opinión y análisis

¿Por qué el programa espacial de Corea del Norte es como una PlayStation 4?

El mes pasado Corea del Norte lanzó un satélite espacial. El régimen reivindicó entonces que lo hacía por motivos puramente pacíficos. Sin embargo, la ONU decidió sancionar económicamente la iniciativa. La pregunta es ¿quién de los dos miente?
08 Marzo 2016, 10:15am
Kim Jong-un incontra il personale militare durante il test id lascio di un nuovo sistema missilistico. (Foto via KCNA/EPA)

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Naciones Unidas acaba de suscribir una nueva colección de sanciones para Corea del Norte. Una vez más, el organismo internacional ha decidido castigar al régimen dictatorial de Pyongyang. Y el régimen ha respondido en su línea habitual: lanzando una nueva remesa de misiles submarinos. La operación oceánica ha sido tan estéril como de costumbre, a no ser, claro está, que su único propósito haya consistido en dinamitar a unas cuantas familias de peces, algo que, sin lugar a dudas, ha conseguido.

Las causas aproximadas de este nuevo y surreal enfrentamiento, son, en teoría, los recientes ensayos nucleares y el lanzamiento de un satélite, orquestado en las últimas semanas por el ejecutivo de Kim Jong-un. Según ha informado el régimen del pequeño gran dictador, el lanzamiento del satélite, un modelo conocido como Unha-3, es rigurosamente pacífico y será controlado gracias a la ultraprecisa plataforma de lanzamiento Kwangmyoongsong-3 — más conocida como Bright Star-3. Se supone que el modelo en cuestión está destinado a la observación de la Tierra, a supervisar las actividades terrícolas y a toda esa serie de cosas.

Podría decirse que el patrón de comportamiento entre Corea del Norte y el resto del mundo respeta siempre la misma ecuación: rechazar y denunciar primero, y hacer preguntas después. Así, Corea del Norte acostumbra a hacer cosas y a reivindicar que las mismas o bien son súper peligrosas y/o que son totalmente inofensivas. Entonces interviene Estados Unidos, que habla por el resto del mundo y proclama con vehemencia su desacuerdo con la artimaña norcoreana, sea lo que sea lo que Kim Jong-un haya dicho.

Así que, supongamos, solo por el placer de demostrar la susodicha ecuación, que Corea del Norte ha sido honesta respecto al lanzamiento espacial. ¿Qué pasaría entonces si se tratara, puramente, de una iniciativa pacífica? Después de todo, el programa espacial estadounidense de lanzar a un hombre a la Luna pudo haber sido político, pero fue pacífico.

Un grupo de periodistas camina frente al cohete Unha-3 en la Estación de Satélites del Mar Occidental, al noroeste de Pyongyang, en 2012. (Imagen por Bobby Yip/Reuters)

Así pues, la gran pregunta es si sería remotamente posible que Corea del Norte haya lanzado un satélite con fines estrictamente pacíficos.

El principal argumento para defender que el lanzamiento no encubría una subrepticia operación para desplegar alguna clase de ensayo con un misil balístico nuclear (ICBM en sus siglas inglesas), es que el cohete Unha-3 ni siquiera pasaría como un vulgar misil nuclear. Claro que, al mismo tiempo, técnicamente, dispone del potencial suficiente como para haber lanzado una carga explosiva al otro lado del planeta. En cualquier caso, el Unha-3, como arma de guerra, es un auténtico capricho.

En general, los motores de los cohetes pueden ser, o bien súper rápido, la clase de dispositivos que chupan un montón de energía muy deprisa; o pueden ser, simplemente, eficaces. La potencia de lanzamiento dependerá siempre de la energía, y tal es siempre una de las mejores maneras de alcanzar altitud. Teniendo en cuenta que el ICBM es un misil balístico, la cuestión no es otra que lanzar el proyectil lo más alto que se pueda. La recompensa a tan alto vuelo es que su detonación será mucho más demoledora. En términos de las prestaciones del cohete, una detonación demoledora equivale a un lanzamiento alto y a una eficacia más bien baja.

En imágenes: vivir en Corea del Norte quizás no sea tan terrible como lo pintan. Ver aquí.

Por su parte, lo más importante de los lanzamientos espaciales es, en primer lugar, la altura que alcancen. Claro que, a largo plazo, lo que más interesa es su velocidad. El principal objetivo de la altura es evitar tropezar con nada mientras intentas acelerar lo suficiente para continuar estando en órbita. Si la carga explosiva nos permite seguir adelante durante el tiempo necesario a la velocidad necesaria como para no estamparnos contra el suelo, entonces habremos conseguido poner lo que sea que hayamos lanzado, en órbita.

