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¿Se puede hacer el método Marie Kondo cuando eres pobre?

No estaba buscando felicidad o paz interior. Estaba buscando comida.

por Keshia Naurana Badalge; traducido por Paola Llinás
23 Enero 2019, 11:00pm

Foto: Gary Gershoff/WireImage  

Artículo publicado originalmente por i-D Estados Unidos.

No encontré a Marie en el pasillo de auto-ayuda o en la sección de vida minimalista. La encontré tarde una noche hace tres años, cuando estaba contando mi dinero junto a mi ropa, y era obvio que un montón de ropa tenía más valor que el otro. Le pregunté a Google cómo decidir qué cosa vender para así poder balancear la diferencia. Internet respondió con Marie Kondo.

Su mantra, por lo que aprendí, era este: quédate con lo que irradie felicidad. Pero yo tenía cosas que no irradiaban felicidad, y no estaba segura de que podía darme el gusto de reemplazarlas con cosas que sí lo hacían. Tampoco estaba buscando felicidad o paz interior. Estaba buscando comida.

Tenía algunas cosas de las que no estaba orgullosa: paquetes de salsa de soya, servilletas, jabones que me fueron dados como regalos. Me quedé con las cosas pequeñas porque ocupaban poco espacio. Apartarme de esas cosas me ponía temerosa. ¿Qué tal tuviera que comprar salsa de soya? A veces, la pobreza necesita algo de acumulación.

Esto, pensé, era similar a mi otro hábito de comer mal: sé lo que es una dieta balanceada, pero cuando no sé cuándo será mi próxima cena y me ofrecen comida gratis, me atraganto — posesión en la barriga en lugar de la inseguridad futura. No irradia felicidad. No debería hacerlo. Pero en algún lugar de mi mente está este pensamiento: "Necesitas esto (comida, posesiones, u otra cosa), ¿no recuerdas cómo te sentías cuando no lo tenías?".

Mis posesiones eran limitadas, a diferencia de alguien con cientos de cepillos de dientes o con un garaje lleno de papel higiénico. Mudarme de Singapur a Estados Unidos había reducido mis posesiones a tres maletas de viajes — la cantidad exacta para que pudiera subirme al avión y atravesar el Atlántico.

Aprendí otro beneficio de tener poco gracias a mi vida en este país extranjero, antes incluso de descubrir a Kondo: a menudo me encontraba en la necesidad de un hogar entre períodos académicos o subarriendos o para las fiestas. Tener pocas pertenencias se volvió un prerrequisito para alguien que aceptaba ayudarme con la mudanza ("Solo es un viaje en auto", prometía), o que me dejaba quedarme en su casa ("En serio no voy a ocupar mucho espacio en tu sala).

KonMari cuando se es pobre y hambriento

Yo no tenía la misma necesidad de reducir mis cosas que sí podrían tener algunas personas con un apartamento inmenso lleno de ellas. El método KonMari no era un proceso para renovar mi vida o perfeccionar mi sensibilidad hacia la alegría. Necesitaba reducir mis cosas para poder comer. La escuela había terminado junto con mi beca completa, que hasta entonces me había mantenido. Era un manual para separarme de las cosas que amaba cuando no sabía qué más hacer.

Había acumulado muchos libros. Abordé esto primero porque los libros ocupaban la mayoría de espacio y tenía menos necesidad de ellos — lo que significa que podía sobrevivir sin libros, incluso si rompía mi corazón dejarlos ir. No podía pagar por almacenamiento.

Cambié libros usados por centavos; libros en los que había hecho anotaciones, que había marcado con post-its, y que alguna vez me dieron semblanza de orden y moralidad sobre los fundamentos volubles de mi vida.

Luego renuncié a sacacorchos que creía que no necesitaba ("¿Cuándo tendría dinero para comprar vino?"); medias que estaban colgando de un hilo ("Me hace sentir pobre ponérmelas, ¡ni una sola chispa de felicidad!"); zapatos con suelas rotas ("¡Obviamente me siento muy bien si ya no tengo ese espectro de pies olorosos y húmedos cuando hay un día lluvioso!")

