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Así se vive en una cárcel para mujeres inmigrantes en Libia

VICE News visita la cárcel de Surman para mujeres inmigrantes en Libia — la mayoría huyen de países como Nigeria, Etiopía o Eritrea.

por Laura J. Varo
04 Mayo 2015, 10:00am

Imagen por Ricard Garcia Vilanova

Se abren las puertas de Surman, al fin. No de forma literal, pero ese día los guardias libios que custodian las antiguas caballerizas del parque de la ciudad costera se comprometen a no incordiar mientras las mujeres allí encerradas hablan con VICE News.

Dos días antes, a algunas como Asmarat no las dejaron hablar y se quedaron con la palabra en la boca, entre sollozos, por no poder contar su historia a una periodista que les quería escuchar.

No es que el centro de estancia de inmigrantes sin papeles exclusivamente femenino sea un fortín inexpugnable. No. Es que en Libia, últimamente, es complicado acertar con quién puede granjear el paso a determinadas instalaciones.

Un guardia dice sí; el otro, no. Llamadas a diestro y siniestro. Hoy se pasa; hace dos días, no.

Libia ha caído en manos de la anarquía. Hay dos gobiernos, pero nadie gobierna de forma efectiva; dos parlamentos, y menos ley que orden; y dos coaliciones militares que se llaman a sí mismas ejército, alineadas con las autoridades en Trípoli, la capital al oeste, y Tobruk, la sede de las autoridades reconocidas por la comunidad internacional.

La mayoría de instituciones funcionan de forma autónoma, por obra y gracia de quien esté de turno. Eso también pasa en los centros de migrantes, donde ya Muammar Gadafi, derrocado en la revolución de 2011, encerraba a los subsaharianos que llegaban al país a trabajar o en ruta hacia Europa.

'Separaron a los hombres, eran 14, no sabemos dónde están'.

Cárceles como la de Surman se convirtieron durante el régimen gadafista en estancias administrativas con las que chantajear a las potencias de la UE, según ha denunciado, por ejemplo, el Danish Refugee Council (DRC). Cuando estaban llenas, el flujo migratorio a través del Mediterráneo se ralentizaba, pero si la policía no encerraba allí a decenas de miles de personas de las que cada año cruzan el perímetro a través de los desiertos que lindan con Argelia, Níger, Chad o Sudán, el mar que sirve de frontera sur al Viejo Continente podía convertirse en un cementerio en pocos días.

Dos días después del primer encuentro, Asmarat, que ya no llora, vuelve a acercarse y pregunta si la van a sacar de allí. Improbable. Es eritrea, es decir, proviene de un país en conflicto, y, como solicitante de asilo en potencia, la ley internacional prohíbe que sea deportada.

Como ella hay otras 29 mujeres más trasladadas a Surman desde Misrata, a unos 270 kilómetros de distancia siguiendo hacia el este la carretera de la costa libia.

Mujeres internas en la cárcel de Surman, Libia. Imagen por Ricard Garcia Vilanova.

"Estuvimos encarceladas durante seis meses en Misrata", dice, antes de que le interrumpa la algarabía de niños alrededor que deben notar ya la hora de comer. No hay más niños que detenidas en la habitación, pero por poco.

La treintena de mujeres llegó hace 48 horas con toda la troupe infantil. Madres e hijos pretendían embarcarse en una patera hacia Italia, asegura. "Llegamos todas juntas", continúa Askar cuando su compañera se para, "separaron a los hombres, eran 14, no sabemos dónde están".

La llegada de las eritreas vino a perturbar la rutina del centro, donde la quincena de nigerianas parecen haberse hecho con el control de los pasillos llenos de contraluz y mugre. Su habitación parece el cuarto de una fraternidad miserable en el que han pintarrajeado las paredes y se acicalan unas a otras los hiyab [el pañuelo islámico que cubre la cabeza] que, fuera de Libia, no están acostumbradas a usar, dicen.

"No puedes vestir así en Libia", protesta Jenifa, de 23 años y ojos pícaros, "no, tenemos que ir en chilaba y pañuelo, pero en nuestro país, en Nigeria, ¡eres libre!".

La palabra se celebra con un griterío en el corrillo de chicas que pululan por la habitación, algunas recostadas en un par de literas o catres que hacen de sofá durante el día, otras simplemente escuchan de pie.

