Medio Ambiente

Intenté pasar una semana viviendo de forma totalmente sustentable

Si la responsabilidad del cambio climático se va a atribuir al individuo en lugar de a los gobiernos, me propuse averiguar hasta qué punto es complicado salvar al mundo.
fotografías de Bekky Lonsdale
traducido por Mario Abad
10 Marzo 2019, 3:00pm
buscar en la basura
La autora buscando en los contendores, todas las fotografías por Bekky Lonsdale.

Artículo publicado originalmente por VICE Reino Unido.

Es la hora de comer y yo estoy friendo papas sobre un bote ardiendo. Me duelen los huesos de tanto caminar y con toda la grasa que tengo en el pelo se podría untar un molde de repostería. Tengo frío porque la calefacción lleva días apagada y el viento helado se cuela por las rendijas de las ventanas victorianas de mi casa. Quiero desplazamientos cómodos y cálidos en coche, documentales sobre crímenes y que me escurra caldo de hamburguesa de ternera por la barbilla. Estoy taaan cansada…

Este no es el monólogo interno de la protagonista del último reboot de la película de Will Smith, I, Robot. Esto es lo que piensas cuando llevas una semana intentando vivir de forma totalmente sustentable. Lo de prescindir de la electricidad y la calefacción en pleno invierno puede parecer extremo, pero consideré que era algo obligado teniendo en cuenta lo jodido que está el planeta. A finales de 2018, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC) advirtió que tenemos un plazo de 12 años para “limitar” una catástrofe medioambiental.

Resulta frustrante que gran parte del debate sobre limitar el cambio climático se centre en el aspecto individual, en que cada uno “pongamos nuestro granito de arena”. ¿Hasta qué punto ayudamos haciendo composta con los corazones de las manzanas y no usando popotes para beber los cócteles, si los supermercados siguen envolviendo todas las hortalizas con plástico? ¿Qué diferencia van a suponer los actos de una persona cuando los gobiernos permiten que se use la técnica del fracking, abren nuevos aeropuertos e impiden que prosperen las empresas de energías renovables?

Como los gobiernos se niegan a tomar medidas significativas, el peso recae en el individuo. Si va a seguir siendo así en el futuro, mucho me temo que tendremos que hacer mucho más que recordar apagar las luces. Así que, por una semana, intentaré ser lo más autosuficiente y sustentable que pueda, buscando comida en la naturaleza, plantando semillas, buscando en contenedores y cambiando el papel higiénico por periódico. Porque, recordemos, “cada pequeño gesto ayuda”.

La autora en la tienda local Harringay Local Store.

Para empezar, necesito provisiones. Obviamente, no pueden ser carne ni derivados de la leche, porque la ganadería consume una cantidad increíble de agua. Así que solo verduras. Haría una visita al huerto urbano de mi zona, pero nada florece hasta mayo, más o menos. Pensando a largo plazo, me pongo a arar un pedazo de tierra de mi jardín, preparándolo para nutrirlo con desechos orgánicos. Esto es importante porque, según los expertos, nos quedan menos de 60 cosechas para que la tierra se agote y deje de dar frutos.

Si no quiero morirme de hambre, la siguiente opción viable es la tienda local Harringay Local Store, un establecimiento de productos sustentables lleno de pasta de lentejas y padres que compran aceite para la barba. Aunque no haya sido yo la que produzca estos alimentos, tampoco podemos obviar las ventajas: son orgánicos y de cercanía, lo que significa que tienen la mínima cantidad posible de pesticidas y de kilómetros recorridos.

Es hora de cocinar. Mientras corto la verdura, voy tirando todos los restos en mi nuevo bote de basura de composta. Fácil. También compré otro contenedor de composta para el exterior, donde tiraré los restos de comida ya cocinada.

La autora cocinando con fuego.

Mi estufa es de gas, algo que los activistas quieren que se prohíba en futuras construcciones de viviendas, ya que se trata de un combustible fósil y emite gases de efecto invernadero. Decidí, pues, organizar una barbacoa improvisada con el bote de basura metálico de la cocina.

