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Memorias de un barrio imaginario con narcos generosos, santos travestis y tetas operadas

Carla Saccani es una dramaturga y actriz de Rosario, Argentina. En 2017 estrenó Octaedro 2015, d.c., una obra de cuatro horas de duración donde revela las tensiones entre el narco, la política y los medios de comunicación.

por Juan Mascardi
16 Agosto 2018, 3:00pm

Carla Saccani 

Artículo publicado por VICE Argentina

Carla propone que paguemos a medias. En Octaedro las cuentas deben ser claras aunque la oscuridad sea una tensión subrepticia que se esconde en los pliegues ocultos del poder de una ciudad que se dirime entre el rostro maquillado de rascacielos frente al río y los búnkeres de ladrillos que dispensan narcóticos a demanda. En la tele del mediodía muestran un tetazo feminista con pezones censurados.

Fin del primer encuentro. Me pongo de pie, llamo a la moza y mientras saco la billetera del bolsillo derecho del jean aún húmedo por el calor arrasador de la agonía de la primavera, Carla aún sentada, insiste. Giro, me río y ofrezco una negativa con argumento:

—Yo no te invité a tomar un café. Estoy trabajando.

La dramaturga y actriz no retruca, no dice nada mientras pago pero no contiene su interrogante un día después y con un mensaje de audio vía WhatsApp pregunta: “¿Si yo hubiera sido un hombre también me hubieras pagado el café?’”. Sí. Le respondo.

Elenco Octaedro

La rubia oriunda de Pergamino, la ciudad que ocupa el triángulo de oro agrícola en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, se pone de pie algo fastidiosa o algo entusiasmada o algo pensativa. Camina hasta la puerta del bar Victoria y coincidimos en el rumbo: por Presidente Roca en dirección recta hasta la avenida Pellegrini.

San Lorenzo, Santa Fe, peatonal Córdoba, La Rioja, San Luis, San Juan, Mendoza, 3 de Febrero, 9 de Julio, Montevideo y stop en Pellegrini, a cinco años después y a dos cuadras de la esquina que fue escenario del crimen de Maximiliano Quemadito Rodríguez, el hijo de uno de los capos de la barra brava de Newell´s. Al Quemadito le volaron los sesos. Fue un disparo, un solo tiro ejecutado con una pistola 9 milímetros. Le perforaron la cabeza en un supuesto enfrentamiento por el liderazgo de la barra del club. Mientras, nosotros, a dos cuadras del crimen tenemos un tiempo off the record. Habitar la ciudad es también experimentar con la presencia de los fantasmas que subsisten en los espacios del crimen, de los ajustes de cuentas. Es que en Octaedro las cuentas deben ser claras. Y Carla me vuelve a hablar de sus tetas. Yo no me atrevo a mirarlas.


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Las características del cuerpo, la autoafirmación, los miedos al fracaso o las utopías personales pueden ser cuatro motivos que intervienen en la selección del tamaño de un implante mamario. La intervención quirúrgica se puede hacer por la vía axilar, por vía periareolar o vía submamaria. La incisión que le hicieron a Carla fue por la parte inferior del pezón, la periareolar. “Eran como dos sonrisas de Jack”, me dice. Jack Skeleton es el personaje animado de The Nightmare Before Christmas, la película producida por Tim Burton donde Jack, deprimido por celebrar todos los años Halloween, secuestra a Papá Noel y su rictus melancólico se transforma en una enorme sonrisa. Casi como los cortes que tiene Carla.

En el Centro de Cirugía Plástica Oroño, acompañada por su hermana Gabriela, con anestesia total y con el alta médica en el mismo día, Carla optó por los 100 centímetros cúbicos de tamaño. “Ahora estoy en etapa de ponerme una crema que se llama Tresité para que las sonrisas de Jack pasen de color rosado a color piel”.