"Ah, Lagos, es un sitio al que hay que ir", rememora la joven, "es muy agradable, todo es tan cool… se puede encontrar el amor en cualquier sitio, no hay problema, hay paz". "Hay amor", reivindica otra voz en la sala. La sonrisa de dentadura perfecta le ilumina la cara, pero cambia a gesto de pena para posar en la foto porque esas no son formas, dice mientras sisea mandando callar para poder despegarse la risa que le contagian las compañeras que le vacilan.

Las bromas se acaban cuando Sharon, que también lleva un mes en el centro, se cabrea conforme habla. "Tienes que ver sus caras", dice, "vienen rojos: palo, palo, palo".

Favor, hermana de Jenifa, que no aclara si el título implica o no lazos de sangre, se hace con un garrote y lo agita al aire. "Te pegan", asegura. Ella, en cualquier caso, ya no soltará el palo mientras camina por entre las cuatro o cinco estancias que se distribuyen a lo largo del corredor. Con él, golpea las paredes para buscar a Rahma y amenaza a un chaval espabilado que le interrumpe mientras habla.

'Creemos en nuestro dios, si es mi día, moriré'.

Favor conoce a Rahma porque es la única somalí, pero hasta ahora no sabía cómo se llamaba. Tampoco sabía nada de su historia, porque nunca había hablado con ella. Entre árabe e inglés le entresaca las palabras para que cuente qué le ha pasado y solo deja de desesperarse una vez que entiende que la joven, tras abortar en mitad del desierto de camino a Libia, pasó un año secuestrada por los mismos traficantes que la trajeron porque no pudo pagar el viaje.

La nigeriana la deja marchar. "Es todo lo que tiene que decir", finiquita. Y avanza cual sheriff para abrir la puerta de un cuartucho donde descansa, por decir algo, un bulto envuelto en mantas. La cabeza que asoma, laxa y escuálida, no pronuncia palabra.

"Está loca", apunta Favor. Hay varias "locas" en Surman y nadie sabe sus nombres, al menos no los de quienes no hablan o cruzan la cara cuando ven que alguien se acerca, como la sombra que vaga por los pasillos apoyándose de vez en cuando en la pared, observando sin mirar.

El guardia dice que esperan poder enviar a cuatro de ellas la próxima semana a Túnez para que sean tratadas en un hospital o atendidas por las organizaciones internacionales cuyo personal extranjero ha dejado de trabajar en Libia debido a la situación de seguridad.

Las ONG y agencias de la ONU que trabajan con migrantes y monitorizan la situación de centros como el de Surman — como la Organización Internacional para las Migraciones, DRC o Acnur — solo cuentan con personal local al que, de vez en cuando, se le permiten visitas para entregar mantas, productos de higiene y dejar hacer alguna llamada de teléfono.

Fuera, en el patio, la voz tranquila de Yorsane, eritrea, se desliza suave tras el jaleo del interior. "Las condiciones no son malas", dice del presidio, "hay comida, hay de todo, pero para una persona no es bueno". "Necesitamos paz", dice Yorsane, que huye de una de las dictaduras más oscuras del planeta, la del presidente Isaías Afewerki.

En Libia, como describía Jenifa, "no hay paz, no hay libertad, hay corrupción por todos lados, bombazos en todas partes, tiroteos…".

El país lleva en esas desde que el pasado agosto la batalla por el aeropuerto de Trípoli diera a luz a una nueva guerra civil, azuzada por los bandos contrarios entre los que intenta mediar la ONU.

En todo el caso, las mafias de tráfico humano campan a sus anchas, llenando botes de inmigrantes y refugiados que acaban huyendo de la violencia y de cárceles como la de Surman, fuese o no su intención original.

La ONU calcula que más de 2.600 personas se agolpan en ocho centros de detención, de los que contabiliza hasta 15 legales. Solo en abril, según ACNUR, en Libia se han detenido a más de 1.240 que pensaban cruzar, según las autoridades libias, y podrían haberse sumado a los más de 1.500 muertos en el Mediterráneo desde enero.

Esa posibilidad deja muda a Yorsane, madre de un pequeño de cinco años: "Creemos en nuestro dios, si es mi día, moriré". "Ya sé, conozco la situación, [pero] en Eritrea no hay paz, por eso, necesitamos paz, libertad". 

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