muy adorada) de la historia. Según su biógrafo E. Jean Carroll, el día de Thompson comenzaba a las 3 PM con un vaso de Chivas Regal y se mantenía activo sin parar con cocaína y un poco de ácido en su justa medida:

Escogí esta rutina a propósito, porque sabía que sería imposible de seguir. Mierda, no hay manera de que él la siguiera. Aún así, su rutina me enseñó algo. No importa cuánta cocaína aspirara o cuántas barras de Dove utilizara en sus baños calientes, Hunter Thompson siempre encontraba tiempo para escribir. Sé que es cierto, porque el trabajo está allá afuera listo para leerlo.

En lugar de abandonarme a la peda, decidí seguir la rutina que yo quisiera, mientras me diera tiempo de escribir. Es por eso que agendé otra clase de pilates y alisté mi baño para una sesión de escritura intensa luego de quemar la grasa de mi trasero.

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