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Cultura

Historias de gente que se puso tan peda que despertó en otro país

Hoy en día, gracias a los precios baratos de los viajes en avión y a la facilidad con la que podemos reservar vuelos en nuestros teléfonos, una noche de tragos puede hacer que termines en otro país.

por Samantha Howard
23 Diciembre 2016, 1:00pm

Unos británicos en Magaluf. Uno de ellos probablemente está muy borracho (Foto de Jamie Lee Curties Taete).

La gente siempre ha despertado en lugares extraños después de salir a un bar o a una fiesta la noche anterior. Hace veinte años, ese lugar extraño podría haber sido algún pueblo costero, o "dentro de un basurero". Hoy en día, gracias a los precios baratos de los viajes en avión y a la facilidad con la que podemos reservar vuelos en nuestros teléfonos, esos sitios se han vuelto con mayor frecuencia "Reikiavik", o "un país extranjero que no sabía que había visitado hasta que Snapchat encontró mi ubicación geográfica a través de una selfie".

Parece que cada dos meses hay un reporte de un joven que salió a tomar un trago tranquilo, terminó completamente ebrio y luego tomó un avión hacia otro país. Entonces se despertará a la mañana siguiente y publicará lo que ha hecho en Twitter o Facebook. Un tabloide retomará la historia, LADBible le dará su sello de aprobación ("Chavo se empeda y despierta en Salzburgo") y la historia se desvanecerá, dando paso a otra muy parecida un mes después.

¿Es una tendencia que puede identificarse? ¿Deberíamos darle un nombre a este fenómeno, como "cruda aérea" o "Castigo Divino"? Es difícil de decir. Pero para ilustrar cuán común es, me puse en contacto con cuatro de los muchos tipos que han padecido esto (en grados variables: algunos despertaron en otros países; algunos en micro-estados y otros en alguna isla) para averiguar cómo terminaron en esas circunstancias.


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"¿QUÉ TAN MALO PUEDE SER?"

Una noche, mi amigo y yo decidimos ir de bar en bar en Chelmsford (al este de Inglaterra). Después de varios tragos, perdí a mi amigo y estaba viendo pasar el autobús X30, el cual te lleva directamente al aeropuerto de Stansted por poco más de 10 libras (246 pesos). En ese momento pensé que sería una buena idea reservar un vuelo de última hora a través de mi teléfono con la esperanza de terminar en algún lugar menos cutre, frío y lluvioso que Chelmsford. Eso incluía varios lugares, pero el destino que elegí al final fue Barcelona.

No fue sino hasta después de abordar mi vuelo, quedarme dormido y despertar, que me di cuenta de la gravedad y severidad de mi decisión. Todo lo que llevaba conmigo era una botella de agua vacía, la ropa que traía puesta, una cartera y un teléfono.

Me bajé del avión apestando a Jägerbombs y a loción para después de afeitar de la noche anterior y llamé a mis padres. Mi padre me aconsejó que pasara unos días allí, así que reservé el vuelo de regreso para tres noches después y pasé los siguientes días explorando Barcelona, donde hablé con la gente y disfruté del clima y la comida. Cada noche regresaba a mi hotel después de la cena para lavar mi ropa en la ducha, ya que no tenía otro cambio a la mano.

En general, mi viaje me enseñó a disfrutar de mi propia compañía y a no preocuparme de lo que otros puedan pensar. Después de todo, si no te mata o te lleva a la cárcel, ¿qué tan malo puede ser? Ese es mi nuevo lema.

—Alex, de Inglaterra


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ESCAPE SIN ZAPATOS

La historia comenzó en un pequeño puerto francés en la ciudad de Beaulieu-sur-Mer. Dos compañeros de trabajo y yo terminamos de trabajar temprano un viernes por la tarde y nos fuimos directamente a la playa, después de pasar a un supermercado Carrefour para comprar una caja de cervezas. Puedo recordar el rato que pasamos en la playa e incluso cuando guardamos las toallas y pusimos nuestros desechos en el basurero. Habíamos hablado de ir a Mónaco para pasar una noche en este club del que habíamos oído hablar, La Rascasse, pero dudaba que fuera a suceder, ya que estábamos muy ebrios para llegar hasta allá.

Entonces perdí la noción de lo que sucedió después.

