Testimonios

“Gastó 900 mil pesos en el cumpleaños 7 de su hijo”: Así es organizar un narcoevento

“Lo más cabrón de trabajar para ellos es hacerte de la vista gorda. Ya estás ahí, no hay escapatoria, vas a correr el evento y a desmontarlo.”

por Luis Carreño
30 Enero 2019, 6:45pm

Foto: Creative Commons.

Artículo publicado por VICE México.

Para que la agencia en la que trabajaba Aurora organizara un evento, el presupuesto mínimo era de 200 mil pesos mexicanos. Sin embargo, algunos de sus clientes han llegado a invertir hasta diez veces esa cantidad con tal de darle a sus hijos un 24 de diciembre cubierto de nieve real, toboganes, prendas térmicas y decoraciones navideñas en medio de la selva baja caducifolia de México. Lejos de ser grotescos, exagerados y kitsch, los eventos de Aurora siempre fueron elegantes y de buen gusto.

El siguiente es un relato de no ficción que retrata la primera vez que Aurora [nombre ficticio para evitar poner en riesgo la identidad de la entrevistada] organizó un evento para Los Señores.


Estábamos en la fiesta de cumpleaños número siete del hijo de El Señor. Su sobrino invadió mi espacio personal en un intento de coqueteo, se me acercó para demostrarme su poder. Se sentó a mi lado con el pecho hacía mí y rodeó mi espalda con su brazo. “Si quiero un evento, ¿tú me lo organizas?” Le aclaré que mi trato no era con el cliente, pero si necesitaba algo podía avisarme y yo lo vería con mi jefa. “No, no, no, yo quiero que tú me lo organices.” Insistí en que ese no era mi trabajo. “No me estás entendiendo”, dijo. Su nivel de voz subió y yo bajé el mío.

Mi carpero [persona encargada de las carpas exteriores] se dio cuenta que llevaba 10 minutos con el tipo hostigándome y se acercó: “Señorita Aurora, ¿así están bien las carpas?”. Me paré temblando, con los ojos llorosos y le dije al tipo que tenía que regresar a trabajar. “Sí, no te preocupes, aquí nos vamos a estar viendo”, me aseguró el sobrino. “¡Puta madre! ¿Dónde estoy? ¿Vale la pena o no vale la pena?”, pensé. La verdad es que nunca valió la pena.



Jamás esperé llegar a trabajar para narcos, pero una cosa llevó a la otra. Si haces una fiesta para alguien con mucho dinero, te conectará con gente de poder y en México los narcos tienen mucho poder. El mundo es pequeño y en mi caso, trabajar con gente muy rica por sus méritos honestos, me llevó a estar en algo torcido.

Los primeros eventos que produje —antes de llegar a esta agencia— eran para una asociación civil. Ahí era coordinadora, me encargaba de llevar voluntarios a construir casas para familias en pobreza extrema. Estuve casi cuatro años. Debía ver desde dónde iban a dormir, hasta qué iban a comer y gestionar todo el equipo que iban a necesitar para la construcción. Eso me dio la oportunidad de conocer más sobre organización, pero yo estaba por terminar la carrera y necesitaba dinero para independizarme.

En esta búsqueda conocí a una chica que hacía eventos sociales y fiestas infantiles, sobre todo para gente con mucho dinero. Entré como productora. Sólo éramos ella y yo, y tuve que aprender a hacerlo todo desde cero. Produjimos muchos eventos para diferentes perfiles, pero definitivamente había una familia estrella, la que más brillaba. Era la de el sobrino y El Señor. La del “no, no, no, no me estás entendiendo; yo quiero que tú me lo organices”.



Mi jefa me dijo que teníamos unos clientes nuevos picudísimos, que había algo medio raro con ellos, pero que nos hiciéramos de la vista gorda. No entendí la advertencia, pero cuando llegamos a la casa donde sería la fiesta —a una hora en auto de la CDMX— me di cuenta que habíamos cerca de 20 personas de servicio. Duró cuatro días el montaje, nos daban desayuno, comida y cena, pero nunca veíamos a los clientes. Una noche antes del evento, llegó la esposa de El Señor, una mujer exuberante y sofisticada. Me habían dicho que era de Monterrey, pero tenía un acento colombiano muy marcado, lo sé identificar muy bien —mi pareja del momento era paisa—. Al día siguiente ya éramos cerca de 40 personas corriendo y atendiendo el evento, y fue hasta ese día que llegó El Señor.

El evento estaba por comenzar. Los invitados habían sido citados a la una de la tarde. Cinco minutos antes, todas las personas de servicio comenzaron a gritar: “Ahí viene El Señor, ahí viene El Señor”. Todo estaba listo, pero fue una histeria colectiva saber que ya iba a llegar esa persona. Se formó una hilera compuesta por todas las personas de servicio que trabajaban de planta, y todos los de la producción nos formamos de la misma manera —por inercia, imitación y miedo—. Entraron dos personas de seguridad vestidos con camisa ranchera, pantalones a la cintura, hebillas y chamarras de cuero. El cliché tan retratado: una mano en la cintura y la otra recargándose en lo que sugiere un arma.

Los dos se quedaron en los extremos de la puerta y en seguida entró El Señor, su esposa y un sacerdote junto a ellos. Lo primero que vi antes de voltear hacia El señor —por pena, incertidumbre y terror—, fue al cura. Traía una cruz de oro con diamantes. Enorme. Posteriormente, El Señor nos saludó de mano y beso a toda la hilera de 40 personas. Iba vestido con una camisa blanca, fajada, de las muy típicas del norte de México, con ese look de cowboy posmoderno estereotípico: botas y operaciones en la cara.

