Foto: Aitor Sáez | VICE Colombia

El arte de abrir mentes: rayando con DJ LU

PERFIL | Hablamos con el artista urbano que desde 2006 trata asuntos políticos, sociales y culturales a través de esténciles, carteles y stickers que ha puesto en las calles de tres continentes.

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24 noviembre 2017, 4:33pm

Foto: Aitor Sáez | VICE Colombia

Artículo publicado por VICE Colombia.


Este contenido forma parte de la edición de octubre de VICE Colombia, EL NÚMERO DE LOS QUE SOBRAN, y apareció bajo el título original de 'El arte de abrir mentes: rayando con DJ LU'.

Afuera del apartamento 506 de un edificio del barrio Chapinero de Bogotá huele a marihuana. En la puerta hay un sticker que dice: “¡Viva Satanás! No aceptamos propaganda de otras sectas”, y detrás de la puerta está el taller de un man que pinta en la calle, un profesor universitario que usa las paredes como una vitrina para los oprimidos.

El dúplex es la guarida de DJ LU, a.k.a. Juegasiempre, un artista urbano que desde 2006 trata asuntos políticos, sociales y culturales a través de los cientos de esténciles, carteles y stickers que ha puesto en las calles de tres continentes. Hoy está aquí, en su taller, con un jean rasgado, unos tenis y una camiseta roja gastada, acompañado de sus dos gatos, Música y Demo, y corta plantillas para un festival de street art en Perú. Allá se reunirá con su pana Lesivo, un grafitero que, junto a LU y Toxicómano, forma parte del colectivo Bogotá Street Art. Según Juan David Quintero, curador del Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá, el parche se ha vuelto “un referente del arte urbano latinoamericano”, en parte por su compromiso, desde la resistencia, con los procesos de cambio social.

En el taller de LU sucede de todo. En el segundo piso hace asaditos con sus parceros, y en el primero concibe sus obras. Hay pictogramas regados por el estudio. Uno está todavía fresco. Es un misil MOAB, llamado también Madre de Todas las Bombas, el mismo que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó el pasado 13 de abril sobre una base de ISIS en Afganistán. El misil MOAB de LU, en lugar de una cabeza, tiene un chupo de biberón. De eso se trata su juego. En la habitación también hay retratos del proyecto Héroes Anónimos y cuadros originales de los colombianos Guache y Lesivo, del barcelonés Pez y del gringo Obey. Entre sus libros hay títulos sobre historia de la fotografía, sobre psicología del color y sobre Klimt. También andan por ahí El arte de la rebelión, una antología de Arquitectos del siglo XX, de Taschen, textos de Banksy y una selección de literatura guerrillera, entre la cual hay una vieja revista de las Farc y Las vidas de Tirofijo, de Arturo Alape.


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LU, que hoy tiene cuarenta y dos años y pide no mencionar su nombre real en este perfil, es un tipo complejo, y esto se debe en parte, según contó mientras organizaba latas de pintura en su estudio, a la influencia de su mamá, Blanca Cecilia. Bacterióloga, libertaria y feminista, creía tanto en la importancia de la educación que vendió la moto con que iba al trabajo para regalarles una enciclopedia a LU y sus tres hermanas. “Mi mamá se partió el culo para darnos buena educación, nos metió al mejor colegio de Bogotá”, dice.

Corría la mitad de los años ochenta, y en la casa de su familia se escuchaba Silvio Rodríguez y Mercedes Sosa. Por esa época, según cuenta LU, aprendió a valorar la justicia, la ecuanimidad y el respeto, gracias al ejemplo de su madre y de un grupo de amigos de ella cercanos a la guerrilla del M-19. Y también aprendió a rechazar la religión, según él, “un método de dominación social”. En la adolescencia se volvió ateo, decisión que durante su juventud lo hizo sentirse siempre distinto. Luego vinieron sus “ralles”, como él mismo los llama, en parte por el agobio que le producía estar en un colegio de élite como el Anglo Colombiano. LU era de clase media y nunca encajó con sus compañeros, que provenían de “un ambiente extremadamente gomelo”.

En el bachillerato, la política y los acontecimientos del país y el mundo detonaron sus preocupaciones intelectuales y morales. LU cuenta que en los años de la Guerra Fría que alcanzó a vivir temía que se desatara una guerra nuclear y recuerda cómo lo impactó ver una vez una imagen de gente colgada del puente de la calle 170 en Bogotá por la violencia que desató el narcotráfico a finales de los años ochenta. Pero encontró un escape de esa realidad. “Era el juego, hermano”, dice. “Entender el juego como una forma de ser dios de tu propio mundo, de ir contra las reglas establecidas”. Corriendo detrás de un balón, rodando por cuanta loma encontraba o simplemente pintando, así halló DJ LU su lema: ‘Juegasiempre’. Esta es la idea que, según él, le permite deambular por la existencia, por el arte y por su oficio, a pesar de la gente, a pesar de todo, a pesar de él mismo.

El trabajo de DJ LU ha sido reseñado en publicaciones como Latin American Street Art y Signs For a Better World, de la Universidad de Colorado. Es protagonista frecuente de los blogs de arte urbano, y hasta ha aparecido en la revista Semana y el diario El Tiempo. Cuando le pregunté por aquella vez en 2013, cuando El Tiempo lo llamó “el Bansky colombiano”, rio y me dijo: “Típico, ahí están pintados los medios. Se agarran de lo único que conocen para vender”. Además de coleccionista empedernido de muñecos, discos y arte, DJ LU es consumidor dedicado y defensor abierto de la marihuana.