Así que podemos concluir, que el primer paso de cualquier vehículo de lanzamiento reproduce el comportamiento de los motores del ICBM. Una vez ha alcanzado una altitud razonablemente elevada, el cohete despega por completo y empieza el proceso de alcanzar la suficiente velocidad que permita que la carga explosiva no le estampe contra la Tierra. Si vas tan deprisa como para perder de vista al planeta, significa que estás en caída libre y que estás orbitando el planeta en cuestión.

Pero hete aquí, que las fases más avanzadas del Unha-3 — Vía Láctea-3 en español — son la clase de motores de combustión baja, que esperaríamos encontrar en un vehículo de lanzamiento espacial antes que en un ICBM. Y tal es un factor que no puedes pretender que no importa, porque es imposible introducir un motor nuevo y emplearlo como si fuera un ICBM tal que así. Cambiar el motor de un cohete es una operación tan complicada que, prácticamente, te obligará a construir un nuevo cohete.

Cuanto más suba el cohete, menos discutiremos la potencia de su carga explosiva. Algunas estimaciones apuntan a que el Unha-3 sería capaz de poner en órbita a un armatoste de hasta 200 kilos. Quizá no sea tanto, pero también es cierto que se trata de un cohete que sería capaz de arrojar una tonelada de material jodidamente tóxico sobre Austin, Texas, sin problema. Y aquí es donde hay que sacar a colación el temita del ensayo nuclear.

Una tonelada de explosivos nucleares sería muchísimo para los estándares estadounidenses de hoy en día. Pero sería una carga ligera para los estándares de los años 60 del siglo pasado.

Y es que los norcoreanos no son, ni remotamente, tan buenos construyendo misiles nucleares como los estadounidenses. Sin embargo, sí que han ido perfeccionando su talento para diseñar ojivas nucleares que son cada vez más pequeñas, ligeras y más efectivas— así que el Unha-3 podría acarrear esa carga explosiva sin problema.

Claro que, si por alguna banal cuestión de sabiduría, los norcoreanos hubiesen fracasado en su último ensayo nuclear — si Corea del Norte hubiese intentado y no hubiese podido construir una bomba de hidrógeno de gran envergadura y de lo más provechosa, la clase de bomba que se llevaría por delante a una ciudad entera — entonces la cosa ya sería otra historia. Esa clase de bombas son complejas y es muy costoso arrojarlas sin un avance revolucionario en ingeniería. De manera que si el discurso de los norcoreanos es que han construido una enorme y pesada bomba que no funciona, entonces el Unha-3 no tendrá ni la menor posibilidad de arrojar a su pérfida criatura en la capital del estado más grande de Estados Unidos; el susodicho Texas. Ni siquiera aunque la bomba funcionara.

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Por otro lado, si la detonación fuera un ensayo para el lanzamiento de una más pequeña y más efectiva bomba de fisión; entonces sí, en tal caso el Unha-3 tendría la capacidad necesaria para soltar una ojiva nuclear.

Pero que no cunda el pánico, todavía no hay ningún motivo para evacuar Austin, no todavía. Una de las cosas que cualquier ojiva nuclear que se precie necesita tener es un vehículo de reentrada. Las ojivas nucleares de hoy en día tienen cada vez más potencia y van cada vez más deprisa. Lo cual provoca que terminen calentándose sobremanera. Así que estas pequeños y delicados dispositivos nucleares necesitan algo que les proteja de un fatal sobrecalentamiento. Y eso que necesitan se conoce popularmente como un escudo de calor.

Por el momento, no existe ninguna evidencia de que Corea del Norte tenga ninguna clase de vehículo de reentrada o de escudo de calor. Claro que, por lo que sabemos, compraron un vehículo de reentrada en Craiglist, nada menos.

Llegados a este punto, deberíamos de dar esta teoría por pérdida; existen demasiados factores desconocidos que averiguar para saber si dicha teoría suscribe o rechaza la idea de que el lanzamiento fue pacífico.

Ahora, revisemos el esqueleto de la torre de lanzamiento del cohete en la foto de más arriba, todas esas vigas y plataformas metálicas luciendo desnudas a cielo descubierto. Si Estados Unidos y Corea del Norte deciden tomarse en serio lo de arrancarse la una a la otra de la faz de la Tierra, no pasará mucho tiempo antes de que Estados Unidos rehabilite todas esas plataformas metálicas, cuya ubicación es conocida de manera milimétrica, y las convierta en cualquier tipo de improbable instalación artística.

