Ilustración de Valeria Álvarez Mendoza.

El #8M es un caballo de Troya

Estefanía Vela es nuestra editora invitada para '#8M Repensar la sociedad'

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08 marzo 2018, 4:30pm

Ilustración de Valeria Álvarez Mendoza.

El Día Internacional de la Mujer nos empuja a preguntarnos: ¿gozan ya de todos sus derechos? ¿La igualdad es una realidad, en serio, y no sólo un derecho de papel? ¿Qué falta por hacer para garantizarlos plenamente? ¿Cómo nos organizamos para lograrlo?

Es 2018 y, al menos en México, la mayoría de las leyes que solían establecer derechos y obligaciones distintas para los hombres y las mujeres se han erradicado. Si bien persisten las flagrantes excepciones, el problema principal no está en el texto de la ley, sino en la realidad. En quiénes, de hecho, pueden ejercer efectivamente todos sus derechos. “Ser hombre” o “ser mujer” sigue importando para determinar la vida que llevamos, los privilegios de los que gozamos y las violencias que padecemos.

Un ejemplo que ilustra este punto a la perfección es el trabajo. Existen disparidades de género desde cuándo y cómo entramos al mundo laboral, el tipo de trabajo que tenemos, la industria o la profesión en la que nos desarrollamos, el número de horas que trabajamos, las posibilidades de ascender que tenemos y por supuesto, la remuneración que percibimos. Si bien tanto hombres como mujeres sufren violencia en el trabajo, los tipos de violencia que padecen ni son los mismos, ni ocurren en la misma proporción. Las mujeres, por ejemplo, son la abrumadora mayoría de las víctimas de violencia sexual en el ámbito laboral. Y todo esto ocurre, para millones de personas, en un contexto de informalidad y precariedad laboral brutal.

El problema, por supuesto, no es solo la desigualdad de género. En este país la familia de la cual provenimos y la posición socioeconómica que ocupamos determinan también en una enorme medida las posibilidades que tenemos de desarrollarnos plenamente. Y está, además, la discriminación por el color de piel, la discapacidad, la orientación sexual y el origen étnico, al menos, que se entrecruzan con el género.

Por ejemplo: según el INEGI, “mientras más oscuro es el color de piel, los porcentajes de personas ocupadas en actividades de mayor calificación se reducen. Cuando los tonos de piel se vuelven más claros, los porcentajes de ocupados en actividades de media y alta calificación se incrementan”, con todo lo que ello implica. Encima, sin embargo, parece que la discriminación por color de piel o por los rasgos físicos ni siquiera es pareja para hombres y mujeres, según sugiere un estudio realizado por Eva Arceo y Raymundo Campos, académicos del CIDE y de El Colegio de México. Ellos diseñaron y aplicaron un experimento para analizar cómo eran evaluados los currículums de una variedad de candidatos y candidatas en el mercado laboral mexicano y encontraron que en el caso de las mujeres era más común que las empresas respondieran a las candidatas de apariencia “blanca” o “mestiza”, respecto a las de apariencia “indígena”. En el caso de los hombres, sin embargo, no vieron esta diferencia.

Lo increíble de estos datos es que reflejan una realidad que ocurre a pesar de que las leyes prohíban la desigualdad. La igualdad por decreto no basta. Algo más tiene que pasar. ¿Pero qué?

Distintos estudios revelan que estas desigualdades en el contexto laboral ocurren porque hay una multiplicidad de políticas, instituciones, prácticas y discursos que funcionan en conjunto para excluir a las personas del pleno goce de sus derechos y precarizar la vida laboral. ¿Como cuáles? Los ejemplos son muchos: desde políticas fiscales que empobrecen aún más a quienes de por sí tienen escasos recursos —incluidas las mujeres—, hasta políticas educativas que siguen sin garantizar la igualdad en el acceso a la educación para todas las personas, pasando por las políticas punitivas que criminalizan la pobreza y nuestra deficiente regulación laboral.

De todas estas políticas que contribuyen a la discriminación laboral, está también la que se refiere a los cuidados. El trabajo del hogar es, de hecho, uno de los factores que más impactan las oportunidades laborales de las mujeres. Si no las vemos en el mundo laboral en los mismos números que los hombres no es porque estén sin hacer nada: están en casa, trabajando. De hecho, según cálculos del INEGI si contabilizáramos las horas dedicadas al trabajo dentro y fuera de casa, resulta que las mujeres, en el país, trabajan más que los hombres. La cosa es que invierten su tiempo en un trabajo que no es reconocido como tal, con todas las implicaciones económicas que ello tiene. Valga en este punto mencionar que, en el país, las mujeres sin ingresos propios son cuatro veces mayor en número que los hombres.

Para cambiar esta realidad, no basta con simplemente decirle a las mujeres que “se rebelen” y “lo dejen todo” para incursionar en el mercado laboral. Tendríamos que repensar, más bien, el sistema de cuidados y el mundo laboral. Tendríamos que estar pensando en cómo garantizar que se cumpla la jornada laboral, considerando que México es el país en la OCDE en el que más horas se trabajan; muchas más de las permitidas por ley. Tendríamos que rediseñar mucho de nuestra legislación laboral, para hacer del trabajo algo verdaderamente decente. Tendríamos que estar viendo cómo construir un sistema nacional de cuidados, al que todas las personas puedan acceder. Tendríamos, en otras palabras, que repensar la sociedad.

Este mismo análisis que he desarrollado brevemente para el trabajo puede aplicarse a todo: el diseño urbano, los modos de transporte, el desarrollo de la tecnología, la conformación de la familia, el ejercicio de la sexualidad, la distribución de la riqueza, la organización política, los medios de comunicación, las políticas carcelarias… Si nos preguntamos por las mujeres, vamos a terminar por cuestionarnos todo: el sistema mismo en el que vivimos y cómo diablos lo hacemos más justo, más libre, más amable, más digno, más habitable, más igualitario.

Por eso días como éste pueden servir como caballos de Troya: oportunidades para repensarlo todo y rediseñar otra realidad.

La pregunta es: ¿qué hace falta para lograrlo?

Puedes seguir a Estefanía en Twitter: @samnbk

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