Su psicoanalista, luego del implante, llegó a una conclusión:

—Yo podría montar una clínica en conjunto con tu médico cirujano.

A Carla la conclusión le pareció muy acertada. Porque sus tetas son de diván. No son solo una bandera estética. Son un par de acciones políticas que miran hacia adelante. Y pretenden —como la sonrisa de Jack— pasar de la noche de la brujas a un verano de navidad peronista.

Carla Saccani

“Ni la izquierda ni la derecha garantizan el placer en el presente”, me dice y no me habla de sus tetas sino de política. Con la revolución, las mejoras en la sociedad llegan después de la dictadura del proletariado. Para el neoliberalismo en el presente hay ajusteeee, y ajustee y ajuste y ajte y ate, y a y la puta madre que los remilparió. El bienestar vendría después. Para el peronismo el placer es aquí y ahora. Las minas querían tener el mismo color de pelo que Evita y lo tenían. Yo quiero tener estas dos tetas ahora. Al decir del pintor Daniel Santoro: “el peronismo es la democratización del goce”.

Carla las goza. Las tetas de Carla son dos tetas peronistas.

Ella es Carla Saccani. La dramaturga que nació dos años antes del comienzo de la guerra de Malvinas y que abandonó los estudios de la medicina para diseñar el universo Octaedro alejándose de los lugares comunes. Ella sostiene el proyecto teatral con una tesis ideológica y con la referencia de la filósofa Simone de Beauvoir con su El existencialismo y la sabiduría de los pueblos.

— Simone de Beauvoir se pone a discutir todos los lugares comunes que están legitimados. Hablando desde los dichos populares hasta de lo que se le recomienda a una mujer cuando empieza una pareja. Todo lo que tiene que ver con esas verdades indiscutibles que nadie se las preguntó. Por ejemplo que todos los políticos son corruptos.

— O que justicia es lenta. Pienso en 20 ejemplos que todo el tiempo estamos repitiendo.

— La justicia es lenta, claro. Ahora no está siendo lenta. ¡Mirá lo que está pasando! Ojalá fuera lenta.

— Ahora la justicia es un relámpago.

Ahora es diciembre del 2017. En Argentina gobierna el expresidente del Boca Junios Mauricio, hijo del empresario Franco Macri. Su imagen positiva cae ocho puntos y cierra el año perdiendo parte del apoyo social que había reunido con el triunfo en las elecciones legislativas de hace unos meses atrás. La urgencia en la aprobación de la reforma previsional —un sinónimo de ajuste sobre los jubilados— más la represión policial durante las manifestaciones en repudio por la aprobación de la ley en Plaza del Congreso de Buenos Aires son síntomas reales en la política de las encuestas. Mientras, varios dirigentes políticos de la oposición, son procesados.


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Aquí es el flamante barrio de Octaedro. Un sitio creado a partir de una biblia sustentada en varios “no”. Para alejarse de las tentaciones “simplonas y vagas” que habitaban en la mente multifocal de la dramaturga —como por ejemplo el enamoramiento de tal o cual personaje para dirimir su destino— Saccani tomó la decisión de que nadie en Octaedro iba a estar movilizado por el amor, siendo éste barrio arrabalero, un sitio donde la sexualidad se explicita en el transformismo o en los moteles. Y, si bien la sexualidad se cuela entre las tranzas de los narcos, de los políticos y de los periodistas estrellas, la sexualidad no está asociada con el amor. Y el narcotráfico no necesariamente está asociado con el dinero.

— Yo decidí que a mis personajes no los iba a movilizar —en ningún caso y bajo ningún punto de vista— ni el amor ni el dinero. Esa fue una decisión.

Mientras Carla iba escribiendo decidió que a todos los personajes los motorizaba algo que bautizó con una sigla: el P.I.P. Protagonismo, Información, Protección.