Usé varias sillas que había encontrado en la basura para hacer leña. El método no fue tanto “infundir los alimentos con humo de nogal” sino “calentar los pimientos quemando madera con pintura potencialmente tóxica”, pero no me quejo: el resultado final tiene un agradable sabor a ahumado, aunque las papas están crudísimas.

La comida flambeada de la autora.

El principal problema, como descubrí más tarde, es que quemar madera de hecho es menos sustentable que quemar gas; libera más CO 2 y genera menos calor. Así que ¡no lo hagan! ¡No empeoren aun más las cosas intentando mejorarlas! Lo mejor es usar cocinas de inducción. De momento son la opción más respetuosa con el medioambiente que tenemos.

A la mañana siguiente, me dediqué a sustituir mis productos de belleza por otros que no pudieran acabar obstruyendo el estómago de algún pez. En lugar de tirar las toallitas desmaquillantes cada vez que las uso, compro unas reutilizables. También compro desodorante, spray de pelo, perfume y shampoo no tóxicos, ya que los estudios han demostrado que estos productos —junto con otros agentes químicos, como los pesticidas y la tinta de impresora— representan la mitad de las emisiones en al menos 33 ciudades industrializadas.

Crema autobronceadora casera.

Para mi desgracia, la crema bronceadora suele venderse en botellas de plástico y contiene sustancias químicas contaminantes, así que me despido de mi St Moritz y, siguiendo una receta, mezclo polvo de cacao con una loción respetuosa con el medioambiente. La pasta resultante huele genial y deja un tono “quemado bronceado” muy natural.

Mascarilla facial casera a base de cúrcuma.

También me hice una mascarilla facial de cúrcuma con un agradable efecto exfoliante y un menos agradable efecto de dejarme la cara semipermanentemente teñida de amarillo.

Ahora que ya tenía solucionada la parte del cuidado de la piel, puse manos a la obra con el consumo de agua. El agua del grifo consume energía porque los centros de tratamiento de agua utilizan recursos para purificarla. Los captadores y convertidores de agua de lluvia cuestan mas de 2000 dólares, así que descarto la idea.

Sin embargo, puedo consumir agua de lluvia de otra forma: con una de esas botellas de viaje con filtro que anuncian para hombres que quieren asemejarse a Bear Grylls pero que, llegado el momento, nunca se atreverían a beberse su propia orina. Recojo un poco de agua turbia de un estaque y observo cómo la botella hace su magia hasta que el líquido queda transparente.

La autora con el forrajeador Jason Irving.

Cuando ya no quede nada para comer además de maíz enlatado, será útil tener conocimientos de forrajeo, así que a mitad de semana me voy a comer al parque natural de Hampstead Heath. Como no quiero morir envenenada por una seta tóxica, voy acompañada por Jason Irving, un experto forrajeador que ve sustentabilidad donde otros solo ven sitios en los que su perro puede orinar. Entre ortigas, azotalenguas y acedera, encontramos semillas de apiáceas, ajo salvaje —que al aplastar desprende un aroma que recuerda al pollo Kiev— y orejas de Judas, una seta que parece eso, una oreja humana cortada.

Jason derrocha lírica al hablar de las plantas que vamos recogiendo. De la flor del tojo me dice: “Hay gente que dice, ‘Besar no está de moda cuando el tojo no florece’, porque florece todo el año”. Del llantén menor me cuenta: “Los indios americanos lo llaman ‘huellas de hombre blanco’ porque florece en tierra pisada”.

Durante nuestro paseo por el parque, Jason reflexiona sobre nuestra sociedad derrochadora y me cuenta que incluso quienes intentan vivir de forma más sustentable pueden cometer errores. “Una vez vi a un tipo echar a la composta armuelle, una planta con un sabor similar al de la espinaca. Seguramente luego compraría semillas de espinaca, sin saber que ya tenía una alternativa en su casa”.

Pienso en cuando estaba en el jardín de mi casa, arando la tierra y arrancando raíces de plantas que quizá podría haber puesto a secar para hacer infusiones aromáticas o mezclado con piñones para elaborar un pesto. No menciono nada al respecto.

Aunque el forrajeo es un método de obtención de alimentos libre de combustibles fósiles o salarios precarios, el Gobierno británico no solo lo desaconseja, sino que prohíbe la retirada de plantas. En 2010, el órgano de gobierno municipal de Londres, propietario del parque, prohibió que se recogieran setas argumentando que suponía una amenaza para la ecología, aunque los estudios sugieren que es igual de perjudicial pisotear las setas que recogerlas.