Vendí suéteres y abrigos que me mantenían caliente porque no irradiaban tanta felicidad como lo haría un posible plato de comida.

Coincido con la filosofía de Marie Kondo de que un espacio limpio significa una mente limpia. Pero yo tenía hambre y buscaba comida constantemente, y esta preocupación incesante por el dinero es el obstáculo más grande para una vida feliz.

Marie Kondo también menciona que uno debería agradecerle a los objetos que posee y que no le gustan, ya que le enseñan las cosas que sí le gustan. Mi problema con esto: ¿Qué si uno tiene poco dinero para comprar cosas que le gusten?

Yo regalé o vendí el 90 por ciento de mi ropa por un aumento escaso en mi fondo de pan y mantequilla. También tuve que usar los abrigos y los zapatos de mis roommates mientras ahorraba para comprar los que me gustaban. El problema de tener ingresos bajos es que usualmente es más fácil comprar algo de mala calidad —algo que no corresponde a esa imagen confiada y feliz de uno mismo— porque un abrigo de 30 dólares lo mantendrá caliente a uno y porque no se tienen 60 dólares para una chaqueta con capucha impermeable. Así que uno se aguanta la lluvia. Uno también aguanta los zapatos malos, las bufandas que llenan de pelos todas las camisetas, los pantalones que se caen. A veces uno no puede darse el gusto de imaginar felicidad si no se encuentra en la tienda de segunda mano ese día.

Quizás ella no estaba dirigiendo el consejo a mí, alguien con muy poco para escoger entre una felicidad (comida) y la otra (tener ropa); muchas de las personas que encuentran su consejo útil también son aquellas que pueden deshacerse de diez abrigos porque tienen otros diez a la mano, y pueden comprar más si es necesario.

Conservé mi abrigo, incluso siendo consciente de que no era tan caliente. Me encantaría construir una vida donde estoy burbujeando felicidad hacia los objetos que me rodean, pero es una vida que todavía tengo que costear.

Nunca pude reemplazar algunos de mis libros favoritos, como el macizo Footnotes in Gaza por Joe Sacco, o The Unwomanly Face of War por Svetlana Alexievich. Sufrí la pérdida de álbumes de fotos que no podía cargar. Una cobija que compré en mi primera semana en Estados Unidos, que tenía sobre la cama en cada cuarto en el que viví, era demasiado grande para cargar — la dejé atrás. Nunca la reemplacé; al principio simplemente dormí con mi toalla como cobertor.

Adoptando la Gratitud, Organización, Sensibilidad hacia la alegría

Así tuviera cosas para botar o no, las estrategias de Marie Kondo han servido como una guía sutil sobre cómo compro las cosas, cómo elijo vivir.

El desorden tiene dos causas: desorganización y exceso. Si no puedo reducir mis posesiones, igual puedo ser organizada con lo que tengo. Encontrar una casa para paquetes de salsa de soya, sambal, y salsa de tomate, significa que sé lo que tengo y que no voy a comprar de más.

Yo fui criada como budista: uno de nuestros dogmas principales en nuestra práctica es el "desapego". Como KonMari, el budismo fomenta la gratitud por las posesiones, sin apegarse a la idea de que tenerlas haría la vida mejor. Esto también es útil para las ofertas; la confianza de saber que la vida de uno ya está bien contrarresta el falso encanto de los descuentos.

Tampoco estoy defendiendo el no-consumismo. Las posesiones pueden ser comodidad. Mi familia fue pobre la mayor parte de mi vida; yo vi a mi madre desear jeans elegantes en vez de los pantalones de imitación de denim que estaba usando, o queriendo platos de porcelana en lugar de los de plástico. Cuando ella tenía dinero lo gastaba en estas adquisiciones. Yo todo lo que haría sería preguntar, "¿Esto te habla? ¿Esto te hace feliz?".

Casi siempre me visto con ropa de segunda mano, hasta para prendas como bufandas, guantes y abrigos. Yo les agradezco; por desaliñadas o peludas que puedan ser, fueron desechadas de la vida de su dueño anterior para hacer espacio, y ahora son útiles en la mía; el placer es doble. Bien sea que irradien felicidad o no, yo sigo cargando algunas posesiones, terca como una mula.

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