Ensayo de la obra

En Octaedro las apariencias no engañan pero si son ambiguas. A primera vista se percibe que los personajes están movilizados por el amor y no ese no es el móvil: lo que los moviliza es la búsqueda de protección, la información —ya que el saber es poder—, y el protagonismo. Porque todos se están jugando la vida para obtener un reconocimiento. El P.I.P. es el resumen que condensa las funciones de la Gran P: PODER.

En el barrio orillero copado por santos travestis, políticos progresistas en campaña y la banda de narcotraficantes generosos más heavy de Latinoamérica lo que está en juego es la hermandad. Como en una profecía bíblica los hermanos Molleja buscan venganza 2015 años después de Cristo. Y ese es un año electoral. Política, corrupción, pseudoprogresismo, un falso periodismo independiente y una religión popular fabricante de milagros a corto plazo son las tensiones que subyacen en un espacio rodeado por la avenida Circunvalación y el río Paraná.

Obra en el cementerio

En el asentamiento ilegal de tierras fiscales hay conspiraciones para entregar a Tito Molleja, el líder de la banda. Claudia, su hermana, travesti y santa de la iglesia adoradora de gatos Mansión del Señor, se creía muerta. Pero ella regresa en búsqueda de revancha. Hace poco tiempo un cuerpo apareció flotando en el río. Fue tapa de los noticieros. Tito Molleja y Sandra, la expareja de Claudia, habían plantado un cuerpo, la escenificación de una suicida. La supuesta muerta Claudia Molleja se convirtió en una mártir hecha cenizas. Desaparecida de la vida buenas son las santas. Pero ella no estaba muerta. En el exilio las ideas de venganza se cuecen con la frialdad de un cadáver.

Cuando regresa Claudia los devotos de la Mansión del Señor y los seguidores de “Los héroes de la fe” —la agrupación que se dedica a ejecutar linchamientos— escenifican su incredulidad. Pero Claudia aprovecha la situación para generar un contramárketing y autopromocionarse como la segunda resucitada de la historia. Los soldaditos no le responden a Tito. Piensa que todo el mundo lo va a traicionar. Y, desde la gerencia del multimedio más importante de la ciudad, las conspiraciones por el poder se acrecientan. ¿Elecciones? Sí, siempre hay elecciones de vida. Y más aún en años electorales.

La vagancia, la maldad y la estupidez acechan siempre. Cuando Carla escribe se enfrenta a tres enemigos: escribir estupideces, la maldad del autor con los demás y la vagancia por resolver un conflicto con la primera opción que surge. No obstante, la dramaturga piensa que los enemigos son nutritivos porque abren puertas. Son obstáculos para esquivar, saltar y arrojarse al vacío. Esas son sus elecciones.

No obstante, la propia técnica se diferencia de la vagancia. La técnica es el desarrollo de un oficio.

—Se puede escribir siempre lo mismo porque este es un oficio. Y, desde ahí, es posible desafiar a tu propia técnica. Tal vez uno hace varias versiones de uno mismo. No es mala la aplicación de una técnica propia. Cuestionar eso es como cuestionar al artesano que fabrica. Es un oficio muy personal. Pero la vagancia es otra cosa.

Obra en el cementerio

La técnica de Carla es plagarse de obstáculos, son esos "no” que luego habilitan algunos "sí". “Quizás eso sea parte de mi técnica, una técnica en la que yo quiero replegarme. Y tengo que vencer la vagancia para poder usar mi técnica”.

—Antes de “Octaedro” existió “Y amarás a tu padre por sobre todas las cosas”. ¿Cuáles fueron los “no” que dispararon los “sí”?

—"Amarás" ocurre a fines de los 90. Los personajes son dos medias hermanas por parte de padre y la tercera es la novia del padre. Están en una noche de Navidad, a fin de año, esperando que llegue la gente que invitaron para las fiestas, y esperando que llegue el tipo que nunca llega. Y el "no" que me puse es que las dos hermanas nunca demuestran o verbalizan sus celos, que es lo más grande. Lo primero que imaginan cuando cuento eso es: "las dos hermanas están como locas con la tercera". No. La tercera, la novia del padre, es la boluda. Es la que tiene menos poder. Es la mujer abandonada. Puse una pendeja enfadadísima de un tipo que no la quiere.