De manera que el hecho de que el Unha-3 emplee una plataforma mecánica — en lugar de, por ejemplo, un silo hundido y blindado — es un argumento muy a favor para defender que el lanzamiento fue pacífico — o, al menos, para defender que el Unha-3 sería un desastroso ICBM. El caso es que como arma, tendría una vida extremadamente corta. De acuerdo, uno podría lanzar con él un ataque nuclear contra Washington DC. Pero es que estamos hablando del cohete como arma, no como instrumento nuclear suicida.

La plataforma de lanzamiento nos lleva a otro punto. Para los ingenieros del dictador la puesta a punto del cohete para su lanzamiento fue un trabajo que les llevó, al menos, una semana, sino un mes entero. Así que no hace falta que seas un genio en estrategia nuclear para deducir que una capacidad de reacción de un maldito mes no es, precisamente, la respuesta más rápida que necesitas cuando estás con el agua al cuello. He aquí otro motivo a favor de la hipótesis del lanzamiento pacífico.

Claro que incluso cuando todas estas deducciones solo respondan al placer de probar la ecuación señalada al arrancar el artículo, y una vez la misma ha quedado probada, deberemos de concluir entonces que lo norcoreanos son, en este caso, tan puros y limpios como la nieve de la cumbre del Himalaya. Y eso, claro está, es un problema.

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Incluso el más dulce y pacífico de los lanzamientos espaciales resulta extremadamente difícil y exige una tonelada de conocimientos técnicos muy avanzados. Exactamente lo mismo que exige fabricar un ICBM que se pueda utilizar. Si los norcoreanos son lo suficientemente inteligentes como para construirse un vehículo de lanzamiento espacial, entonces es que son lo jodidamente inteligentes como para fabricar un ICBM. Y si son los suficientemente inteligentes tanto como para lanzar un satélite al espacio y como para fabricar un ICBM, entonces es que no son tan idiotas como para no darse cuenta que ser capaz de fabricar uno, te convierte en alguien que ha aprendido una lección lo suficientemente jugosa y suculenta como para plantearse la construcción de un segundo dispositivo.

De hecho, no existe, literalmente, manera alguna de construir un vehículo de lanzamiento convencional que no te enseñe un montón de cosas que te serán de lo más útiles para luego fabricar un ICBM. No se trata de tecnologías 100 por ciento idénticas, pero se parecen lo suficiente como para cruzarse.

Lo cual nos lleva al pecado original, o sea, a averiguar cuál es la manera para detener la propagación de las armas de destrucción masiva, y de diabólicos artefactos similares; esto es, la tecnología de uso dual.

Consideremos, por ejemplo, el trabajo que costaría limitar las exportaciones de la generación actual de videoconsolas como la Playstation-4. Se trata de computadoras lo suficientemente poderosas como para procesar y manejar toda la programación que exigiría, digamos, modelar las aplicaciones de las armas nucleares en 3D y desarrollar sus simulaciones físicas de choque. O dicho de otra manera. Cuando tú abres un regalo de Papá Noel te encuentras con una consola. Cuando Kim Jong-un desenvuelve el mismo regalo, éste se convierte en una amenaza para la estabilidad internacional. Si el regalo es una consola o una pieza fundamental para desarrollar un programa de armamento nuclear… eso ya no es algo que dependa de Papá Noel. Todo depende de quién sea el que desenvuelve el regalo.

Las tecnologías de uso-dual se describen normalmente como tecnologías que pueden ser utilizadas tanto con intenciones pacíficas como militares. Tomemos por caso el arma reglamentaria de un policía. Se trata de un instrumento que, normalmente, el policía solo empleará cuando se encuentre con alguna clase de malhechor que esté poniendo en peligro la vida de alguien. Sin embargo, la misma arma también podría emplearse para disparar contra un niño desarmado. O podría suceder, incluso, que el malhechor asalte al policía, le arrebate su arma reglamentaria y le dispare. Y eso mucho antes de entrar a considerar o de resolver la endémica problemática de quién es el responsable, en primer lugar, de evitar que los malhechores se hagan con sus propias armas.

A priori, no existe ninguna razón que justifique que una pistola o que un cohete se usen con fines perversos. Y, de la misma manera, tampoco existe ninguna garantía de que no serán usadas para sembrar el mal.

Todo se reduce a una cuestión de confianza. Y si, uno, fundamentalmente, no confía en el otro, entonces nunca se quitará de encima la sospecha de que, lo mismo, el otro, sea un pedazo de escoria que está intentando persuadirle subrepticiamente con el único propósito de generarle una falsa sensación de seguridad.