El evento arrancó y como mencioné, lo más cabrón de trabajar para ellos es hacerte de la vista gorda. Ya estás ahí, no hay escapatoria, vas a correr el evento y a desmontarlo. Tienes que normalizar todo lo que veas. Y aunque nunca vi armas sobre las mesas, su presencia era obvia. Siempre había personas de seguridad detrás del Señor, descansando sus manos sobre las trabillas de sus jeans.



Afuera había muchas camionetas y demasiados guaruras, quizás 25 personas. No vi cómo llegaron, pero coordiné comida para todos y al salir a decirles que podían pasar a comer —porque los Señores eran muy amables y generosos con la gente trabajaba para ellos— pude ver la enorme cantidad de guardias que merodeaba el exterior de la casa.

Este fue el primer evento en el que trabajé para ellos. Eran los siete años de su hijo. Había paella negra con trufas y paella valenciana para todos los adultos, de hecho, por eso se elevó tanto el presupuesto. Debía haber comida para todos. Sólo de la mesa de postres fueron 300 mil pesos —porque es muy conocida la repostera—, y nos pidieron que durante las 8 horas de fiesta no faltara nada, tanto de postres como de paellas y pizzas para los niños.

Lo más curioso es que era una fiesta en la que El Señor se gastó 900 mil pesos en el cumpleaños 7 de su hijo, estuvimos montando cuatro días, quedó increíble, estaba inspirada en una película muy famosa. Replicamos muchísimas cosas que salían en ella, pero cuando llegó el niño y le pregunté si le gustaba lo que veía, me respondió que nunca había visto esa película, que a él le gustaban los magos, pero no particularmente esa película. Me sentí muy mal, pero sé que sí la disfrutó porque había cosas increíbles, era como un parque de diversiones temporal para él y sus amigos.



Lo único que nosotros no llevábamos a ese evento fue fotógrafo, El Señor y su familia ya tenían los suyos de cabecera. Un señor de 60 años y su hijo. Éramos más o menos de la misma edad. Comenzamos a platicar y aunque empezó a decirme más de lo que yo quería saber, lo escuché:

— ¿Es la primera vez que trabajan con El Señor?—, preguntó.

— Si.

— Ah, pues mira: si les gusta su trabajo ya chingaron, son muy leales y nunca los van a cambiar. Aquí la cosa es hacerte de la vista gorda con todo. A veces uno juzga de más, pero ellos son demasiado buenos, siempre te van a pagar a tiempo y siempre te van a dar de comer. ¡Uy, no, hubieras visto su boda! Mi papá lleva trabajando con ellos nueve años, ellos llevan cuatro de casados. Fue cerca de Guerrero. Llegabas hasta cierto punto en tu coche, alguien lo recogía y te llevaban en un nuevo auto hasta otro lugar. Te bajaban y te ibas en caballo hasta un espacio increíble en medio de la nada. Era una mansión enorme. Había mucha seguridad, hasta de esos que se ponen en los techos.

— ¿Francotiradores?—, Pensé.

— Y un helicóptero, que pasaba cada cierto tiempo para comprobar que todo estuviera bien. Luego estuvo increíble, porque a La Señora le gusta mucho la banda y fueron dos bandas de las más importantes de México. Era una fiesta para 100 invitados. Duro muchísimo, hubo muchos shows.

Ellos les tomaron las fotos de la boda y el evento. Lo comprobé cuando conocí la casa de campo de Los Señores —donde fue la celebración infantil era sólo para las fiestas—, era otra mansión gigante con todos los retratos que me narró en el cumpleaños de las paellas y las pizzas, a la que fui a parar por aceptar los siguientes eventos.

“Sólo nosotros podemos tomarles fotos“, me decía, pero el comentario que más se me grabó fue: “Nunca tengas miedo de tu seguridad, estás en buenas manos, aquí nunca te va a pasar nada”, pero durante esos cuatro días —y los siguientes dos eventos— sentí todo, menos calma.

Juré no volver a trabajar con ellos. Después, por idiota, sucumbí ante otro evento. Todos estaban en contra de que fuera: mi mamá, hermana, mi pareja de aquél momento… pero uno aferrado al dinero dice “sí, me vuelvo a rifar”.



Y volví a hacerlo. Dos veces más. Los siguientes eventos fueron aún más sorprendentes y exagerados. Uno fue para los 15 años de su hija, inspirado en una película de princesas —fue una fiesta para ella y sus 11 mejores amigas—, esa costó 220 mil pesos y la sirvió uno de los restaurantes más elegantes de comida japonesa en México. El otro fue espectacular, fue un 24 de diciembre, los Señores nos pidieron que produjéramos un set en el que cayera nieve real en su jardín al momento en que los niños despertaran. Con toboganes, ropa térmica de la mejor marca, decoración navideña, luces, todo. Para muchos niños. Para ese evento tuvimos que cerrar una fábrica de hielo cerca de la CDMX para conseguir tanto, sólo del hielo fueron 300 mil pesos. El clima tropical derritiendo eso era una pesadilla —a pesar de que fuera invierno—, pero esa anécdota la guardamos para nochebuena.

A veces nos metemos en el papel de “la necesidad”, y al final la realidad es que hay mil opciones antes de exponerse a tanto por tan poco. Podía bajarle a mis deseos en lugar de estar haciendo algo que ni me hacía, ni me iba a hacer bien, y que tampoco me alimentaba como persona. Me hizo conocer mis propios límites y reconocer que si no estoy segura y bien, al final no importa el varo. Va a valer madre y voy a poner en riesgo más de lo que puedo ganar.

Hoy trabajo en una oficina, haciendo algo relacionado con mi carrera. Soy feliz y no me siento en riesgo, me alegro de que esa etapa peligrosa de mi vida haya terminado. Eso sí, cómo extraño que me paguen tanto y en cash.


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