—Salir ahí de ese cliché. Interesante…

Carla escribió “Y amarás a tu padre por sobre todas las cosas” en 2012 y se la dedicó a su hermana Vicky que falleció un año antes. Mientras estaban armando el proyecto se murieron tres personas cercanas a la agrupación de teatro. La hermana de Carla tenía 15 años y la atropelló una camioneta en la localidad de Funes, el lugar en donde se había mudado junto a su madre quién también llegó desde Pergamino.

Vicky cruza la ruta luego de bajar del colectivo. No advierte que por la mano contraria viene circulando una camioneta. Es el mismo colectivo el que le tapa la visual. La camioneta arrolla a la joven y ella muere media hora más tarde. El dolor posee múltiples rostros. Y, para Carla, ese dolor se transformó en fobia a la hora de atender el teléfono. Cuando no hay un mensaje previo y el teléfono suena, ella siente rechazo al llamado intempestivo porque cree siempre son malas noticias. “Ahí empezó como una especie de tragedia familiar. Se descajetó todo lo que habíamos podido armar. Murió mi hermana en 2011, el mismo año murió la madre de una de las actrices de la obra de un cáncer. Y de un ACV se murió la una de las mejores amigas de otra de las actrices”, resume la dramaturga, apilando dolores resignificados en palabras.

—En el 98 me vengo a vivir a Rosario. Soy de Pergamino.

— Yo soy oriundo de Colón.

— Vecinos. No conozco Colón. ¡Viste lo distinto que somos los bonaerenses de los santafesinos!

—Sí, totalmente.

— Habría que escribir sobre eso.

—Y, mientras más pasa el tiempo, más notás la diferencia. Antes no, cuando me vine a estudiar no me daba cuenta.

—Acá hay más histeria. Acá está todo muy definido por el socialismo, que ha marcado mucho la forma de ser de la gente. En provincia de Buenos Aires no tenemos una cosa tan intermedia y tan ambigua. Yo siento que allá es todo más bruto: bruto para bien y bruto para mal.

— Los jugadores están más claros.

—Pero, a la vez, las cosas tienen menos misterio. Acá pareciera que todo tiene una ambigüedad que a mí me seduce. Por algo me quedo a vivir acá.

Ahora es 1997. La piba de 17 aún no huyó de Pergamino ni comenzó a estudiar la licenciatura en Biotecnología ni la carrera de medicina. Todavía no quiere ser como el Che Guevara ni concurrió a una marcha del 24 de marzo. Menos se reconoce como feminista, ni se hizo las tetas, ni pegó un cartel por día con el rostro de Santiago Maldonado en el ascensor de su edificio, mientras duró la desaparición. Ella recién egresa de una escuela católica y aún faltan cuatro años para que la década explote en dos días: 19 y 20 de diciembre.


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Durante la eclosión del 2001 ella está encerrada en el sótano de un bar en Pergamino. Carla siente un impulso casi primitivo, quiere salir a gritar aunque no sabe que afuera el país está desgarrándose a pedazos. Ella está pintando. En el silencio subterráneo, entre la pintura de paredes y la persistencia de decisiones académicas a contramano signadas por mandatos ancestrales, Carla quiere salir a la superficie. En la superficie, un año después de los saqueos y los asesinatos por la represión del 2001, habrá un afiche colgado en una pared de la facultad de Medicina: venga a participar del taller gratuito de teatro del grupo El Tábano.

—En ese entonces había un taller de teatro gratis en la Facultad de Medicina. Fue un meterme y no salir nunca más. El teatro es una droga que no se puede dejar.