Tras haber perdido cerca de seis horas, desperté en un hospital en la cima de un enorme acantilado con vista al puerto de Mónaco. Las enfermeras me dijeron que la policía me había llevado al hospital y yo insistí en que debía irme porque tenía que volver al trabajo antes de las 8 AM. Recuerdo que intenté salir y las enfermeras me amenazaron con llamar a la policía, ya que según ellas no estaba lo suficientemente sobrio como para regresar a Francia.

Me encontraba más o menos bien, excepto por las rodillas raspadas y un chichón enorme en la frente. Mi ropa estaba en una bolsa de plástico en el suelo —sólo Dios sabe dónde estaban mis zapatos— y una vez que las enfermeras salieron de la habitación, me vestí, salí por la ventana y corrí confundido y sin zapatos cuesta abajo en busca de una estación de tren. Cuando llegué a la calle principal, una chica que conocía del trabajo me gritó desde el otro lado de la calle. Eran las 6 AM; había estado fuera toda la noche y dijo que me había visto en La Rascasse. Me preguntó si estaba bien y me guió hasta la estación, pero también me tomó una foto y se burló de que aún tuviera una vía de goteo intravenoso pegada a mi brazo. Al final sí pude llegar a tiempo a mi trabajo.

—Sam, de Australia


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UNA IDEA DE VERDAD TERRIBLE

Tom y su amigo, Daniel y el desierto de Tasmania detrás de ellos (Foto del desierto de Tasmania de Jörn Braun, vía).

Tenía unos 17 años y había salido con mi mejor amigo, Daniel. Estábamos bastante destruidos para ese punto y la mayoría de mis amigos habían sido responsables y se habían marchado a sus casas. Solíamos tomar el autobús nocturno de vuelta a casa en aquellos días y cuando era tiempo de partir, alguien propuso la idea de tomar el próximo vuelo fuera de Melbourne. Así que en lugar de irnos a casa, tomamos el autobús hacia el aeropuerto. Lo siguiente que supimos fue que habíamos llegado a la gélida isla de Tasmania.

Con la mínima cantidad de dinero que nos había sobrado compramos unas gorras estúpidas, fuimos a un campo de golf y alquilamos un carrito, que nos dejó con un saldo menor a 10 dólares australianos (cerca de 140 pesos) para conseguir alimentos. Ni siquiera jugamos golf; sólo dimos vueltas en el carrito mientras discutíamos qué tan idiotas éramos.

Cuando tomamos el vuelo de regreso estábamos completamente agotados y deshidratados. No creo haberme arrepentido tanto de algo en toda mi vida.

—Tom, de Australia


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SORPRESA EN LA DESPEDIDA DE SOLTERO

Jordan en la despedida de soltero, antes de quedarse dormido y terminar en Zurich.

Estaba en Munich para la despedida de soltero de mi cuñado durante el fin de semana. Todos decidimos hacer una colecta de 20 euros (220 pesos) para la fiesta de la noche y el hotel nos dio una pulsera con los detalles, lo que significaba que no necesitaba hacerme responsable de mi teléfono o mi cartera, así que no los llevé conmigo. Después de haber tomado varios tragos perdí a mis compañeros, así que tomé un taxi y le mostré al conductor mi muñeca, que ya no tenía la pulsera. Entonces balbuceé algo y me echó del vehículo.

Después de 20 minutos de intentar para otro taxi, probé mi suerte con el conductor de un autobús cercano que estaba subiendo pasajeros. Le rogué que me dejara entrar, con la esperanza de que pasara por el hotel del cual no podía recordar el nombre ni la dirección, pero dijo que no. Así que le di la vuelta al autobús y cuando el conductor me dio la espalda me metí al compartimento del equipaje y me oculté detrás de una maleta hasta que cerró la puerta.

Cuando la puerta del compartimento se abrió finalmente cinco horas más tarde, salté y corrí en círculos, tratando de orientarme. Me fijé que las señales decían "Zurich" y pensé que debía ser una ciudad en Alemania, hasta que reconocí las banderas suizas. Después de caminar durante una hora más o menos, decidí ir a la policía. Le conté a un oficial la historia, quien a su vez narró mi aventura en francés a sus colegas suizos. De repente toda la estación de policía estaba muerta de la risa. Me dio algunos sándwiches, cigarrillos y una carta para entregársela al inspector de los boletos. Cuando llegué a Munich no tenía teléfono, ni dinero ni idea de dónde estaba, así que caminé durante horas hasta que pude reconocer la estación de tren de la que nos habíamos bajado cuando llegamos, el club al que habíamos llegado y finalmente el maldito hotel.

—Jordan, de Inglaterra

@hamsoward

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