La universidad, dice, ha sido la clave de su vida. Se dedicó a estudiar durante doce años, primero en la Universidad Javeriana, donde se graduó de arquitecto, y luego en la Universidad Nacional, donde estudió Artes Plásticas y Fotografía. Su interés por la labor académica le permitió ser quien es hoy. Desde hace diez años, se desempeña como docente de universidades públicas y privadas bogotanas y, según cuenta, por allá en 1994, encontró su alter ego en la calle y el arte.


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Ocurrió en bodegas oscuras a mediados de los años noventa, por cuenta de una música futurista nunca antes escuchada en estas tierras y una droga y contexto que para él fueron reveladores: el bogotano descubrió el éxtasis en medio del rave. El choque con este movimiento contracultural lo hizo sentir liberado, según sus palabras, en la anarquía y la resistencia. Y así, de tanto parchar en fiestas de techno con los DJ pioneros de Bogotá (J-Way, Statik), este hombre, a quien sus amigos llamaban cariñosamente LU, se convirtió de repente en DJ LU.

En una esquina de su apartamento se alza una colección de vinilos bastante ecléctica: hay oro negro de Los Gaiteros de San Jacinto y el Kill’em All de Metallica, también house de Ian Pooley, rap de La Etnnia y salsita de La Fania All-Stars, además de unas tornamesas en las que, de cuando en cuando, DJ LU desempolva acetatos y memorias. Memorias, sobre todo, de saturación, de diez años de fiesta dura y descontrol. “Era un ritmo muy bravo. Pasaba media semana farreando y la otra mitad con guayabo. Solo me quedaba el jueves para ser yo”, cuenta. En 2008, agobiado por los excesos, decidió decirse: “No más farra dura”.

Pero la decisión clave sobre su vida ocurrió en 2006, en una conversación en Egipto. LU estaba fumando hachís con un “parcero”, cuando “el man de repente dijo algo muy brutal: ‘Ustedes los occidentales, cristianos y capitalistas solo le dan importancia a lo que se ponen. Se mueren por Cristiano Ronaldo, por Madonna, pero a sus mamás las tratan como un culo. Eso está mal. Lo más importante es la gente que hace cosas por ustedes, los que están a su lado siempre’”.

LU había conocido al egipcio por la página marijuanatravels.com, una especie de Tripadvisor para marihuaneros. No volvió a verlo. Pero la charla fue un punto de inflexión: “¿De qué sirve pintar a Madonna? ¿Qué hace ella por mí? Ahí fue cuando empecé a pensar en los retratos anónimos”.

En 2012, dio inicio a Héroes Anónimos, un proyecto que mezcla la fotografía y el esténcil y que cuestiona los ídolos comerciales que impone la publicidad mediante retratos de aquellas personas que para buena parte de la sociedad se han vuelto parte del paisaje. El proyecto, que sigue vigente, es su homenaje “a los olvidados”: a los indígenas, a los habitantes de calle, a los campesinos, a los afro. “Lo que pasa con el retrato anónimo es que habla por muchos. Si yo pinto una negra, representa a toda una raza”, dice.

“El retrato anónimo habla por muchos. Si pinto una negra, representa a toda una raza”

Héroes Anónimos lo ha llevado a rayar por el mundo entero. Hace tres años en Los Ángeles, cuenta, pintó a dos chicas, una mona y una negra, en el muro de una tienda de mexicanos en una zona de la ciudad azotada por el crimen. “Los negros no paraban de robar allí. Cuando pinté a esas niñas, el dueño del chuzo me dijo: ‘Desde que usted pintó eso, los negros no han vuelto a robar acá’”. Mientras se fuma su sexto baretico del día, LU cuenta dichoso esta historia. Parece llenarlo de gloria.

Para DJ LU pintar en la calle es manifestarse contra la injusticia y la desigualdad. Su proyecto de pictogramas ‘Señalética por un mundo mejor’ es una declaración contra la radicalización y la polarización política, una crítica al capitalismo salvaje y al consumo desmedido, un cuestionamiento a la apatía del ciudadano y a la sumisión a las corporaciones. Es una advertencia sobre problemas actuales, dirigida en múltiples direcciones: la inequidad en la distribución de la tierra, el desplazamiento forzado, la dependencia de los combustibles fósiles, la destrucción del planeta. Toxicómano, parcero y colega de LU, dice sobre los pictogramas de DJ LU que “esas ideas rápidas y contundentes siempre tendrán un lugar privilegiado en la expresión callejera”.

El pasado jueves 27 de abril, como muchas otras veces, LU salió a la calle a hacer bombing: pintar la mayor cantidad de piezas en el menor tiempo posible. Mientras corría entre las sombras, pendiente de que la policía no lo fuera a pillar, dejaba en los muros su famosa piña-granada, un cristo crucificado en un AK-47 y una mariquita baleada. Entre pausas, miradas y trotes, mezclaba la adrenalina con un cuartico de guaro, cerveza, cigarrillo y mucho verbo. Ponderado y reflexivo, daba la impresión de tener un punto de vista sobre todo. Pero nunca sonaba arrogante.

“Entonces qué, mi pez, ¿un guarito?”, le preguntó en cierto momento a un habitante de calle.

El viejo DJ es hoy un personaje más de la película nocturna. Aquella noche hizo en una hora 30 pictogramas: puro fuego atizado por la reflexión y la crítica, pero también por la desesperanza.

—Es que el futuro no es para nada promisorio

—¿Y entonces?

DJ LU hace una pausa.

—Justamente eso es lo que me alienta a seguir rayando. Es que si todo fuera bien, ¿pa’ qué camellarla?

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