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Sexo

Algunas personas nos cuentan sus historias más locas del sexo casual

No todas las aventuras de una noche son iguales.

por Nilu Zia; traducido por Mario Abad
30 Mayo 2018, 9:00pm

Foto de Jacob Lund/Alamy Stock Photo 

Artículo publicado originalmente en VICE Reino Unido. Leer en inglés.

Ah, el sexo casual. Todos hemos pasado por ahí. Y a medida que crece el espacio que hay entre la pubertad y el momento de sentar cabeza, da la sensación de que cada vez somos más los que hemos pasado por eso. Pero ojo, porque no todas las aventuras de una noche son iguales: aunque la mayoría consisten básicamente en ahogarte en alcohol y desnudarte delante de un desconocido, a veces también hay sangre y machetes de por medio.

Varias personas me contaron cómo fueron sus aventuras de una noche más raros. Estas son sus anécdotas.

Kim, 23 años

Nos conocimos en Tinder. Él tenía 38 y yo, 21. Decidimos vernos para comer. Mientras esperábamos la comida, el tipo me dijo que tenía un hijo de 19 años y que quería comprobar que eso no me hacía sentir incómoda porque yo tenía más o menos la misma edad. Me atraía tanto que no me importó. Después de la comida, agarramos un taxi y fuimos a su casa que estaba llena de obras de arte súper locas. Llegamos y preparó dos gin-tonics y un baño con velitas y toda la cosa.

Cuando salimos del baño, puso un disco de Prince y encendió el fuego de la chimenea. Procedimos a hacerlo en una alfombra frente al fuego, luego trajo un poco de coca y seguimos cogiendo y metiéndonos coca hasta medianoche o algo así, en ese momento nos fuimos a la cama y le seguimos. A la mañana siguiente, me hizo un café, pidió un taxi y me mandó a mi casa. Al día siguiente, me mandó un mensaje diciendo que estaba atravesando una crisis y que no debería salir con chicas de la edad de su hijo. No he vuelto a saber de él.

Nick, 25 años

Cuando estudiaba, fui a una fiesta en la que todos los chavos querían meterse con una chica que se parecía a Sasha Grey. Todo el mundo estaba drogado. El caso es que estaban tocando la guitarra alrededor de una fogata mientras que un amigo y yo bebíamos cerveza y nos intentábamos ligar a esta chica. Al final todos terminamos desmayados en una habitación, y a eso de las cinco de la mañana me levanté para ir a orinar y oí que la chica tocaba la puerta. La dejé entrar. Todavía ni hacía pipí cuando de repente se puso a besarme el pito. Al final lo hicimos en el baño, pensando que estábamos siendo silenciosos como ninjas, pero cuando acabamos y abrimos la puerta, nos encontramos a todo el mundo despierto y muriéndose de la risa. Resulta que estábamos cogiendo contra la pared de la habitación en la que estaban durmiendo todos.

Sasha, 25 años

Había un chico al que veía mucho en Snapchat. Siempre me preguntaba qué hacía y reaccionaba a mis selfis con el emoji de los ojos. Después de dos semanas así, le dije que viniera a mi casa y estaba muy guapo: cara bonita, sonrisa bonita… guapísimo. El caso es que se la empecé a chupar y el tipo se vino en mi boca, pero luego me dejó el pito adentro, me agarró la cabeza para que no la moviera y me dijo, “¡Sigue chupando, sí!”. Pero no podía moverme, y él tampoco se movía, así que me limité a chuparle el pito. Estuve así cinco minutos hasta que se volvió a venir.

Cuando acabamos, empezó a forjar un porro, puso su celular a cargar e hizo varias llamadas. Yo estaba con el mío cuando me preguntó si tenía una toallita. Le pasé una toallita del paquete que había a mi lado, pensando que quería limpiar algo, pero cuando me giré para mirarlo, vi que ha sacado un cuchillo ENORME, el más grande que he visto en mi vida. Le di la toallita de bebé sin decir nada, porque no sabía qué decir: mierda, había un tipo limpiando un puto machete en mi cama. El chico se levantó, metió el machete en su funda, se vistió, se ajustó el cuchillo por dentro de los pantalones y me preguntó si quería algo de la tienda.

Cuando se fue, vi que había dejado su iPhone, así que fui al cuarto de mis roomies y les conté lo que me había pasado. “Ese tipo no vuelve a entrar a esta casa”, dijo una de ellas, lo cual me pareció normal. El problema era que el chico había dejado su teléfono. Media hora más tarde, regresó a la casa, mi roomie le dio su teléfono y lo corrió- Otra media hora más tarde, el tipo me mandó un mensaje por Snapchat que decía: “Lo siento, tenía que bajar a la tienda”. Eso fue todo. No volví a verlo ni a él ni a su machete.

Seb, 29 años

Una noche, llegué a casa después de trabajar, me di un baño y me disponía a ver Eastenders cuando sonó el teléfono. Era una chica con la que había hablado brevemente en Tinder pero no la conocía. La chica, que estaba histérica, me pidió que fuera a su casa a ayudarla, porque alguien estaba intentando entrar a la fuerza. En el tiempo que tardé en decidir qué mierda hacer, me enteré de que la chica estaba muy caliente y que solo quería que fuera a su casa. No estaba de humor, pero al final mi pito me convenció, me subí a mi coche y fui para allá. Desde ese momento, todo empezó a salir mal. Primero, me dijo que nos viéramos en un banco cerca de donde vivía, y luego me dijo que fuera hasta el estacionamiento de un centro comercial y que dejara el coche ahí.

Lo hice y luego la acompañé hasta la orilla de un lago. Allí empezó a darle vueltas a una manivela que había en un poste para recoger una cadena y al poco apareció, atada al extremo, una pequeña balsa. Subimos a la balsa y repitió la misma operación con una manivela que había en la propia balsa para trasladarnos al otro lado. Ahora estábamos en una especie de pequeña isla llena de casas de madera. Caminamos hasta la suya y pronto me quedó claro de que se trataba de la casa de sus padres. De un momento a otro, me presentó a su madrastra. Después subimos a su habitación. Allí me explicó que su padre bebía muchísimo, que no llegaría a casa hasta las tres de la madrugada y no se despertaría hasta mucho después de que nos hubiéramos ido, con lo cual no tenía que preocuparme. Abrimos una botella de vino, cruzamos cuatro palabras y lo hicimos. Al terminar, quiso darse un baño y me invitó a ir con ella. Algo en mí hizo que declinara la oferta.

De repente, se oyó un golpe: el padre había abierto la puerta principal y estaba en casa, tres horas antes de lo previsto. “¿Quién se está bañando a estas horas?”, lo oí gritar. Abrió la puerta del baño y entonces padre e hija empezaron a gritarse mutuamente. Mientras, al otro lado de una puerta muy fina y sin cerrojo, yo pensaba, Mierda, mierda, mierda, mientras intentaba vestirme en silencio por si entraba y al mismo tiempo maldecía la habitación por ser tan pequeña que no tenía ventanas por las que pudiera escapar. Al final, el padre no entró, pero tuve que estar 40 minutos oyéndolos discutir a gritos sobre mi presencia en la casa. Después de otra media hora abriendo cajones de la cocina y dando vueltas por la casa, el padre por fin se fue a su cama. Eran las seis de la mañana cuando salí de puntillas de la casa. Cogí la balsa de vuelta a la otra orilla y fui por mi coche, que encontré rodeado de 30 personas vestidas con licra, haciendo una clase de aerobics matutino al ritmo de deep house. Subí al coche y conduje de vuelta a mi barrio, haciendo una parada en el autoservicio de McDonalds.