De hecho, sucede que idéntica cuestión de confianza fue la que originó la maldita guerra de Irak y todo aquel estrepitoso desastre estratégico y de inteligencia organizado alrededor del paradero de las armas de destrucción masiva. Todos los esfuerzos consagrados a la no proliferación para detener el desarrollo de las armas de destrucción masiva, se construyó alrededor de ensayos cuantificables y reiterados y sobre evidencias documentales. ¿Pero acaso, las confirmaciones de aquellos ensayos permanecieron intactas cuando los inspectores de turno los comprobaron? ¿Y acaso el inventario de los contenedores de gas nervioso se correspondieron con la cantidad de contenedores que había en el almacén? . O mejor, ¿qué sucedió con las colonias de bacterias que los malhechores estaban criando para construir el armamento biológico?... ¿Acaso, murieron? ¿y cómo se deshicieron de todas aquellas pequeñas criaturas? ¿acaso las tiraron por el inodoro? ¿en serio?

Desgraciadamente las estupideces más grotescas son algo habitual cuando se trata de burocracia. Se pierden archivos, las cosas se contabilizan de manera errática, inexacta, la gente se comporta de manera alienada. Claro que si, básicamente, tú no confías en quien tienes delante, entonces cualquier cagada burocrática se convierte en una nueva y sólida evidencia. Y eso prueba que tuviste la razón desde el principio y que los malhechores fueron siempre lo que siempre son: una amenaza.

Imágenes de la vida cotidiana en Corea del Norte: 'Allí también suena Michael Jackson'. Ver aquí.

Por un lado, si hablamos del lado bueno, de cómo el lado bueno se hace con ésta o con aquella otra poderosa tecnología, entonces uno deducirá para sus adentros que no existe ninguna razón para que esa potencia destructora sea empleada con fines malévolos. Cuando las inevitables discrepancias y los errores de turno terminen por salir a colación, entonces le darás al tipo que esté en el lado bueno el beneficio de la duda.

Por otro lado, si hablamos de alguien a quien casi todos ven como al malo de la película, entonces querrás tener las pruebas suficientes como para demostrar que a este le será completamente imposible sembrar el mal con ésta o con aquella tecnología. De tal manera, para cuando todo este desastre afluya a la superficie, formará un conjunto de evidencias que probará lo que tú ya te olías; es decir, que a los malos de la película no se les puede confiar esa clase de poder.

Esa clase problema no deja de darse en el peligroso mundo del control de armas.

Pero volvamos ahora al ensayo nuclear de Corea del Norte. El régimen norcoreano dice: "¡Tened cuidado con nosotros, os estamos amenazando!". Y entonces va Estados Unidos y no se lo toma en serio. Dos semanas después, los norcoreanos lanzan un cohete, pero esta vez Estados Unidos va y dice: "¡Tened cuidado: estos tipos son una amenaza!". Y entonces son los norcoreanos quienes le quitan importancia al asunto y proclaman aquello de que no hay que preocuparse, que todo lo que están haciendo es pacífico e inofensivo.

De lo que no cabe ninguna duda es de que Estados Unidos y Corea del Norte tienen un problema de confianza. Que esos problemas estén o no legitimados, eso ya es otro cantar

De manera que cuando la gente se pregunta si el programa espacial de Corea es parte de algún tipo de plan oculto, o si se trata de alguna operación militar encubierta, entonces es que no se enteran de lo que está pasando. Eso es lo que menos importa. No existe ningún vehículo de lanzamiento espacial, por muy pacífico que sea, que no sea militar. E, incluso, en el caso de que lo fuera, a nadie en su sano juicio le cabe en la cabeza que ni Estados Unidos ni sus sabuesos vayan a confiar en Corea del Norte de ninguna de las maneras.

Y lo que todavía parece más incontestable es que lo que no va a hacer Estados Unidos es dar un paso al frente y decir: "lo sentimos, sabíamos que queríais lanzar un cohete al espacio para que os permitiera organizar vuestra precaria agricultura, pero en realidad merecéis morir de hambre y olvidaros de lanzar una bomba nuclear sobre la preciosa Austin". Y tampoco es que Corea del Norte vaya a decir: "Oh, claro, por supuesto, este lanzamiento tiene aplicaciones militares. Se trata de nuestro elaborado de lanzar una bomba atómica sobre Austin para conseguir poner a Occidente de rodillas".

Pero en lugar de eso, lo que obtenemos son gritos, indignación y a un perverso misil norcoreano reventando la fauna y la vegetación submarina local. Y tal es la razón por la cual el más riguroso y sincero de los acuerdos nucleares resulta tamaño quebradero de cabeza.

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