“La gente se opone al forrajeo porque piensa que hay que dejar en paz a la naturaleza”, me explica Jason. “Pero si no obtienes comida mediante el forrajeo, vas a tener que conseguirla de otra forma que tendrá un impacto medioambiental. Si no te alimentas de plantas de este parque, puede que tengas que comprar alubias de Kenia o espárragos de Perú, entonces”.

Al día siguiente, preparo una sopa con las hojas y las setas que hemos recogido. No está mal, pero tengo que reforzar el plato con otros alimentos comprados.

El forrajeo puede contribuir a dar uso a algo que de otro modo acabaría pudriéndose, pero me cuesta creer que practicarlo ayude a la sustentabilidad de forma significativa. Además, requiere tiempo, por lo que no se puede hacer con regularidad; nadie va a llegar a casa a las siete y media de la tarde después de un duro día analizando datos y se va a poner a buscar moras y raíces en el parque. Por otro lado, imagino que si todo el mundo se pusiera de repente a forrajear, estas plantas acabarían agotándose.

Es el último día de mi semana sustentable y ha llegado el momento de hacer un poco de búsqueda en contenedores.

Me paso la noche registrando contenedores mientras, a mi alrededor, gente enfundada en anoraks de A.P.C. me dedica miradas de extrañeza mientras come de sus diminutos platos de comida. Después de una búsqueda que resulta en botes vacíos de Philadelphia y cajas grasientas de pizza, empiezo a sentir el peso abrumador del estigma de buscar comida en la basura. Mi última esperanza es Marks & Spencer, cuyos contenedores, según los grupos de Facebook de expertos en este menester, son la tierra prometida de los residuos alimentarios: hummus de pimiento rojo y bœuf bourguignon… Sin embargo, cuando llego al lugar, descubro que los contenedores están guardados tras una reja electrificada y cerrados con candado.

Rebuscar en los contenedores siempre ha sido ilegal, pero recientemente los supermercados han aumentado las medidas de seguridad, a veces llegando a rociar la comida que desechan con pintura azul para hacerla incomestible. Una pareja fue arrestada y humillada públicamente por recoger unas alitas de pollo, pan y queso de unos contenedores de Tesco.

Después de una tarde infructuosa rebuscando, me muero de ganas de comerme un shawarma chorreante de aceite y una ducha tan caliente que me ponga la piel rosada. Antes de perder el control, me voy a casa y descongelo unas salchichas. ¿Robarle comida a tu compañera de departamento cuenta como autosuficiencia?

Hay aspectos de mi “viaje” que no abandonaré. Seguiré disfrutando de mi nuevo shampoo de coco. Me muero de ganas de volver a preparar un sigara börek turco con ortigas en lugar de espinacas. Pero hasta que tenga más tiempo y dinero, el resto de prácticas sustentables van a tener que ir a parar a la basura metafórica y literal, el mismo sitio reservado para mi exfoliante con microgránulos.

Las formas de sustentabilidad más accesibles siguen estando ligadas al consumo, cuando lo que deberíamos hacer es consumir mucho menos y reutilizar mucho más. Por otro lado, el bien que hacen los productos que compro —aunque contribuyen a reducir desechos y contaminación— no es nada comparado con lo que se conseguiría si en lugar de tirar 1.9 millones de toneladas de comida al año, la industria alimentaria británica dedicara esos recursos a evitar la importación de productos de otras partes del mundo. O si el Gobierno siguiera los consejos de los expertos e implementara políticas ecológicas; o si se obligara a las grandes industrias a reducir radicalmente las emisiones.

Una vez más, todo se reduce al tema de responsabilidad individual o institucional. El futuro de la sustentabilidad no está en las glamurosas tiendas libres de residuos ni en las fotos de Instagram de influencers vendiendo leche de almendras, sino que pasa más bien por reformular completamente nuestro modo de vida y hacer que las empresas asuman su parte de responsabilidad. Ah, y también por no encender un fuego para hacerte la comida.

@annielord8 / @bekkylonsdalephoto

Publicidad