Carla se tropezó con su propio cuerpo. Dirá que aún conserva amigos de aquella vieja etapa. Que hubo un antes y un después. Pero el teatro llegó de la mano de un afiche en las columnas de la medicina. Y lejos de curarla le inyectó una adicción eterna. Aunque hay adicciones que sanan.

Ya en 2003 la convocan para una obra infantil: Corazón de bizcochuelo. Necesitaban una actriz para que haga el personaje de una adolescente pero Carla tenía 23 años. Fue su madre, una militante en la carrera artística de la dramaturga, quien se la recomienda al director de la obra.

—Cuando me empezaron a hacer notas mi mamá las fotocopiaba y se las daba a todo el mundo. Cosas absolutamente vergonzosas para mí. Pero me hacía un doble juego: ella decía que pagaba por esas notas, pagaba para que me las hagan.

Su madre tenía hepatitis C desde los 16 años. Se había contagiado en una transfusión de sangre durante una epidemia de fiebre hemorrágica Argentina, pero recién se enteró a los 50. Graciela Susana, la promotora, también se muda a Rosario junto a sus hermanas. Carla dirá que la suya es “una familia muy de mujeres” y que “los personajes masculinos han sido muy muy muy muy nefastos”. La madre de Carla falleció en 2016 y no pudo asistir a la presentación del libro Amarás a tu padre por sobre todas las cosas. Las notas de prensa ya no eran en fotocopias.

Bang Octaedro

No existe una cuenta matemática para sistematizar el recorrido de la actriz, pero ella exagera con el 700 mil talleres, con la Escuela de Teatro y con todo lo que estaba a su alcance. “Igual, yo aprendí a actuar ahí y ahí gané mi plata”. Ahí fue Corazón de bizcochuelo. A los 23. Haciendo de una pibita.

Se define como defensora del actor y del director como trabajadores porque así se hace teatro. Descubrió que su interés en la medicina era más político que real. Y nunca había advertido que ser una persona “súper impresionable” y las ciencias médicas están en las antípodas.

—Me reconozco como una persona muy estúpida que lee muy mal algunas situaciones. Dolina dice algo de eso en relación al amor: que lo que a uno lo pone mal no es que el otro no le dé bola sino que leyó mal una situación. Bueno yo vivo leyendo mal un montón de cosas. Me leo mal a mí misma: a mí me daba impresión la sangre, el cuerpo me generaba un "no" y me iba a meter en la medicina. ¿Qué estaba haciendo ahí? Y persistí, persistí. Llegué casi hasta quinto año. Y, cuando tenía que arrancar quinto me digo “basta".

—¿Había algo de mandato en esa persistencia o es una cuestión de personalidad tuya de seguir siempre para adelante?

—Eso del mandato es como muy... Ahora no sé qué decirte. Debo pensarlo bien.

Octaedro puede o no existir. Las palabras construyen una mirada y un espacio multifocal de un barrio orillero y potente. No es una historia sino muchas. Una obra basada en conspiraciones que Carla disfruta inventando. “Me canso de la gente que elucubra cosas desde un lugar de supuesto saber. Siempre hay alguien que sabe más”. Y ese supuesto saber puede venir desde la estadística, la economía o la mercadotecnia. Carla pensó que acá nadie sabe nada. “Acá están todos hablando al pedo”. ¿Por qué yo no puedo jugar a inventar de la manera más creíble y verosímil posible esta historia?

Mentir implica que alguien crea en ese discurso. De lo contrario nadie está mintiendo. “Mentir para que me crean: armar una mentira que sea absolutamente creíble. Eso es lo que me interesa y es lo que busqué en Octaedro”. Octaedro puede o no existir. O tal vez todo sea una gran mentira. Como la historia de los santos travestis, los narcos generosos y las tetas operadas que me contó una mujer durante un diciembre infernal en la calles de una ciudad atrapada entre una avenida circunvalar un río marrón.

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